La revolución.

Al despertar, encontré mi computadora apagada. Le pregunté a mi madre si había sido ella y negó, como era de esperarse. Cuando vivíamos juntos ella era la culpable de esos pequeños accidentes, pero con mis últimos antecedentes de personalidad múltiple, tampoco quise discutirle demasiado. Le sonreí y desayunamos juntos. Anoche mi cuerpo me obligó a dormir más temprano de lo usual. Sentía tanto sueño que abandoné procesos en la computadora. —No pasa nada —me decía—, no pasa nada y ya duérmete. Primero se lo atribuí al cansancio. Luego pensé en mi otro yo. “Esto no esta bien”, concluí, “Necesito saber qué hago”.

Recogí mi mochila, metí mis cosas y sorprendido descubrí en ella una falda y una blusa de mujer. Miré a mi madre, y mejor me callé el hocico y no le pregunté.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

—Nada, sólo que tengo que ir a la oficina hoy —sonreí—, ayer no fui por pasar un tiempo contigo. Me voy a bañar.

—Bueno. ¿No quieres otra cosa?

—Nah.

Me llevé la mochila al baño. Saqué la falda y la blusa. Las olí y las miré. Olían a resaca. Me pasé la mano por el cabello avergonzado. ¿Mi otro yo era trasvesti? ¿Teibolera de arrabal? No. A no ser que fuera un trasvesti ocupado en crecer la barba. Miré al techo. Trasvesti descuidado. ¿Cómo le iba a explicar esto a mi mujer cuando la viera? Tal vez no necesitara explicarlo. —Ten, te regalo esto —enorme sonrisa. Que barato y sucio regalar ropa usada a tu pareja. Claro, las fechas. Tal vez había salido a una fiesta de disfraces y me vestí de mujer. Lo había hecho antes. No era la primera vez que sentía en carne propia las comodidades acondicionadas de una faldita nomás por puro juego. Seguí pensando… ¿Y si había otra mujer? ¿Si mi otro yo tenía una mujer? Saqué la libreta de la mochila y busqué entre sus páginas las respuestas. Ninguna. Busqué los mensajes de mi celular. Nada. Me desvestí. Mis piernas no estaban depiladas.

Si continuaba pensando en ello, no llegaría a ningún lugar. Me bañé y dejé de pensar en la falda y la blusa.

Debía haber alguna manera, gotitas de agua, de vigilarme en mi otro estado. ¿Una cámara pequeña? ¿una grabadora? ¿conectar mi cerebro a la computadora? ¿cómo llegué a esto? ¿por qué despierto algunos días manchado de sangre? ¿por qué tengo ropa de una mujer en la mochila? ¿por qué aplasto limones con niños juguetones, en la glorieta de Vertiz?

Ayer me escribieron por el messenger—. Me creí tus últimos dos posts —me dijeron. Yo respondí animado que venía un siguiente. Mi cabeza son como fantasmas que explotan y toman mi cuerpo. Mi cabeza no es mi cabeza. No supe como explicarle eso y terminé diciéndole que era otro pedacito de ficción de los que suelo escribir aquí. Lo más seguro es que mañana venga otro, y mañana venga otro. Todos los días vendrá otro. ¿Cómo vigilarlos? ¿Cómo puedo saber de que me estoy ocupando mientras duermo? ¿Cómo saber sus nombres?

Analogía inútil del secreto.

Los secretos se guardan por la paz. Hay secretos que no deben ser dichos, para no causar olas que puedan enturbiar el río místico. Uno, como conserje de esta oficina de susurros, debe elegir que secretos debe vigilar y cuanto tiempo. Más bien como jefe de una micro empresa, uno debe categorizarlos, separarlos, inventarles una verdad a media o despedirlos definitivamente. Es por eso que me sorprendieron las preguntas seriadas: “Cuéntame un secreto”, porque soy un jefe desfachatado, pero celoso.

Tengo un cajón de secretos que cuento a todo mundo cuando los pide o los intuye, y los puede guardar un poquito menos que yo. Secretos que estoy seguro puedo afrontar sus consecuencias. Sin embargo, dos cuadras más adelante, dando vuelta a la derecha en la esquina y bajo otro nombre que alguien tuvo a bien de prestarme, se encuentra una bóveda de secretos estúpidos y sencillos. Secretos babosos como: “Tuve una erección a las tres cincuenta y dos de la mañana” o “Me sentí idiota el día de hoy, al verle los pechos turgentes” o bien “se me cayeron gotitas de coca light en una laptop prestada”. Mis scretos y de nadie más, cuyo propósito no sirven a nada más que un descontento por un accidente mecánico o biológico. Una incomodidad pasajera y evitable.

Los secretos de una persona, me parecen pequeñísimas piedras cuyo valor golpea solamente una pared con el choque de los zapatos. La pared no se cae, tal vez un granito que se une con la piedra que cayó. Los secretos se desperdigan en un suelo de grava. Secretos que caen y son pisados. Algún ser invisible, un resanador universal, supongo que los alza y la pared regresa a su estado, como nueva. ¿Tendrá alguien los zapatos demasiado grandes, para que los secretos del mundo golpeen todos a la vez, esa pared que se extiende de lado a lado? Lo dudo. Si llegara a pasar, alguien construiría la pared de nuevo. No puede pasar mucho tiempo para que continuemos guardando nuestros secretos.