Estaba jugando en la computadora. Era una rana intergaláctica, aventando bolas de colores para destruir más bolas. Si estas llegaban al final, perdía; así de fácil. No me gusta perder, ni en lo sencillo, ni en lo complicado… esto se debe a que son pocas las cosas que me apasionan, que me despiertan de un letargo continuo en el que los días se me van como gotas de agua cayendo en un fregadero de porcelana. Debería conseguirme un hobby, me digo en ocasiones, uno que despierte algún lado artístico o creativo.
Intenté mantener un diario y fue un fracaso rotundo, el cuaderno que elegí especialmente para la tarea de “guardar mis más preciados pensamientos y sentimientos”, terminó siendo una agenda y después, feneció arrumbado en algún rincón de mi cuarto. Mi diario se convirtió en una fotografía sepia. Hoy en día, aunque estoy estudiando literatura, no aspiro ser escritor. Sé que no soy bueno. A mi sólo me gusta leer. Además, terminaría siendo parte del círculo vicioso de la literatura decadente. Un ridículo.
Agustín, mi hermano, soñaba con ser fotógrafo. Me acuerdo que en la comida hablaba mucho y yo le escuchaba paciente, era la manera de callarlo más rápido. Hablaba de que le tomaría fotografías a modelos bonitas y a paisajes increíbles, mientras la sopa se le escapaba de la boca. Era un hombre apasionado, pero se necesita más que pasión y agallas para ser bueno en algo. Se necesita talento. ¿Y qué hago recordando tanto a mi hermano? No lo amé. Ni siquiera le quise.
Habla de mi.
Al terminar mi juego, salí un rato a caminar. Aprovecharía para comprar una coca cola y unos cigarros, el combustible del hombre moderno. Los viernes no tengo clases, todos los fines de semana serían un tanto aburridos si no fuera porque en mi trabajo no existen horarios. Y tanto puede haber mañana, como no… es un alivio vivir sin saber qué pasará mañana, en algo tan monótono y rutinario como un trabajo. Caminé, caminé… crucé avenidas, recorrí cuadras gigantes, un gran círculo antes de llegar a la tienda. Me gusta observar.
Y como el ángel que se le apareció a José, un hombre de playera gris, sin marcas y sin otros colores. También vestía jeans deslavados, un collar con un dije que no reconocí. Él esperaba recargado en un poste. Su cabello era castaño claro, casi rapado, tenía labios gruesos y una barba mal afeitada. Lo seguí mirando, no podía apartar la vista. Le reconocí como lo había visto en mi sueño.
Era Ayer.
Caminé para acercarme —impulso personal— y cuando me di cuenta, el hombre extendió su brazo y un microbus paró a recogerlo. Se fue a unos pasos de alcanzar mi deseo oculto. El sueño se rompió.
Si fuera supersticioso, me sentiría maldito por quebrar el destino.






