Agosto 27, 2007 — Casting, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Un lugar común y ya explotado, sería escribir: “Ojalá la vida fuera como Word, dónde abro un nuevo documento y todo esta en blanco. Y no importa si ya está escrito, solamente Control N y ya estoy en limpio, como una hoja en blanco insisto”. Pienso que es mejor cargar con el pasado, los errores, los aciertos, la redención de los pecados se encuentra en el presente. Ojalá que pudiera empezar de cero es cometer otro error: la inacción, que se extiende tanto como el presente y sigue contaminando el futuro. Lo que es de verdad hermoso, es no tener la certeza de lo que sucederá mañana. Aún siendo asfixiados por la rutina, el mismo trabajo, la misma vida, los mismos gestos y las mismas caras… accidentes pasan, accidentes que modifican nuestro entorno y pueden cambiar nuestra vida de manera drástica.
Si no gusta, pues ni modo pichulita… pero ahí ta, pasó algo y cambió tu vida. ¿No es reconfortante?
Hoy me tocó tomarle video a unos niños para un comercial de banco. Me quejaba con la señora de Fest por teléfono, arguyendo que los niños eran estúpidos o que habían respirado mucho plomo el día de hoy. Ella contra-replicó (tómala con la construcción) que los niños no eran los estúpidos, sino que yo no me sabía explicar. Como aquella vez que estaba lloviendo y quería subir la maleta de su hermana en la cajuela, ya que la íbamos a dejar a la terminal. Ábreme la cajuela amor, con mi chalequito y mis brazos empapados. Ella simplemente se dirigió a su puerta, paraguas en mano y me contra-replicó, porque a ella le encanta contra-replicarme, “¿Para qué la metes a la cajuela?” … asentí lentamente, abrí la puerta de atrás, dejé la maleta de la cuñada junto a la cuñada y respondí suavemente: “Tienes razón, perdóname y soy un estúpido”. Tal vez no estaba de humor para aguantar chamacos. Los primeros diez, repetí la acción dos o tres veces. A los demás les tuve menos paciencia.
Mi nula paciencia y la brillantez que requería que una niña esperara a que su perro orinara en la acción. Ambos factores dificultaron el casting. Mañana buscaré una nueva forma de explicar la acción, aprovechando que hoy vinieron pocos niños y no daban el tipo.
En la tarde, casi a las seis, entró una viejita. También hice casting de esas edades. Me cuesta trabajo separarlas de mi abuela. Sé que no son la misma persona, pero el interactuar con un viejo me provoca recuerdos. De haber tenido otros tres abuelos, tal vez los vería diferentes. Una señora en particular, la cual se miraba bastante cansada. Cinco años atrás no se miraba así. Podía escuchar como le costaba trabajo respirar y tuve miedo que muriera en el foro. Mientras le preguntaba su nombre y los datos, pensaba en el número de viejos que sabía, habían muerto a mitad de un casting: cero. Ella iba a ser la primera. Se iba a morir durante el casting. ¿Hola tú nombre? Sí, mi nombre es… al suelo, a la mitad del video, me llevo la mano a la boca, “ahh… mierda…” susurraría, qué recepción hable a una ambulancia, qué alguien me ayude a contener a los chismosos, que otro más se haga cargo compermisito que me voy a al sillón. Me angustiaba de pensarlo. La señora sonreía bastante, pero estaba cansada…
Como los árboles en Otoño, pensé, necesitaba descansar.
Se acabaron los cigarrillos. Esta página ya la llené demasiado. Todavía queda trabajo por terminar. El trabajo fortalece el espíritu. Desvela. Resta vida. ¿Pero qué vida hay sin trabajo? ¿La contemplación? ¿La muerte? ¿Simplemente mirar el monitor? ¿Qué sería de nosotros, si no tuviéramos algo qué hacer…?
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Agosto 24, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

No es un accidente que me encuentre aquí, entre tanta gente, para buscar al tipo que te tocó. Prometí que te cuidaría. Las bocinas lastiman mis oídos, el hombre de la cadena casi no me deja entrar si es que no le doy el billete de quinientos. No buscó en mis bolsillos, no me quitó la pistola, no sabe que estoy aquí para protegerte. Te tocó más de la cuenta. Aprovechó la oportunidad que le diste y que yo estaba distraído… no… aprovechó la debilidad en mi juramento. Siempre había jurado que estaría ahí para protegerte, pero ya ves. Uno promete, y promete, yo velaré tus sueños, yo te lavaré los pies cuando los ensucies, cuidaré que nada te falte… y promete y promete… y me equivoqué, cerré los ojos un momento y estuvo encima de tí, se aprovechó de mi ceguera, de la falta de compromiso en las promesas, de … no lo sé. Creo que no estaba lo suficientemente consciente cuando hice la promesa. Es muy fácil hablar de compromisos y juramentos, y también es muy fácil darte cuenta que se rompieron porque no prestaste la suficiente atención… los accidentes pasan, diría mi difunta esposa… pues sí, pero también es de nosotros corregir los errores.
Por eso estoy aquí, para corregir el mío… Ya la edad no me ayuda a distinguir tan bien como antes, incluso con mis lentes miro mal. Los niños voltean cuando los empujo y me abro paso. Han de pensar que soy el padre de alguien. No se equivocan, pero no saben que mi hija no esta aquí, y que ella tiene quince años más que tú. Me suda la mano, sigo empuñando la culata de la pistola. Cuando te ví, no imaginaba que llegaríamos a esto, pero hoy te vas a enterar de lo que soy capaz. Me imaginarás frente a él, con la pistola alzada y él rogando por su vida. Me imaginarás joven, con fortaleza, digno… me imaginarás como un rey. Hay tanta gente, miro las mesas, las caras de los hombres, aún no veo sus cejas espesas, su nariz afilada, sus ojitos azules… Hace tiempo que lo sigo y no me da buena espina, ¿lo sabías?, no debió tocarte. Me acaricip el rostro, cierro fuertemente los ojos, las luces me estan haciendo daño, estoy sintiendo el corazón que se me escapa por la gabardina. Algún estúpido comenta-. ¡Mira como rebotan las luces en su pelona! -Risas. Acelera mi pulso. Hoy vas a saber lo que soy capaz por tí.
Un niño me entierra el codo en una de las costillas y grito de dolor. -Perdón abuelito -me sonríe y alza su vasito, para decir salud. Me dejó sin aire. -No soy tu abuelo.
-Ya le pedí disculpas, ¿qué más quiere? ¿Le invito algo? Véngase con nosotros.
Lo hago a un lado con mis manos y escucho sus disculpas, y sus risotadas poco después. Una jovencita ebria se acerca y me acaricia la calva. Le aparto las manos, pero ella parece más fuerte, me las hace a un lado fácilmente, me toma de las orejas y me jala para besarme exáctamente en la frente. -Le dejé marcadito viejito -exclama y ríe. Prometí que te cuidaría, pero ni siquiera pude defenderme del ataque de ebriedad y euforia de una chamaca. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por eso le preferiste a él? ¿Por qué podía hacer tus manos a un lado y besarte? ¿Por su actitud despreocupada y divertida? Tomé asiento, mientras me hacía todas estas preguntas y pensaba en tu rostro.
Te conocí en casa de tus padres hace dos años. Desde entonces he velado por tí en silencio. He encargado a mi asistente que te cuide en las buenas y en las malas. He sabido de tus novios, he logrado apartarte de los que no te convienen, he logrado cuidar tus estudios y que tus padres no se enteren de tus malas calificaciones. He sido muy discreto, pero desde hace tiempo quise confesarte mi amor. Pero se acercó él… se acercó él con su juventud, sus dientes aún blancos, su cabello negro y sus manos sin manchas. Un hombre así no puede tener buenas intenciones.
Uno de los niños golpea mi cabeza y la dentadura se cae al piso…
Ni siquiera intento recogerla, cuando miro que la pisan y rompen los dientes de porcelana. Mi amor… Ibas a casa, a cuidarme, a tenerme paciencia y escuchar mis anécdotas viejas. Ibas a casa a confesarte, a hablarme muy reservada de tus amores, con tus ojos jóvenes y tus piernas lisitas. La dentadura… el pulso… el corazón… todo se me rompe esta noche. No estoy joven para cumplir mis promesas. ¿Tu novio? Ya lo encontré, esta frente a mí y me observa, me reconoce. No hacemos nada, sólo nos miramos. Él alza su vaso diciéndome salud, su gesto serio y galante. La gente de aquella mesa se aparta, como una cortina, y te miro, caminando hacia él. No debí venir esta noche. El pulso… el corazón, las promesas se rompen esta noche.
Este maldito impulso del amor viejo.
Foto: Ester Escobar.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
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Junio 27, 2006 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

No irán a descansar los dulces ímpetus juveniles a esto que estoy a punto de enseñarles: que si la vida es un dulce o es sal disfrazada de sacarina, no es diferente a la ventana que miras. Si yo me acerco a tu ventana, y ves conmigo a través, cuando terminemos estaremos contando diferentes historias. Si me las crees con los oídos atentos y luego me cuentas la tuya, crearemos una tercera historia. Aún si alzas la mirada y no crees lo que te digo, argumentando cuán equivocado estoy, haremos una cuarta historia, una que rompa con todas las anteriores y a la vez, forme parte del mundo. Si traemos otra persona al círculo, entonces las historias se multiplican por dos o por tres. Así podemos crecer exponencialmente hasta el infinito, o el número imaginario de su agrado, ¿qué más da? No entiendo porque escuchan a este viejo loco.
Admirando el sol que toca su piel joven y blanca, sin manchas, me provoca hacerles una pintura. Pero ya soy viejo, las manos me tiemblan y me duelen en las noches. Las manos que acarician sus mejillas y les hace sonreír con trucos de magia. Podría escribirles un poema, uno que hable de bondades, de manos firmes que aún se miran bellas, pero dudo, porque no soy poeta y lo que leo hoy en día me da asco, nadie habla ya de lo preciado que es la juventud. Todos escriben cochinadas. Pensarían que estoy escribiendo cuánto me gustan mis propias niñas, alguno pensaría que hay un hilo sexual reprimido en todo esto y no es así. Nadie habla ya de lo preciado que es la ingenuidad infantil. Tal vez dirían que también me gustan los varoncitos, sin embargo… no los prefiero, y no me mal interpreten, siempre me ha gustado la gracia que nace con la mujer. Me provoca ternura el instinto primitivo del hombre, pero no es objeto de mi fascinación. Si fuera compositor les escribiría una canción, tal vez con una canción me entienda el mundo.
Tú sigue mirando a la ventana, tú sigue escuchándome. Iré por mi periódico, me sentaré junto a la ventana y prometo leer a medias para seguirles admirando. Admirando la juventud que les pesa, admirando la juventud que ya no tengo, admirando hasta que me tengan que enterrar mañana y sólo queden ustedes, grabadas en el cerebro viejo que ya se me esta pudriendo.
Foto: NOlo
Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
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Febrero 24, 2003 — Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest.
¿Te has dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo?
Estás aquí sentado, leyendo y mientras lo haces,
el tiempo fluye lo que tiene que fluir, porque es imparable.
Es un recurso no renovable y es el que no perdona…
ni acepta…
ni ríe…
ni goza…
El tiempo solo pasa, esperando terminarse un día.
Como un anciano que ha vivido dos guerras,
la muerte de tres hijos y algún nieto. Rezando las noches
para que Dios se lo lleve
a descansar.
Sigue caminando, gotas de agua que hacen ruido
de alguna tubería rota… es el tiempo caminando,
observándote sentado y esbozando sarcástica sonrisa,
El tiempo es cruel…
es tajante…
es contundente…
Por eso los exhorto a preguntarse… ¿tienen tiempo?
¿qué hora es?
¿qué hago aquí?
Y ya después, las preguntas olviden y asegurense de que
están acompletando su vida.
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Enero 28, 2003 — Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Querido diario:
Estos días han sido de extremo estrés, no puedo decir que lo disfruto, a pesar de que me intento convencer de ello. Creo que es una de las grandes mentiras del ser humano. Convencerse de que el estrés es “Delicioso”, que lo hace sentirse a uno V-I-V-O. Una vez un hombre al que respeto sobremanera, me dijo que eso era el significado de la felicidad: no ser feliz durante mucho tiempo, para que los sentimientos fueran más intensos. Como una montaña rusa de emociones.
Yo me siento viejo y cansado, no quisiera sentirlo ya. Tal vez me convendría meterme a un asilo, ¿pero qué demonios haría yo en un ásilo te has de preguntar? Discutiría con los ancianos del lugar, sin duda alguna. Sería una constante batalla por el control de la televisión, por el radio de alguno o por quién es más hábil en el poker.
¿Qué se yo de los asilos?
Que me cuide una enfermera jovencita, para yo mirar su carne fresca y deleitarme, lamerme los labios al mirar como mueve las curvas, los contornos. Como se ensombrecen los lugares indicados y sus ojos atentos a los míos, profiriendo groserías en silencio por mi absurda intromisión a su piel desnuda-vestida. Me cambiarían la enfermera a menudo, de eso no hay duda.
Quisiera estar en un asilo en alguna zona millonaria de esta ciudad, para que así me visitaran las jovencitas de escuelas católicas y aunque me hicieran gestos por mi amargura y rabo-verdería; me sonreiría y les acariciaría la mejilla fingiendo mi paternalismo. Como quisiera estar en uno de esos asilos.
¿A quién quiero engañar si moriré como un anciano solo? Con el corazón fortalecido por la soledad y la decepción humana. Ahí está la fuente de mi delicia, mi montaña rusa de emociones. El stress se puede ir al diablo cuando lo que quiero es estar hundido en lo más bajo.
En lo más bajo… si ya llevo mucho tiempo hundido en mi infierno. En un ásilo no estaría tan mal, conviviría con “gente”, sobreviviría todos los días, me alimentarían, me visitarían las personas “compasivas y caritativas”, las enfermeras me hablarían bonito y habrá una entre ellas que seguro será comprensiva de mi estado y querrá, a pesar de que la mire con toda esa lujuria, estar al pendiente de mí y cuidarme.
A mi edad y preguntándome todavía lo que es correcto. Con tantas dudas, creyendo que son ciertas. En eso tiene razón aquel hombre respetable, nos ponemos esas dudas esperando que por medio de ellas, se descomponga la rutina en la que nos metemos y llamamos con placer inconsciente: Infierno.
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Diciembre 15, 2002 — Intento ser Escritor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Una pareja de ancianos caminaron en un viejo parque que les vio jugar de niños. La noche apenas caía y eligieron un banco para sentarse. Hablaron de viejas tristezas y alegrías breves. Se tomaron de la mano y así sintieron una fortaleza que les ayudaba a reconfortarse el uno y el otro.
Los recuerdos de aquella Belle Epoque les asaltaron y se recordaron con sonrisas cuando de niños jugaban en ese parque y aunque eran tímidos para cortejarse, lo hacían con fineza que les exigía el antaño. Se regalaban rosas y se hacían reverencias, se acomodaban los vestidos de holanes y las camisas bien arregladas.
Como un lento vals, así se enamoraron. Encorvado, el anciano cuyo rostro era una masa de arrugas que hacía ver su rostro como una masa dulce, sonrió y la esposa sonrió con él. Ella era una señora con las facciones endurecidas por el Padre Tiempo, pero que se endulzaban con sólo mirarle a él.
Se pasaron las manos por el rostro y se besaron cada uno el dorso de las manos, cuando voltearon de reojo, miraron a una pareja joven con las mejillas coloradas y los ojos brillando. Les dedicaron un saludo con la cabeza y una sonrisa, que estos correspondieron apenas.
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Diciembre 15, 2002 — Intento ser Escritor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Jóvenes los dos, haciendo poses de pavorreal a pesar de los uniformes de secundaria. Ella demostrando la mejor de sus sonrisas y él con palabras torpes trataba de enfatizar el encanto. Se rozaban las manos, fingiendo accidentes que hasta un idiota hubiera visto a tres kilómetros. La electricidad les pasaba por los cuerpos y se encadenaban con la mirada, aunque temieran convertirse en piedra como la Medusa hizo con aquellos viajeros osados.
Ella se reía nerviosa y él se preguntaba si estaba haciendo un buen papel. Se sentía como el cómico que no sabe si el público ríe con él o de él. No miraban el cielo convertirse en oscuridad, la tarde rosa ya les había dejado atrás hacía unos momentos.
Él iba por un par de refrescos, ella miraba su maquillaje en un pequeño espejo de bolsillo. A ella le gustaba tanto que no quería verse como una niña, quería presentar la extensión de la mujer que podía ser. Se retocaba un poco el maquillaje donde faltaba y a veces se recriminaba del exceso en donde sobraba. Con la rápidez asombrosa adquiría el conocimiento de todas las mujeres, para verse hermosa en cambios de escenario que se daban por segundos.
Al llegar él con los refrescos, se lo tomaron lentamente con la noche ya presente, oscureciendo un parque que era el testigo silencioso de como estos chiquillos se tomaron de las manos y se dieron un beso tímido en los labios.
Una pareja de ancianos los vio besarse y ellos miraron a los ancianos, vieron que les saludaron y ellos hicieron lo mismo, con la timidez por haber sido descubiertos en su privado momento.
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