Noviembre 9, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
De noche, el pequeño Árbol pudo abrir los ojos y miró a Tito profundamente dormido en la acera. Se sintió con la responsabilidad de protegerle. Miró al niño, quien estaba en una posición fetal y sosteniendo con ambas manos su bolsa de cemento. Miró con sus otros ojos, con los de la paciencia, y el doppleganger seguía colgando del corazón de Tito, como una sombra sin volumen y muerta, muerta hacía mucho tiempo.
Había postes de luz en toda la calle, las paredes estaban pintarrajeadas con spray y había basura en una que otra esquina. En una de las casas, había luz y se escuchaba música a todo volumen. Y árboles… árboles no había con los que pudiera consultar donde estaba. El pequeño árbol suspiró, ¿a dónde tendrían que caminar de aquí para llegar a un bosque?
Buscó letreros y todos daban nombres de calles, había uno en particular que decía: “Barrio norte” y pareció comprender. A Tito le había dicho que siempre debían caminar hacia el norte y lo había llevado a donde creyó que era el norte. Se rascó hojas con troncos y pensó, como podría explicarle a Tito que no era ese el lugar que buscaban.
El Árbolito TT cerró sus ojos y trató de sentir con los ojos de la paciencia, qué camino sería el indicado. Las hojas con el viento le descubrieron que debían caminar todavía más. Mucho más y siempre al norte. El viento también le indicó que los dopplegangers todavía no sabían de él y que sospechaban que estaba escondido. No habían descubierto nada de raro en aquel niño jalando un árbol en su carrito. Lo adjudicaban a la locura o a su bolsa de cemento. ¿Cuánto tardarían en descubrirlos y cómo podría defender a Tito, cuando eso sucediera?
El árbol suspiró, era joven y no necesitaba pensar en las consecuencias. Las descartó inmediatamente.
—¡Tito, tito capotito! —exclamó Tito, medio despierto ya—. Tengo hambre, busquemos algo de comer. ¿Quieres comer?
—No. No necesito comida, solo agua y tierra.
—¡Muy bien capoTiTo! —exclamó Tito—. Yo si tengo haaambre. ¡Botes! ¡En los botes siempre hay comida!
Tito se levantó y extendió sus manos como si fuera un avión, lo miró correr hacia un bote, ladeando sus brazos de un lado a otro. Cuando llegó, se detuvo en seco y saltó adentro, urgando entre las cosas hasta que encontró algo que fue de su agrado. El pequeño árbol se sonrió y lo miró comer en silencio. Tendrían que caminar mucho todavía y no quería arruinarle la sorpresa mientras comía.
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Agosto 22, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Tito y capoTiTo, decidieron disfrazar su identidad. Antes de que amaneciera y la gente que revisaba el reloj saliera como loca para llegar a su trabajo, pensaron como disfrazarse para que nadie se asustara por el árbol que camina. Se detuvieron en un viejo parque, que más bien era tierra con plantas muertas y juegos oxidados. Tito se dedicó a echar tierra en el carrito de metal, donde solía echar las cosas que encontraba y hasta que lo llenó bien, le dijo al Árbol que se subiera.
El Árbol obedeció, empujó sus raíces y se plantó en el carrito. Tito lo jaló hasta que llegó a una llave de agua, donde abrió y humedeció la tierra. El Árbol se sintió fresco y sonrió.
—Hemos caminado toda la noche —dijo el Árbol.
—No importa capoTiTo, tenemos que llegar a tu destino. ¿Hacia dónde?
—¿Seguro que no quieres dormir?
Tito se puso su bolsa de cemento en el rostro y aspiró, volvió a sonreír y los ojos se le enrojecieron.
—No. ¿Hacia dónde vamos capoTiTo?
El Árbol movió los labios inseguro, ya no recordaba nada, ni siquiera su nombre. Se rascó hojas con hojas y luego se acarició la cicatriz en forma de cruz de su ojo derecho.
—Hacia el norte, siempre hacia el norte. Cerraré mis ojos y mi boca, Tito, para que la gente no me mire. Recuerda no hablar conmigo cuando haya personas alrededor. Ninguno comprendería.
Tito asintió mariado y jaló el carrito, se puso a cantar su adivinanza, utilizando melodías de canciones que había escuchado en algún momento. No sabía donde estaba el norte, pero sabía donde estaba Barrio Norte. Se imaginó que el Árbol querría ir para allá, jaló el carrito, un poco pesado para él y la gente miró curioso como el niño arrastraba a su pequeño Árbol personal.
Y Simón Dor le había dicho al Árbol que todo se resolvería en sueños. En el mismo paraje gris donde había viso a su padre convertido en piedra, miró a una mujer morena, esbelta, vestida de Arlequín, con un traje ajustado estampado de rombos negros y rojos. En la cabeza llevaba el gorro de cuatro picos, con cascabeles repiqueteando cada vez que movía la cabeza de un lado a otro, sus dientes blancos y su sonrisa amplia contrastaban con su rostro moreno.
—Mi nombre es Tatiana Arlequín—dijo la mujer, extendió los brazos a los lados, luego los dobló y dobló las palmas de su mano. Avanzó un pie adelante y alzó su talón, forzando la posición, volteó su cabeza a la derecha y el ojo derecho parecía mirar al Árbol a los ojos—. Y yo, soy hija de Rafael, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. ¿Cómo te llamas pequeño Arbolito?
—capoTiTo —respondió el Árbol instintivamente.
—¡No es cierto, mi querido Arbolito! —exclamó Tatiana y se rió, se le dobló todo el cuerpo cuando lo hizo. Rápidamente, hizo un salto de carro y se aventó sobre el pequeño árbol, su cuerpo cambió para ajustarse y poder aferrarse a su tronco con las piernas y los brazos. Acercó su nariz coquetamente entre los ojos del árbol.
—¿Dónde estoy? ¡Aquí vi a mi padre en un sueño!
Tatiana le dio un beso a la corteza del pequeño Árbol, quien sintió cosquillas. La Arlequín le soltó, se recargó en el tronco y miró hacia arriba, donde las hojas del árbol tapaban la extensión gris que cubría todo el sueño.
—Será difícil explicarte corazón, pero tú eres el Traductor de mundos. ¿Sabes qué es un traductor?
—Así me llamaba SYA.
—SYA no se equivocaba, pero él hablaba de idiomas. Yo hablo de mundos —Tatiana juntó los extremos de sus dedos, formando un círculo. Acercó su rostro, como si tratara de buscar en el aire un centro. Rápidamente se puso en pie y acercó este círculo hecho de dedos al ojo del Árbol—. Existen tres mundos. El mundo de la realidad, el mundo de la magia, y el mundo de los sueños que es el intermedio entre estos dos. Tú puedes caminar en estos tres mundos…
—¿Y por qué el mundo de los sueños es gris?
—Porque no eres ni real, ni mágico, ni sueño. Eres el Traductor y el Traductor, tiene que aprender a ver los tres mundos, antes de poder caminar en ellos. Simón Dor te ha enseñado el mundo real, por eso le conoces y caminas en él.
—¿Cómo sabes que soy un Traductor?
—Por la herida en tu ojo derecho, la herida en forma de cruz —sonrió Tatiana y saltó de un lado para otro, de una manera suave y agraciada. Cuando terminó, volvió a acercar su ojo al ojo del Árbol y éste pudo mirar una herida de cruz en Tatiana—. Yo también soy un Traductor, ¿ves? Soy el Traductor del mundo de los Sueños. Tu padre te ha dado ese maravilloso don sin siquiera proponérselo, tuve que usar su imagen para hacerte caminar…
—¿O sea que no vi a mi padre?
—No. No era él, realmente —El Arlequín hizo una expresión de niña regañada—. Pero escúchame, que no me queda mucho tiempo. Con el niño que se droga estás a salvo, porque ha perdido la fé de mirar la magia en el mundo y conserva la inocencia, es un estado raro de la mente… el niño es el mejor, porque su doppelganger ha perdido la capacidad de mirarte a ti. ¡Pero pobrecito! ¡Sufre mucho!
—¿Doppelganger? ¿Cómo hago para que Tito no sufra?
—¡Sh…! —dijo Tatiana, puso el dedo índice en la boca del árbol indicando silencio—. Escúchame bien. Los doppelgangers no suelen ser malos, pero ahora están bajo control de alguien. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal está lastimado y hay que curarlo, para regresar el balance de los tres mundos. El mundo de los sueños, afortunadamente, casi no ha sido tocado… porque le consideran el mundo perdido. Es un mundo caprichoso, que se atiene a lo que le ordene el corazón del que sueña.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
Tatiana suspiró, se acostó boca abajo y recargó su mentón en las palmas de sus manos.
—Eso es lo difícil, corazón —Tatiana jugueteó con sus piernas—. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal existe en los tres mundos, tendrás que caminar cada uno de ellos. Cambia constantemente de lugar, para protegerse así mismo. Sin embargo, parece que alguien le encontró en uno de los mundos y ahora está pasando lo que está pasando… el mundo real no está siendo muy afectado, ni el de los sueños… pero el mágico es un caos. No tardará en extenderse.
—Esa es la misión que me dio mi padre, ahora la recuerdo. ¿Conoces mi nombre?
—Si, te llamas Árbol Tsef Thaed —sonrió Tatiana, se puso en pie e hizo un saludo militar, imitó a Clint Eastwood con la dureza de su rostro—. Pero lo has de olvidar tan pronto te pongas a caminar por ti mismo. Lo siento… eso también te lo heredó tu padre. Si descubres la historia del Árbol Tsef Thaed, encontrarás tu nombre y no lo olvidarás jamás… ¡Pero eso no importa! ¡Importa más la magia! El problema es que para recordar tu misión, debes recordar tu nombre… ese es un gran problema.
Tatiana hizo un gesto pensativo y pareció convertirse en estatua, porque no se movía, no respondía, no hacía nada.
El Árbol parpadeó un par de veces. Le había dolido ese no importa. Y cuando parpadeó una tercera, se encontró de nuevo en la realidad. Tito no estaba en ningún lugar, parecía ser mediodía y estaba en una calle medio húmeda y llena de basura.
Se le había olvidado preguntarle a Tatiana tantas cosas.
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Agosto 19, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Mi padre, mi abuelo, o tal vez mi bisabuelo escribió en éste diario: “Los drogados, los borrachos y los pobres de mente y/o espíritu, jamás han de recuperar la magia. Aún cuándo estos se engañen, diciendose que viven: Momentos mágicos. No es culpa de ellos. No saben separar la felicidad de la magia, no saben que la felicidad está en ambas cosas (realidad y magia), un sentimiento tan banal se lo atribuyen a algo misterioso, al destino o al resultado de una cadena de eventos invisible. Igual pasa con la gente común, pero sucede más con los rehabilitados. Con los escapantes del infierno. Con los que han decidido vi-vir la vida. Con los Dor.”
Me ha dejado pensando mucho tiempo, querido diario. Pensé en los niños que tanto quiero, a los que enseño. Y también los desprecio, los odio. Pero eso es culpa de mi sangre maldita. No se puede ser “hijo” de Simón Dor y esperar no ser “Simón Dor”. ¿Me entiendes?
Regresando a la magia… debo profundizar más. Algunos de mi familia la han estudiado, en sus diversas formas. La he visto comprobada en mis niños, cuando sus ojos le brillan. Es esencial fomentar la magia a su alrededor: Así sabrán querer y respetar a la magia buena. Sabrán protegerse de la magia mala. Y sobre todas las cosas, aprenderán a reconocerla. Los niños son muy importantes.
Enseñándoles la magia, evitarán ser borrachos o drogadictos. Porque la magia es caprichosa y muy cruel, igual que la realidad, sobre todo con aquellos que deciden buscarle con medios negativos. En el momento que utilizan algo para mirar colores o elefantes emborrachándose, la magia cierra sus puertas y decide no volverlas a abrir para aquellos aventureros, vividores, estúpidos. Los seres mágicos les rechazan para siempre y por siempre, presentándose traviesamente ante ellos solo para hacerles mal, sean hadas, brujas, elfos o sátiros.
Respecto a los pobres de mente y/o espíritu… estos deambularán, pobres de decisión, sin vivir realidad o magia, yendo hacia donde uno los quiera llevar.
—“El Diario de Simón Dor”, Judit Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
En algún momento, el Árbol Tsef Thaed Segundo encontró a un niño que se drogaba con cemento. Una historia muy triste, me platicó mi abuelo. Una historia muy triste.
—“El Diario de Simón Dor”, Lázaro Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
Tito corrió más calles para alcanzar al pequeño Árbol que camina y lo alcanzó porque estaba plantado. Con ojos sorprendidos se acercó a él y lo tocó, pero el pequeño árbol no respondió la caricia. Sonrió al descubrir que el Árbol tenía ojos, tenía boca, y los movía rápidamente, balbuceando sílabas que se transformaban en tropezadas incoherencias.
—¿Cómo me llamaba? —se preguntó el Árbol. Miró brevemente al niño y lo ahuyentó con las ramas—. Tenía un nombre, pero lo he olvidado. Decía Simón que me había dado el mismo nombre que mi padre, ¿Cómo se llamaba él? ¿y por qué estoy caminando? Tenía algo muy importante que hacer.
—¡Tito tito capotito! ¡Sube al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño, ignorando al Árbol.
El pequeño Árbol, se rascó hojas con hojas.
—¡Un elefante! —exclamó el pequeño Árbol.
Tito se llevó a la cara su bolsa de cemento y aspiró muy fuerte.
—No tontito —dijo Tito y se rió—. Mi nombre es Tito, ¿y tú?
—Yo me llamo…
—¡Te llamarás Capotito! ¡Casi igual que yo!
El pequeño árbol se rascó hojas con hojas y pensó un segundo, sabía que el nombre no era el indicado, pero decidió quedárselo, hasta poder recordar el suyo. ¿Cómo lo había olvidado? ¿A qué hora se le deslizó de la mente la razón para caminar?
—Soy capoTiTo —dijo el pequeño árbol sonriendo—. ¿Por qué usas esa bolsa? ¿por qué está gris como tu cara?
Tito parpadeó un par de veces.
—Porque así me enseñaron mis amigos.
—¿Yo puedo hacerlo?
Tito extendió la bolsa para el Árbol, y el Árbol intentó hacerlo con las ramas. Cuando le cayó cemento en las hojas, en la corteza, en las raíces y se miró gris, no le gustó.
—Hace daño —dijo el pequeño Árbol—. No lo hagas.
El niño hizo una mueca y le arrebató la bolsa de cemento al árbol.
—No puedo dejar de hacerlo. Así no me duele.
—¿Qué te duele?
—Despertar.
—Que raro, a mi no me duele.
—Y así tampoco me duele mirar.
—¿Te duelen los ojos?
El niño se puso una mano en el pecho.
—No, más bien me duele aquí. Dicen que aquí está el corazón.
—¿Por qué no les dices a tu padre qué te lleven a un doctor? Simón iba al doctor cuando se sentía mal, excepto cuando se enfermó de cuenta-cuentos… el decía que esa enfermedad era más bien un hechizo —el Árbol hizo una mueca, creía que la palabra: “hechizo” se relacionaba a su misión.
—No tengo papás.
—¿Acaso hay dos?
Tito se rió.
—¡Claro tontito! ¡La gen-te tie-ne ma-má y pa-pá! Yo no tengo, yo nací solito. A la calle le llamo mamá o papá. Como se me ocurra. ¿Qué los árboles tampoco tienen papá o mamá como yo?
—Oh… no sé de los demás. Yo sólo tuve un padre, muy importante. Simón me puso el nombre de él. ¿Será TonTiTo? tú me llamas mucho así, aunque no me suena. Mi papá me dijo que tenía una misión muy importante.
—¿Qué es una misión?
—Un destino.
—¿Destino?
El Árbol Tsef Thaed se rascó hojas con hojas, y no tenía cierto como explicarlo. Sólo había escuchado a Simón decir esas palabras muchas veces y formó un significado de manera inconsciente, de tanto escucharles y prestarles un contexto. Se le ocurrió una idea.
—¡Un lugar a dónde caminar! —exclamó triunfante el Árbol Tsef Thaed.
—¡Bah! Si yo camino a muchos lugares todos los días, para que me den monedas, y a veces, me den comida.
—¿Cómo le haces?
—Pongo la carita así.
El niño hizo una carita de tristeza.
—Eres muy convincente.
—Claro, porque me duele aquí. Siempre.
—Pero yo tengo que ir a un lugar importante. No necesito comidas, ni alimentos, ni monedas. Solo necesito agua, sol y plantarme en la tierra de vez en cuando.
—¿A dónde tienes que ir?
—No lo sé.
—¿Cuándo llegarás?
—Tal vez mañana o en diez años, o en cien años, o en mil años.
—¡Eres el primer árbol que veo que camina! ¿No tiene la culpa la bolsa?
Tito miró su bolsa de cemento, que luego le hacía mirar cosas.
—No sé. La bolsa te hace daño.
—Pero no puedo dejarla. Se ha metido muy adentro de mí.
El niño hizo una cara de tristeza.
—No tengo monedas.
—No lo hago por las monedas.
—¿Cómo puedo pagarte?
—¡Llevándome contigo!
—¿Y tus monedas? ¿tús alimentos?
—Hay muchos grandes en las calles. ¡Dime qué sí!
—Entonces si.
—¡Gracias Capotito!
El pequeño árbol y el niño de la calle caminaron juntos, en la noche y luego en la madrugada. Hasta que salió el sol y la gente salió a las calles.
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Agosto 18, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
—¡Tito tito capotito! ¡Vuela al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño ruidosamente. Jalaba su pequeño carro para cargar cosas, donde había cuatro llaves oxidadas y veinticinco latas viejas. Se llevó la mano que sostenía la bolsa de cemento, a su rostro y aspiró profundamente. El rostro se le hizo gris, igual que sus harapos sucios. Sonrió mucho, sin ninguna chispa de alegría en sus ojos. Lentamente, fue caminando en la calle oscura y húmeda, gritando la misma adivinanza para el temor de algunos gatos callejeros y para gusto de sus compañeros de la calle, que en cierta forma le protegían y le querían, y cuando se portaba mal lo castigaban y lo regañaban.
La calle era su padre y su madre.
—¡Es un elefante! —exclamó el niño al que llamaban Tito, y éste se rió con sus ojos rojos. Y luego echó a llorar. Movió sus manos para hacer sombras en las paredes llenas de espectaculares viejos, ayudado con la luces de las farolas, y logró hacer con sus deditos un elefante—¡Mira papá! ¡Mira mamá! ¡Es un elefante, si es un elefante!
—¡Ya cállate Tito! —gritó uno de los muchachos que trataba de dormir. Tito hizo caso, no quería que le pegaran. Abusaban de él porque estaba chiquito. Se llevó su bolsa de cemento a la cara otra vez y aspiró, con las lágrimas agolpándose en su rostro. Iba a quedarse tirado en el concreto, como siempre hacía y mirar el cielo, hasta que la patada de algún señor policía le despertara…
Pero el cielo le bendijo y por la comisura de un ojo, miró algo muy extraño que ni aún el cemento había logrado. Observó un Árbol que estaba caminando en el lado opuesto de la calle. Tito se levantó y abrió su boca, en sus ojos brilló una pequeña chispa. ¿Sería una señal? ¿Sería la respuesta a la adivinanza? Miró a sus compañeros dormidos y la calle húmeda, y después observó al pequeño Árbol alejarse. ¿Qué debía hacer?
—Tal vez no sea un elefante… —se dijo Tito y se acarició los cachetes regordetes, limpiando un poco de la mugre. Los ojos aún le brillaban y podía sentir como el brillo se apagaba, con cada paso que daba el Árbol que camina y se alejaba de él.
¡Echó a correr! ¡Tal vez era su última oportunidad! El carrito hizo un ruido espantoso que hizo ladrar a los perros y el movimiento obligó a que se le cayeran todas sus pertenencias. Adiós a sus veinticinco latas y sus cuatro llaves.
—¡Espérame! ¡No te vayas! —exclamó Tito, extendió la mano que aún sostenía la bolsa. ¡Persigue la estrella, Tito! ¡Persíguela ya! Puede ser tu última oportunidad… de llegar al cielo y pegar un grito tan grande…
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