Cuervo y Dios.

Cuervo entró a la casa de Dios. Al pasar las enormes puertas doradas, una luz lo envolvió completo y sin querer, se sanaron sus heridas. Su pico se desacható. Sus músculos renovaron su flexibilidad. Sus pulmones procesaron el aire como si fueran nuevos. Incluso, se sintió feliz y olvidó agradecer su vida maltrecha. Cuervo alzó el vuelo, cerró los ojos y sintió un aire bendito moverle las plumas, hermosas plumas negras, que crecieron y forraron su cuerpo. Aquella cola, cuyos niños malditos habían maltratado durante su viaje, creció como la de un pavorreal. Un pensamiento minúsculo, de esos que se instalan en la parte trasera del cerebro, le molestaba—. Debías presentarte humilde ante Dios, pero él te ha quitado la humildad para que no puedas fingir.

Cuando abrió los ojos, estaba en el taller del Creador. Un cuarto café, forrado de libreros y anaqueles que guardaban sus creaciones incompletas. Olía a metal oxidado y aceite. Planos en papel viejo se apilaban sobre los burós y los restiradores, que se multiplicaban en un infinito. Un hombre, sentado en un banquito, de chalequeo de rombos y camisa rayada, le daba la espalda mientras observaba algo atentamente frente a la luz. Hacía tanto que Cuervo no pensaba en Dios. Había olvidado que este era un ingeniero. Cuervo voló lleno de ánimo, hacia a aquel hombre y aterrizó en su hombro para mirar lo que hacía. Había olvidado el propósito.

—¿Qué haces, gran Arquitecto? —preguntó Cuervo.

—Miro la madera —respondió Dios. Unos lentes hacían crecer el tamaño de sus ojos y ridiculizaban su nariz fina. Entre sus manos grandes y regordetas, jugaba un cubo de madera oscura—. ¿La ves? Mira como aún cuando logré el cubo perfecto, estas imperfecciones, pequeños deslices permanecen. Mira estas líneas onduladas que parecen darle textura aún cuando es lisa. ¿Te das cuenta?

—Me doy cuenta, gran Juguetero —respondió Cuervo—, ¿te molesta que sea así?

—No. Sólo que… me sorprende que el detalle es lo que haga este cubo perfecto. Si fuera un cubo de madera completamente liso, creerías sin duda alguna en todos mis poderes… pero si lo mantengo así, entonces dudas de mi perfección. ¿No crees?

—Si tú lo dices, gran Orador. Aunque… para creer por completo en tus poderes, tendría que mirarte hacer el cubo.

—Ahh, pero la fe mi querido Cuervo.

—No soy humano. No me puedes comprar con el discurso de la fe, gran Espantapájaros.

Dios sonrió. Miró a Cuervo, y escondió el cubo entre las manos. Cuervo le miró sonriente y astuto. Dios abrió sus manos y dentro del cubo, había otro cubo de madera que giraba, y dentro de ese cubo, apareció otro cubo más y así, el cubo contenía todos los cubos, hasta que se multiplicaban infinitamente. La madera, todas las maderas del mundo, conservaban esas imperfecciones de colores y líneas onduladas que tanto fascinaban al propio Creador.

—Sin duda, eres el primer Mago.

—¿Verdad? Ahora, mi pequeño Cuervo… debes tener una buena razón para molestarme, si no quieres que te transforme en gaviota o pollo.

—Siempre y cuando no sea paloma, Inventor Astuto.

—La paloma sería un final digno para toda tu especie.

—No quiero finales dignos, venerado Amenazador.

—¿Quieres ir al cielo?

—Hoy no, prepotente Genocida.

Dios y Cuervo permanecieron en silencio. Dios ignoró un rato a Cuervo y abandonó el cubo, en su restirador continuó analizando los planos de una máquina compleja y de aspecto terrible. Cuervo leyó en la esquina superior derecha: “El Último Cañón de la Raza Humana. Tiempo de creación: Tres Siglos”. Explicaciones venían en letras más pequeña: “Este cañón lo construirán a lo largo de tres siglos, haciendo pequeños descubrimientos cada generación. Perfección del uso de la energía hidráulica será descubierto por Greg Polopponos en Julio, 2010. La Fisión metanuclear, será descubierta por José Esquivel en 2022. Aleación de metal indestructible, descubierto por Urien Rankanov entre diciembre del 2032 y marzo 2033. La unión de todas estas piezas, la logrará un gringo por supuesto, en 2042. Su nombre no importa”. El plano contenía los datos necesarios para construir y descubrirlo todo, pero la terminología era incomprensible, a no ser que vivieras en cada uno de esos tiempos. Había más descubrimientos, pequeños inventos que ayudarían a conjugar el todo, a lo largo de todo el plano, pero Cuervo sabía que moriría antes de poder leerlos todos.

—Uno no viene a ti para soluciones mágicas, Aleccionador.

—Así es. Bien que me conoces. Entonces, ¿a qué has venido?

—Necesito una hembra para continuar mi especie, Polvo.

—¿Esa no es una solución mágica?

—No lo es, si prometo con la salud que me has dado, matar a mis hijos. Dártelos en ofrenda, Muñón de Sangre.

—¿Para qué quiero yo a tus hijos?

—Porque ellos no forman parte de tu plan. Aún cuando conoces el tiempo y el espacio, sabes que ellos se están entrometiendo y están retrasando la construcción de tu cañón. Sería más sencillo si me deshago de ellos, Incansable Viajero.

Dios asintió lentamente, miró a Cuervo de reojo y luego miró sus planos. No estaba enojado. Después de todo, Dios no se enoja, simplemente ayuda a construir máquinas destructoras para divertirse un poco cuando los humanos olvidan sus temores o una solución más rápida es inventar alguna nueva enfermedad que altere las estructuras de ADN para infertilizarlos un rato. Era cierto que los monstruos que nacieron de aquel día de orgía propiciada por los cuervos no era algo que había planeado, y esas aberraciones monstruosas estaban quitándole una diversión de centurias. Había uno o dos humanos que habían llegado hasta Él para reclamarle, pero simplemente había respondido (y algo que era irrefutable)—. ¡Ah! ¡Pero si tú sigues con vida! ¡Vete a trabajar la reconstrucción de tu pueblo, chamaco huevón! —Eso envidiaba de los cuervos, que de alguna manera, aún cuando tenían sus ciclos de autodestrucción, iban con él y pedían cosas realistas, como una hembra o una espada mágica, para arreglar sus errores. Lo que le hizo recordar.

—¿Quieres una espada mágica?

—No. No. Sólo un pico dorado, Humilde Herrero.

—Te daré a la hembra si los matas.

—Me parece justo, Juez de Jueces.

—Escúchame bien Cuervo —dijo Dios, sonriendo—. Empezaré a trabajar de nuevo en el cañón. Cambiaré fechas, inventos, descubridores, etcétera. Sabes que si no lo logras, me estarás atrasando más de lo que estoy. No es divertido hacer que las cosas aparezcan mágicamente, pero tampoco es extático cambiar un plan que lleva unos miles de años. Acepto tu oferta y tu oportunidad de redención. Tienes cinco días para hacerlo. Vete de aquí antes que pasen los cinco días sin que te des cuenta.

Cuervo voló del hombro de Dios.

—Amén… gracias, gracias de verdad.

Cuervo y Paciencia.

El cuervo caminó durante mucho tiempo para llegar a la casa de Dios. No fue nada fácil en su estado, sus patas le dolían, su pico achatado le molestaba y le impedía ver el camino adelante, sus alas rotas tenían el impulso natural de alzar el vuelo y cada vez que se levantaban un dolor agudo le molestaba todo el cuerpo, los fantasmas de sus hermanos estaban atados a su cola desplumada y sentía gran remordimiento. Sus hijos, los monstruos naturales, de vez en cuando pasaban a mofarse de él. También se rieron de él los espantapájaros del mundo y las palomas. Años después de caminar así por el mundo, se dijo que ese era su calvario y debía continuar el camino del sacrificio. El cuervo, un poco enloquecido, murmuraba “Gracias, gracias”, si encontraba comida o alguien le perseguía. Incluso agradecía las risas crueles, las pedradas, que le picaran con el pico de un palo, que viejitas en el parque le aventaran maíz y luego se dieran cuenta de su color negro y lo asociaran con el diablo.

De vez en vez, recogía un periódico y lo leía—. El jabalí de fuego destruyó una cuarta parte de la Ciudad de Tokyo, las naciones del mundo están al pendientes del avance de los cinco monstruos. O leía—. La madre vacía ha matado a ciento veintisiete personas arrancándoles el corazón del pecho. Ayer le atacó un tanque y no dio resultado. Estamos perdidos.

Lo que le agradaba de los humanos es que no tenían idea de los culpables (los cuervos), y aún cuando tuvieran idea, la única venganza que podrían tener, sería matarlo a él. Cuervo último de su especie. Aún si lo intentaban matar, no podrían hacerlo porque la Muerte andaba de necia y quería divertirse un rato—. Ya te dije que no te llevo —dijo carcajeándose, mientras el pobre cuervo se levantaba después que un tren lo atropellara, lo arrastrara y después lo aventara muchos kilómetros por la vereda. El cuervo se levantó aquella vez resignado, las costillas algo quebradas y sangre goteando por el pico—. Gracias eh, muchas gracias… hijo de la malparida —y agarró camino. El mismo camino de muchos años.

Llegó a la casa de Dios, después de siete años de caminar. Uno de sus asistentes le abrió la puerta y solamente con un gesto, sin dirigirle palabra alguna, lo llevó a la sala de espera. No había nadie en ella, desierta y amarilla, como si estuviera en un hospital. Miró al asistente y le pareció un hombre amable, de cachetes rechonchos y ojos pequeños. El cuervo haciendo uso de sus pocas fuerzas, dio un salto y se acomodó en una de las sillas. El asistente le trajo una almohada, se la acomodó en la espalda, le sonrió brevemente y se dirigió a uno de los tantos pasillos y puertas.

—Hey, hey… —dijo el cuervo—. ¿A qué hora me recibe el Sacrosanto Padre de Este Lugar?

—No lo sé. Hay una persona hablando con él. Llevan siete años discutiendo.

El cuervo asintió lentamente y nomás por el lujo de abrir la boca preguntó—. ¿Y crees que tarden mucho más?

El asistente se encogió de hombros. Sonrió, su nariz roja y redonda enrojeció un poco—. ¿Deseas que cure tus heridas?

—No. Si me presento así es mejor.

—Como gustes. Tengo otras cosas que hacer. Si necesitas algo, grazna fuerte.

—Eso haré. Gracias, eres muy amable… muchas gracias.

El asistente desapareció por uno de los pasillos y cuervo silbó una melodia vieja. Justo después, unas bocinas en las esquinas empezaron a cantar—. “Está en ti… siéntelo”, el cuervo abrió el pico y después se calló. Debía portarse humilde si deseaba una solución a sus problemas. Una pequeña cámara de seguridad, en el centro del techo, parecía seguir sus movimientos. El cuervo movió su pico a la derecha y después a la izquierda, y al escuchar el pequeño motor y ver las luces del aparato, confirmó lo que sospechaba. El asistente estaba más atento a él de la amabilidad que presentaba. Miró los asientos a su lado y vio que tenían un poco de polvo. Hacía mucho que nadie visitaba a Dios. Al parecer, todos le rezaban pero nadie iba a verle. —Con la música que pone, puedo entenderlo perfectamente —murmuró el cuervo, luego miró a la cámara e hizo una burla de la sonrisa amable del asistente.

Alguien le subió el volumen a la música. “Está en ti… siéntelo”.

Cuervo suspiró y cerró sus ojos negros. Pensó en sus hermanos y como los mató aquella noche por sus ansias de vivir. Sus hermanos jugando a los dados, sus hermanos recitando poesía y fumando, sus hermanos que decían: lo mejor es morir esta noche haciendo lo que más nos gusta. Atravesó sus pechos con su pico, les arrancó los ojos con las patas, les golpeó con las alas y ellos solamente reían alrededor de la cueva, reían y cuando mataba a uno, otro se le ponía enfrente para que también le matara. Cuervo abrió sus ojos. Pasó un año con ese sueño en su memoria. La misma canción sonaba en el pasillo. Polvo descansaba sobre sus alas. Las costillas y las alas habían sanado un poco, pero mal… jamás volvería a volar, jamás respiraría como antes, jamás… jamás… miró a su lado y un viejo enjuto, bien afeitado, de ojos claros y traje de cuadros esperaba junto a él.

—¿Vienes a hablar con Dios? —preguntó cuervo, mientras se acomodaba las alas sobre la panza como una señora gorda. El viejo volteó a mirarle, asintió con una sonrisa amable como la del asistente.

—Me han dicho que esta hablando con alguien más desde hace ocho años —dijo el viejo—. Llegué aquí por error, pero me gustaría hablar con él también.

Cuervo asintió—. Son pocos los humanos que llegan a este lugar.

—¿De verdad? Cuando regrese a casa le platicaré a todos mis hermanos para que escuchen sus rezos.

—No creo que jamás regreses a casa. Una vez que llegas aquí, a no ser que Él lo quiera, no hay retorno.

—Oh… había aquí un muchacho muy amable, ¿tú crees que él me enseñe el camino de vuelta?

—No. El muchacho no regresará.

—Pareces conocer más de Dios que yo.

—Sí, porque los cuervos también somos Dios.

—Hablando de cuervos, hace mucho que no veo alguno volando por los cielos.

—Es porque yo los maté a todos. Sí. Gracias… gracias, me dieron las gracias, y los maté.

El viejo guardó silencio un tanto nervioso. Ya no estaba tan sonriente. Cuervo miró a la cámara y sonrió una vez más. Cerró los ojos e imaginó que la cámara era un agujero negro, y en él, las sillas, el pasillo, las bocinas, “esta en ti siéntelo”, el viejo y su traje de cuadros, el asistente y sus rechonchos cachetes, sus alas y su pico achatado, se estiraban y se los tragaba, incluso la muerte y la chamarra negra, se los llevaba a un vacío donde no existiría nada y cualquier cosa con importancia se vería reducida a polvo de estrellas, a polvo de mierda, simplemente a polvo. Cuervo se reía porque sentía como se le estiraban los huesos, como se le deformaba grotescamente la mueca, y le parecía tan gracioso. Le parecía la oportunidad de regresar a la juventud. El comienzo perfecto, uno donde todo empezar a oscuras de nuevo, y los inventarán otra vez como lo más bello, y renegarán de ellos como lo más horrible. Un año después abrió los ojos.

Volteó a su derecha y el viejo que esperaba junto a él, era un esqueleto.

—Nadie tiene la paciencia para esperarlo —dijo cuervo al esqueleto y luego señaló la bocina—. Te comprendo, mejor que escuchar eso.

—Señor Cuervo —dijo el asistente, asomándose por uno de los pasillos. Cuervo, gordo y con las alas chuecas, saltó de su asiento—. Dios le espera.

—Lo sé. Muchas gracias, ¿eh? —siguió al asistente por el pasillo donde se había asomado. Caminaba hacia él un hombre viejo pero mucho más desaliñado, con una boina en la cabeza apenas tapándole el cabello largo y graso, y un cigarrillo en los labios, pasó junto a él sin siquiera mirarlo. El cuervo lo reconoció. “Con razón tardó tanto”, pensó. Volteó para mirar como el hombre se perdía de vista y después, casi sin darse cuenta, chocó frente a la puerta que le esperaba. Una puerta dorada y enorme, que hacía ver la sonrisa del asistente como la burla que en realidad era.

—Por favor, señor Cuervo. Le están esperando.

—Sí, sí. Gracias de nuevo. Al rato te veo —dijo Cuervo, empujó la puerta y una sonrisa enorme, y ojos pequeños, lo miraron adentrarse a lo desconocido.

Mis hermanos.

Esto no es el inicio de un sermón religioso, pero es el título más adecuado. Ayer en la mañana, salí a pagar gastos del colegio de mi hermano. Decidí, de paso, llevarme también su anuario para verlo. En el camino estuve revisando, mirando las fotitos de la juventud chilanga y marista. Jovencitos metrosexuales, mujercitas demasiado desarrolladas, y luego, mi hermano… su actitud flemática, su sonrisa breve de cabrón… me pareció verlo como un niño, de nuevo. Un niño algo decepcionado… pero tal como lo dejé.

Precisamente hoy le comenté a alguien, que no verle durante tres años, me impide despreocuparme de él y no caigo en cuenta que ya esta huevoncito. Hoy tuvimos un conflicto que reafirmó eso, pero me siento demasiado cansado para escribirlo todo. Tengo tantas imágenes de mi hermano, que más bien son mis hermanos… en distintas étapas de su vida, y existe esa base: el hermano pequeño, el hermano que necesita consejo, el hermano del cual soy el rol ejemplar… su hermano… siempre su hermano. Tal vez mi familia no es muy unida, no es la familia típica del mexicano, pero existe ese lazo que quiero conservar indestructible. Ese lazo que tal vez él rompa cuando madure, y se vaya, y aprenda a madrearse solo con la vida… Un lazo siempre fuerte, cuya sociedad considerará raro, porque los dos bastardos deberían llamarse “medio hermanos” y le quitan la palabra que no cuenta.

Es un ideal ingenuo y romántico, de los que acostumbro… ingenuo y romántico, mas no pendejo: el tiempo cambia a las personas, el tiempo las separa y las transforma en otros. Los otros. Estuvimos separados durante tres años… pasará que lo estemos durante más tiempo. Esa lejanía habrá de repetirse porque el tiempo no se detiene, y el tiempo es amo de la distancia y ordena los kilómetros a su antojo. Aún siento esa pequeña ansiedad de saberlo luchando solo. Ese pequeño síndrome de saberle bien. Sin embargo, nunca, he impedido que mi hermano se madreé solo. Es tal vez, con las personas que más quiero, que eso se mantiene indiscutible e inalterable: La madriza es tuya, la vida es tuya, yo te puedo explicar como lo veo… pero tú harás lo que quieras, siempre.

Cuando pasé de mi hermano, la verdadera razón porque llevaba el anuario continuó moviendo mis dedos. Avancé páginas, y páginas, buscando el apellido Fest en otros salones. Mi hermano estuvo en el 306… el mismo salón en el que estuve en 4to. Seguí avanzando páginas, moviéndolas a mi antojo… y cuando llegué al 213, mi salón de 5to, encontré a mi hermana. La admiré un momento. Su piel blanca, su sonrisa agradable, y me identifiqué en ella. No sabe de mí, pero yo sé de ella. Me pregunté, un tanto inocente, si ella fue la que dijo que le habría agradado tener un hermano mayor para que le cuidara.

Llegué a la oficina, aparté la hoja. Saludé a todos, le enseñé a Juan Carlos mi hermana, platiqué un poco de eso, me subí a la sala de edición y en silencio la miraba. No acostumbro a tener este tipo de dudas, y por lo general, soy mordaz cuando me asalta el tema. Sin embargo, la mañana de ayer, después de mirar a mi hermana, sentí cariño… o la ilusión de un cariño. Scarlett. Me dejé caer en mi asiento, y pensé cosas… pensé nada. ¿Cómo creciste? ¿Te has divertido? ¿El CUM te enseñó tanto como a mí? ¿Es una coincidencia o una broma, que hayamos estado en el mismo salón? Tres números más y habríamos tenido el mismo número de lista. Me pregunté si algún maestro habría tenido algún Dejá Vù. Si alguno habrá pensado en el Fest del ‘99 y del 213. No… tal vez no.

Agustín Fest en el CUM era un marginado. Al menos lo fue durante dos años. Alguien que no se daba a notar. Alguien que estaba escondido, atrás del cristal, moderadamente inteligente. Agustín Fest no quería brillar porque le parecía estúpido y una molestia. Agustín Fest no tenía la misma cantidad de dinero, ni los mismos juguetitos, ni la misma ropa que sus compañeritos. Agustín Fest sabía que, materialmente, no tenía nada con que competir y lo mejor que podía hacer, era mantener parte de su espíritu y crecerlo en soledad. Agustín Fest era pobre, una especie de marginado, alguien que buscaba un Zen, un idiota, un teto…

Siempre pensó, que si debía fomar parte de algún grupo, y brillar en él, debía ser por lo que era y no por otra cosa. No quería dar las nalgas rogando por un ipod (ejemplo) y presumirlo. No quería dar las nalgas usando camisas polo. No quería dar las nalgas usando pantalones Levi’s y ponerse cremita para mantener la piel sana y saludable. Ni peinarse con gel, ni rasurarse, ni hacer pendejadas para verse agradable y estético. No se le antojó caerle bien a los maestros para que le tomaran en cuenta las participaciones. No pensaba hablar perfecto inglés frente al grupo, para que le pusieran un diez. Lo que es, lo que te doy, es lo que hay, y no me vas a querer por lo que no te doy, quiéreme por lo que regalo. Es testarudo y necio en eso. Y aunque no quieras dar las nalgas, eres adolescente, eres un chamaco, y a veces terminas dándolas y necesitando brillar. La necedidad de supervivencia en el grupo, impreso en la memoria genética, es aún más fuerte que la testarudez de un chamaquito.

Ví el anuario de nuevo. Ella y su hermana, (y que Agustín Fest sabe), me han dado la impresión de que siempre han deseado brillar o hab brillado porque así nacieron. Estaba destinado que así pasara. Cuando la ví, me paseé por las fotos grupales y la encontré varias veces. El fotógrafo se había enamorado de ella… o sintió lo mismo que yo, un deseo espontáneo de protegerle y llamarle hermana. Estaba desparramado en el asiento, pensando todo eso y recordándome que… bueno, finalmente no eran nada mío, que nunca las miré crecer como a mi hermano, que nunca fui un rol de algún tipo y nunca lo sería. Por otra parte, mirar los ojos de mi hermana, y su sonrisa… me hizo pensar que lo había sido, o que deseaba serlo. Los sentimientos de mi hermano, que recién lo había visto en su fotografía, se transladaron a ella… un espíritu ingenuo, o un fenómeno psicológico, solamente pensaba… no, sentía que amaba a mi hermana, y deseaba protegerla.

Busqué a la otra. Pasé las hojas, y las hojas. La que inició todo el desmadrito. El soul search. La búsqueda de identidad. La noción repentina de la otra familia. Mi hermano llegó un día y me dijo—. Nos dió la bienvenida alguien que se llama como tú. Nos dio la bienvenida una Fest. Desde entonces supe de ella. Les dio la bienvenida, en el auditorio: brillaba o peleaba por brillar. La hermana mayor, la hermana ejemplar, la que ocupa mi lugar en otro lugar. Se veía bonita en esa foto, con la piel un poco más morena. Analicé sus gestos, ella era la responsable, la otra la soñadora. Ella sabe por qué quiere ser médico, la otra seguramente quiere estudiar artes. —A tí, ya no te encontraré por casualidad, cuando vaya a la escuela de mi hermano —pensé.

—Tú ya no me necesitas —pensé—. Pendejadas. Nunca me han necesitado.

Cerré el anuario. De todos los anuarios del CUM, curiosamente, este era el que más valor tenía para mí. La encrucijada del río místico, el destino extraño, la casualidad, juego de azar… esas cosas raras que nunca pasan, pero que se repiten a lo largo de la vida de uno, y le hacen vivir días extraños. Probablemente, sólo nos rozaremos el hombro. El lado oscuro, que se divierte, desearía que los caminos se interpusieran, y tuviéramos que vernos a los ojos para descubrir una que otra verdad. Sin embargo, el otro lado, asegura que sólo nos rozaremos los hombros. Nadie sabe, la verdad. Al final, continúa siendo cómodo para mí estar del otro lado, estar en las bancas de atrás dibujando monas hentai, hablando sólo lo necesario, enfrascado en pensamientos y libros, las lecturas importantes que cambian perspectivas. Vivir otra vida que no es la suya, evitando las miradas, deseando ser el anarquista, el martir de la protesta silenciosa… estupideces.

He salido a fumar. Recordé a Pueblita, y sus amiguitos. Pueblita al que le gustaba molestar en clase, molestar a los otros, el grandote con dinero. Con una voz demasiado gruesa, y sus ya varios años de educación marista, privilegiada. Al que dejaban hacer por abusivo. No me había molestado, pero pensaba… sí, en esa protesta silenciosa y estúpida—. Que no me moleste, que no lo haga… que no se de cuenta que existo, que chingue a los otros chamaquitos y me deje en paz. No hizo caso de mi protesta silenciosa y pues, respondí como me habían enseñado, empujándolo y dándole una patada en el culo. Empezábamos los golpes, cuando entró Vignau, nuestro titular (profesor de religión y matemáticas, hermano marista de ochenta y tantos años), y nos mandó a su oficina. Pueblita en el camino se hizo mi mejor amigo, recordándome que estábamos jugando y que en ningún momento nos habíamos golpeado. Estuve de acuerdo con él, porque sabía que yo era una especie de extranjero en el fascinante mundo marista y él ya tenía sus años de abuso, ya sabía que hacer. Habían insistido tanto en mi casa para que entrara a esa escuela, como para que a mí se me ocurriera ser expulsado a las tres semanas de clases. —Debí dejar que me golpeara —pensé en algún momento, y luego me sonreí—. Nah, eso no va a pasar.

Pueblita y yo, estuvimos escuchando durante algunos minutos que podíamos ser expulsados por nuestra actitud, y que no mintiéramos, que estaban enseñando valores de honestidad como para nosotros tratarle de ver la cara diciéndole que semejante patada en el culo era un juego. Casi me ganó la risa. Nuestros jueguitos demasiado violentitos. A Pueblita se tomaron unos minutos para regañarlo especialmente a él. Algo mencionaron de sus padres, y de su pasado, y de que siempre era lo mismo. Hasta hoy, creo que comprendo porque estuve presente en ese regaño a él. Finalmente a Pueblita lo despacharon, y Vignau se quedó unos minutos conmigo para regañarme de manera individual… pero algo había en su mirada… y luego sonrió un poco, y trataba de continuar el regaño. Hasta ahora lo estoy comprendiendo. Es como lo que pasa con mis hermanas, y sus padres que procuran enseñar valores a sus hijas escondiéndoles mi presencia… y creen que no existe un karma, no creen en el río místico o no miran las señales… . Yo sé que todo se te regresa, si no es a mí, es a tí. Vignau estaba sonriendo, y tratándome como un hijo juguetón, y sugiriéndome—. Ándale pues, ya pórtate bien —como no queriéndome decirlo, como diciéndolo para conservar el decoro… porque conoció mi lugar en ese momento, sabía que estaba ahí por una razón. Un lugar que desconocía en aquel entonces pero suelo ocupar porque me gusta observar, porque miro las señales y porque de alguna manera… tengo un sentido muy anti-heróico de la justicia…

Vignau… creo que estaba contento de que tuviera el valor para darle la patada en el culo al mamón.

La misma vida.

Si no me equivoco, este es el tercer post publicado con ese título. Wordpress me corregirá de mi error en unos momentos, en caso de haberlo. Mientras estuve en mi sabático, descubrí que había un proceso importante dentro de escribir este blog: los procesos automáticos. Mientras edito ando pensando en escribir algo y los tijerazos a los videos, son los tijerazos a las palabras. Mirar las sonrisas, las vueltas, las minifaldas, los hombres envejeciendo, sus ojos… es como guardar una estrecha relación en cada cosa que hago con las letras que me aguardan. Esto es especialmente notable cuando estoy trabajando un proceso casi automático, y mi cabeza hace lo suyo. El escritor que se sienta por escribir, supongo que es una de dos cosas: alguien que ya tiene bien domado su oficio o alguien que esta aprendiendo. ¿Cuántas veces no hemos escuchado de los escritores que guardan un horario para hacerlo? Sin embargo, un proceso como pensar mientras trabajo automáticamente, ¿es parte del oficio? ¿Por eso es recomendable que el escritor tenga otros oficios o trabajos? Pequeñas dudas que me asaltan.

El motivo de que este blog se llame el de los mil nombres, es porque desde que lo empecé, ya me dedicaba a editar a los modelos. Para acelerar el proceso, me aprendía sus nombres y sus apellidos. Hacía juegos verbales con ellos, o bien, cambiaba sus nombres para que fueran cómicos o simplemente se escucharan distinto. Algunos de estos apellidos los conservo, y prometo utilizarlo para escribir un personaje con ellos. Un espacio tan multicultural como este, se presta a aprenderse distintos sonidos, accidentes lingüísticos, orígenes, palabras. Esto se aprecia especialmente cuando uno es testigo de una gama multicolor de nominaciones. “Mil nombres”, pensé, “mil nombres para escribir millones de cuentos, miles de personajes hablando distintas voces, miles de personajes actuando en diferentes historias y con la capacidad de atravesar mundos, tocarse unos a otros”.

Como la misma vida.

Tengo unos meses trabajando aquí, de vuelta y ahora que me veo frente a los rostros de antes, muchos de los nombres se me han olvidado. A veces veo sus caras y me espero unos segundos para ver si salta frente a mí, pero he perdido esa memoria. Aprenderse los nombres, me facilitaba mucho el trabajo y lo aceleraba. Tengo desde hace tiempo un sólo nombre que me molesta incluso en sueños: Gina. ¿Gina qué?, no tiene la menor importancia, pero para un hombre que consume sus noches en cigarrillos y pensar es uno de sus motores vitales, puede ser un pequeño infierno. Tal vez ya era hora de darme cuenta que no tengo veinte años, que mi memoria ya permite las fallas y prepararme para que continúe degenerando en unos años. No hay castigo más apropiado para un hombre como yo: Olvidar.

Tal vez, sólo necesite uvas… si, uvas.

Provengo de un lugar muy lejano.

Dijo el anciano, con algo de tristeza en la mirada, se bajó un poco el sombrero y las arrugas de bronce se escondieron entre las sombras. Yo me estaba fumando un cigarrillo, esperando no se qué, escuchando conversaciones ajenas. Tenía hambre, no había comido nada y en espera de que el anciano continuara su plática, me recargué en el muro. Estaba hablando solo, o tal vez conmigo. Suspiré, y cuando me animé a preguntarle de dónde venía, él cargó su morral al hombro y ya se iba. Me sentí un poco estúpido. Después saqué mi cartera, caminé unos pasos más a la pizzería y pedí una grande, para que comiéramos mi hermano y yo.

Mi hermano estaba dormido en la casa. El día anterior nos desvelamos, acompañándonos, estrenando un juego de peleas. Nos dimos en la madre un par de horas, yo en lo que daban las 4.30 de la mañana (hora de mi llamado [filmación]) y él, en lo que daban las seis de la mañana para completar la guía de física junto con un amigo y vecino. A las cinco de la mañana, estaba haciendo llamadas para asegurarme que el abuelito y su nieta estuvieran en donde habíamos quedado, o bien, al menos en camino. Con la señora no hubo problemas, cuando me respondió ella ya estaba en Polanco. Sin embargo… el pinche abuelo no respondió el teléfono.

Junté las manos, recargué mi cabeza y suspiré. Me empecé a preocupar. Nada sabía que en el futuro, estaría mirando alejarse a un viejo de bronce y buscando en mi cartera dinero para comprar pizza. En ese momento pensaba: Muy bien, se quedó dormido. Muy bien, se quedó dormido para siempre. Muy bien, se quedó dormido para siempre y no tenemos reemplazo. Llamé de nuevo al viejo y me respondió adormilado—. Es cosa seria mijito, es trabajo, ya voy para allá, luego te platico porque me tardé —Esperé unos diez minutos y empecé a buscar el teléfono del asistente de dirección. A los cinco minutos entró una llamada a mi celular: Ricko preguntándome qué había pasado con el abuelito cubano y que el asistente me estaba buscando, que porque mi celular entraba a buzón. Ya esta en camino… deja le marco a Poncho, respondí, colgué el teléfono y marqué al abuelito cubano.

—Si mijito… ya estoy en camino, ya estoy montado en un taxi y ya estoy por llegar —dijo el abuelito. Por la voz, intuí que se había quedado dormido—. Soy profesional, no te preocupes mijito, cuando es trabajo soy cosa seria.

Suspiré de nuevo, me esperé otros cinco o diez minutos, y marqué al asistente de dirección. —Ya tengo al señor aquí. —Muy bien, ¿todo en orden, te hace falta algo? —No señor, todo bien. —Perfecto sale bye —me fui a mi habitación y dormí. De la computadora a mi cama, pensaba lo bonito que era este trabajo sin horarios, y cómo cientos de celulares se activaban en toda la República para cuestiones tan nimias como filmaciones, llamados, vestuario y demás, a las cinco de la mañana. Imaginé que formaba parte de toda esa red, e incluso, pensé que la compañía de celulares nos vigilaba, nos agradecía, y nos guardaba un espacio en su red a estas horas, para este tipo de urgencias. Me cubrí con las sabanas, como si viniera de un lugar muy lejano, y dormí.

Soñé con la exnovia de un amigo. Íbamos en el coche, camino a ningún lugar, cuando ella se desnudó y me enseñó sus piernas. Después se metió mi coso a la boca e hizo lo suyo. Parpadeé, cosa de un segundo, y ella se convirtió en un hombre joven y apuesto. Recuerdo haber suspirado en el sueño, consciente de la transformación tan culera. Permití que me la continuara mamando, al fin y al cabo, estaba guapo el hombre. Pensaba en la cantidad de escritores homosexuales, en la canción de cuna de Auden, pensé que con hombres tan bellos como aquel, tal vez todos nos permitiríamos esos accesos de lujuria. Agujero aunque se de caballero, hoyo aunque sea de pollo, y gallo viejo hace buen caldo. C’est la vie.

Desperté.

Mi hermano estaba dormido, moría de hambre, busqué algo en el refrigerador y poco sabía que saldría a comprar una pizza. Regresé a la habitación y le pregunté como le había ido en su examen, y medio dormido, me respondió que le había ido bien. Sonreí, revisé mi celular, nadie había llamado y pensé que hoy podría quedarme a terminar otros pendientes. Prendí la computadora, me bañé, revisé mi celular de nuevo. Tres mensajes y todos casuales. Unos minutos después, ya me encontraba caminando a la pizzería, pensando en las mocosas que jugaban futbol en la cancha. Seis niñas, entre catorce y dieciseis años, pateándose el balón unas a otras. Frente a mí, un jardinero cargaba sus herramientas en un morral de Linterna Verde.

En el camino, pensaba en el sueño que había tenido, y que había escrito poco en mi blog. Me preguntaba porque había escrito tan poco, y si había cambiado en algo mi método de escribir. No tiene importancia, me dije. Escribe lo que quieras en tu pinche blog, no tiene importancia. Me detuve un momento, un anciano susurró—. Provengo de un lugar muy lejano —lo miré un poco distraído y después prendí un cigarrillo. Me recargué en una de las columnas, queriendo escucharle más y cuando me animé a preguntarle, el hombre puso su morral al hombro y echó a andar, como si llevara sólo la mitad del viaje. O peor aún, el inicio. Sus chanclas alzaban el polvo, la correa de su sombrero se movía como un péndulo y su silueta, se alejaba cada vez más.

Pedí una pizza de carnes frías, y regresé a casa.

Personaje estructurado.

El arte malo es más trágicamente hermoso que el buen arte porque documenta el fracaso humano. Tristan Rêveur..

Al regresar a este trabajo, aún cuando tengo menos responsabilidades, me recordó partes fundamentales de mi persona. Desde el ambiente multicultural (con su variedad de acentos y educación) y las experiencias de épocas varias, hasta pedacitos de como me comporto cuando se trata de responsabilidades y mis sueños aspiracionales (un poco distintos al que se esperaría de un mundo publicitario, pero sueños al fin y al cabo).

Cualquier trabajo, para hacerte feliz, debe ofrecer estos sueños. Desde un burdo “quiero dinero para…” o “me gustaría trabajar para estos proyectos y ganar un poco más”, hasta los grandes como “quisiera hacer casting para películas extranjeras” o “desearía abrir mi propia castinera”. No en balde, la pobre muchacha a la cual reemplacé, sin experiencia alguna en computadoras o habilidades secretariales, se vio totalmente perdida cuando un hombre que había trabajado para varios programas de TV Azteca se paró frente a ella y preguntó por el foro para entrar al casting. Un sueño con patas. No pudo conservar la compostura y paró el flujo del trabajo simplemente para tomarse una fotografía con él (hermosos los celulares). Más tarde (mucho más tarde), se acercó a la directora de casting para pedirle su número de celular porque deseaba invitarle a cenar. Obviamente no se lo dieron y la corrieron muchos kilómetros a lo lejos.

Mis aspiraciones son sencillas, tan sólo quiero un poco dinero para el casorio. Eso y otro trabajo que tengo por ahí (la entrada fuerte), ayudarán a un buen inicio, o al menos, para una excelente luna de miel. Recuerdo aquellas noches de desvelo, mientras cortaba material y guardaba otro tanto, mientras armaba las ediciones y arreglaba sus computadoras, y otro par de cosas más… con un poco de nostalgia, me recuerda como hace cinco años era más ambicioso, más creativo, más extraño y algunos dirían que más pedante. A veces lo añoro, pero con eso basta.

Si me preguntaran cuales son mis sueños, los de verdad, diría que es una casita en alguna playa (no importa si es una choza o un cuadrito hecho con ladrillos), una mesita plegable y disfrutar un sano retiro, con la buena mujer a un lado, solecito y arena.

Me interesó en algún momento ser un escritor de mainstream o incluso, de alguna elite cultural (si eso existe), tal vez todavía persiste en alguna parte de mi espíritu… pero si eso no me llevara a morir tranquilamente en la playa, puedo abandonarlo y seguir escribiendo en un cuadernito. Tampoco me ha interesado trabajar en el cine o en el modelaje (adelgazar y cuidar la dieta, exige demasiado para un muchachito que un rato se murió de hambre) y las nalgas de una vieja son algo que se pudre, como toda la carne, como mi propia carne. Tantas mujeres he visto pasar en estos pasillos en todos sus niveles. Mujercitas de 10 que de un día a otro tienen 15. Mujercitas de 28 que aparentaban 33 y a sus 33 intentan desesperadamente aparentar 28. Los hombres me parecen más patéticos todavía. En días de lluvia, este es un mundo muy triste, como el mundo que se aprecia cuando viajas junto a otro en un camión o en el metro, porque ves las edades, ves los sueños esfumarse de los ojos de un minuto a otro.

La vida inmediata puede dar giros inesperados (me largué a otro país, conseguí un trabajo que nada tiene que ver con mis estudios, nunca esperé pertenecer a una institución de caridad), en todos los lugares, en todos los tiempos, del mundo… sin embargo, el fin es invariablemente el mismo. Si algo quisiera elegir para mí, dentro de toda la vida que aún me guarda y me espera, es dónde voy a morir. Si acabo en un departamento húmedo, lleno de periódicos, mirando nostálgicamente por la ventana concreto trás concreto, deseando haber estado en esa playa, le pediré a quien me acompañe en mis últimos momentos que me cuente de esa playa que tanto escribí, que haga el ruido de las gaviotas y de las olas, que me platique de cuantos metros cuadradas es mi casita, y el color de mi sillita plegable. No hay nada que pueda vencer la imaginación del hombre cansado y fracasado.

Si todo saliera muy mal, si esos giros inesperados concluyeran en mi soledad, tendría una revista de viajes a un lado y esperaría tranquilo, sentado frente a la mesa y con un cigarrillo consumido en la boca, el momento de abrir sus páginas y largarme de una vez.

Patribulando el domingo.

La estrategia, es lograr que abras los muslos. Eso pensé cuando llegué, pero de todas maneras (aunque un poco mejor que el fin de semana pasado) existe un regulador y todas ganas honestas se han encaramado. Ya no tengo ganas de hacer el amor, pero si tú lo quieres hacer, me parece bien… todavía es agradable para el cuerpo. Mientras tanto, puedo escuchar como se termina el domingo y pensar que no pasa nada. El descanso siempre me ha parecido una especie de tortura lenta, que se come el cerebro como un gusanito escondido.

En mi casa siempre tocan la puerta, antes de pasar, aún cuando es un domingo y no estas haciendo nada. Luego, te preguntan si no hay problema (si no estas ocupado) y van directo al grano. La mera cortesía de este acto, obliga que desplaces todo lo demás. Si es para molestarte porque están aburridos, te lo avisan de antemano para que te prepares y siga un momento incómodo, donde cualquier ocupación y sentimiento, deberá esperar hasta que haya terminado el rito. Cuando invaden sin aviso, sabes que es urgente y te alertas. Es una dinámica estúpida, una costumbre difícil de quitar, pero respetuosa y educada. Es preferible a que entren a tu habitación sin aviso y sin algo preparado. Finalmente, para invadir, acostumbro pedir permiso.

Tal vez por ello, me parece, lograr que abras los muslos y sin sorpresas, es una especie de tortura, porque de antemano acostumbro a pedir permiso. Si no fuera por este pensamiento, cuya conclusión probablemente nunca exista, mi domingo sería aburrido y sin valor alguno. Tú no estas consciente de mis costumbres, no las has vivido y puede ser que nunca las entiendas, así como no entiendo las tuyas. Procesar una estrategia es lo más entretenido que puede existir para un hombre como yo, porque me hace pensar en muchas posibilidades, todas ficticias, para lograr algo que nunca pasará.

Lo cual es lamentable. A veces, pensar como se puede hacer el amor, en vez de hacerlo, puede ser más divertido y productivo. Algún día olvidaré pedir permiso y tú pensarás como hacer para que estemos solos, en estas tardes de domingo.