Un lugar.

Hay un lugar, atravesando el mar, donde ninguna aspiración o sueño material es válido. Donde la carne y el deseo se despedazan porque no se puede sentir más. Un lugar donde no te sientes pendejo por pequeñas idioteces, ni grande por los bien merecidos triunfos y eres como un niño pequeñito, perdido, en esa isla donde, el Dios de las probabilidades, tomó asiento para crear el mundo. Me gustaría que ese lugar no tuviera un nombre, si acaso que se refieran a él simplemente como un lugar. La gente hablaría de él por mera casualidad. —¿A dónde vas? —Voy a un lugar —y salte un poco el corazón cuando te das cuenta que vas allá, sin importar el camino que tracen tus pasos, llegarás. Correrás desnudo, libremente, sin preocupaciones, sin risas mordaces y presiones tontas. Una isla de arena, cuya materia prima es el polvo de los felices muertos que se acumula con el tiempo. Sin chistes babosos, ni palabras necias y vacías.

El lugar no existe, pero en todas partes hay escritores necios que lo describen… escritores que después de relatar un contexto histórico o inventar un personaje tan violento como su entorno (una megalópolis o una provincia ignorante), seguro lo desean, en un requicio apartado de su corazoncito. Cuanta ternura puede esconder un hombre o cuanto idealismo, que es capaz de romper toda su rutina y creer que existe, aunque sea unos minutitos. Es otro ideal, pensar que todos escondemos un lugar así en nuestro corazón. Tal vez, es la creación de este lugar es lo que genera la violencia, mientras apartamos nuestra vista esos minutos, podemos dedicar a destruir lo demás.

Me siento un poco idiota el día de hoy.

Del viejo que leía el periódico.

Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 26 de 59


No irán a descansar los dulces ímpetus juveniles a esto que estoy a punto de enseñarles: que si la vida es un dulce o es sal disfrazada de sacarina, no es diferente a la ventana que miras. Si yo me acerco a tu ventana, y ves conmigo a través, cuando terminemos estaremos contando diferentes historias. Si me las crees con los oídos atentos y luego me cuentas la tuya, crearemos una tercera historia. Aún si alzas la mirada y no crees lo que te digo, argumentando cuán equivocado estoy, haremos una cuarta historia, una que rompa con todas las anteriores y a la vez, forme parte del mundo. Si traemos otra persona al círculo, entonces las historias se multiplican por dos o por tres. Así podemos crecer exponencialmente hasta el infinito, o el número imaginario de su agrado, ¿qué más da? No entiendo porque escuchan a este viejo loco.

Admirando el sol que toca su piel joven y blanca, sin manchas, me provoca hacerles una pintura. Pero ya soy viejo, las manos me tiemblan y me duelen en las noches. Las manos que acarician sus mejillas y les hace sonreír con trucos de magia. Podría escribirles un poema, uno que hable de bondades, de manos firmes que aún se miran bellas, pero dudo, porque no soy poeta y lo que leo hoy en día me da asco, nadie habla ya de lo preciado que es la juventud. Todos escriben cochinadas. Pensarían que estoy escribiendo cuánto me gustan mis propias niñas, alguno pensaría que hay un hilo sexual reprimido en todo esto y no es así. Nadie habla ya de lo preciado que es la ingenuidad infantil. Tal vez dirían que también me gustan los varoncitos, sin embargo… no los prefiero, y no me mal interpreten, siempre me ha gustado la gracia que nace con la mujer. Me provoca ternura el instinto primitivo del hombre, pero no es objeto de mi fascinación. Si fuera compositor les escribiría una canción, tal vez con una canción me entienda el mundo.

Tú sigue mirando a la ventana, tú sigue escuchándome. Iré por mi periódico, me sentaré junto a la ventana y prometo leer a medias para seguirles admirando. Admirando la juventud que les pesa, admirando la juventud que ya no tengo, admirando hasta que me tengan que enterrar mañana y sólo queden ustedes, grabadas en el cerebro viejo que ya se me esta pudriendo.

Foto: NOlo

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.

Cuando no hay trabajo en Carrillo Casting

“Cuando despierto, la computadora sigue ahí…”

Siguey leyendo →

Maria II

El niño de cuatro años con el peinado de científico loco entró a su recámara y se recostó. No tardó ni dos segundos en darse cuenta que algo faltaba… su cobijita. Salió apresurado y empezó a buscar por todas partes, hasta que encontró que en la azotehuela, su abuela la tenía en sus manos y fue demasiado tarde… estaba cayendo a la lavadora.

El niño corrió como todo buen atleta corriendo los 100 metros y le gritó a su abuela: “¡Sálvala! ¡Sálvala! ¡Se va a ahogar!”, a la abuela le dio ternura ese gesto pero apartó al niño y le dijo: “Está bien mugrienta, ya la tenía que lavar. Ahorita que termine la sacamos”. Pero aquel niño no hizo caso y gritando: “¡Maldición, maldición!” (que era la única grosería sofisticada que se sabía y podía decir sin que lo regañaran), trató de subirse a la lavadora.

El niño, once años después, no recordaba lo que seguía de ese incidente y su abuela solo contaba lo anterior, como lo hacía justo en ese momento. Y su abuela se reía cada vez que contaba la anécdota y le acariciaba la mejilla. El niño se fue a dormir después y no tardó ni dos segundos en darse cuenta que algo faltaba, entonces salió de su cuarto, sintiéndose ya más hombre que niño y le preguntó a su abuela:

“¿Y mi cobijita?”. “Ya la tiré, ya nada más era un cuadrito de tela, parecía trapo”, dijo la abuela. El niño no supo que decir, tal vez un “Ok” y se fue a su cama, se recostó y pensó toda la noche que de adulto, una de sus excentricidades sería poner ese jirón de tela en un cuadrito de cristal para que el pudiera tenerlo toda la vida. Suspiró resignado y trató de quedarse dormido, antes de hacerlo… su abuela mientras pasaba por la puerta de su cuarto le escuchó decir: “Maldición”.

Y ella sonrió.

Impulso del Amor Joven.

Jóvenes los dos, haciendo poses de pavorreal a pesar de los uniformes de secundaria. Ella demostrando la mejor de sus sonrisas y él con palabras torpes trataba de enfatizar el encanto. Se rozaban las manos, fingiendo accidentes que hasta un idiota hubiera visto a tres kilómetros. La electricidad les pasaba por los cuerpos y se encadenaban con la mirada, aunque temieran convertirse en piedra como la Medusa hizo con aquellos viajeros osados.

Ella se reía nerviosa y él se preguntaba si estaba haciendo un buen papel. Se sentía como el cómico que no sabe si el público ríe con él o de él. No miraban el cielo convertirse en oscuridad, la tarde rosa ya les había dejado atrás hacía unos momentos.

Él iba por un par de refrescos, ella miraba su maquillaje en un pequeño espejo de bolsillo. A ella le gustaba tanto que no quería verse como una niña, quería presentar la extensión de la mujer que podía ser. Se retocaba un poco el maquillaje donde faltaba y a veces se recriminaba del exceso en donde sobraba. Con la rápidez asombrosa adquiría el conocimiento de todas las mujeres, para verse hermosa en cambios de escenario que se daban por segundos.

Al llegar él con los refrescos, se lo tomaron lentamente con la noche ya presente, oscureciendo un parque que era el testigo silencioso de como estos chiquillos se tomaron de las manos y se dieron un beso tímido en los labios.

Una pareja de ancianos los vio besarse y ellos miraron a los ancianos, vieron que les saludaron y ellos hicieron lo mismo, con la timidez por haber sido descubiertos en su privado momento.