[Heber Dor - Cuento] Un beso para el Levanta-muertos

Levanta-muertos camina y recoge en su carreta a los fantasmas necios. Se despierta bien temprano, a las cuatro de la mañana y sale de su chozita en Puerto Octay para llevar su carreta, hasta diez o quince veces al día, para que los fantasmas se suban y los lleve de regreso a la entrada del reino de los Muertos. Los fantasmas necios se quedan un ratito y esperan ahí de noche, para regresar al siguiente día. Y entonces Levanta-muertos despierta, pasea con su carreta pintada con símbolos rúnicos y su machete pega contra su costado, ya morado y acostumbrado. Se va de un lado a otro, recogiendo a fantasmas necios.


Se detenía a mirar el atardecer cuando quería descansar un rato y recordaba como su hija se perdió en el mar. El atardecer en Puerto Octay siempre es bello, y con los ojos buscaba en el mar interminable vestigios de su hija, en el azul que se la vivía regalando brillos y colores diversos, a los ojos grises del Levanta-Muertos.

Y cuando caía la noche, contaba a los fantasmas en su carreta, cada semana había dos o tres fantasmas nuevos. Cada semana, un fantasma dejaba de necear y se iba a descansar o a veces, eran demasiado necios para irse y tardaban meses. Cada semana, miraba el fantasma de su hija, callado e indiferente de su padre, en la esquina extrema de la carreta. En los inicios, había intentado comunicarse con ella y nunca recibía respuesta. Intentó que otros fantasmas lo hicieran, pero estos fantasmas no daban ningún mensaje.

De por si, a Levanta-muertos le era difícil que un fantasma se comunicara con él. En muy contadas ocasiones, podía escucharlos. La primera vez que les escuchó, fue en una discusión de dos fantasmas más necios que de costumbre, y esa noche esperó que fuera la última en que escuchara algo así. No era divertido cargar una carreta llena de reproches. Siguey leyendo →