Querido Diario:
El día de antier fue maravilloso. Vi a Beatriz y me sentí joven de nuevo, platicamos lo que pareció una eternidad y me enseñó a bailar tango. Soy malo con el cuerpo, no te lo voy a negar, aunque sensei Gorostiza procuró que siempre tuviera un balance y un equilibrio a la hora de pelear, aún tengo dos pies izquierdos cuando se refiere al baile.
Me preocupa, solo resta una llave. La que está perdida en el Laberinto es mejor darla por perdida, no creo poder recuperarla. Es fácil intuirlo, mi querido Diario, y te diré por qué: Las semillas que recuperé, sólo fueron tres… y eso es porque los muros del Laberinto se mueven constantemente, las semillas restantes seguro fueron aplastadas por los muros de niebla cuando estos se reorganizaron. Lo mismo pudo suceder con la llave que perdí ahí, no debe ser más que metal aplanado.
Debo ser cuidadoso con la llave que todavía queda. Una vez más para ver a Beatriz. Una solamente.
Ver a Beatriz me ha hecho evaluar el viaje, en éste mar oscuro de Yunén. El viaje en éste barco Mojalnir. ¿Por qué lo hago? Ya, ya… mi querido Diario, sé que tienes dos respuestas muy sencillas: Quiero morir o quiero ser inmortal. Así lo vi los primeros días de mi viaje y así me lo hizo ver cuando se subió la anciana ciega como una carga. Quiero morir para alcanzar a Beatriz o quiero ser inmortal para nunca olvidarla. Nadie sabe qué pasa después de muerto y sólo siendo inmortal, podría conservar su memoria eternamente. Éste viaje, éste viaje ha funcionado en torno a Beatriz… ¿pero por qué me dio tres llaves? ¿Sólo tres?
Es de pensarse, mi querido Diario. Quiere decir que Beatriz es un recurso secundario, ¿no? Tres veces en éste viaje. Aunque mi vida ha girado en torno a ella, no necesariamente éste viaje tiene que hacerlo. ¿En torno a quién gira el viaje? ¿Quién fue el momento impulsor, qué me hizo abandonar mi tierra para someterme a esta dura prueba? ¿Es mi muerte o mi inmortalidad lo que de veras me importa? No, no lo es. Todo fué porque Fest conoció a su unicornio negro, el amor que nació y no fue satisfecho. Entonces él se encerró y a mi me dejó libre.
Eso lo explicaría todo.
Lo que Fest no sabe, es que yo tengo vida propia y yo puedo decidir en cualquier momento detener o seguir, avanzar o saltar. A grandes zancos saltaré hacia el pasillo de la muerte o bien, podría cumplir yo mi inmortalidad. Beatriz no quiere ser olvidada, y francamente, yo no quiero dejar de existir. Me extrañaría demasiado… aunque he dicho en días anteriores que si dejo de existir será por un evento de caos, finalmente yo tengo la decisión sobre mi propia existencia, al menos, en lo que resta del viaje. Yo decidiré cuando morir y así romperemos el viaje.
El problema es que se ha complicado. Ya no sólo se trata de mí. También está aquí el Árbol Tsef, La Anciana Ciega y el Niño Mago (mi pasado que quiere ser como yo, para evitar que Beatriz suceda). ¿Qué hacen aquí? Eso cambia dramáticamente la función del viaje, así ya no sería en función de Fest, ni en función de mí, ni en función de Beatriz y menos, en función del unicornio negro (que aunque fue el detonador, no es el desarrollo). ¿Por qué estoy viajando? ¿Qué es lo que tengo que descubrir? ¿Habrá algo más importante detrás de todo esto?
Tal vez no, Diario. Tú no tienes las respuestas y tampoco me ayudas mucho, solo me preparas más preguntas. Es muy probable que el único propósito de éste viaje es que me marchite algún día, pensando todavía en cuestiones inútiles y existenciales, cuando bien debería vivir lo poco que resta de mi vida en alguna banca, mirando las faldas de las colegialas y sonriendo mientras me tomo café del Jarocho.
Extraño sus piernas.
En fin, hablé con el niño mago el día de ayer, se veía menos animado que de costumbre. Estaba tirado en la proa, recargado en el Árbol Tsef y mirando el cielo. Le pregunté qué hacía.
—Estoy imitándote Simón.
—Déjalo ser, el pasado ya está hecho y aún convirtiéndote en mí, lo único que harías es deformar los bonitos recuerdos que poseo, no cambiar los eventos.
—Déjame amargarme en paz —dijo el niño.
—Cómo quieras… matemos la Magia, niño, vamos… ¡Tú puedes! Te echaré porras desde aquí.
Hice gestos de peleador entrenando y el niño me miró entrecerrando los ojos, se dio la vuelta para evitarme.
—¡Uno, dos! ¡Uno, dos! ¡Matemos a las mariposas y demos nacimiento a los cuervos! Vamos Niño, vamos. ¡Tú puedes! ¡Uno, dos! ¿Para qué quiero bonitos recuerdos de todas formas, ah? ¡No los necesitamos!
El niño me volteó a ver, se limpió unas lágrimas con el puño, se levantó y se fue corriendo a la popa. Le seguí con la vista. Iba a seguirle cuando el Árbol Tsef puso una rama en mis hombros y me detuvo.
—Ya fue suficiente, Simón. No seas cruel.
—Él es peor.
El Árbol Tsef sonrió.
—Él es un niño, los niños son crueles con su sabia inocencia. Los niños nos golpean con los detalles más insignificantes.
Saqué un cigarrillo y lo prendí, miré al Árbol Tsef.
—¿Cómo vas con tu nombre?
En la corteza, había cinco letras que cambiaban constantemente de lugar, no había notado el hecho hasta el día de ayer. Las letras eran: A H T D E. Aunque el Árbol no las cambiaba frecuentemente de lugar, lo hacía lentamente y por lo general, no formaban nada. Después miré sus hojas de nuevo, había algunas cafés y algunas de ellas, ya estaban secas.
—Voy bien, Simón.
—No lo estás buscando, eso es lo que pasa. Por eso te estás marchitando.
El Árbol se rió (¿Alguna vez has escuchado reír a un Árbol? Es lo más bello que he escuchado), cerró sus ojos y como aquella vez, volvió a explotar sus ramas con nuevas hojas. Se apretó la boca de dolor.
—Eres muy listo, pero no te sabes la historia completa y no es hora de contártela. ¿Quieres una manzana?
—No, gracias.
—Simón, enséñame a pelear.
Me le quedé mirando al Árbol, lo miré desde la raíz hasta la rama más alta, le eché el humo de mi cigarrillo en su corteza.
—No creo que pueda, de veras —le dije.
—¡Anda! Creo que me haría bien y me mantendría ocupado.
Suspiré y ante la insistencia, cedí. Le dije que mañana empezaríamos.
El niño regresó, muy entrada la noche a mi habitación. Entró en silencio y me abrazó.
—Quiero que recuerdes, que Beatriz te quiere mucho y también, quiero que sepas… que ella ya está muerta, Simón.
Luego se fue y me dejó una mariposa revoloteando en mi habitación.
Diecinueve días, con sus diecinueve noches.






