Septiembre 26, 2007 — Los cuervos.
Escrito por Agustin Fest.
El cuervo, en su soledad, olvidó los tres puntos y como quebrar las líneas. Cuando estaba con sus hermanos era más fácil. Entre todos observaban el mundo, se reían de él y procedían a mancharlo con sus alas, sus graznidos, sus ojos traviesos. ¿Pero por qué ya no tenía hermanos? —Oh —dijo en voz baja—, yo maté a los últimos. Les enterró en la misma cueva donde se escondían, y esperaban la muerte mientras recitaban poesía, bebían y fumaban. Jugaban antes de morir.
Ya habían pasado tres años, viviendo de su humor pestilente y algunas lágrimas de medio día. Se comió primero los gusanos que nacieron del cuerpo de sus hermanos y dependía de un pequeño manzano que sentía lástima por él y le ofrecía sus manzanas gustoso para que comiera. El cuervo estaba solo, aún cuando era el más joven parecía el más viejo. El cuervo no tenía con quien jugar. Se asomaba por la boca de la cueva, para que le golpeara un poco el sol y admiraba sus alaz de ceniza y polvo. Daba al manzano los buenos días por educación y luego se volvía a esconder. No quería nada que ver con el mundo.
El manzano le contaba a veces de sus hijos mientras él guardaba silencio. El cuervo tenía cinco hijos: el jabalí de fuego, el ruiseñor de agua, el delfín de la tierra, el árbol de aire y la madre vacía. Fenómenos monstruosos que hacían destrozos y que ya eran adorados por la humanidad como dioses. Tres años con el mismo problema, que simplemente crecía y adquiría fuerza con cada día. El problema ya había echado raíces y se había adueñado del mundo. El cuervo, cuando su consciencia estaba de rebelde, pensaba que el genocidio de sus hermanos había sido en vano e inmediatamente después se lamía las heridas, pensando que nunca tendría la fortaleza que tuvo aquella noche donde mató a los sobrevivientes. El cuervo, es y será, siempre su peor enemigo. Es esa consciencia la que los ha permitido vivir a lo largo de los años.
Otro día se asomó y miró, indiferente, como el jabalí de fuego quemó su manzano.
—Gracias —gritó el cuervo malhumorado mientras el jabalí de fuego corría hacia el horizonte—, gracias.
Escuchó al manzano gritarle: “Pensé que éramos amigos, ¡Haz algo!”, mientras se reflejaba su madera en llamas en los negros ojos del cuervo, de alas de ceniza y corazón muerto. El cuervo simplemente respondió: “Los cuervos sólo somos amigos de los cuervos” y se metió a su cueva. El manzano le dijo alguna vez que a sus hijos no les interesaba matarle ya porque era uno solo y sabían lo patético y destruído que estaba. Así que el cuervo, tres años después de sus ansias y su temor a la muerte, mejor decidió suicidarse. Como era poco práctico y sofisticado, lo que hizo fue romperse las alas y tirarse por la boca de la cueva, caer como unos tres metros al vacío y a ver que pasaba.
Después de golpear el piso y achatarse el pico, alzó la mirada y miró que aún estaba vivo. Le dolía todo, un ardor que estremecía cada una de sus extremidades, pero estaba vivo. El hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha puesta, estaba frente a él.
—Estoy vivo —dijo el cuervo, evidentemente frustrado.
—Sí, sí que lo estas —respondió el hombre de chamarra negra.
—Pero si me acabo de suicidar.
—Eso hiciste.
—Es aquí dónde se supone que tú me llevas a una vida mejor.
—Se supone.
—¿Y luego?
—Pues no quiero.
—Oh, muy bien. Gracias ¿eh? Muchas gracias.
El hombre de chamarra se encogió de hombros.
—La verdad no puedo llevarte porque gracias a tus hijos mal educados tengo mucho trabajo.
—Ah… Así que decidiste hacer enseñarme una lección. Ya veo.
—Eso, y qué la verdad la distancia de la que te tiraste no provoca la muerte.
El cuervo escupió sangre. Parecía que se había quebrado algo.
—¿De verdad?
—Sí, pero como quebraste tus alas, no creo que puedas intentarlo de nuevo.
—Puedes arreglarlas.
—Sí, pero no se me antoja.
El cuervo asintió indiferente, con su pico chato y sus alas quebradas. Después de un gran esfuerzo que el hombre de chamarra negro miró divertido, logró ponerse en pie. El hombre lo siguió con la cabeza, como el cuervo agarró camino y se fue a algún lugar, cuando el cuervo desapareció de su vista, tronó los dedos (siempre había querido tronarlos) e hizo lo mismo. El cuervo caminó un largo trecho, donde un par de niños traviesos le arrancaron las plumas de la cola y un perro intentó orinarle encima. Sin embargo, el sol de otoño y las hojas secas que se escapaban con los árboles, le hizo pensar que otros estarían teniendo un excelente día. Si caminaba lo suficiente, llegaría a una carretera donde un trailer podría atropellarle y entonces tendría un día tan hermoso como ellos.
Pero pasó algo. Lo que usualmente pasa con las caminatas.
Se puso a pensar.
Se le ocurrió la más loca de las teorías: Los cuervos nunca pensamos individualmente porque siempre estuvimos volando juntos, ¿será por eso que los hombres son tan promiscuos con la idea de la individualidad? ¿porque se dedican a caminar? Los cuervos nunca pensamos en banalidades, siempre estuvimos cerca de la banalidad, del aire y del cielo. Siempre estuvimos arriba de todos los demás. Pero la individualidad de los hombres, ¿es realmente individualidad? ¿Quiere decir, qué soy un hombre porque ya puedo caminar? ¿Querré comprarme ropa de marca y coches iguales a los otros para ser como los demás?
El cuervo no pensaba bien. Estaba caminando. Cuando se dio cuenta de eso, se detuvo y murmuró—. Gracias, gracias —la idea de suicidarse, con cada paso, le parecía aburrida. Debía hacer otra cosa. Al menos vengar a sus hermanos, matar a sus hijos y procrear otra vez. Seguro que con eso, no vendría la muerte a mofarse otra vez de él y se lo llevaría a un lugar mejor. Algo que no había olvidado el cuervo, después de todo, es que las cosas se hacían siempre para su beneficio personal, incluso salvar al mundo. Sólo que había un pequeño problemita: No había más cuervas para procrear agusto.
—Es hora de tener una audiencia —dijo el cuervo convencido—. Es hora de hablar con Dios. Gracias, ¿eh? Sí, muchas gracias. Lo que me faltaba.
|
Tags: último, caminar, cuento, el-señor-de-todas-las-respuestas, Los cuervos, Muerte, suicidio
Julio 25, 2007 — Casting, Howl.
Escrito por Agustin Fest.
Estoy editando alrededor de 220 personas. Les miro tomar agua y pienso, que algunas personas son estúpidas porque ni agua pueden tomar frente a cámara. Se les escurre, pajarean, después de tomar un sorbo dicen: “¿Ya?” o hacen una cara como si tomaran ácido. Ayer, la edición fueron 140. Algo así. Esta vez la repetición de la acción se hace insoportable y tediosa. La acción no ayuda en nada, porque se les pide que tomen agua como si fuese algo entretenido: sonríe, haz gárgaras, hazle sexo oral a la botella, eso… el clítoris al fondo de la botella, expulsa, lanza tu lengua. El agua revitaliza. Algunos toman la botella como desposeídos, y cuadro por cuadro, miro como abren muy bien los ojos y sacan la lengua. Se les deforma grotescamente la cara. No debe ser bueno vivir en cámara lenta.
Soy más propenso a la violencia cuando trabajo en serie. Doble click a un archivo. Doble click al siguiente. Arrastrar al otro. Guardar el nombre. Guardar la foto. Cerrar quicktime. Abrir el siguiente. Muy distintos a aquellos tiempos. Igual de tedioso, diría. Tal vez no se deforman grotescamente. Tal vez sólo lo imagino. Finalmente, el material que edité ayer, el director decidió no revisarlo y sólo eligió por foto. “Qué cosas”, pensé. El director de casting dice que eligió a puros feos, y después de mencionar un par de nombres… estuve de acuerdo. “Qué cosas”, pensé de nuevo. A juzgar por la marca, probablemente estaremos en problemas.
Mientras miro a los viejos, me pregunto cual morirá primero. Hay algunos que, en siete años que llevo en el medio, continúan con vida. Hay una viejita particularmente amable, que ríe mucho. Pienso que morirá feliz. ¿Cómo voy a enterarme donde llevarles flores? Recuerdo, entonces, el suicidio de un González. He olvidado su nombre, a pesar que era particularmente extraño. Una semana después de su suicidio, recuerdo que me paré junto a él y le ofrecí un cigarrillo. Algo muy extraño, porque me gusta recluirme en mi lugar de trabajo y no socializar con los modelos. Era un chavo muy callado, muy agradable, diría que noble. ¿Todo eso se reconoce con unos minutos de ver a la persona? Tal vez no, su recuerdo bien romántico porque ¡ay, se suicidó!
Tenía mi edad. Tendría mi edad de continuar con vida. No sé porque pienso en él esta noche. No he estado cerca de la muerte, ni tenido pensamientos suicidas. Simplemente llegué a él. Recuerdo a sus hermanos y me he dado cuenta que el tiempo que llevo aquí, otra vez, no los he visto. Era una familia de muchos hermanos, conté unos cinco en su tiempo, incluyéndolo a él. Al González. Parecía un buen muchacho, tal vez un poco nervioso, como yo. Todos tenían nombres bíblicos… Ah, ya, ya lo recordé. He recordado su nombre. He de guardarlo.
La gente parece olvidar la importancia de los nombres. Los nombres son lo que forman al objeto y unen a ese todo. De ser posible, me gustaría que los nombres se conservaran como un secreto. Que sea pronunciado sólo por aquellos que decidamos lo sepan. Puedes saber mucho de una persona, por como trata tu nombre, por como te llama, como deforma el nombre de otros o como los pronuncia.
Caminaba esta noche con Juan Carlos y Ricardo, buscando café, sin saber que recordaría el suicida, y cuando alcé la mirada encontré un enorme letrero que decía: SERVICE69.NET — Asombrado lo observé y lo primero que pensé, es que era la ubicación ideal para un putero. Lo comenté en voz alta—. Para urgencias nocturnes, miren nomás. Nos reímos y cuando regresamos a la oficina, entré a la página. Entre risas descubrí que sí era para cubrir necesidades, pero no las mías, ni las del suicida, que algunos dicen que se colgó en su habitación por amor.
|
Tags: Casting, nombre, recuerdos, rumores, suicidio, trabajo, violencia
Julio 17, 2007 — La Unidad, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
…de suicidio, la señora se ve más débil. Triste. Recuerdo cuando la miraba antes, una mujer robusta y enérgica, como una mujer vikinga. Luego su hija se tiró de la ventana y dejé de verla mucho tiempo. Una vez me la encontré, ya con el cabello corto, cuando solía traerlo largo, y descuidándose las canas. Igual de grande, pero se movía despacito. Me parecía que le pedía algún titiritero jalaba sus hilos simplemente para no quedarse quieta. Me gustaba mucho su hija, antes de que intentara suicidarse. Me parecía una de las morenas más bonitas que había visto. La hija regresó, en muletas, también con el cabello corto. Su hermana y dos amigas revoloteaban alrededor de ella como urracas para hacerle reír. Quien sabe a cuantos habrá espantado. Al menos a mí, me espantó el deseo. Es uno de los pocos recuerdos ajenos a mí, que me causa tanta impresión. Me mudé después a Palenque, y pasé un buen tiempo sin ver de nuevo a la señora vikinga. Ahora que he regresado a la Unidad, todavía la veo, parece moverse un poco más rápido, pero sigue con las canas y los ojos apagados. Así descubrí que un suicidio no sólo mata a una persona.
|
Tags: Muerte, observar, suicidio, tristeza, vecinos
Julio 24, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
Ocho días, con sus ocho noches.
Ya me morí.
Siguey leyendo →
|
Tags: anciana-ciega, beatriz, crueldad, día-79, diario, llaves, ludiah-sartdac, Muerte, palabras, súcubo, simón-dor, suicidio, tormenta, viaje, Yasmín
Junio 13, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Before you slip into unconsciousness
I’d like to have another kiss
Another flashing chance at bliss
Another kiss, another kiss
The Doors, “Crystal Ship”.
…y la miró.
Translucida, con un vestido azul y veraniego, con los ojos de mujer y el cuerpo de niña de hace tantos años que una lágrima corrió su mejilla sin permiso. El dedo que estaba temblando en el gatillo dudaba si apretarlo o soltarlo. Simón Dor quería paz.
—Suelta esa pistola, este no es el momento —dijo el fantasma de ella. El fantasma de Beatriz, el fantasma de Cecilia. El Fantasma del pasado.
—Nunca ha sido el momento —susurró Simón.
Simón Dor medio despertó del trance y sintió la tibiedad de su rostro marcada por la lágrima. ¿Cuántas veces había inventado ese fantasma? De todas esas veces, ésta era la primera ocasión en que lo sentía tan intenso y tan marcado en su piel y su cuerpo que respiraba lentamente, a pesar del intenso temblor en la mano que sostenía la pístola contra su sién.
El fantasma se movió al centro tranquilamente y desafió la mirada media perdida en el trance de Simón Dor. Luego sonrió levemente y bajó un poco los ojos.
—Si te lo pido por favor… ¿bajarás esa pistola? Me asusta, me asusta un poco—repitió el fantasma de Beatriz.
—Es la primera vez que hablamos tú y yo —respondió Simón… bajó la pistola y se la ciñó al cinturón—. Porque está claro, que tú y yo nunca hemos hablado… lo has hecho con…
—Sé con quién lo he hecho —respondió Beatriz nuevamente con su sonrisa—, pero tú me inventaste e hiciste bien… intentaste ayudarlo, es todo. Ahora a quienes menos necesita, es a tí y es a mí.
—A ti siempre ha de necesitarte.
—¿Por qué le mientes?.
—Él hubiera podido abandonarte en cualquier momento.
—Pues no lo ha hecho y si seguimos así, no lo hará —respondió Beatriz y se acomodó el cabello largo… le había crecido bastante desde la última vez que la recordaba, con el cabello atado en una cola de caballo. Ahora lo traía suelto, ahora … era mujer. Un fantasma que había crecido como ellos dos lo hicieron.
—¿Es por eso qué te haz metido aquí? ¿Para abandonarle tú?
—Sabes que eso es una mentira, porque aún así, no nos ha abandonado… tú viaje y el de él, son paralelos. Dependen el uno del otro, porque son simbiotes. Si uno muere, el otro irremediablemente ha de morir.
—¿Entonces qué haces aquí?.
—¿Por qué navegamos en éste mar?.
Simón Dor.
—Por qué queremos morir Garrity, ¿por qué si no?, ¿por qué si no?.
Siguey leyendo →
|
Tags: beatriz, Crystal-Ship, distorsión, duelo, encuentro, fantasma, homenaje, irrealidad, líneas-de-canciones, pistola, silencio, suicidio, The-Doors
Noviembre 2, 2002 — Intento ser Escritor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
En algún universo paralelo… han pasado ya cinco años de su muerte, el mira la luna con cierto desdén y sin asomarse tan siquiera un poquito de nostalgia, le insulta y reniega de los santos, de los ángeles y de Dios mismo, que se ríe de él con un poquito de polvo celestial.
Al caminar no le importa si los coches le pueden atropellar o si está entorpeciendo con su vida alguna construcción. Al sonreír, sonríe cínico y desprecia a las personas que le apoyan y cada día son más escazas con iguales escazos sentimientos. Al fumar y apagar, prende otro igual, porque probablemente no importa cuanto tiempo viva más.
Y al estar en la azotea de aquél edificio, donde se metió a escondidas del portero, mira las gravas que en algún otro universo paralelo, ella mira decepcionada… juega brevemente con el filtro de su cigarro y sin importar, alza sus brazos como el vuelo de un ángel… esperando que sus alas rotas sean suficientes para amortiguar su descenso al infierno.
|
Tags: angel, desamor, favoritos, fumar, infierno, suicidio, universos-paralelos