El camino del inicio perpetuo.

Cuando le dijeron que esperarían al anochecer, él pensó que sería muy buena idea. Sin embargo, el truco del diablo en la mente de Fest era tan poderoso, que cuando se metió al departamento, olvidó las memorias difusas y que la negación significaba su alma y su sangre. Es por esto que me permito llamar al primer camino de Fest, el camino del inicio perpetuo.

Cuando Fest se encerró de nuevo a su departamento, sin energía eléctrica, se sentó en una de las sillas que encontró a base de rutina. Respiró lento y pausado, creyéndose así mismo un oriental. Escuchó los sonidos que no se escuchan regularmente: el sonido del agua en las tuberías, los chistes de los borrachos de medio día, el movimiento de los árboles con el viento, las pisadas minúsculas de hormigas diabéticas buscando los desperdicios en el refrigerador, el reggaeton de los vecinos tres edificios más adelante y cuando terminó todo aquello, pudo escuchar la sangre poblar con su río los latidos de su corazón. Entonces Fest se sintió en comunión consigo mismo y con el universo, se auto congratuló y cayó dormido.

Fue el sonido de su propia erección rozando con sus pantalones lo que le despertó. Tronó los labios molesto y pensó que ser un zen, definitivamente, debía ser la peor putada del mundo. Que lo único que le permitiría empezar la búsqueda por su supuesto amigo, Bob, el cacto, sería empezar de nuevo. Dar el primer paso. Salir y arrollar con el mundo. Estar dispuesto a destruirlo todo y matar, kilos de sangre.

Fue así que Fest descubrió que su putada zen le permitió recordar un poco y burlar el truco del diablo. En el momento que se hizo consciente de su triunfo, el diablo volvió a borrarlo todo y se encontró sentado en una silla, en su departamento sin energía eléctrica, y preguntándose que hacer.

Fest esta loco no porque quiere, sino porque toda la vida ha jugado a Dios y el diablo. Es así, por ejemplo, que se recuerda en la secundaria, en la dirección. A su lado, estaba uno de sus compañeros: Daniel. Él le había robado dos estilógrafos, cuadernos, le había amenazado diversas veces, casi se habían agarrado a golpes una vez. Daniel, igual que el segundo nombre de Fest. ¿Y por qué ambos se encontraban en la dirección, frente a los ojos de la monja Sor Juana? ¿Era por qué él se había hartado de los abusos?

No. A Daniel iban a expulsarle de la escuela. Se había excedido tantas veces ya, que la piedad de las concubinas de Cristo se había agotado. Fest se encontraba ahí porque su abuela le había hecho prometer que nunca abandonara su nobleza. Daniel no es malo, dijo Fest en voz alta, sabiendo que si decía lo contrario también aplicaría así mismo, prometo cuidarlo madre, prometo responsabilizarme de sus actos… Prometo cuidarlo.

Igual que prometió cuidarlo y guiarlo, sabía que si no lograba nada con él, entonces no había de otra que declararlo un hombre perdido, alguien manchado a los ojos de Dios y del hombre. Es por eso que la monja se le quedó mirando con los ojos entrecerrados, graves… Este cabrón se sabe tan listo que esta abogando por el diablo, y cumpliendo o no, habrá ganado.

Pero hubiera sido bonito, pensó Fest, que me hubieran dado la oportunidad de salvarlo… De salvarnos juntos, Daniel.

Prometo cuidarlo madre, dijo Fest en voz alta y empezó a quedarse dormido. En sueños y sin ninguna voluntariedad oriental, escuchó los balones de basket en la cancha, el aceite saltando en un sartén para huevos en el departamento de arriba, los gemidos de una mocosa tocándose después de haber hecho la tarea de mate en su cuarto, el choque de las nubes contra el viento y despertó.

Se sintió terriblemente asustado, no estaba tan acostumbrado a escucharlo todo, así que buscó su reproductor portátil de mp3 y se sonrió estúpidamente cuando escuchó las canciones de José José.

Entonces recordó a la pobre de Perla que le quería tanto, que le admiraba tanto, que le veneraba tanto. Ella compraba los mismos libros que leía Fest, sin falta, y le regalaba libros, sin él pedirlo. Hasta una camisa y calzones le regaló. Yo no puedo amarte, le decía Fest, pero si quieres puedes ser mi puta, y la pobre haciendo como que mamaba y haciendo como que juntaba las piernas y se tocaba. A Fest sólo le bastaba recordarle lo puta que había sido, en público, para que ella bajara la mirada e hiciera como que lo odiaba. No fue la única, pero si todas esas pobres que tocaron su camino tuvieran que llamarse de algún modo, tendrían que llamarse Perla, todas esas que le dijeron “No me maltrates… Quiéreme”, “¿Por qué puta y no amor?”, “Después de todo ¿sólo eso piensas de mí?”.

¿Será por eso, que esta pagando tanto? ¿Karma? Nah, no lo cree, ellas también tuvieron su culpa, cuando lo veían tan listo, tan inteligente y culto, tan alto y blanco, tan banco de genes, tan necesario para mi cuarto de trofeos y de ser posible, para presumirlo como esposo. Pobre de Fest, que se vio en necesidad de enseñarles algo a las pobres putas.

Fest se hartó de las mujeres, cuando era igual con todas, todas eran igual con él. Tal vez ese pensamiento tan simple fue lo que le obligó a buscar querer de verdad. Fue la búsqueda del amor y ese amor como redención. Será que conscientes de esto, otras mujeres trataron de maltratarle y él, gustoso, actuó como un perro mal herido, si en eso consistía la redención, procuraría tener días tan malos que sólo el budismo o el asexualismo podrían curar.

Se volvió una rutina tan desagradable, que hasta pensó en acostarse con un hombre y a chingar a su madre. Venga tu banquete Platón.

Es en esta parte donde Fest quitó a José José del reproductor y miró una de las paredes sombrías e indefinidas, en completo silencio. Creyéndose un Quijote de Broadway, se arrodilló frente a una luna imaginaria y pidió con religioso fervor el perdón de todos sus pecados, hazme caballero, luna misteriosa, para que me perdonen todas las mujeres presta pronto y saba daba…

…y se quedó dormido.

Creo que sin lugar a dudas, el peor error de un escritor es poner demasiado de sí mismo en el inicio de una historia que nunca fue suya para empezar. Pero lo siguen intentando, así como Fest ahora escuchaba como las raíces de los árboles se enterraban en la tierra, el trazo de la pluma de un poeta mediocre, el pedo de un cura mientras ofrece la comunión y la serie de hechos inconexos que continúan entrelazándose para que un escritor pueda echar a andar por fin y rescatar a un asesino, un amigo que no recuerda.

Fest despertó por tercera vez. Decidió salir para respirar aire, despabilarse, hacer otra cosa que recordar y dormir. Cuando salió, el niño Torres trataba de liberar al lobo de fuego limando su cadena. Fest seguía recordando un millar de historias en su pasado, pero ninguna de Bob, el cacto.

-Es inútil, nada funcionará, a no ser que encuentres los jugos de una celta virgen.

-…

-Exacto. Pero la cadena esta puesta en mi cuello por una razón y supongo que es porque mis dientes, de poder alcanzarla, serían capaces de quebrarla. Uno de mis colmillos debe ser suficiente.

Torres y Fest se miraron.

-Ve por unas pinzas Fest -dijo el lobo sonriendo.

Si Fest tuviera que contar esta historia de nuevo, diría que buscó las pinzas con una calma poco común y cuando las encontró y salió con ellas, no estaba seguro de lo que sucedería con ellas pero que esperaba no tuviera que ser él quien las sostuviera en sus manos cuando llegara el momento crítico. Se equivocaba, por la honesta y burda razón de que él siempre se equivoca y termina resignándose por hacer las cosas que no quiere hacer.

Se arrodilló frente al lobo cuando él se lo pidió, y el niño Torres se tapó las orejas para no escuchar los aullidos y las carcajadas guturales del lobo, durante las dos horas y media que tardó Fest para extirparle su colmillo superior izquierdo.

Numaprigo.

Al moverme en círculos religiosos, por lo que a mi educación se refiere, me han mencionado muchas veces la parábola del hijo pródigo. Me han dicho que soy como él. La madre Juanita, incluso, me dijo que Agustín era su nombre, igual que el mío. Si ella tenía razón o no… no lo sé, nunca me he animado a investigar o a sacarme de mi error. Así como la historia de Job, me gusta la de este supuesto Agustín, y estoy bien pensando que tengo algo de eso. Me gusta pensar que en algún momento vendrá la redención de mis vidas pasadas.

Y es que, no hay que pensarlo mucho, pero todos nosotros somos hijos pródigos a nuestra manera. En las iglesias, el sermón del arrepentimiento siempre esta acompañado con esa parábola. ¿Se saben esa historia? Seguro que si, si han ido una o dos veces a misa, han de haberla escuchado por error. Nosotros que somos un país laico (bien católico), es imposible cerrarnos completamente a ello. Si no se la saben, es el turno de este agnóstico de evangelizarles.

A grandes rasgos, la parábola como no la contaba Cristo, era que el hijo pródigo era el juniorsito, el segundo hijo de papá. Un fresa irresponsable, pinche chamaco, que agarró un buen día y le dijo a su jefe—: Papi, o sea, ¿me adelantas mi herencia? Po(t)s, es que quiero viajar en crucero, ¿no? El papá, seguramente lleno de trabajo y como una forma de evadirse de su responsabilidad hogareña, le dio la mitad que le correspondía a la herencia. La verdad es que el padre no podía controlar al pinche escuincle mimado y por eso le dio el varo. Y efectivamente, el cabrón, ese tal Agustín, llegó bien campante al primer Sodoma y Gomorra que se encontró, se emborrachó, tuvo las mujeres que quiso, gastó el dinero en todos sus cuates (chavos interesados, ya saben) y se compró un Mercedes.

Y un buen día, Agustín despertó sin un quinto (el Mercedes ya se lo había vendido a un rico jeque de la región, ¿qué tienen que ver los jeques? Nada, en realidad, pero es que, supongamos que el universo mítico de las mil y una noches se empalmó con el de la biblia), deseando siquiera que le dieran de comer lo mismo que le daban a los cerdos. Avergonzado, humillado y con ese bajón a la realidad, perdió el cantadito fresa a punta de madrazos. Como quien dice, le cayó una monedota de veinte centavos, (una grandecita, como la de los cuarentas) en la frente. Así, tiradito como estaba, conoció lo que era el arrepentimiento. En aquél tiempo, comer lo mismo que tragaban los cerdos era sinónimo de, pues, jodido. Aquí en México, con hambre todo nos sabe a gloria, lo sé… pero Agustín no era mexicano, era judío y ya saben como los judíos descriminan a los cerdos, y a su comida. ¿Capichi?

So… ¿qué hace su papá? ¿qué hacen los papás después de haberlos decepcionado y desafiado?

Pues lo mandó a la chingada. Una más, una menos, ¿qué más da?

No es cierto, no es cierto… al enterarse que su hijo babeaba por las croquetas para puercos, ordenó a sus sirvientes que fueran a recogerlo. Lo vistieron con las más hermosas telas. Lo adornaron con las más finas joyas. Lo llevaron a comer a un burger king especial para judíos. Y el primogénito, nomás miraba calladito a su hermano (Agustín) en los jueguitos para niños jugar con Sofía, la prima romana de la tía Petunia. El carnal mayor, se acercó a su padre con los ojos llenos de envidia y le preguntó—: Oye cabrón, yo que si me he aguantado tu educación moral tan mamuca, tan cuadrada y tan cerrada, yo que siempre pensé que calladito me veía más bonito y que partiéndome el lomo como un asno era un buen niño, ¿por qué a él le haces tanto jolgorio y a mí nomás me das mi leche nido y a dormir?

—Es que mi’jo… … …Eres rete pendejo, de veras.

(En palabras [más coloquiales, por supuesto] de Cristo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.)

Esa fue la anécdota del hijo pródigo. Resuciten y anden, hermanos.