Diario de Simón Dor. Día 55.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 5 de 48


Querido Diario:

He puesto la pistola de McGonnagal en un “salón de trofeos”, ahí estará hasta que sepa cuál será el uso que tenga que darle.

Hoy desperté llorando y con lo que me resta de su fotografía. El viento hacía un escándalo tremendo dentro de esta pequeña habitación, azotando mi humilde ventana y no he hecho más que ver este paisaje oscuro, hasta el horizonte, de agua negra y nubes grises. Swoooooosh… Swooooooosh… el agua, el mar que se mueve de manera interminable y en su murmullo carga los recuerdos.

He despertado llorando y con lo que me resta de su fotografía. El fantasma de ella está escondida entre la maquinaria del barco, haciendo ruidos fantasmales y llamándome a cada minuto: “¿Simón? ¿Dónde estás Simón?”. Ese fantasma que me persigue, que me atormenta, que me ilumina en las noches que me gustan negras hasta el cansancio. Una iluminación falsa e irreal, la pequeña desesperanza del hombre que se hace llamar esperanza de volver a verla, conocerla y sentirla. Aunque sea un énte ectoplásmico con una mantita encima y unos agujeritos haciéndose pasar por ojos.

Es así, que el segundo recuerdo que se abre paso para poder salir del mar oscuro e iniciar el viaje al pasillo de la muerte, dice así (escrito por Agustín Fest, que ha escuchado mis recuerdos desde el inicio y me ha mandado esta carta): Siguey leyendo →

Cuando escriben los muertos I

Sin saberlo se convirtió en morbo y Diana Salcedo olvidó pronto que todo había comenzado por curiosidad.

En realidad, le gustaba leer a todo tipo de gente por medio de los weblogs… no se atrevía a comentarlos o mandarles un mail, ni siquiera le había pasado por la cabeza tener uno. Tan sólo le gustaba llegar a su casa, quitarse las zapatillas y la chamarra, tomar un café (los viernes una cerveza) y abrir las cortinas de su departamento para que la noche la observara de igual manera que ella leía en su computadora.

El primer weblog que leyó fue el de un hombre de su ciudad que daba siempre notitas tecnológicas aunque ese día estaban también anotaciones de sus sentimientos personales. Eso le agradó.

Aquel hombre no comentaba sus sentimientos tan a menudo y dejó de visitarlo un tiempo, entraba tan sólo esporádicamente y le alegraba enterarse del estado anímico de aquel hombre que después de ser el iniciador pasó a ser uno más. Sus noches se convirtieron en un ambiente entremezclado de café colombiano y confesiones en todos los idiomas americanos. Se relajaba en su asiento y leía primero dos, después cinco, más tarde su lista ascendió a diez…

Pero nunca pasaba de un café, la mitad de una cajetilla se consumían entretenidamente cuando leía y jamás dejaba alguno pendiente antes de dormir. Se sentía en conexión con todas estas personas que escribían y al mismo tiempo, se sentía un enlace entre uno y otro. Una cruz clavada durante una tormenta, que ofrecía tender la mano a unos y otros, aunque ellos no supieran de su existencia y a ella no le ocurriera por la mente dejarse ver.

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