La nueva libertad.

Desde hace unos días murió mi computadora. Entonces todo lo he tenido que hacer en varias máquinas. Algunas veces utilizo la mac de la oficina para escribir un poco, algunas veces utilizo mi pocket pc, o si la cargo conmigo, la moleskine para hacer anotaciones breves (Líneas de dudosa utilidad). Me ha parecido un periodo muy extraño el buscar alternativas para desconectarme y reconectarme a la red. Es interesante como la vida cibernética se ha traslapado a mi propia vida. Estoy tan acostumbrado a tener una computadora propia, que se me hace raro no tener una en casa para ayudarme en mis tareas. Extraño mi computadora. Sniff.

Sin embargo, mi tío me ha prestado una más pequeña en lo que destripan la mía (y la componen, espero… de verdad) para poder hacer cosas muy básicas, como chatear (a huevo), escuchar música, leer correos. Lo que hace un usuario común. Una pentium 4 a 1.8, con 500 megas de memoria y Windows XP. Además de la madreada instalación, pues de por sí es lenta. Así que se me ocurrió bajar Wubi, una instalación de Ubuntu para Windows a la que le había echado el ojo hacía un rato. Así empezó mi búsqueda por tener un entorno más estable, más rápido y más bonito.

La Pentium 4, este pequeño vejestorio, me rinde a ojo de buen cubero, un 300% más rápido que si estuviera utilizando windows xp.

Hace unos años, tener uno de estos entornos era dudoso por la falta de herramientas y por la interfaz poco amigable de linux. Los que se acuerden de como usaron la terminal por primera vez estarán de acuerdo conmigo (Reboot). De chamaco habré jugado un mes con linux. Tan sólo de acordarme como debían montarse los discos, como debía navegarse y cómo editar un simple texto con el vii, me provocaba inseguridad. Sin embargo, cada que me topaba con los avances en los entornos de escritorio y el soporte de comunidad, pues me picó la curiosidad. Además, la aparición de Open Office y el esfuerzo de Mozilla por ofrecer sus programas para todas las plataformas, me hizo pensar que al menos lo básico lo tendría.

Y obtuve más que lo básico.

Puedo escuchar música sin problemas. Tuve que bajar algunas librerías para escuchar MP3, pero el buscador de aplicaciones lo hizo rápido y sin dolor. También puedo conectarme al messenger con una aplicación llamada Kopete y puedo navegar normalmente con Firefox. Igual, con la búsqueda de aplicaciones, costó nada bajar un programa ftp para el mantenimiento del sitio, los codecs para ver películas divx, conexión a IRC, messenger, un lector de comics, programas para manipulación básica y avanzada de imágenes e incluso, un programita para aprender y repasar latín (porque el mío esta un poco oxidado, cof cof). Estoy tan animado con este sistema operativo, que ya estoy pensando utilizarlo como el sistema base cuando me regresen mi computadora. Aún cuando he tenido que enfrentarme a la terminal un par de veces (una vez, porque dejé conectado una memoria USB cuando apagué el sistema y no la liberé antes de quitarla).

Lo único que me falta, es una aplicación como q10 (Solamente Windows, chale). Un editor de texto de pantalla completa que su única función es esa: la edición de texto. Sin ventanas, ni menus, salva automáticamente, no parte la madre a la retina, cuenta el número de párrafos, caracteres y palabras (si quieres que lo cuente). Estuve buscando editores de texto para Ubuntu (o algún otro basado en Fedora), pero los que encontré estan enfocados a programación y diseño. Si algún programador o comunidad de programadores me escucha, me estaría haciendo un gran favor si algún día llegara a sacar un programita similar a ese. Es una joya para escritores, bloggers, poetas y autistas.

Entropía

Este post es parte de una serie, llamada “Entropía”. Anotación 2 de 5


Ayer se presentó Dios, impecablemente vestido con zapatos Gucci y un Armani gris oscuro, el cabello totalmente relamido, gemelos de oro en la camisa y lentes oscuros más o menos corrientones. Tocó mi puerta, me asomé y lo invité a pasar, porque uno sabe de inmediato cuando Dios está por presentarse o cuando toca la puerta. No les prometo que eso lo descubrirán eventualmente, ya no es necesario… ¿quieren saber por qué?

Ayer me dijo que el mundo, después el universo, luego al tiempo y al final, la eternidad… terminarían en tres horas con veintidos minutos.

Si hubiera sido el idiota de José Carlos, un intento de escritorsillo que se inventa esas frases para tratar de impactarle a uno, me hubiera reído en su cara y le hubiera dicho—: Qué mamón. Sin embargo, con Dios actué diferente, puse las manos en mi rostro, me arrodillé y musité—: Dios Mío, ¿qué quieres que tu siervo haga para honrar el Temor que te tiene?.

José Carlos se hubiera sentido, seguramente, muy orgulloso de mi.

Dios sonrío, tenía un diente de oro y su Rolex me deslumbró.

—Nada, sólo observa.

Dios salió de mi casa y yo lo seguí con la mirada, vi a través de la puerta abierta como un chofer abría la puerta de la limosina para que subiera. Luego Dios se fué y no lo volví a ver más. Me quedé un rato de rodillas, contando los segundos que transcurrían. Tres horas con veintidos minutos. ¿A partir de cuándo?, me sonreí confundido, tal vez era uno de esos juegos de palabras terribles. Por supuesto, la duración del final sería de tres horas con veintidos, ¿pero cuándo empezaría?

Ayer me puse de pie, estaba muy contento, tanto que me preparé el sandwich más grande que jamás me hubiera preparado. Todavía estaba vivo y Dios nos había perdonados al no voltear el reloj de arena. Me senté en mi sillón preferido y prendí la tele. Le di la primera mordida de sandwich en el momento que cayó la primera lengua de fuego.

En la televisión, había imágenes de noticieros donde un cielo rojo donde columnas de fuego celestial estaban quemando ciudades enteras. Cambié el canal, incrédulo, y descubrí que también estaban lloviendo ranas en Nueva York y por ello, ya se habían caído por lo menos veinte aviones. En Italia, la tierra se abrió para dar paso a un monstruoso demonio con siete brazos y tres pares de senos. En México, los falsos dioses estaban llorando sangre y las vírgenes estaban oscureciendo su manto estelar.

—Tres horas con diecinueve entonces —me dije, malhumorado y resignado, miré la televisión durante varios minutos hasta que la señal se perdió. Salí a mi calle, vi con mis propios ojos el cielo enrojecido, saqué un cigarrillo y lo prendí. Fumé la cajetilla entera durante tres horas con veintidos minutos, observé la casa del vecino ser arrasada por una columna de agua y la del otro vecino por una de fuego. Volaron avispas y arrasaron con los campos de trigo, de cebada y hasta viñedos. Cristo, el hijo junior de Dios, manejó su Ferrari y a diestra y siniestra, eligió a 144,000 para salvarlos en el reino de los cielos. La última travesura de Dios, fue aventar una canica del tamaño de la Luna en la Luna y causar un caos total, en el campo gravitacional terrestre. La Luna-Canica acabó pegando al Sol con tal fuerza, que explotó y el universo entero, implotó y se consumió en un agujero negro.

Un agujero negro bastante grande, que se tragó a todos los demás universos. ¿Basta decir más?

Ayer me dijo Dios que se acabaría el mundo en tres horas con veintidos minutos, lo cual se cumplió. Sin embargo, hubo un error en el sistema.

¿Por qué estoy contando la historia hoy?