Cuervo y Paciencia.

El cuervo caminó durante mucho tiempo para llegar a la casa de Dios. No fue nada fácil en su estado, sus patas le dolían, su pico achatado le molestaba y le impedía ver el camino adelante, sus alas rotas tenían el impulso natural de alzar el vuelo y cada vez que se levantaban un dolor agudo le molestaba todo el cuerpo, los fantasmas de sus hermanos estaban atados a su cola desplumada y sentía gran remordimiento. Sus hijos, los monstruos naturales, de vez en cuando pasaban a mofarse de él. También se rieron de él los espantapájaros del mundo y las palomas. Años después de caminar así por el mundo, se dijo que ese era su calvario y debía continuar el camino del sacrificio. El cuervo, un poco enloquecido, murmuraba “Gracias, gracias”, si encontraba comida o alguien le perseguía. Incluso agradecía las risas crueles, las pedradas, que le picaran con el pico de un palo, que viejitas en el parque le aventaran maíz y luego se dieran cuenta de su color negro y lo asociaran con el diablo.

De vez en vez, recogía un periódico y lo leía—. El jabalí de fuego destruyó una cuarta parte de la Ciudad de Tokyo, las naciones del mundo están al pendientes del avance de los cinco monstruos. O leía—. La madre vacía ha matado a ciento veintisiete personas arrancándoles el corazón del pecho. Ayer le atacó un tanque y no dio resultado. Estamos perdidos.

Lo que le agradaba de los humanos es que no tenían idea de los culpables (los cuervos), y aún cuando tuvieran idea, la única venganza que podrían tener, sería matarlo a él. Cuervo último de su especie. Aún si lo intentaban matar, no podrían hacerlo porque la Muerte andaba de necia y quería divertirse un rato—. Ya te dije que no te llevo —dijo carcajeándose, mientras el pobre cuervo se levantaba después que un tren lo atropellara, lo arrastrara y después lo aventara muchos kilómetros por la vereda. El cuervo se levantó aquella vez resignado, las costillas algo quebradas y sangre goteando por el pico—. Gracias eh, muchas gracias… hijo de la malparida —y agarró camino. El mismo camino de muchos años.

Llegó a la casa de Dios, después de siete años de caminar. Uno de sus asistentes le abrió la puerta y solamente con un gesto, sin dirigirle palabra alguna, lo llevó a la sala de espera. No había nadie en ella, desierta y amarilla, como si estuviera en un hospital. Miró al asistente y le pareció un hombre amable, de cachetes rechonchos y ojos pequeños. El cuervo haciendo uso de sus pocas fuerzas, dio un salto y se acomodó en una de las sillas. El asistente le trajo una almohada, se la acomodó en la espalda, le sonrió brevemente y se dirigió a uno de los tantos pasillos y puertas.

—Hey, hey… —dijo el cuervo—. ¿A qué hora me recibe el Sacrosanto Padre de Este Lugar?

—No lo sé. Hay una persona hablando con él. Llevan siete años discutiendo.

El cuervo asintió lentamente y nomás por el lujo de abrir la boca preguntó—. ¿Y crees que tarden mucho más?

El asistente se encogió de hombros. Sonrió, su nariz roja y redonda enrojeció un poco—. ¿Deseas que cure tus heridas?

—No. Si me presento así es mejor.

—Como gustes. Tengo otras cosas que hacer. Si necesitas algo, grazna fuerte.

—Eso haré. Gracias, eres muy amable… muchas gracias.

El asistente desapareció por uno de los pasillos y cuervo silbó una melodia vieja. Justo después, unas bocinas en las esquinas empezaron a cantar—. “Está en ti… siéntelo”, el cuervo abrió el pico y después se calló. Debía portarse humilde si deseaba una solución a sus problemas. Una pequeña cámara de seguridad, en el centro del techo, parecía seguir sus movimientos. El cuervo movió su pico a la derecha y después a la izquierda, y al escuchar el pequeño motor y ver las luces del aparato, confirmó lo que sospechaba. El asistente estaba más atento a él de la amabilidad que presentaba. Miró los asientos a su lado y vio que tenían un poco de polvo. Hacía mucho que nadie visitaba a Dios. Al parecer, todos le rezaban pero nadie iba a verle. —Con la música que pone, puedo entenderlo perfectamente —murmuró el cuervo, luego miró a la cámara e hizo una burla de la sonrisa amable del asistente.

Alguien le subió el volumen a la música. “Está en ti… siéntelo”.

Cuervo suspiró y cerró sus ojos negros. Pensó en sus hermanos y como los mató aquella noche por sus ansias de vivir. Sus hermanos jugando a los dados, sus hermanos recitando poesía y fumando, sus hermanos que decían: lo mejor es morir esta noche haciendo lo que más nos gusta. Atravesó sus pechos con su pico, les arrancó los ojos con las patas, les golpeó con las alas y ellos solamente reían alrededor de la cueva, reían y cuando mataba a uno, otro se le ponía enfrente para que también le matara. Cuervo abrió sus ojos. Pasó un año con ese sueño en su memoria. La misma canción sonaba en el pasillo. Polvo descansaba sobre sus alas. Las costillas y las alas habían sanado un poco, pero mal… jamás volvería a volar, jamás respiraría como antes, jamás… jamás… miró a su lado y un viejo enjuto, bien afeitado, de ojos claros y traje de cuadros esperaba junto a él.

—¿Vienes a hablar con Dios? —preguntó cuervo, mientras se acomodaba las alas sobre la panza como una señora gorda. El viejo volteó a mirarle, asintió con una sonrisa amable como la del asistente.

—Me han dicho que esta hablando con alguien más desde hace ocho años —dijo el viejo—. Llegué aquí por error, pero me gustaría hablar con él también.

Cuervo asintió—. Son pocos los humanos que llegan a este lugar.

—¿De verdad? Cuando regrese a casa le platicaré a todos mis hermanos para que escuchen sus rezos.

—No creo que jamás regreses a casa. Una vez que llegas aquí, a no ser que Él lo quiera, no hay retorno.

—Oh… había aquí un muchacho muy amable, ¿tú crees que él me enseñe el camino de vuelta?

—No. El muchacho no regresará.

—Pareces conocer más de Dios que yo.

—Sí, porque los cuervos también somos Dios.

—Hablando de cuervos, hace mucho que no veo alguno volando por los cielos.

—Es porque yo los maté a todos. Sí. Gracias… gracias, me dieron las gracias, y los maté.

El viejo guardó silencio un tanto nervioso. Ya no estaba tan sonriente. Cuervo miró a la cámara y sonrió una vez más. Cerró los ojos e imaginó que la cámara era un agujero negro, y en él, las sillas, el pasillo, las bocinas, “esta en ti siéntelo”, el viejo y su traje de cuadros, el asistente y sus rechonchos cachetes, sus alas y su pico achatado, se estiraban y se los tragaba, incluso la muerte y la chamarra negra, se los llevaba a un vacío donde no existiría nada y cualquier cosa con importancia se vería reducida a polvo de estrellas, a polvo de mierda, simplemente a polvo. Cuervo se reía porque sentía como se le estiraban los huesos, como se le deformaba grotescamente la mueca, y le parecía tan gracioso. Le parecía la oportunidad de regresar a la juventud. El comienzo perfecto, uno donde todo empezar a oscuras de nuevo, y los inventarán otra vez como lo más bello, y renegarán de ellos como lo más horrible. Un año después abrió los ojos.

Volteó a su derecha y el viejo que esperaba junto a él, era un esqueleto.

—Nadie tiene la paciencia para esperarlo —dijo cuervo al esqueleto y luego señaló la bocina—. Te comprendo, mejor que escuchar eso.

—Señor Cuervo —dijo el asistente, asomándose por uno de los pasillos. Cuervo, gordo y con las alas chuecas, saltó de su asiento—. Dios le espera.

—Lo sé. Muchas gracias, ¿eh? —siguió al asistente por el pasillo donde se había asomado. Caminaba hacia él un hombre viejo pero mucho más desaliñado, con una boina en la cabeza apenas tapándole el cabello largo y graso, y un cigarrillo en los labios, pasó junto a él sin siquiera mirarlo. El cuervo lo reconoció. “Con razón tardó tanto”, pensó. Volteó para mirar como el hombre se perdía de vista y después, casi sin darse cuenta, chocó frente a la puerta que le esperaba. Una puerta dorada y enorme, que hacía ver la sonrisa del asistente como la burla que en realidad era.

—Por favor, señor Cuervo. Le están esperando.

—Sí, sí. Gracias de nuevo. Al rato te veo —dijo Cuervo, empujó la puerta y una sonrisa enorme, y ojos pequeños, lo miraron adentrarse a lo desconocido.

De lo personal.

Llevo cuatro años escribiendo este diario y me ha parecido una de las actividades más inútiles y adictivas que existen. Pero me gusta pensar que también sirve para otras cosas, como aprender a escribir mejor y comprender mejor la persona que soy. Hay ideas en todo el mundo, acerca de cómo y por qué se debe escribir un blog, sobre todo, hay ideas de como se debe llevar un blog personal. Creo que he quebrado todas esas reglas en algún momento, incluso he quebrado mis propias reglas con la consigna de: “Si no puedes escribir de ti, por más horrible que seas, no vale la pena”. Sé que mi familia ha leído mi blog, y supongo que han descubierto algunas cosas de mí que no habrían descubierto de alguna otra manera.

No escribo pensando lo que van a descubrir o no, porque entonces es “esconder lo que me parece horrible, lo que ellos no entenderían”. Porque es bien sabido que si uno esconde lo feo de uno mismo, entonces también se esconde la belleza que hay detrás. ¿No? Algo así. Tengo la fortuna de tener una familia discreta y que antes de apoyar un código moral, apoyan a la persona que hay detrás. Estos días he pensado en ello y me siento afortunado. Mi blog es una apuesta para mantener a las personas cercanas y queridas a mí… novia, familiares y amigos, queríendome tal como soy, o la persona que escribo ser porque aunque uno crea en su realidad, muchas veces es la mera ficción para otros. Y aunque he perdido algunos amigos, otros me han apoyado con firmeza y mi familia nunca ha dejado de serlo.

Hace unas semanas, por ejemplo, me enteré que mi madre leyó el Diario de Simón Dor y lo primero que le dije, fue que tuviera en cuenta que era ficción. Creo que el Diario de Simón Dor es uno de los más fuertes ejemplos que tengo de diario personal mezclado con ficción. Aun cuando hay algunos elementos que tomé de mi vida, hay otros que no tienen nada que ver con ella y que simplemente son imaginación. Mi madre me dijo que no me preocupara, que ella entendía mucho de lo que escribí y que me felicitaba por ello. Me dio gusto y un poco de vergüenza. Descubrir que mi madre leyó mi propio libro me provocó algo de orgullo y que lo aceptara así, me regresó brevemente a la infancia. Sé que muchas veces he escrito en este blog, sobre todo hace uno o dos años, lo que no me ha parecido de mi mamá y los problemas que hemos tenido… y también sé que son cosas que traeré durante muchos años. Pero por momentos como ese, donde también mi madre me acepta, me hacen pensar que haberme parido no fue tan malo.

Se dice, últimamente, que un blog personal es de lo más inútil que existe, leí por ahí a un escritor de a de veras, hablando del blog personal como una búsqueda de fama o de reconocimiento por alguien que no lo es. Otro escritor me dijo que el blog es una herramienta nada más. Yo pienso que el blog es una de las primeras fases por las que vamos a pasar los seres humanos para seguir comunicándonos: cuando la televisión y la radio son controladas por intereses, cuando los reporteros se compran y los periódicos venden su integridad, seguiremos teniendo un blog para expresar la realidad que percibimos y esa realidad puede ser compartida por otros. Cuando expones tu burbuja es cuando tienes la posibilidad de quebrarla. El blog es una opción para escaparse de los medios controlados, el blog es una manera de recuperar el medio. Por eso pienso que no debe tenerse miedo de escribir tal cual es, porque si uno no tiene control de sí mismo para aceptar lo que ha hecho, si uno no tiene la cara para enfrentarse a sus propias decisiones, entonces pienso que no tiene derecho para recuperar el control del medio, de su vida, de lo que ve, escucha o lee.

En México, si tienes la cara para votar este dos de julio, entonces también tienes la cara para enfrentar las decisiones que has hecho respecto a tu vida, y también tienes la cara para tomar el control. Muchos hablan de que el blog personal es solamente un escape, un método para divertirse, una terapia para continuar con su realidad. Claro que si, escribir de sí mismo tiene muchas funciones. Pero finalmente, lo que escribes es una extensión de tu propia persona, de la realidad colectiva que te rodea, de lo que percibes y observas. Lo que escribes no solamente es lo que sientes tú, es lo que sienten todas las personas a tu alrededor. Escribir es una de las pocas cosas que puedes ofrecerte a ti, y a los demás.

Kayla

Kayla no sabe que el mundo es un desierto y se la pasa corriendo en los escombros, por ahí y por allá. Kayla no sabe que el mundo me ha hecho daño y que me ha convertido en un hombre muy grande que está destinado a seguir creciendo, hasta que los organos le revienten. Kayla no sabe leer y me permite que lea los cuentos de los hermanos Grimm, que llevo en una de las bolsas de mi gabardina. Kayla me dice que así es el otro mundo y me arranca una sonrisa. Mi rostro tan estirado ya, que me da miedo que se rompa cada vez que me hace sonreír y ella se ríe y se burla de mi, entonces a Kayla le nacen alas de un Fénix y me dice—: Un viejo como yo las tuvo hace mucho tiempo, pero no supo que hacer con ellas.

A Kayla no le importa y se ríe de las nubes oscuras en el cielo. Ella dice que incluso, allá detrás de todos esos grises feos, hay conejos corriendo tras los ciervos, y los ciervos persiguen cuervos de pelajes azules y brillantes, que a su vez persiguen un árbol que camina y corre de contento. Me he reído mucho de la imaginación de Kayla —Los árboles no corren. Y ella se ha reído de mi. —En Fafjel, corren todo el tiempo. El Árbol que se está quieto, es un árbol marchito. Asiento lentamente, que triste era la vida antes de Kayla. Y también es triste con ella, cuando son las noches que se queda callada y quieta como una estatua. Y unas lágrimas se asoman de su rostro y es el único brillo que existe en Kayla, cuando esas noches oscuras y feas y terribles.

Kayla me ha dicho que vamos a morir de cualquier manera, cuando está muy pensativa. —Tú corazón está creciendo, tú corazón te va a matar. Me ha dicho Kayla y echa a llorar como si estuviera lloviendo y yo antes hubiera llorado como ella. Pero ya no es así, le acaricio la cabeza y le digo—: Mi corazón está creciendo gracias a ti, porque antes de conocerte era así de pequeñito. Entonces Kayla se está medio tranquila, medio dudosa y se va a correr de nuevo, porque para ella no hay escombros, sino un jardín lleno de flores y mariposas, brisas y cerezos, conejos que persiguen árboles que uno se pregunta de dónde demonios crecieron raíces para echar a correr.

El actor principal de una película de madrazos

Estar en los zapatos de Simón Dor, le hizo descubrir una nueva vida. Así que caminando, como parte de su entrenamiento de peleador, llegó a Hollywood. Tardó un poco en llegar, pero tenía el tiempo del mundo… tenía toda una vida. En el camino, su físico se compuso de nueva cuenta: se hizo más alto, perdió la barba y el cabello le decreció, hasta casi estar rapado. Se almendraron un poco los ojos y cambió el color de su piel. El rostro se le hizo más duro.

A unos pasos, le seguía una sombra. Una sombra que deseaba saber si era aquel que cambiaba de vida en vida y finalmente cobrar su venganza.

Llegó casi al amanecer y pudo apreciar las letras gigantescas, en aquel montecito, que decían H O L L Y W O O D. Wow, se dijo, ¡estaba a punto de convertirse en la estrella de una película de madrazos! Se inscribió a cuanto dojo hubiera por ahí y se consiguió un agente, una pelirroja llamada Molly, quien le cambió la vestimenta. Como no estaban bien seguros qué tipo de madrazos daba; si de karate, judo, kenpo, tae kwan do, kick boxing, a la mexicana o uñas y mordidas; le consiguió unos pantalones negros, zapatos de vestir, una playera negra pegadita y unos anteojos oscuros. Se veía bien cool en los castings.

En los dojos demostraba que era el mejor de todos y en los castings también. Aunque ganaba mil trofeos y reconocimientos de: “Bueno si, peleas bien chido y nos madreaste a todos los alumnos”, en los casting era distinto: los directores bien mamones —pues claro, es que el señor director, ES EL SEÑOR DIRECTOR—, ni oportunidad de hacer el casting le dejaban. Se estaba deprimiendo y Molly ya no sabía que hacer con él. El poco dinero que ganaba, lo hacía en exhibiciones y en concursos locales de artes marciales. No era suficiente, no descansaría hasta verse así mismo en la pantalla grande.

Creció un resentimiento en esta vida.

Es la suerte la que permite a uno quedarse en esas cosas, tan intrigosas y misteriosas, llamadas casting. A menos que seas una modelo aspirante a actriz, cocainómana, dispuesta a hacerlo todo, bien divertida y chichona, no hay de otra. Y la suerte le tocó al actor, cuando le dieron el guión unos tales hermanos Wamasky. Lo leyó y se emocionó cada vez que decía: —PELEA—, ¿qué importaba qué no existiera la pinche cuchara? ¿qué diablos querían decir con Mión? Ah, no… Zion. Lo importante, era la cantidad de veces que decía —PELEA—. Hizo el casting y pues, PELEÓ (es que así decía el guión), destrozando sin querer a cuanto stunt estuviera a su alcance. Los directores se quedaron con la boca abierta y Molly estaba orgulloso de su muchachito que pronto sería artista.

Se presentó tempranito al set, con el vestuario elegante que consiguió los primeros días. (Los directores dijeron que estaba per-fec-to). Le dieron el mejor camerino, con baño personal y un espejo muy grande para él. La maquillista lo seguía a todas partes, para ponerle polvo en la carita y no le brillara su nariz tan feo. Cuando salió del camerino, las fans ya estaban gritando cuánto le amaban y cuántos hijos querían para su familia. Y él nada más sonrió, esa sonrisa que había practicado tantos días de haber estado en Hollywood. Su sonrisa, quien siempre esperó este momento.

Salió en periódicos y revistas. Era la sensación de las calles, pero la vergüenza de los dojos que se tomaban el arte un poquito en serio. Eso no le importaba a él, naturalmente: pronto estaría en el cine. Hizo todas las tomas que le pidieron y unas cuántas extra, sin cobrarles nada porque era nuevo en esto de la artisteada. Se hizo adicto a la cocaína, porque es que casi todos se la metían. Al extasis, las pastas y el alcohol. Así salía en las noches, con tres o cuatro mujeres a su lado. Molly lo miraba decepcionada, es que él ya no era el mismo y se negó a seguir siendo su agente.

No importaba, ya había otros veinte en su puerta.

Cuando borracho y drogado, destrozaba cuánto bar, cuánto club y cuánto antro. Dejaba a un par en el piso y sangrando. Lo metían a la carcel. A los Wamasky no les importaba, pagaban fianza y lo sacaban —Necesitaban hacer otra toma, esta será publicidad… negativa, pero publicidad al fin y al cabo—. Su camerino estaba lleno de botellas de vodka vacías y se miraba al espejo, sonreía. Finalmente, se estaba haciendo una estrella y estos, eran pequeños sacrificios.

El día de la última toma, festejaron todos y al siguiente mes, estreno en cartelera. Un hitazo, la película recaudó casi treinta millones de dólares y el actor, ya estaba firmando para otras dos secuelas, mientras la nariz le sangraba y los ojos se le dilataban.

A empezar la rutina, al día siguiente, en el set a las siete de la mañana. Cinco líneas blancas, dos tragos absolutos. Vamos, estoy listo para la siguiente pelea. Y es que el actor no estaba consciente de sus poderes como artista marcial, ni del resentimiento adquirido, ni de la furia contenida. Ese mismo día, el desbalance del ying y del yang, acumuló toda la energía contenida en sus puños y fue peor que un Kamehame Ha de Neo y un Exploding Star a la Vegeta de Mr. Smith.

Acabó con medio Hollywood.

A huevo.

Medio Hollywood, derruído como si le hubieran tirado una bomba atómica. El actor despertó y miró el desastre, suspiró triste y miró el cielo. Al menos había una película de él en el cine. Se miró las manos, se dio cuenta del error de su camino y lentamente, en el alma, se le fue forjando el propósito de su siguiente existencia—: sería monje budista.

Regresó caminando a México, con una sombra siguiéndole los pasos y escuchando en los noticieros que la caída de Hollywood había sido culpa de Allí-Queda, un grupo terrorista musulmán.

Sueño inverso

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Cuando desperté, era un oso de felpa. Y yo, el mismísimo Simón Dor de Andalucía, de Taxco, de Montevideo y nunca de Paris —porque nunca iré a ver la Mona Lisa— fui a verme a mi mismo. El espejo en el espejo. Oso de felpa-yo, me miraba atentamente, a mi mismo, fumando un cigarrillo y tratando de desentrañar mi propia mirada. Abrí mi hocico triste, mientras me observaba. Y cerré mi boca furioso —mi yo humano— cuando abrí mi hocico triste. No podía permitir que mi yo-Oso de felpa hiciera ese tipo de gestos contra mi propia persona. Naturalmente, no estuve de acuerdo con aquel yo-anciano y le miré con ojos de compasión, tratando de apelar a sus más puros sentimientos. ¿Y él me hizo caso? Claro que no. No me gustaba que me mirara así, ¿qué tiene que hacer un juguete, reprochándome de mi vida? ¿Acaso no tiene suficiente con ser tierno y jugar? Endurecí mi mirada. Endurecí mi mirada con ternura y le enfrenté, vamos ¿qué piensas hacer ahora contra un pequeño indefenso como yo? Debieras preguntar lo que no haré contigo, cabrón desgraciado… un sacrificio vestal se quedará corto en comparación a lo que estoy a punto de hacerte. Lo que voy a hacer, es que voy a tronar mis dedos y entonces comprenderás.

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Cuando desperté, era un viejito de felpa. Y yo, el mismísimo Oso Dor de la Juguetería de Minerva, cocido a mano en China, con relleno de algodón mexicano y nunca de Estados Unidos —porque desprecio a los “teddies” presuntuosos y presumidos de allá— fui a verme a mi mismo. El espejo en el espejo. Viejito de felpa-yo, me miraba atentamente, a mi mismo, fumando un cigarrillo y tratando de desentrañar lo que miraba en el botón de mi ojo. Abrí mis labios triste, mientras me observaba. Y cerré mi hocico furioso —mi yo oso— cuando abrí mi boca triste. No podía permitir que mi yo-Viejito de felpa hiciera ese tipo de gesticulaciones ridículas. Obviamente, no estaba en concordancia con aquel yo-oso y le miré piadoso, arremitiendo contra su fría prisión de indiferencia. ¿Qué si funcionó? ¡Por supuesto que no! No me agradaba en lo más mínimo su mirada, ¿qué tiene que hacer un juguete, reprochándome de mi vida? ¿Acaso no le basta con oxidarse ahí sentado? Entrecerré mis ojos con odio. Con odio entrecerré mis ojos y no quité la vista de encima, andá… ¿pensás qué podrás conmigo? ¡Desde aquí te puedo fulminar con mis puños de algodón! Debieras preguntarte todo lo que puedo hacer contigo, humano impertinente… las libaciones de los antiguos se quedarán pendejas a comparación de lo que yo puedo hacer. Lo que voy a hacer, es que voy a tronar mis dedos y entonces comprenderás.

Aqui estoy

[Matías Elizondo - Realidad] Regreso al origen

Cuando Simón Dor regresó a Jaramillo, descubrió que seguía siendo el mismo pueblo que se hacía llamar ciudad. No se molestó en echar un vistazo, ni en sentir nostalgia y menos soñar con el futuro. No quería ilusionarse y alimentar con ello a la ciudad. La gente lo miró como el fuereño. No sabían, que su pluma había sido uno de sus salvadores en un lejano pasado.

En ese pasado, su nombre era Matías Elizondo.

Y la gente lo miró caminar, el aire parecía no tocarle y se abría paso como hacen los soldados cuando camina la reina de Inglaterra. El polvo se quitaba de su camino, sintiéndose amenazado de su presencia y el mismo sol, no quería iluminarle el rostro otorgándole un semblante gris y opaco. Simón Dor había regresado a casa, sonrió y extendió los brazos. La gente se metió a sus casas, su sola presencia auguraba desgracias. Las viejas rezaron el rosario y las jovencitas miraron con morbo al viejo prohibido.

La primera en sentirlo, fue la presidenta Alicia von Lurendberg, quien se asomó en el preciso instante en el balcón del Palacio Gubernamental para mirar en el horizonte quién era el hombre que tenía la sombra pegada al cuerpo. Un amor lejano le hizo llorar y un odio remoto le hizo apretar los dientes. El segundo fue el Padre Burgos, quien abrió una botella de tequila y brindó por el pasado. El tercero fue Jonás, el dueño del Café de “La Tía Yemita”, se rompieron las cuerdas de su guitarra y frunció el seño, por lo general se rompía una cuerda cuando un gato pasaba por el café… se sonrió, su amigo había regresado.

Y los otros que conocían a Matías, los otros no estaban seguros, pero pronto habrían de estarlo.

Matías Elizondo recuperó su nombre antiguo, caminó hacia el Café de “La Tía Yemita”, no había gente en el local ya que solo abrían de noche. Un hombre viejo, moreno, de complexión delgada y brazos fuertes por el trabajo en el campo, de unos ochenta y dos años, pero que parecía de cincuenta, dejó la guitarra de las cuerdas rotas. Alzó la mirada y creyó mirar una aparición.

Se quedaron en silencio un largo rato, el sol los convirtió en piedra, en una escultura prófana.

—Sabía que eras tú —alcanzó a decir el hombre—. Matías, creíamos que habías muerto, creíamos que ya no regresarías.

Matías sonrió.

—Tengo mucho que contarte, y mis hijos también… cuando vengan —dijo Matías—. Porque son necios y han de venir, a pesar de que les he dicho que no. ¿Todavía tienes tequila? Sírvenos un caballito por los viejos tiempos.

Jonás se rió.

—Aqui solo se sirve café, mi querido amigo.

—Entonces, que sea un café blanco y después mucho café negro. Que todos mis cuentos empiezan con “Erase una vez que se era”, ya que platican de tiempos remotos y son historias interminables… un sueño del que he despertado, para sumergirme en otro.

Jonás le miró admirado, no podía creerlo. No podía creer que Matías había regresado. Luego le preguntaría el por qué, tan sólo quería beberse un café con su amigo y platicar de los viejos tiempos.