Dumas y Domingo

Dumas y Domingo eran amigos, solían salir juntos todos los días a jugar y hacer hoyos en la tierra con varitas de madera. A veces iban a un mercado cercano, compraban unas frituras y un par de refrescos en bolsa en y los bebían mientras se columpiaban suavemente en los columpios. Observaban a las personas y hacían los comentarios pertinentes.

Reían, reían juntos. Las personas que les conocían sabían que eran uña y carne, que era imposible que el uno anduviera sin el otro. Una amistad estrecha que se unía más gracias a la inocencia de la niñez.

Hubo una ocasión en la que Dumas andaba sólo de casualidad, jugando por ahí, un niño más grande le retó. Ambos se dieron de golpes, obviamente Dumas salió lastimado, antes que nada era un niño intelectual y torpe que no sabía meter el puño en el lugar indicado.

Afortunadamente Domingo si sabía, aunque menos intelectual que su amigo tenía un gran corazón, cuando llegó y miró a Dumas tirado en el piso quejándose por la falta de aire, escupió a un lado y no le importó romper uno de sus dientes por dos del enemigo y más importante, por el honor de su amigo.

Nadie volvió a desafiar a Dumas de nuevo.

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Diario de Simón Dor. Día 76.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 36 de 48


Querido Diario:

Me levanté temprano para iniciar las lecciones de pelea que me pidió el Árbol. Si, Diario, me siento estúpido enseñándole al Árbol Tsef a pelear, pero él insistió y yo accedí. Nunca rompo una promesa, por más estúpida que sea. Salí de mi habitación y lo encontré con los ojos cerrados, con la cara al frente. Se veía tan solemne en esa posición, que nadie hubiera querido interrumpirle, aún en sueños vislumbrando el futuro, meciéndose suavemente con la brisa contaminada, olvidando que existe y convirtiéndose en un símbolo importante en el viaje.

En fin, lo desperté con una patada en el tronco.

Cuando le dí la patada, noté que varias hojas secas y frutos maduros cayeron. El árbol entre-abrió los ojos y bostezó, sus ramas reverdecieron como si nunca hubiese estado marchitando. Cerró los labios y los ojos de dolor, después se dedicó a recoger los frutos y las hojas caídas para limpiar la proa y se los comió.

—Bien, señor Árbol Tsef. Usted tiene una ventaja y es la resistencia de su corteza.

El Árbol Tsef sonrió.

—Lo sé.

—Pero uno de los principios más importantes de Sensei Gorostiza, el cuál me enseño judo, kenpo, aikido, entre otras maravillas… es siempre aprovechar la fortaleza del otro. Todo es cuestión de energías, es lo único que necesitas saber. Ya después encontrarás tu centro gravitacional, el que te permite estar balanceado y cómodo a la hora de recibir la fortaleza del otro.

El Árbol Tsef parpadeó.

—¿Debería anotar todo eso?

Prendí un cigarrillo y respiré profundamente.

—Si no te lo vas a tomar en serio…

—Vamos, vamos. Estaba bromeando.

—Bien, para demostrarte de lo que estaba hablando, necesito que me ataques con toda tu fuerza, Sr. Árbol Tsef. Aviéntese con todos esos kilos que carga, no omita ni una sóla rama o raíz…

—¿Estás seguro, Simón?

Respiré profundamente y miré al Árbol a los ojos.

—Completamente.


Yasmín: En ese cuaderno donde has escrito todas las almas que me he robado, ¿qué te falta?
Niño mago: Muchas Yasmín, muchas. Por ejemplo, no entiendo como inició todo y como ha de terminar tu historia. Tengo todas las almas anotadas, pero hay algo que falta y que es esencial en todo ello Yasmín
Yasmín: Es muy sencillo, niño. Yo vivo ciclos de eternidades. ¿Entiendes lo que es eso?
Niño mago: No.
Yasmín: ¿Sabes la diferencia entre un inmortal y un eterno?
Niño mago: No.
Yasmín se carcajeó.
Yasmín: Eres un neófito. Escúchame bien, la creación de éste universo parte de un ser que posee la energía creadora y destructora. Hacemos bien en llamarle La Muerte, porque es el que nos da vida y ya que perfeccionamos poco a poco el camino de nuestra alma, ha de quitárnosla para regresarla así mismo. La Muerte, para mejorarse así misma y a su universo, ha de fragmentarse en tres fascetas (y estas fascetas, pueden a su vez dividirse en otras más): Estas fascetas son Cerebro, Corazón y Alma.
Niño mago: ¿debería anotar eso?
Yasmín alzó una ceja y después dijo: No abuses del recurso.


El Árbol Tsef tomó aire, se impulsó con sus raíces y como estas le dieron a entender “corrió” hacia mi. Movió sus ramas en círculos para defenderse y abrió su boca grande, las letras que formaban su corteza se movieron rápidamente, haciendo líneas incomprensibles y sin forma.

No sabía si asustarme o reírme por lo estrafalario. Conservé la calma y tiré mi cigarrillo cuando lo tuve a dos pasos de mí. Fue sencillo, en el momento indicado lo tomé de dos de las ramas y ayudé que su fuerza hiciera lo inevitable, el Árbol Tsef se tropezó y sin soltarlo, pude alzarlo sin dificultad para estrellarlo contra la madera del barco, la cual retumbó intensamente.

El Árbol Tsef se quedó tirado, perplejo y parpadeando un par de veces. Me asomé para mirarle y le sonreí.

—¿Ya entendiste lo qué te dije? Es muy sencillo, siempre aprovéchate de la fuerza del otro. No debes ser como la roca, ni como el aire. Lo mejor es ser el agua, el agua que fluye. ¿Prometes recordarlo?

El Árbol Tsef parpadeó.


Yasmín: Cerebro, Corazón y Alma. La Muerte se divide en esas tres personas y mantiene su individualidad, para tener el punto de vista de varias y también, para que esas tres trabajen distintos aspectos de sus poderes. El Alma es la que ha de resolver todos los enigmas y las preguntas, la energía que es resultado de un invididuo en plena evolución. El Cerebro es el que ha de responder las preguntas del individuo y también es el que es capaz de distinguir el bien y el mal. El Corazón, es el que elegirá el camino que propone cerebro o vislumbra otros caminos para ponerse nuevos retos que permitirán a Cerebro responder más preguntas para perfeccionar a Alma. ¿Me entiendes?
Niño mago: Intento.
Yasmín sonrió y se meció.
Yasmín: La Muerte, en un libro ha escrito el destino de todas las almas, sin embargo, como está en constante evolución… el destino nunca es seguro. Cuando la Muerte asimila un nuevo concepto o encuentra nuevos caminos para los seres, ha de destruir su universo imperfecto y ha de asimilar lo nuevo que ha aprendido, para así convertirlo en Real.
Niño mago: Wow Yasmín, sabes mucho.
Yasmín: Calla, que todavía no termino. La Muerte, ha creado a los Sanadores y Sanadoras de Almas para facilitar su labor. Estos han de ayudar a los seres ha asimilar el propósito de su muerte para que su energía llegue más limpia y no haya necesidad de reutilizarla, para ésto, nos ha dado el maravilloso don de saber como han de morir las personas. Yo soy una Sanadora de Almas.
Niño mago: ¿Entonces puedes saber cómo voy a morir yo?
Yasmín: Si niño. Y también puedo decirte como ser inmortal. Al hacerlo, entonces he de contribuir en la no-perfección de La Muerte, haré que pierda una pequeña parte de la energía que contribuye a sus Almas y también afectaré así, el rumbo del Cerebro y el Corazón de otros seres humanos.
El niño mago se quedó pensativo.
Niño mago: ¿Por qué eres mala, Yasmín?
Yasmín: Déjame terminar, y entenderás.


El día y la noche número dieciocho, pasó rápidamente. El Árbol Tsef aprendió al pié de la letra lo que le enseñé. Se concentró en sentir el agua que corría dentro de su cuerpo, se enseñó a manejar su respiración de tal forma que podía no mecerse ya, aunque estuviese en medio de una tormenta. Con las pocas enseñanzas que le dí, se convirtió en un oponente eficaz y certero, a pesar de su gran tamaño.

Todavía era torpe en muchos aspectos, sobre todo, por las raíces. Le dije que lo mejor era mantenerse estático, utilizar sus ramas y la resistencia de su tronco. Eso le haría un peleador más eficaz y no necesitaría moverse. El Árbol Tsef peleó muy bien después de ello, me fue difícil asestarle un golpe que le hiciera cerrar los ojos.

Y no pude dejar de preocuparme, que aunque no contuve mi fuerza, veía como caían hojas marchitas con cada golpe que daba en el tronco. El árbol seguía sonriendo con las lecciones… evitaba el tema de las hojas y trataba de tranquilizarme cuando reverdecía sus ramas en un abrir y cerrar de ojos.

Noté que las enseñanzas le habían servido para no sentir tanto dolor cuando sacaba las hojas verdes. Lo hacía para que no me preocupara. Me enojé, me enojé con él. ¿Por qué no me iba a enojar, mi querido Diario, de la vulnerabilidad de la amistad? Me volví más agresivo en la pelea y el Árbol Tsef supo defenderse como todo un maestro.

No dejaba de sonreír por cada hoja marchita que caía. Debo admitir, que es la primera vez que me molesta no saber que es lo que sucede con un amigo. Y haz nota de esto, mi querido Diario: estoy admitiendo, que ese pedazo de madera se ha vuelto mi amigo.


Yasmín: Cuando La Muerte destruye su universo para reconstruir, la energía de los inmortales regresa a él de una manera corrupta y tiene que trabajar en arreglarla. Es retrasar el tiempo para el Universo definitivo, el Universo perfecto. Pero sucede, que La Muerte no preparó algo llamado eternos. Los eternos son los inmortales perfectos. Son almas que consiguen su inmortalidad por medio de algo que nunca acabará.
Niño mago: ¿Algo qué nunca terminará?
Yasmín sonrió.
Yasmín: Si. Por ejemplo yo, que soy eterna. ¿No lo sabías niño? El eterno sobrevive los universos. Está presente en primera fila para ver como uno es destruido para que uno nuevo nazca. El eterno no podrá descansar, hasta que sea el último Universo. Sólo así.
El Niño Mago abrió los ojos… sorprendido. Podía intuir lo que venía. Podía casi adivinar cuál fue la primer alma que Yasmín robó.
Yasmín: Estuve presente cuando el Dios del mito creo a Adán y luego a Lilith. ¿Sabes lo qué hice? Me acerqué, claro que me acerqué… y le dije a Lilith como. Sólo con el conocimiento de los ángeles y los demonios podría ser inmortal, sólo queriendo obtener el conocimiento total de la Muerte, podría ser eterna. ¿Te sorprende? No, creo que no… viví mi eternidad hasta que nací en el nuevo universo y al mismo tiempo, dejé de existir como la vieja ciega que ves ahora, la famosa paradoja del tiempo. Me convertí en mi yo niña, sin recuerdos… ella habría de tomarme en venganza y seríamos una. El ciclo, la serpiente que se muerde la cola. No habrá respuestas, hasta que se perfeccione el universo y he vivido tantos ya, que he robado en todos almas distintas o mismas almas con diferentes condiciones. Es probable que nunca acabe niño… es probable que nunca termine.


Faltan diecisiete días, con sus diecisiete noches. Trataré de saber que pasa con el Árbol Tsef y le preguntaré a Yasmín como va con las almas… porque necesito saber. El tiempo se está terminando.

La Tía Yemita. Multiuniversos.

Nota:

Éste cuento, es probablemente la continuación o el inicio de La Guerra y la Ilusión, probablemente sería bueno que lo leyeras antes de leer éste.

Gracias.

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Resurrección III. Vivir y Morir.

El Mal vivía dentro del oso de peluche, el Mal se había vuelto Real en el presente, pasado y futuro, en el pasillo interdimensional del Señor de Todas Las Respuestas tuvo su primer enfrentamiento con el Bien, quien también se hizo real en todas las dimensiones.

Era más fácil cuando no eran reales, pero no sabríamos nada de lo que sabemos ahora como humanos si no fuera por que el Bien se comió al Mal. Nadie estaba consciente de esto, los humanos en la tierra los que eran buenos, se hicieron muy buenos y proclamaron la paz, los que eran malos en la tierra se hicieron demasiado malos al ver que no había un Mal y buscaron la manera de hacerlo notar.

El Mal triunfaba sobre el Bien en el mito de la humanidad (también en otros mitos, pero no profundizaremos en ellos por hoy), por que en la realidad el Bien había triunfado sobre el Mal.

La Niña Que Pregunta, le preguntó a la Muerte un día, un minuto, un segundo, un año, un mes, un eón en la Tierra, en Marte, en la Vía Láctea, en la Cuarta Dimensión, en el Todo y la Nada.

—Señor de Todas las Respuestas, ¿Qué pasa cuándo el Mal y el Bien se hacen Reales?

—Forman una parte más activa en la Vida de Todo Ser y Hace que su Paraíso dependa de alguno de estos dos mitos, no hablamos sólo de la dimensión del Infierno y del Cielo, que el mito de la humanidad ha creado, si no también una división en las almas que sega Valpix.

—Explícame eso.

—Quiere decir, que hemos hecho a Dios y a AntiDios reales. Las religiones tomarán una fuerza más grande en el mito de la humanidad, así como en otros mitos. Valpix se dividirá en dos entes.

—Pero eso quiere decir…

—Que la humanidad se está haciendo real, así es, los sentimientos serán más intensos, los milagros ocurrirán, habrá ángeles, habrá avatares, habrá resurrecciones, habrá energía positiva y negativa fluyendo frenéticamente, dándole una vida y muerte más intensa a todo.

—Se que la humanidad empezó como uno de tus hermosos sueños, qué tu eres el creador de todo al principio y también eres el destructor de todo al final, pero si Dios y AntiDios se hacen reales, ¿Debe empezar todo de nuevo?

—Si, Dios Bien y Dios Mal se volverán los creadores de todo, pero cómo te he dicho, Valpix algún día me responderá a mi personalmente, no importa en cuántos se divida, no importa lo real qué pueda ser, todos me responden a mi tarde o temprano. Ahora hija mía, presencia la destrucción del Universo, cómo es hora de cerrar esta fiesta, para iniciar una nueva con Bien y Mal en la Tierra y otros Planetas, otras razas.

El Señor de Todas las Respuestas se acercó a un cofre largo y angosto que tenía, lo abrió y sacó su hoz dorada.

—Esta, es la Hoz que destruye todo.

La tomó en su mano derecha, caminó hacia otro cofre chico y corto que tenía, lo abrió y sacó un libro con páginas en blanco.

—Este, es el Libro del Nuevo Universo.

Isabel tomó a Cliqo Jerio, su osito de peluche y siguió a la Muerte.

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Resurrección II. Amar y Odiar.

Es mejor si lees primero El Mal e Isabel. Éste cuento fue escrito hace tres años en una tarde de reflexión fumada.

Dedicado a Itzia.

Isabel andaba paseándose en el reino interminable de Gaia. Le gustaba como podía elegir el paisaje dependiendo de su humor, a veces cuando se sentía contenta se paseaba en las enormes planicies dejando que el viento fresco jugara con ella, otras veces prefería la lluvia y refugiarse en una cabaña que Gaia había creado para ella. Otras veces podía ver todas las estrellas y jugaba a que ella era los ojos del Universo.

Algo extraño a lo que todavía no se acostumbraba Isabel era la desincronía entre el tiempo y el espacio, o sea, se había adaptado perfectamente a los cambios de espacio ya que era algo que ella hacía frecuentemente, cambiar de la Selva de Brasil en la Tierra a las montañas rojas de Marte o a las cascadas de agua purpurea verduzca del planeta Xyn era algo muy sencillo. Lo que no soportaba era dormir como una niña de diez años y despertar como una señora de cuarenta y a los diez minutos ser una adolescente de dieciseis o tener diescinueve una semana entera y tener luego cincuenta años durante cincuenta años enteros.

Vivir en el Reino de la Muerte era toda una experiencia, decidió Isabel un día. Le platicaba a Gaia sus aventuras internas, sus fantasías y los sentimientos que tenía al sentir cambios tan drásticos, Gaia escuchaba siempre de buen humor mientras tocaba su violín y daba vida a todo el Universo.

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Ezequiel y su escritor.

Cuando pensaba en Mayela, Ezequiel no evitaba derramar una lágrima y pensaba en aquél libro que tuvo la oportunidad de ver aquella vez.

Pudo leer brevemente lo que estaba sucediendo en ese momento y pudo leer la muerte de Mayela, a manos de aquella bala que le atravesó el corazón y le perforó el pecho. Así había sido, como lo había escrito aquel hombre.

¿Pero quién lo había escrito? ¿El hombre de los jeans y la chamarra negra? ¿El hombre sin rostro? ¿Dios? No, había sido alguien más, alguien cruel que disfrutaba de matar el amor de otros. “Vive tú vida”, le habían dicho. “Olvidala ya”, dijeron otros.

Cómo olvidar con signos interrogativos, como olvidar.

Y ahora que estaba lejos del libro y aún recordaba a Mayela con profundo dolor, se pregunta si El Libro sigue siendo escrito por aquél desconocido o si el es dueño de su propia historia.

Segunda historia de La Tía Yemita y La Amante de Estrellas

La tía Yemita se sirvió café en su taza de latón, escuchó la respiración de sus nuevos clientes, cómo se hacían cada vez más rápidos. Estaban nerviosos, la tía Yemita disfrutaba de la ansiedad, adoraba exprimir cada minuto de espera para bebérselo como un vampiro bebe sangre. —¿Gusta una taza de café? —preguntó la Tía Yemita rompiendo el silencio, escuchó el sobresalto de sus clientes y se sonrió ampliamente, dio vuelta y tomó asiento mientras estiraba la mano para tomar algo de azúcar y así endulzar su café negro.

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Resurrección I. El Mal e Isabel.

La Niña pidió un taxi, tenía un osito de peluche en sus manos, viejo y rasgado con un collar que decía el nombre de “Cliqo Jerio”. Nadie sabía el significado del nombre, más misterioso aún por qué se lo había puesto. Estaba cansada de caminar, continuaba en la búsqueda de aquél hombre que había visto hace unos días, quería preguntarle cosas, muchas cosas que significaban todo para ella, al menos en estos momentos de su vida.

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El Taxista Caronte

Un hombre esperaba paciente en la acera, el día estaba algo gris por que había llovido durante toda la mañana, el olor a humedad le agradaba, sentía algo de frío pero sólo cerró un poco más el saco y detuvo la ola glacial. El hombre revisó su reloj, se le hacia tarde y la tensión se acumuló en su cuerpo, había dejado pasar cuatro taxis libres por que no confiaba en ellos.

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Se hizo luz.

Dedicatoria: A mi hermano Hugo.

Mi nombre es Víctor y tengo 9 años, aunque en la vida real tengo 8… es una historia algo complicada… lo que pasó fue que necesitaba 6 años para entrar a la escuela primaria, pero apenas había cumplido los 5 años, entonces mi mamá arregló mi acta de nacimiento y me dijo:

“Víctor, a partir de éste momento les vas a decir a todos que tienes 6 años, sobre todo si alguien te pregunta en la escuela, ¿Entendido mi vida?”

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Primera historia de la Tía Yemita y el hombre que no podía sentarse.

Primera historia de la tía Yemita, cuándo le dijo el secreto a aquél llamado Heriberto Jiménez, el hombre que siempre viajaba de pie en el metro. Por Agustín Fest.

La adivina ciega sonrió al sentir al nuevo cliente, no reconocía los pasos ni el olor y además tenía todos los sonidos de un observador que inseguro, levanta y deja objetos, mueve las cortinas y los ornamentos colgados por error.

—Tome asiento, está usted en su casa —aseguró la tía Yemita, una anciana ciega de pueblo, aspiró profundamente y dejó que la fragancia de su santuario le tranquilizara, le gustaba el incienso, el sutil olor a quemado de la cera.

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Arnulfo en las Rocas.

Es mejor si lees primero el cuento de La última bolsa de papas fritas

Nuestro héroe es un hombre nada común, atlético de estatura mediana, porte grosero y vulgar pero con un rostro cuadrado que siempre hace mirar a las chicas dos veces, pero lo que las hace mirar tres es el parche en el ojo. Un parche que no tiene necesidad de estar, ya que nuestro héroe, Arnulfo en las Rocas, lo pone sólo para intimidar a la escoria de la ciudad.

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