Octubre 26, 2007 — Despertares, Olor Gestalt, Paranoidefobico, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
En la mañana, me habló un policía y me hizo algunas preguntas. Estaba tan dormido que las respondí honestamente—. Estaba durmiendo detective. He dormido toda la noche. Sí, mi hermano puede atestiguar al respecto. No. No he salido de mi casa desde ayer… aunque, ayer salí tarde del trabajo. Pero en mi trabajo también pueden hablar con usted, estuve ahí toda la tarde/noche. No se preocupe. Gracias, hasta luego, buendía, bostezo —Me hundí en las sábanas e intenté dormir de nuevo, cuando un intenso olor a sexo penetró mi naríz y no pude lograrlo, vaya, ni siquiera considerarlo. Olía como un animal curioseando por la pradera y entonces me pareció molesto. Al olerme las manos descubrí que eran las culpables. Estaba tan cansado ayer que ni siquiera consideré la chaquetita diaria y la verdad, es que no había tenido sexo desde hacía un tiempo. ¿Entonces por qué? Ya acostumbrado, tomé el celular y busqué si me había dejado mensajes. Nada. Leí el cuadernillo y encontré uno—. Yo lo arreglaré, no te preocupes.
Era como los mensajes anteriores, pero con una gran diferencia: Este no sentía que lo hubiera escrito yo, o mi otro yo. No tenía nada que arreglar, y hasta el momento, no sabía que la otra persona tuviera que hacerlo. Además, la letra estaba ligeramente inclinada y las a’s eran distintas porque en vez de pancitas y fleco, eran unas panzotas, como las que escribía de niño. Las g’s y las j’s estaban garigoleadas, la letra más unida. Era mi letra, pero no la era. O más bien no era… pero podría serlo. La verdad no lo sé, ya no me asombra, ni me confunde, sólo alimenta un poco mi curiosidad. Que los mensajes aumenten su presencia sólo me parece que resta su importancia. Si la persona que está tomando control de mi cuerpo hiciera lo suyo, no tendría que estar escribiendo estas cosas y reflexionarlo. Que lo haga y ya.
Me levanté a lo usual, chequé mis correos, puse un poco de música, me comí un pan, la rutina. Me quité el sueter porque sentí calor y el olor metálico me llamó la atención. Bajé la mirada y mi playera blanca estaba manchada de sangre. Fui al baño para verme al espejo y debajo de la naríz también tenía. La moví y estaba en su lugar. A no ser que me hubiera golpeado con el mueble mientras dormía, la falta de potasio para la hemorragia nasal o que hubiera mostrado un gran poder telequinético (como en los anime, sí señor), no había pasado nada. Mi playera blanca también estaba manchada de sangre. Hice un recuento: No me dolía nada, no había entrado en ninguna pelea, no olía alcohol y no sentía los efectos de alguna droga (que conociera). Todo estaba en su lugar. ¿Maté a alguien? ¿Me había llamado un detective, o me lo inventé como una transición al despertar, después del sueño? No, si de algo estaba seguro, es que yo o cualquiera otra de mis personas, era lo suficientemente temeroso del Señor como para tocar a alguien.
Me soné las narices y me bañé. Maldito olor.
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Julio 11, 2007 — Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.
Cansado de la falsedad, salió un día y mató a un hombre. Quería verlo muerto. Recordó, entonces, cómo pensaba en la muerte más a menudo cuando era joven, específicamente el asesinato. Ríos de sangre corrían por la ventana, después de haber estrellado su cara y que los vidrios se enterraran en la yugular. Cuanta violencia, pensó después, un poco aturdido. Puede ser la cantidad de hormonas las que provocan el pensamiento asesino todo el tiempo, y entonces, chiquillo como fue, escribió poemas consagrados a la muerte, del asesinato, la desolación, la incomprensión. Cosas que se olvidan en la adultez y el movimiento social, la educación, y la moral ayudan a olvidar. —Nunca confesé que me habría gustado verte morir —le dijo al cuerpo, a la cabeza bañada en sangre—. No sabía, que se sentiría tan bien.
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Tags: brevedad, confesión, impulso, Muerte, sangre, violencia
Diciembre 17, 2003 — Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando abrió los ojos y pudo levantarse, miró entre las sombras el hocico del lobo. Los ojos brillaban intensamente en la oscuridad y no necesitó verle la sonrisa estrechándole los labios, pudo adivinarla. Corrió torpemente, escuchó los jadeos, el humo de la respiración cálida del lobo le estaba alcanzando. Odiaba la capa, no le permitía moverse libremente, sin embargo con el miedo no se le ocurrió quitársela. Su mochila hacía el escándalo de tres ejércitos cuando marchaban y a medida que alcanzaba un ritmo, sentía que podía correr más rápido y huír de él.
En la oscuridad, el lobo aulló y aplastó las hojas secas con una velocidad furiosa. Se perdió el ritmo y volvió a tropezar.
Volteó en el instante que el lobo se abalanzaba encima, en un salto preciso y ella miró toda su vida cruzar con la trayectoría del lobo. Directo al cuello. La sangre salió a borbotones, coloreando la capa y el grito agudo arrasó con el bosque. Perdió la mirada a gotas de sangre.
En la noche, se escuchó como el lobo se alimentaba con la carne de aquella llamada Caperucita Roja.
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Julio 15, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
(ojos moviéndose, izquierda a derecha)
Estoy en la oscuridad.
Un cuarto de Trofeos.
En él, hay una pistola.
Con una sola bala.
(ojos moviéndose, arriba a abajo)
Me sacrificaron,
un tal Simón Dor.
Fue con un cuchillo.
De un tajo me rebanó la cabeza.
(jadeo) (jadeo) (parpadeo).
Proteger a Simón.
Un esqueleto de metal.
La piel de Mama Esirasaft.
El reflejo de Zalic Luia.
Los ojos de Galloria.
(sangre) (sangre).
Debo alimentar, odio.
Una llave.
Tres semillas.
Una pistola.
(bostezo) (alzando orejas) (alarma).
No debe venir el último.
Transformación. Transmutación.
Proteger a Simón.
(sonrisa).
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