Diario de Simón Dor. Día 68.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 22 de 48


Querido Diario:

El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.

El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.

El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.

He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.

La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma

Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.

He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.

Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.

¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.

Treinta días con sus treinta noches.


He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.

¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.

—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?

—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?

—No.

—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.

—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.

Sonreí.

—¿Estamos jugando a los favores?

El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.

Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.

—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?

—Vagamente.

—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.

El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.

—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.

Me reí.

—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.

—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.

—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.

—¿Me puedes ayudar?

Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.

—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.

Si, treinta días, con sus treinta noches.

La Tía Yemita. Multiuniversos.

Nota:

Éste cuento, es probablemente la continuación o el inicio de La Guerra y la Ilusión, probablemente sería bueno que lo leyeras antes de leer éste.

Gracias.

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Diario de Simón Dor. Día 62.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 14 de 48


Querido Diario.

En el treintaicincoavo día, entré al cuarto de juegos y cuál fue mi sorpresa cuando encontré a un anciano bastante fuerte. Tanto que si le quitáramos la larga barba blanca y el cabello, parecería un adolescente. Vestía una toga blanca que le llegaba hasta el suelo, emitía una poderosa aura de tranquilidad y amor. (No tan poderosa, porque no me afectó a mi… naturalmente).

Dios estaba en mi cuarto de juegos, yo le sonreí y le guiñé un ojo. Él me respondió con una sonrisa digamos que agradable, ya saben que Dios es amor. Tomamos asiento, uno contra el otro, en el tablero de ajedrez y dejamos que Mojalnir navegara sólo en éste mar oscuro de Yunén.

—Creí que no existías, viejo —dijo Dios.

—Yo tampoco creo en tu existencia y tengo una Biblia para comprobarlo —respondí. Él, naturalmente, se rió.

—¿Blancas o negras? —preguntó Él.

—Negras, por supuesto —respondí yo y prendí un cigarrillo. Dios tosió para indicar que le molestaba pero le ignoré.

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—¿Hace cuánto que no jugamos, Simón? —preguntó Dios mientras miraba el tablero y yo miraba absorto los cuadros negros que indicarían mi siguiente jugada, alcé una ceja y le miré. Esa sonrisa de nuevo, esa sonrisa de amor. Respondí con la mía de sarcasmo.

—Desde el 2001 —le respondí seco—. Es tu turno.

—Eres muy impaciente, mi querido Simón —dijo Dios … paciente—. Pero está claro que no es por Mi que hemos dejado de jugar. Pocos tienen el honor de jugar Conmigo como tú.

—Es que te gusta que te digan que no existes y te lo comprueben como yo lo suelo hacer. Eres, en cierto modo, masoquista. Dios se rió con picardía.

—Estás viendo y no ves —dijo Dios entre risas—. Diría que el masoquista más bien eres tú, que me has visto y niegas que existo. —Puede que seas un invento de mi mente, como todo el viaje.

Dios se quedó serio y pensativo.

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—No Simón, nada es un invento —dijo Dios—. Las prisiones que se inventa el hombre por medio de la mente, son muy reales. Aún siendo yo un Dios inventado poseo las mismas características de el Dios real. Por lo tanto, si soy un invento… parto de la realidad y eso, mi querido Simón, me convierte en una autoridad omnipotente.

—Olvidé que no hay forma de limitar a Dios, porque entonces limitarías su omnipotencia… eso te hace capaz de existir, ¿lo ves? —le dije—. Pero al mismo tiempo, tampoco existes… porque debes cubrirlo todo, el existir y el no existir. Yo sólo elijo lo que me plazca—.

—Nunca se te quitará esa pinta de fariseo —dijo Dios—, pero me agradas muchacho, de veras me agradas.

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—En fin, ¿qué haces aquí Dios? —pregunté, —No creo que solo hayas venido por el simple hecho de extrañar mi dulce compañía y compartir este juego.

Dios me miró gravemente.

—Pero si así es, extrañaba jugar contigo.

—No das paso sin huarache —le dije y le sonreí.

—Simón… —dijo Dios y sonrió—. La verdad es que vengo a divertirme y jugar. No hay razones más allá o tal vez fuiste tú quien me llamó. ¿No has pensado en ello?

—¿Yo? ¿Cómo puedo llamar a alguien que no existe?

Ambos nos miramos y después, nos echamos a reír.

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—Vino un súcubo ayer a verte —dijo Dios. Yo comprendí.

—¿Crees que lo ha enviado éL? —pregunté despreocupado.

—Pero si son sus criaturas, es obvio —dijo Dios.

—¿Por qué mi alma se ha convertido en algo tan importante ahora? —pregunté—. Si es bien sabido que tienen otras ocupaciones. ¿Qué hay de importante en ello?

—Es ahí donde te equivocas, precisamente —dijo Dios y debo decir… que me confundió.

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—Nos eres importante, como todos… cada uno de mis hijos es importante y para éL es importante arrebatarme cada uno de ellos. Eso está claro —dijo Dios pensativo—. Pero hay algo más importante aún Simón y es el resultado. Tú no lo ves como nosotros… tú lo ves en blanco y negro, cómo este tablero que está aquí… y la verdad es que eso está… —Dios meditó la frase y se sonrió—. Pasado de moda.

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—Seguiré con interés tu viaje Simón —dijo Dios—. No hablaremos de Biblias el día de hoy, ni discutiremos lo que está escrito con las manos del hombre que bien fueron inspiradas por mí.

—Está bien —dije yo.

—No dejes que tu viaje se enfrasque en métodos de maldad y bien.

—No ha sido así, ni será.

—Sólo quería escucharlo de tus labios.

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Dios tiró su rey.

—Hoy ganaré de nuevo —sonrió Dios—. Pero te concederé el observar como tiro mi rey… teniendo fé en que eso te anime un poco.

—Ja. Gracias… Solo tengo una pregunta Dios…

—Adelante.

—¿Por qué, no salvar al hombre? Lo hiciste una vez… ¿Por qué no salvarme a mi? ¿Por qué lo que has hecho conmigo hasta ahora? Eso, hipotéticamente, si admitiera que existes.

—Bueno Simón —dijo Dios sonriendo—, es cierto que tuve que mandar a mi Hijo para hacer un milagro del tamaño de la humanidad. Y me veré irremediablemente cursi a pesar de que odies eso.

—Venga…

—Es un milagro que sólo puede hacerse una vez. La salvación del hombre depende de cada uno, tú propia salvación, depende ahora de ti mismo. Yo sólo me animo a mover un poco el ambiente para recordarles que tienen que salvarse. ¿Acaso no les he dado libre albedrío?

—Ya lárgate, viejo meloso… lárgate con tus diálogos de película. Si embadurnas con más azúcar este barco, capaz que seré víctima de abejas y tan sólo me habrás traido desgracias.

Dios se rió, de esa forma… dulce, que tanto aborrezco. Prendí otro cigarrillo y miré intensamente Sus ojos, hasta que desapareció.

La salvación del hombre, la salvación de mí mismo… depende de mí mismo. Dios no hará otro milagro como el que hizo hace siglos, sencillamente porque no se le antoja.

Si… la salvación depende de mí mismo. ¿Quiero ser salvado? ¿Quiero que se abran las nubes negras y en un estado místico, alce mis brazos al ritmo del Gospel de los ‘20 o ‘30? No, la verdad es que no.

¿Por qué le pregunté a Dios porque no me ha salvado, si yo ni siquiera tengo la consideración de querer salvarme a mi mismo?