Ernesto Rodriguez, cargando a su hija de dos años, decidió hacer su hogar en las afueras de la ciudad de Jaramillo. Encontraron una casa abandonada en Puerto Octay, de tres habitaciones en total y hecha de madera. A Ernesto le agradaba que tuviera vista al mar, a su esposa le hubiera encantado.
Recordó el consejo de aquella anciana que le dio la bienvenida: “Luche mucho y no se rinda”. Eso pensaba hacer, se lo debía a su hija y a su difunta esposa.
En su maleta, llevaba unos pantalones de lana y una camisa. Había vendido sus trajes cuando no pudo conseguir trabajo en la capital. Lo demás, era la ropita de su niña (Isabel), la cual estaba dormida en sus brazos. Costaba mucho trabajo cuidar a una niña y eso le hacía recordar cuanto extrañaba a su esposa.
Sentó suavemente a la niña, quien protestó un poco porque estaba dormida. Dejó unas cobijas en una esquina de la pequeña casa de madera y las preparó para improvisar una cama. Cuando le vio forma, regresó por su hija y la acostó. La niña sonrió en sueños y rápidamente se adueñó de la cama.
Agradeció al dueño anterior de la casa, que al menos tuviera una silla y una mesa. Revisó otras dos puertas, una era un baño con una modesta tina y la otra era un armario. Vació el contenido de su maleta (un biberón, pañales de tela, jabón y la poca ropa de repuesto de él y de Isabel) y después la dejó en el armario.
Sería difícil. Pero ya cualquier lugar era bueno. No se imaginaba que Jaramillo fuera diferente a los otros lugares donde había luchado para conseguir trabajo como profesor. El problema siempre había sido Isabel, no había con quien dejarla y lo que otro hombre hubiera hecho en su lugar, hubiera sido conseguir una mujer que le ayudara con ella. Ernesto no se sentía listo para otra mujer. No quería a otra mujer.
Se sentó en la silla de madera y miró a su niña dormida. La lucha valía la pena. Recargó su rostro en sus manos y apretó sus ojos. Si, luchar por ella valía la pena.
Fuerte carcajada.
Sollozos de emoción.
Risas, risas… soy tan feliz. Continuar leyendo →