En la mañana, que desperté, me veía fatal.

De verdad, como el mensajito de celular que tengo anotado desde hace unos meses. Incluso me animé a tomarme una foto, exagerando un poco los gestos. Ahora entiendo porque los taxistas a veces no quieren llevarme: han de creer que soy un drogadicto o un pordiosero. No me levanté super temprano, 10.30 de la mañana es algo bastante decente para el negocio en el que estoy. Sin embargo, por andar buscando unos juegos para mi suegra (ay que pinche lindo eres) y por andarlos probando (porque no fueran a ser pornografía) me dormí como a las cinco de la mañana. Todos los que bajé, tienen que ver con el uso del ratón, un negocio que esta creciendo y la velocidad para clickear / atender al cliente. Son adictivos esos jueguitos.

Llegando a casa los desinstalaré todos, aunque me duela. (Mentiroso). Hoy en la mañana, antes de salir a trabajar, se me ocurrió abrir el jueguito de las hamburguesería y veinte minutos después, salí corriendo para tomar un taxi. Jugué para ver si eso me despertaba y la verdad es que, creo que me zombificó más. Las excusas que se inventa el hombre para sanar la relación con sus adicciones.

Una de las cosas que me preocupa cuando escribo, es el exceso de “que”. Evitándolos, entonces, caigo en otros lugares comunes o muletillas que uso para evitarlos. El que es un arma de doble filo. ¿Y qué?

Según entiendo, se avecina una semana tormentosa. Al menos tres proyectos y uno de ellos lleva quince personajes. Con razón me veo fatal desde el martes. El lunes no se cobró con la mala vibra que acompaña todos los inicios de semana. Se me acabaron los cigarros ayer, así que no fumé mi primer cigarrito mañanero. Sin efectivo en la cartera y como treinta pesos en la bolsita jota de las moneditas. Me prometí no comprar una cajetilla. No por dejar de fumar, sino por la pereza de imaginar la caminata para comprar los cigarrillos. Llegando subí a saludar, me serví un café bastante cargado y caminé a mi lugarcito de siempre. —Aquí me sentaré —dije en voz alta, seguro, firme—, hasta que de señales de que estoy verdaderamente despierto.

La primera señal, fue que se me antojó un cigarro. No quería caminar al cajero, ni siquiera salir a la tienda. Me aguanté las ganas y abrí el internet para distraerme… “abrí el internet”, suena como algo que diría una abuelita, me gusta. Lo voy a utilizar de ahora en adelante para que algún sabelotodo quiera corregirme. Estoy escribiendo mal, porque me veo fatal, pero siempre es divertido escribir tan pronto uno despierta. Lo regresa a uno al orígen, donde sólo la ortografía correcta importa, a veces ni eso. La función más primitiva de escribir es comunicar. Que la comunicación sea un proceso complejo, o que se puede acomplejar al gusto del comunicador (o del escucha que gusta sobre interpretar), es otra cosa. Sin embargo, la función más primitiva de comunicar (redundancia… chale) es darse a entender. Si me entiendes ya es ganancia.

Estoy animado por dos concursos literarios que voy a presentar, uno es de cuento de ciencia ficción y fantasía, el otro es de narrativa infantil y tengo un año para prepararlo. Ya escogí un cuento para dárselo a la ilustradora estrella, a ver si le gusta. Si no le gusta, dice mi novia que releerá los cuentitos de mi blog y elegirá unos cuantos por mí. Dice que quitándole las malas palabras, la cachondería y la sangre, es posible presentarlos como cuentos infantiles. Yo no tuve de otra más que asentir estupefacto ante la propuesta. Hay otros dos cuentos que tengo pensados por sí ese no gusta. Ya que elijamos la base, la señorita ilustradora y yo, entonces podré trabajar en base a texto, y probablemente en base a los dibujos.

Bajé a saludar a la administradora de esta empresa, y cual fue mi sorpresa que me dio doscientos pesotes: cómprate cigarros, cómprame cigarros, cómprale cigarros, a ese güey un encendedor. Ya que iba saliendo, me gritaron que también comprara un danup. A huevo, sin poner un quinto, y ya con el mono del cigarro chingando, caminé jubilosamente a la tienda y cumplí todos los encargos. Así conseguí mi botellita de agua. La caminata, cuadra y media, seguro me despertaría. Honestamente no, pero limosnero y con garrote, pide más a la vida.

Sabes cuánto te quiere una mujer cuando puedes hacerle reír. O bien, te permite hacerle reír. La risa deforma, envejece, se cobra con tu rostro, pero te hace sentir tan bien. Hacer reír no consiste en contar chistes, sino que es un símbolo de la complicidad y la confianza. Mi mujer ríe mucho de mis babosadas. Eso no resta que disfrute más el sexo con Sancho, pero ríe mucho y sé que me quiere (nomás que lo cache). Extraño la risa de mi tía Imperio y mi tía Raquel. Hace mucho que no les escucho una carcajada. Mi madre raras veces se reía, pero cuando se reía, lo hacía abiertamente. Arrancarle una risa a mi madre era muy difícil. Igual que con mi abuela. Pero una vez encontrando ese detallito continuaba, porque su risa era como música para mis oídos. Lástima que la vida no es una risa perpetua.

Ahhh, lástima.

Risa.

Si la niña ríe, es porque debe ser divertido.

Ponte de buenas.

babies laughing

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Je.

Kayla

Kayla no sabe que el mundo es un desierto y se la pasa corriendo en los escombros, por ahí y por allá. Kayla no sabe que el mundo me ha hecho daño y que me ha convertido en un hombre muy grande que está destinado a seguir creciendo, hasta que los organos le revienten. Kayla no sabe leer y me permite que lea los cuentos de los hermanos Grimm, que llevo en una de las bolsas de mi gabardina. Kayla me dice que así es el otro mundo y me arranca una sonrisa. Mi rostro tan estirado ya, que me da miedo que se rompa cada vez que me hace sonreír y ella se ríe y se burla de mi, entonces a Kayla le nacen alas de un Fénix y me dice—: Un viejo como yo las tuvo hace mucho tiempo, pero no supo que hacer con ellas.

A Kayla no le importa y se ríe de las nubes oscuras en el cielo. Ella dice que incluso, allá detrás de todos esos grises feos, hay conejos corriendo tras los ciervos, y los ciervos persiguen cuervos de pelajes azules y brillantes, que a su vez persiguen un árbol que camina y corre de contento. Me he reído mucho de la imaginación de Kayla —Los árboles no corren. Y ella se ha reído de mi. —En Fafjel, corren todo el tiempo. El Árbol que se está quieto, es un árbol marchito. Asiento lentamente, que triste era la vida antes de Kayla. Y también es triste con ella, cuando son las noches que se queda callada y quieta como una estatua. Y unas lágrimas se asoman de su rostro y es el único brillo que existe en Kayla, cuando esas noches oscuras y feas y terribles.

Kayla me ha dicho que vamos a morir de cualquier manera, cuando está muy pensativa. —Tú corazón está creciendo, tú corazón te va a matar. Me ha dicho Kayla y echa a llorar como si estuviera lloviendo y yo antes hubiera llorado como ella. Pero ya no es así, le acaricio la cabeza y le digo—: Mi corazón está creciendo gracias a ti, porque antes de conocerte era así de pequeñito. Entonces Kayla se está medio tranquila, medio dudosa y se va a correr de nuevo, porque para ella no hay escombros, sino un jardín lleno de flores y mariposas, brisas y cerezos, conejos que persiguen árboles que uno se pregunta de dónde demonios crecieron raíces para echar a correr.

Ludiah Sartdac II

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 39 de 48


En el día número quince, seguido por su noche. Simón y el Árbol Tsef salieron a buscar al súcubo. Y no sabían que sería imposible encontrarle hasta que este se dejara ver, ya que utilizaba al niño para esconderse entre ilusiones e irrealidades. Cuando Simón pasaba por el Cuarto del Jardín, se descubría saliendo del Cuarto del Laberinto. Y cuando el Árbol miraba la puerta de Beatriz, despertaba de un largo letargo para darse cuenta que se encontraba en el Cuarto de Fest.

En el monolito, el Árbol Tsef leyó: “Th-ed”, “Perdóname”, “Pronto le hará daño y ni siquiera habrá de importarle”, “¡Sálvalo!”. Se aprendió los mensajes para dárselos a Simón más tarde, pero les olvidó, ya que cuando salió del monolito, se encontró en la proa y escuchó los ronquidos de la vieja durmiendo.


Ludiah Sartdac se había encerrado en el Cuarto de Trofeos, con el niño en brazos. La cabeza del rottweiler dejó de ladrar y abrió los ojos, no jadeó, no respiró. Miró, ya que era lo único que podía hacer. El súcubo paseó su mirada alrededor del Cuarto de Trofeos, después dejó al niño en una esquina, alzó una mano y un velo oscuro le mantuvo flotando y encerrado en una nube oscura.

—Simón no fue muy listo al conservarlo todo, ¿verdad, mi querido? ¿Cómo te llamas?

—Bobby Mindar —respondió la cabeza del rottweiler.

—Muy bien. No pudo ser otro que Simón el que te nombrara. Bobby, el diminutivo, un nombre ridículo para aminorizar el temor que te tiene. Mindar, el nombre oscuro y misterioso, la naturaleza de tu ira. Ahora ven querido, haremos que Simón conozca la extensión de tu verdadero ser.

—Debo proteger a Simón.

—Ya no.


El Árbol Tsef y Simón Dor, en lados opuestos del barco, escucharon el aullido del perro que estremeció los cielos e hizo retumbar a los relámpagos. Simón salió del pasillo y encontró que el Árbol Tsef ya se encontraba en su habitación. El Árbol Tsef y Simón acordaron mantenerse unidos, el primero amarró una rama alrededor de la cintura del segundo, para que las ilusiones los llevaran al mismo lugar. El viejo tomó el hacha que había dejado en su habitación la noche que salió del Laberinto y los dos caminaron por el pasillo hacia el Cuarto de Trofeos.


Ludiah Sartdac se lamió la sangre que salía de los ojos del perro, el cual, ya no tenía manera de mirar. Buscó entre las cosas del Cuarto de Trofeos y encontró los ojos de Galloria. Con sumo cuidado, los acomodó dentro del perro y éste volvió a abrir los ojos.

—¿Todavía quieres protegerlo?

—Ya no.

—Muy bien.

Llevó la cabeza hacia el esqueleto metálico, abrió el cuello del perro y sin vacilación… metió la cabeza en un solo empujón que hizo aullar al perro de nuevo.


Simón y el Árbol Tsef miraron el Cuarto de Trofeos. Simón alzó su hacha y el Árbol empujó la puerta, los dos caminaron y se dieron cuenta que estaban en el Cuarto del Jardín. El viento cantó, la presencia del Árbol modificaba enteramente al cuarto haciendo que el cielo pintado, las nubes pinceladas y el pasto brochado cobraran vida.

El viento manipuló lo que quedaba de las alas de las mariposas y las hizo volar a través del jardín, hasta que se perdieron en un cielo que no existía.

—Esa puta nos hará caminar en círculos. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Qué fue lo que le hizo al perro?

El Árbol Tsef se encogió de ramas, y caminaron juntos por la puerta.


—Te ves más bonito así —Dijo Ludiah Sartdac, después, utilizó la piel del súcubo Mama Esirasaft y ésta se adhirió sola, cubriendo por completo el esqueleto. Minocino, se dijo en silencio Bobby Mindar. El perro bajó la mirada para ver su cuerpo y notó que no podía su propio cuerpo como otros lo harían… Ludiah lo resolvió con el reflejo de Zalic Luia y completó al monstruo—. Tan sólo nos resta darte vida, para que odies a Simón y no dudes en matarle cuando se meta al Laberinto.

Ludiah Sartdac se quitó una de las mariposas del cabello y la puso en la boca de Mindar. Este la tragó. Al hacerlo, pudo mover su cuerpo y se acostumbró a los cambios.

Ya no extrañaba ser una cabeza, y tampoco extrañaba proteger a Simón.

—Transformación, transmutación.


El Árbol Tsef y Simón salieron del Cuarto del Jardín para encontrarse simultáneamente en el Cuarto de Juegos. Se miraron y suspiraron cansados.

Escucharon una risa rasposa que no habían escuchado antes. Y los dos dedujeron lo mismo. El perro había cambiado.


Ludiah Sartdac abrió la puerta del Cuarto de Trofeos y dirigió a Bobby Mindar al Laberinto.

—Tienes un nuevo hogar, recuerda quedarte ahí… han de entrar, tarde o temprano. Si todo falla, eres el único que puede ayudarme.

El perro con cuerpo de hombre asintió, y se metió riendo al Cuarto del Laberinto, donde habría de perderse.

Ludiah regresó al Cuarto de Trofeos y miró que ya no necesitaba nada más ahí, miró el Libro de Mamá Esirasaft y le escupió encima, nunca le agradó su hermana ni su ridículo libro con tono de Biblia. Por ella, Simón podría quedárselo. Se llevó al niño en brazos al Cuarto del Jardín y volvió a sellarlo con una magia que no era suya.


El Árbol Tsef y Simón, aún cargando el hacha, caminaron por el pasillo de los cuartos. El perro ya no ladraba, pero la pregunta de Beatriz inundaba el ambiente. Intentaron una vez más en el Cuarto de Trofeos y pudieron entrar, Simón miró con atención y se dio cuenta que el esqueleto metálico y los trofeos recuperados de los súcubos, se habían ido. Igual que la cabeza de Bobby Mindar.

También miró el mueble donde solía estar la pistola de McGonnagal y las tres semillas del Árbol. Pero se sintió inusualmente tranquilo cuando encontró que la llave de Beatriz seguía ahí.

El súcubo planeaba algo.

—¿Qué sucede Simón?

Simón alzó una ceja y después prendió un cigarrillo.

—Que nos esperan días muy divertidos, eso es lo que pasa.

El viejo miró de reojo el Libro de Mama Esirasaft, que descansaba tranquilamente. La cubierta estaba en cierta forma oscurecida, medio húmeda. Parece ser que al súcubo no le interesaba lo que anotó su hermana en lo absoluto y la verdad es que a Simón, tampoco. Salieron del Cuarto de Trofeos y se dirigieron a la habitación, donde otra vez, no conciliaron el sueño.

Simón y el Árbol Tsef miraron el brillo del hacha, hasta que tan solo restaban catorce días, con sus catorce noches.

Cuarto de Máquinas III.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 33 de 48


Simón salió del Cuarto de Fest y se dirigió al Cuarto de Trofeos, en él, depositó el reflejo en el espejo del súcubo Zalic Luia y también sacó de sus bolsillos las tres semillas que pudo recuperar del Cuarto del Laberinto. Se acercó al mueble donde estaban las llaves y la pistola de McGonnagal, y sin perderse en decisiones, sacó una de las llaves del llavero y la mantuvo firme en sus manos. Esta vez, no se perdería.

Salió del Cuarto de Trofeos y se dirigió a la puerta del Cuarto de Máquinas. Cerró los ojos y la mano que sostenía la llave se sabía el camino de memoria para entrar a la cerradura.

CLICK.

La puerta se abrió, Simón Dor empujó la puerta y entró. No había marcha atrás, en el amanecer número veintiuno.

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Pieza No. 1

La anciana ciega lo escuchó caminar, pronto se iría.
¿Qué tan pronto?
Pronto, respondió la anciana a nadie.
¿Será el suicidio jamás cumplido?
La anciana ciega se rió. No, no será un suicidio, le respondió a nadie. Lo escuchó caminar hacia el sonido… violines, son violines.


Todos aspiramos ser el “hombre completo”. Desde pequeño quise ser un lider, un ejemplo a seguir, como lo habían sido las personas más cercanas a mí, para mí. Durante los años me he convencido, a medida que voy creciendo, que no soy nadie a quien admirar. Yo pertenezco a la otra parte, a la parte que admira y desearía ser… soy alguien que sueña demasiado.

Voy a tomar por vos, otro trago para olvidar
Que el miedo te comió los pies

He notado que he logrado un poquito de madurez con ciertas experiencias y mi mayor falla es la soberbia. El creer que sé demasiado, ¿pero claro? ¿Quién no sufre de ello? También me he convertido en un necio y lo solapo. ¿Quién no? Esa pregunta fue para reafirmarme que está bien ser un necio.


Si no será el suicidio, ¿qué será?
Tiene demasiados pendientes, ¿no ves? Por eso se ocupa, para olvidarla. Todavía no quiere alcanzar la inmortalidad.
No respondiste mi pregunta vieja
¿Qué hay que responder? Si sólo quiere ser inmortal. Y cree que una ficción que ha inventado como yo, ha de resolvérselo.


Y que ahora sos un tipo más,
y que poco a poco te fuiste yendo
Y que poco a poco te fuiste yendo de nuestro lugar
Te sienta bien el sol, te sienta bien ser cool,
Te sienta bien el mal, te sienta bien ser Dios,

La excusa es decir que su muerte me convirtió y la otra muerte me remató. He olvidado la búsqueda de todas las respuestas y que algún día he de obtenerlas. Las he cambiado por muchas cosas, que también me dan conocimiento… pero ¿qué otro conocimiento necesitamos más que saber que estamos plantados en esta tierra? ¿qué otro conocimiento hay, más que dejarnos ser como un árbol, alimentándonos del sol, la humedad? En estaciones, somos verdes, somos marchitos, renacemos.


Ha leído mucho
¿De qué le sirve?
Maneja algo de arte
Pero no sabe nada.
Sabe razonar
¿Y después?
Sigue en búsqueda de un alma gemela…
Ya la tuvo.
Tal vez no, ¿cómo saberlo?
Se sabe.
Él te está haciendo decir eso
¿Y a tí?


Te sienta bien mentir y decir
Que te fuiste yendo de nuestro lugar
Que es lo que ha pasado con tu corazón,
Ya no marca el paso que marcaba ayer

Es muy tarde para preguntarme quién soy, me lo han dicho y me gusta escucharlo. Esa no es la pregunta ya… he perdido todas las preguntas, ja… como diría pata citando a Bennedetti. He perdido todas las preguntas… las respuestas han ido cayendo a su lugar como rompecabezas celestial respondidas por algún Dios benevolente (con bigotes de diablo, seguro). Se resolvió tan suavemente que no me ha dado tiempo de mirarlo, ni siquiera de saber que ya está resuelto. También hay gente que me quiere, lo sé. Tal vez esta es mi carta para decirles, para dar la excusa. Es que algún día tendré que irme y me es tan raro soñar con mi muerte estos últimos días.

Un libro barato, 10 pesitos nomás, te cuenta el significado de los sueños y dice que la muerte es el renacimiento o el matrimonio.

¿Quién le cree a un libro que no lleve Márquez en la portada?


Habla de muerte
Y quiere decir vida.
Estás dando círculos
A nosotros nos gustan los círculos… son perfectos, como el de Lugones. ¿No lo has leído? El círculo es la figura geométrica que jamás llegará a ser perfecta y sin embargo, entre más acertado es, más te acercas a la inmortalidad.
Que confusa eres Yasmin


Nunca fuiste libre y esa es la razón,
Siempre hay un idiota para convencer
Hablas toda la noche como un boy scout,
Hablas sobre mi vida como tu papá

Pero no voy a morir, y todavía no me voy. Todavía falta mucho por hacer… todavía quedan muchos sueños porque cumplir, todavía debo ser ese hombre completo y soy tan necio, que aunque sepa que jamás he de lograrlo… estaré ahí, alimentando con agua las pintadas de viejas ramas que cargan consigo este árbol. Si… todavía falta.