Causas y probabilidades.

(Ilustración por Sel).

El fin de semana, me di un tiempo para buscar periódicos pasados y descubrí que las tres mujeres muertas eran recién egresadas de la carrera de psicología en distintas universidades. Lo que pasó con Ileán no fue un caso aislado, había un patrón, y lo más seguro es que yo lo esté siguiendo. Muchachito confiado en sus personalidades múltiples, encanta chavitas inocentonas en el mundo laboral y se aprovecha de ellas. A todas las conocí en el 2003, y al parecer (por la insistencia de Sandoval), fui cliente o caso de estudio de las tres. Probablemente haya más, pero descubrirlo será difícil. Se habla de un asesino serial. El asesino del phi. México siempre se ha jactado de no criar, gracias a su “cultura”, semejante “porquería”. Basta con ver los noticieros, el caso del escritor canibal por ejemplo, para que algún comentarista exprese sonriente—. No tenemos asesinos seriales en México, como los hay en Estados Unidos.

Se ha de sentir muy listo con su comentario.

Me parece que el asesino serial estadounidense es producto de una cultura donde el temor a Dios es ambiguo, o muy libre. Nuestra educación católica es una correa que nos guía por el parque de las inmundicias y las flores. Una correa que nos ayuda a distinguir entre el bien y el mal. Lo correcto. Lo moralmente aceptable. Recuerdo que siendo un niño temía a Dios. Temía que mis actos estuvieran llenos de bondades en el nivel religioso y ese temor, con los años, ha disminuido como tantos temores que he rechazado a fuerza de golpes. Se ha convertido en otro dato cultural más. Por supuesto, eso no me excenta de hacer el bien, de ser honesto, de procurar el bienestar de mis queridos e incluso, de mis prójimos. Decidí que la honestidad de la bondad radica en el interior, no en el terror. Haber quebrado ese límite, ¿me ha convertido en un asesino?

No lo creo.

Aún cuando carezco de la capacidad para vigilar lo que hacen mis otras personas mientras duermo, estoy seguro que hay un trasfondo, otra casualidad que curiosamente se ha empalmado con la mía. Existen casualidades así de peligrosas en este mundo. Si no puedo vigilarme, trataré de comunicarme. Igual que ellos me han dejado mensajes, no se me había ocurrido respondérselos. Escribí preguntas muy sencillas: nombre, edad, lugar de residencia, detállame un poco más tu orígen, ¿sabes qué estas ocupando mi cuerpo baboso? Seguro uno de ellos dos responde. Lo siguiente constará de confiar en sus respuestas, tenerles fé, averiguarme si no tengo una familia en otra parte, si no estoy metido en otros problemas aparte del asesinato. De por sí luego cuesta ser una persona, imaginen lo divertido deben ser tres en un mismo cuerpo.

Maldedad Demónica.

Comentario visto en el blog de mi mujer:

La pagina web que tienen es de mucho interes pero debido a mi trabajo necesito que ustedes me quiten de la lista de comentarios en la que me ponen ya que si bien es cierto me agrada la comida tabasqueña y la forma de hacer amistad con ustedes tambien es cierto que muchas personas religiosas pueden pensar que tengo que ver o que me agraden los demonios lo cual para mi solo es una forma de denominarse mas no considero que en estudes haya maldedad demonica atentamente

Y luego, deja otro comentario así:

tambien quiero expresarle mi fe en YAHWEH/YAHSHUA Como mi suficiente salvador y que por la RUACH HA KODESH nos guia en este tiempo a toda verdad y a dar verdaderos frutos de arrepentimiento amor paz pasciencia asi que les invito a todo el que quiera a aceptarlo en su corazon

¿Quíhubo? Pinches chamacos demoniacos.

Redlambder.

Otro lunes. Odio los lunes. El pinche lunes. Todavía sucede que me acuesto en la cama, hundo mi cara en el colchón y un grito ahogado, una plegaria desesperada—: Carajo, lunes… ¿ya tan rápido? ¿y qué anomalía espacio / tiempo se tragó mi fin de semana? Puto lunes. Lunes malparido. Farisaico inicio de semana. No dejo de bostezarte en la cara, lunes… de enseñarte el dedo que importa ¿Y cuántas venas tiene el chile? Setescientas. ¿Qué te llamas lunes por la luna? ¿Y a mi qué? Pinche día mamón. Y aún intercambiando tu lugar con el martes —tan distinguido—, o con el miércoles —tan divertido—, o con el jueves —tan cercano a su novia, la golfita llamada viernes, que también le pone con sábado y domingo—, para mi seguirías siendo el puto lunes malparido farisaico aburrido, mamón y sete siéntate acá, que pa’ luego es tarde cabrón.

A ver si ya te vas acabando.


De niño, me la pasaba haciendo cálculos para otorgarle al ser humano tres días de descanso. Como el lunes nunca me agradó, pensaba que en jueves debería iniciar el fin de semana, para descansar el viernes, sábado y domingo.

¿Y por qué hacía yo de chaval esos cálculos tan… extraños? Porque yo de niño me imaginaba que en algún momento sería Dios, ¡a huevo! Y Armando Sámano dícese así mismo megalomaniaco por ser Superman, antes que Batman o Spiderman.

Definitivamente, maese, de los megalomaniacos, usted es el menos. Siguey leyendo →

Numaprigo.

Al moverme en círculos religiosos, por lo que a mi educación se refiere, me han mencionado muchas veces la parábola del hijo pródigo. Me han dicho que soy como él. La madre Juanita, incluso, me dijo que Agustín era su nombre, igual que el mío. Si ella tenía razón o no… no lo sé, nunca me he animado a investigar o a sacarme de mi error. Así como la historia de Job, me gusta la de este supuesto Agustín, y estoy bien pensando que tengo algo de eso. Me gusta pensar que en algún momento vendrá la redención de mis vidas pasadas.

Y es que, no hay que pensarlo mucho, pero todos nosotros somos hijos pródigos a nuestra manera. En las iglesias, el sermón del arrepentimiento siempre esta acompañado con esa parábola. ¿Se saben esa historia? Seguro que si, si han ido una o dos veces a misa, han de haberla escuchado por error. Nosotros que somos un país laico (bien católico), es imposible cerrarnos completamente a ello. Si no se la saben, es el turno de este agnóstico de evangelizarles.

A grandes rasgos, la parábola como no la contaba Cristo, era que el hijo pródigo era el juniorsito, el segundo hijo de papá. Un fresa irresponsable, pinche chamaco, que agarró un buen día y le dijo a su jefe—: Papi, o sea, ¿me adelantas mi herencia? Po(t)s, es que quiero viajar en crucero, ¿no? El papá, seguramente lleno de trabajo y como una forma de evadirse de su responsabilidad hogareña, le dio la mitad que le correspondía a la herencia. La verdad es que el padre no podía controlar al pinche escuincle mimado y por eso le dio el varo. Y efectivamente, el cabrón, ese tal Agustín, llegó bien campante al primer Sodoma y Gomorra que se encontró, se emborrachó, tuvo las mujeres que quiso, gastó el dinero en todos sus cuates (chavos interesados, ya saben) y se compró un Mercedes.

Y un buen día, Agustín despertó sin un quinto (el Mercedes ya se lo había vendido a un rico jeque de la región, ¿qué tienen que ver los jeques? Nada, en realidad, pero es que, supongamos que el universo mítico de las mil y una noches se empalmó con el de la biblia), deseando siquiera que le dieran de comer lo mismo que le daban a los cerdos. Avergonzado, humillado y con ese bajón a la realidad, perdió el cantadito fresa a punta de madrazos. Como quien dice, le cayó una monedota de veinte centavos, (una grandecita, como la de los cuarentas) en la frente. Así, tiradito como estaba, conoció lo que era el arrepentimiento. En aquél tiempo, comer lo mismo que tragaban los cerdos era sinónimo de, pues, jodido. Aquí en México, con hambre todo nos sabe a gloria, lo sé… pero Agustín no era mexicano, era judío y ya saben como los judíos descriminan a los cerdos, y a su comida. ¿Capichi?

So… ¿qué hace su papá? ¿qué hacen los papás después de haberlos decepcionado y desafiado?

Pues lo mandó a la chingada. Una más, una menos, ¿qué más da?

No es cierto, no es cierto… al enterarse que su hijo babeaba por las croquetas para puercos, ordenó a sus sirvientes que fueran a recogerlo. Lo vistieron con las más hermosas telas. Lo adornaron con las más finas joyas. Lo llevaron a comer a un burger king especial para judíos. Y el primogénito, nomás miraba calladito a su hermano (Agustín) en los jueguitos para niños jugar con Sofía, la prima romana de la tía Petunia. El carnal mayor, se acercó a su padre con los ojos llenos de envidia y le preguntó—: Oye cabrón, yo que si me he aguantado tu educación moral tan mamuca, tan cuadrada y tan cerrada, yo que siempre pensé que calladito me veía más bonito y que partiéndome el lomo como un asno era un buen niño, ¿por qué a él le haces tanto jolgorio y a mí nomás me das mi leche nido y a dormir?

—Es que mi’jo… … …Eres rete pendejo, de veras.

(En palabras [más coloquiales, por supuesto] de Cristo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.)

Esa fue la anécdota del hijo pródigo. Resuciten y anden, hermanos.

La bitácora y los recuerdos del Avatar

Hacía mucho que no abría ese cuadernito, después de Cecilia, le miraba con respeto. Ese cuaderno representa otro yo que se murió en algún momento. Era un buen yo.

En él están plasmadas las palabras de los compañeros de la secundaria, ya saben: “¡Cuídate mil! ¡Amigos forever! ¡Viva el chupe!”, entre otras. Los teléfonos, los “no me olvides”, los “me eres especial”. No cuesta trabajo regalar esas palabras cuando ya no volverás a ver a alguien, independientemente de si fue tu amigo o conocido.

Las palabras que más aprecio, tal vez son las de mi profesora del taller de dibujo técnico. Romina Teysi. La vi, hará ya hace un año. Estaba casada e iba a tener un hijo. Esa profesora siempre me cayó bien.

Sin esa mujer, probablemente no dibujaría como hago hoy en día.

Su padre (Héctor) fue el que nos daba clases de Historia, Civismo, Geografía. Él también era un buen hombre, él fomentó mucho de mi espíritu crítico y mis aventuras por conocer los detalles de la historia.

Sin ese hombre, probablemente no escribiría como hago hoy en día.

A Teysi la recuerdo con mucho cariño, ella sufrió de la ola fría de mi abuela en una ocasión. Se le ocurrió citarla un mal día, en que ella tenía mucho que hacer. Me platicó la profesora que le dio todo un discurso y ella nada más le miraba en silencio, sin ningún tipo de emoción posible. Eso la ponía nerviosa y tenía que hablar más y más. Hasta que se puso tan nerviosa, que se le salió un—: ¿Y usted qué piensa?

Abuela preciosa de Agustín—: ¿Usted está a cargo de educar a los niños en su taller, no?

Teysi—: Si.

Abuela preciosa de Agustín—: Entonces, usted siga haciendo su trabajo y yo seguiré haciendo el mío. ¿Para qué me citaba?

Teysi—: Oh, nada más para…

Abuela preciosa de Agustín—: ¡Oh! Pero quedamos en que usted está educando a los niños en su taller y así hace su trabajo, ¿verdad?

Teysi, timidamente—: Si…

Abuela preciosa de Agustín—: Muy bien.

Creo que mi abuela se fue sin decirle los buenos días. Estaba muy enojada esa vez, no sé por qué, pero enojada estaba. Cuando le pregunté que había sucedido, ella me lo puso de esta forma: “Este, si… si platiqué con tu maestra, creo que quedamos bien entendidas y no nos volveremos a ver en un rato”.

En los recuerdos de la secundaria, también está Sor Juana. Debo admitir que desde siempre he estado peleado con la religión y aunque ella es la mujer más dogmática que conozco, me cae muy bien. De vez en cuando voy a visitarla y platico con ella: “¡Oh! ¿Te estás dejando crecer el cabello Fes (por alguna razón extraña, no pronuncia la T al final, a menos que se ponga seria conmigo)? ¡Pareces niño Dios!”.

En esas pláticas, siempre me dice que espera que sea un buen político o algo así. Que a la gente le hace falta y bla bla bla. Ella siempre me vio como señorito Diplomacia. Cuando los compañeros de la secundaria se metían en problemas, yo iba de conciliador (y de metiche también, ¿por qué carajos no?). Y un día me metí yo en problemas, oh si, me metí en un problemón y T-T Conciliador no se podía conciliar así mismo, ya saben…

Pero esa es una historia que no les concierne a ustedes, lo que si les puedo decir es que desde ese entonces la monja dejó de confiar en T-T Diplomacias y hasta tuvo que dar la cara por mí en la junta de padres de familia para que no me expulsaran de la secundaria.

Me tuvo agarrado de los cojones. Ajem. Creo que fue su venganza por andar yo rescatando a todo mundo.

A Sor Juana, probablemente, tengo que agradecerle mis inicios en los textos religiosos y un vago interés por la teología. Y digo mis inicios, porque el desarrollo lo tuve en el CUM.

Hace como un año que la vi también, tal vez deba prestarle una visita.

Eso es parte de lo que está plasmado en ese cuaderno azul, al que miro con cierto respeto. En sus hojas, hay recuerdos, inicios de historias incompletas (los cuentos del Avatar), viejos super héroes (Pynus Lyco y The Mago). Viejas pláticas con mis amigos. Tareas, textos, incoherencias, todo en ese viejo cuaderno azul, ya casi muerto.

Son los inicios de la persona que soy hoy.

Sin embargo, ese pasado ya está quebrado y únicamente existo yo, el que camina en el presente.

Es hora de quemar ese cuaderno.

Sanos ritos

Antes de dormir, acostumbraba prender una veladora aromática que era un sano rito al que se había acostumbrado sin querer. Primero fue porque paseando encontró una tienda que las vendía y le gustó el aroma de una azul oscuro en forma de luna. Se la llevó y la prendió todas las noches, hasta que la luna se derritió y el aroma se fué. No hubo problema, se acostumbró a comprar una vela cada que fuera necesario. Asimiló con gusto el rito y lo practicó cada noche.

Prender con fuego a la luna y cuando esta menguara, comprar una luna nueva.

Se sonrió, le gustaba acostumbrarse y le encantaba asimilar.

El segundo rito, fue cuando se cortó por error con un papel uno de sus dedos, un miércoles por la noche. El impulso fue llevárselo a los labios y chuparlo. Le dolía mucho. Sus ojos, jugándole una travesura, lo arrastraron al papel blanco que sangraba carmesí y fascinado, observó como la pequeña gota de sangre se extendía hasta que no pudo más. La herida del papel estaba cicatrizando, le pareció y se sonrió. El tiempo no había cicatrizado, porque seguía observando la mancha roja del papel. Hasta que se decidió tirarla a la basura.

El siguiente miércoles, volvió a cortarse y miró al papel sangrar. Ya lo había asimilado. Incluso interpretó el mismo rostro de dolor, cumpliendo el rito al pie de la letra.

Paulatinamente, otros sanos ritos fueron asimilándole y él fue asimilándolos. Hasta llegar al punto que los que le conocían, pensaban que su vida no era una rutina, sino algo espontaneo. Ya que había ritos que debían ser cumplidos en tiempo, o en espacio o después de una serie de situaciones. Con maestría se había entrenado para cumplir todos los ritos al pie de la letra y darles un orden prioritario. Era difícil cuando tres o cuatro rituales se le juntaban.

Entonces, conoció a la mujer que a la fecha, todavía no puede describir. Siguey leyendo →

Niño 0.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 47 de 48


Día 80

Querido Diario:

Restan siete días, con sus siete noches… curioso, es el número de la perfección, según decían los católicos. O tal vez divago. Los cristianos, los católicos, los budistas, los islamitas y los mormones, ninguno de ellos me cae bien. Así es, querido Diario, estoy haciendo trampa y estoy diciendo que no me cae bien el noventa por ciento de la población. ¿Por qué habría de mentirte? Tampoco me caen mal, sólo me son… manchas borrosas, gente que quiere aventar sus incompatiblidades a otra gente y viceversa, entes amorfos, llorantes pensantes. Por supuesto, no me excluyo, pero al menos soy discreto y no busco molestar a los demás, son los otros si decidirán si molesto.

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