Noviembre 12, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

¿Qué haces ahí sentada? Llevas largo rato en ese lugar, mientras los demás corren y expresan sus heridos sentimientos.
—Ha muerto el abuelo.
—Por fin esta descansando.
—¡Otro tequilita por ti, viejo!
Los miras correr de un lado a otro, y sigues en pijama. A veces se acercan a ti para tocarte el hombro, pero no te importa mucho, prefieres mirar como la muerte afecta a otros y contigo actúa por dentro. Un viaje interno que no tiene regreso. Aprecias, te maravillas, te asombras de todo lo que ha cambiado en unas cuantas horas. Tus piernas, tus nalgas, tu pecho, la respiración, el pilar de piedra que te has convertido empieza a resentirlo todo. Tu primo Juán sigue coqueteando con la prima segunda, Estela. El tío Raul sigue bebiendo tequila. Tus padres preguntan educados a los invitados como va todo. ¿Y tu esquina? Tu esquina oscura, un lugar seguro, donde puedes observarlos a todos y pensar en tus tristezas. No has derramado una sola gota por el viejo. ¿Esperas a que todos se vayan? No lo creo. Todavía no te la crees. Te enfurece, sin embargo, saber que no podrás invitarle otro helado en la plaza (burlando al médico y sus palabras diabéticas), tampoco podrás escucharle esas historias aburridas y repetitivas, y no te regalará otro sombrero pensando que pudiste ser macho. ¿En qué se irán ahora tus vacaciones, si no es discutir con el necio aquel? ¿En salir con el vecino, al que correteó con todo y escopeta, y le gritó cabalmente—. NUNCA VUELVAS?
—Ya se murió el viejito.
—Es que ya estaba malo.
—Estaba refuerte pa’ su edad. 85 apenas.
La caja que lo guarda esta sólo a unos pasos. Desde esas escaleras puedes verle un pedazo de nariz y te preguntas si será suya. Tú la recordabas distinta. No te has tomado ni un refresco, tus labios estan blancos, sientes que si saliera del feretro estallarías en carcajadas y lo ayudarías, divertidísima, a ahuyentar a toda esa bola de gorrones pegándoles de nalgadas con uno de sus sombreros. Pero tu sola no tienes el valor de hacerlo. Lo piensas mucho y no puedes. “De verdad estaba fuerte…”, se te ocurre pensar y te da coraje por estar de acuerdo con uno de los comentarios estúpidos y genéricos. El abuelo era como tu esquina, como el corazón que guarda con recelo todas tus tristezas que se unieron y se continúan acumulando desde hace unas horas. Ya no habrá quien esté molestando por las conchas en la mañana, ni por el chocolate de barra, ni por las cubitas de los fines de semana. Nadie insistirá que pongas a Lucho Gatica o Agustín Lara en el ipod, conectándolo al estéreo por las noches, cuando empezaba a caer el sol. Su guitarra se hará vieja, sino es que uno de esos buitres se aprovecha y se la lleva, argumentando que Enriquito va a tomar clases de música y hay que ahorrar, el abuelo era bien ahorrador, ¿qué no?
—Oiga doña Luz… ¿tendrá aún la guitarra del abuelo?
—¿Y su colección de discos?
—Así tendrá más espacio en la casa.
Ahhh, te muerdes el labio. Si ya piensan que estas loquita porque llevas horas observándolos. Ahhh, te aprietas las rodillas. Sin embargo no te atreves a saltar las escaleras y correrlos a todos. Tu madre te mira desde las preguntas y ella responde educadamente que primero los rosarios, y continuar rezando, en vez de darles lo que quieren. Por respeto a ti y por respeto a ellos, y respeto al muerto, y el respeto en general, sano respeto. Era la palabra preferida de tu abuelo y rezaba como Juárez—. Al derecho ajeno es la paz. Te caía gordo cuando le llorabas lo enojada que estabas por una u otra cosa, y él te soltaba uno de esos rezos, seguido de un montón de palabrotas que ya se sabía de memoria, a fuerza de repetición y años corridos. Mirabas. Gente vestida de negro y mejillas rojizas o anaranjadas. Imaginabas que eran los paraguas de los payasos góticos. Medio sonreíste. Medio te puso de buen humor. Otra mano te toca el hombro y ya estuvo bueno. La miras, es una mano vieja, morena y arrugada. La reconoces. Miras la nariz de tu abuelo que sigue asomándose por el feretro. No puede ser él. Te guardas la ilusión. Temes que si volteas a verlo desaparezca.
—Mija… ¿qué dices si corremos a todos estos hijos de la chingada?
Te pones las manitas en la cara y por fin las lloras, lloras todas tus tristezas, mientras sus manos espirituales te reconfortan.
Foto: Gioconda.
Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
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Junio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido Diario:
He puesto la pistola de McGonnagal en un “salón de trofeos”, ahí estará hasta que sepa cuál será el uso que tenga que darle.
Hoy desperté llorando y con lo que me resta de su fotografía. El viento hacía un escándalo tremendo dentro de esta pequeña habitación, azotando mi humilde ventana y no he hecho más que ver este paisaje oscuro, hasta el horizonte, de agua negra y nubes grises. Swoooooosh… Swooooooosh… el agua, el mar que se mueve de manera interminable y en su murmullo carga los recuerdos.
He despertado llorando y con lo que me resta de su fotografía. El fantasma de ella está escondida entre la maquinaria del barco, haciendo ruidos fantasmales y llamándome a cada minuto: “¿Simón? ¿Dónde estás Simón?”. Ese fantasma que me persigue, que me atormenta, que me ilumina en las noches que me gustan negras hasta el cansancio. Una iluminación falsa e irreal, la pequeña desesperanza del hombre que se hace llamar esperanza de volver a verla, conocerla y sentirla. Aunque sea un énte ectoplásmico con una mantita encima y unos agujeritos haciéndose pasar por ojos.
Es así, que el segundo recuerdo que se abre paso para poder salir del mar oscuro e iniciar el viaje al pasillo de la muerte, dice así (escrito por Agustín Fest, que ha escuchado mis recuerdos desde el inicio y me ha mandado esta carta): Siguey leyendo →
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Abril 7, 2003 — Consumidor de Entretenimiento.
Escrito por Agustin Fest.
Nbk y yo habíamos planeado irnos a un rave a Coacalco, pero cambiaron los planes y acabamos en uno que se hizo en una casa en la Condesa. Música electrónica, performance, juventud alzando los brazos, luces… lo común. Pero es hermoso cuando el beat se acompaza al movimiento de los brazos, de las piernas y te dejas llevar, algo va a suceder, la música baja y sube a su propio ritmo, llevándote con la suavidad de una brisa o un tornado… todo es cosa del DJ.
Cerrándote mientras escuchas la música puedes sentir el alma, en algún lugar. Los ojos se voltean y tu cuerpo y la piel también, el corazón late afuera. Tal vez ellos pueden verlo como tú, tal vez no. ¿Qué importa? ¿Qué importa si el alma se libera sola? ¿Qué importa ser un espíritu del viento que los demás no entienden? ¿Qué importa sentir los labios o el cuerpo de aquella mujer de pantalón negro y blusa roja, bailando contigo, en algún momento de esa orgía auditiva?
Es en esos momentos de libertad de expresión, cuando decimos lo que queremos. Aquella me decía que necesitaba un beso urgéntemente y yo se lo dí. Tal vez la rodee con mi brazo… ella me decía que quería algo más. Pero no pude decirle nada, porque nuestras necesidades no eran las mismas… yo solo quería escuchar la música.
Nbk y yo nos miramos a lo lejos, nos sonreímos y después nos echamos a reír. Dejé a mi incompatibilidad de necesidades y fuimos a otro antro de música electrónica. Se sienten los vínculos… la baja y la alza de energía. ¿Para qué meterse droga si de todas formas el alma ha de alzarse en algún momento? Bebimos, eso si recuerdo, también recuerdo a la de falda y blusa de tiritas, más necesidades de besos… creo que todos la tenemos. Yo las he tenido sentado, mientras callo y fumo, mirando las hojas caer. Hojas de azul neón dispersándose en el ambiente y dándole luz negra al vodka de la de tirantes.
Necesidades complementarias, el alma estaba liberada para besarla. Lo hice también. No se si necesitaba ella algo más… porque tenía que seguir bailando, mi cuerpo dispersándose en partículas. Cuando escucho la música, no puedo atender a los fantasmas… es un placer racionado que me doy a mi mismo, de vez en cuando. Se que me podría volver adicto en cualquier momento a ir de lugar en lugar y liberar la energía… energía pulsando, vibrando a beats por minuto. Pero no lo hago, porque entonces podría escuchar los fantasmas también cuando bailo y eso me lo prohibo enteramente.
Y la de tiritas, ¿qué me importan sus fantasmas? en ese momento ella estaba cerca y yo también, también se juntaron los labios. No la miré a los ojos, los cerraba… ¿para qué mirarla a los ojos? ¿para que sintiera que ese beso era especial? ¿para que sintiera que era más que un producto de la liberación energética? El alcohol fluía libremente en las venas para entonces… sentía que podía ir a todas partes.
Pero no con ella. Nbk y yo saldamos la cuenta y nos fuimos.
Y todavía pregunto, como acabé con mi mejor amigo, en Texcoco a las 3 y algo de la mañana, sin contar el cambio de horario. Hacía frío, había terminado el raving. Pero NBK y yo nos reímos, nos reímos por estar en Texcoco a esa hora de la noche. Decidimos salirnos y reírnos un poco más y dejar que el frío peleara contra el calor de la sangre raving en las venas. Nos reímos tanto, que no nos importo el regreso a casa y bebernos una cerveza antes de ir a dormir.
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