Querido Diario:
Es el número mágico, ¿te das cuenta? Un 69 grande e inmenso.
SESENTA Y NUEVE. El de los amantes que se besan los genitales para chuparse el alma entera. ¿Necesito ser más explícito? ¿Te gustaría masturbarte con el número, mi querido Diario? No lo creo.
Conmigo basta.
Hoy soñé. Es raro que yo sueñe, desde que estoy en El Viaje. Me olvidé por completo de mi barco Mojalnir, del mar de Yenén, del árbol de los mil nombres, la tía Yemita y el niño mago. Hasta me olvidé del delfín (He de llamarle Camel) y de Bobby Mindar (el nuevo nombre del rottweiler, ¿te gusta?). Me olvidé de las llaves de Beatriz y he descubierto que la manera más efectiva para evitar la tentación es dormir y soñar.
El único sueño que se me ha permitido es el de la muerte simbólica. Hoy, hoy he tenido un sueño muy distinto y me acercó a la que era mi realidad. ¿Sabes con qué soñé y me tiene tan contento? ¡Adivina! Vamos, vamos… no es tan difícil. ¿Quieres qué te de una pista? ¿Te acuerdas que Yasmín, al subirse en mi barco, abrió las nubes e hizo que se mirara la noche?
La noche que ella me permite ver en mi barco, aparte de las nubes grises de éste mar horrible, tiene dos estrellas y un cuarto de la luna. Al ver la luna, hubo en mí una regresión a aquella etapa donde vivía en una Luna hecha de Queso. ¡Así es! ¡Soñé otra vez con los ratoncitos! Más que un sueño, creo que fue un viaje astral… fue tan real.
Los ratones me esperaban, me dijeron que habían decidido perdonar el exilio ese día para platicar conmigo. Yo les sonreí y me invitaron a sentarme en la sala del queso Gouda, donde bebimos vino (decidieron conseguirme una botella) y comimos quesos hasta hartar el paladar y el estómago.
Si eso no es ser feliz, entonces no se que lo sea.
—¡Te extrañábamos Simón! A pesar de tus ideas revolucionarias acerca de la escazes de queso, que nunca habrá en nuestro planeta cabe enfatizar. Hemos decidido perdonarte el día de hoy para preguntarte, ¿cómo has estado? —preguntó el rey ratón.
Los ratones presentes me miraron ansiosos y me sentí avergonzado, no siempre está uno ante tan agradable concurrencia para ser el centro de atención.
—He estado mejor —les dije, no podía mentirles—. La escasez de amor en mi planeta me ha llevado a hacer un viaje.
—¡Si! Nos hemos enterado. Te hemos visto desde acá arriba… a medida que las nubes nos lo permitían. ¡Ahora te veremos más seguido, ya que se ha abierto un agujero en el cielo! Nos gustaba platicar contigo Simón y quisieramos preguntarte… ya que has traído a flote el tema de la escazes de amor en la Tierra, ¿no gustarías pasar unos días con nosotros? Hasta podríamos arreglarte una vivienda, eso si quieres —dijo el rey contento.
—No lo sé…
—¡Vamos! Eres el primer y único humano al que le ofrecemos escapar, ¿piensas rechazarnos?
Los ratoncitos miraron con sus ojos negros, negros, y esperaron la respuesta con los bigotes moviéndose ansiosos.
—Mi querido rey ratón. El viaje es algo que debo terminar, es inexorable. Es cierto que el viaje ha sido la consecuencia de la escazes de amor y también, por el revivir el amor. ¡Es tan extraño, fugaz, fantasmal el amor de hoy en día… que prostituimos el término como si habláramos de democracia, solidaridad o chocolate!
—Es muy cierto eso, Simón. Por eso nos preocupas y te hacemos la invitación, queremos que estés con nosotros y nos des tu sabiduría a cambio de que no tengas que vivir eso, nunca más.
—La cuestión, mi querido rey ratón… es que no puedo hacerlo. El viaje se ha vuelto tan pesado, que lo arrastraría hasta aquí. Podría corromper su planeta y entonces habría de hacerles un mal, en vez de ustedes un bien.
El rey ratón y la asamblea de ratones guardaron silencio.
—No nos importa Simón —dijo el rey—. Queremos que tú seas feliz. Te queremos Simón.
—¿Qué?
—Te queremos.
No les diré que se me resbaló una lágrima y me temblaron los labios.
—Ese viaje —dijo el rey ratón—. Puede significar tu muerte y te extrañaríamos.
Se estaba convirtiendo en Disney combinado con una película trágica de Hallmark.
—Lo siento, de veras lo siento. No depende de mí, de veras… ¿Puedo seguir visitándolos?
—Pero muy poco Simón, o si no, olvidarás porque viajas y … has respondido bien, ninguno esperaba otra actitud de tí.
Con esas palabras desperté, me sentí rejuvenecido. Cuando abrí los ojos, el árbol de los mil nombres estaba en mi habitación, mirándome fijamente.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada… sólo vine a decirte que si no despertabas, me iba a ver obligado a hacerlo.
Busqué mi botella de tequila, me bebí un trago. (Se han consumido doce botellas ya). Y me sonreí, ¡qué bueno era vivir en una luna hecha de queso! Me tomé otro trago más por los ratoncitos… se los debía, a estos veintinueve días, con sus veintinueve noches que restan.






