Julio 4, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Árbol Tsef: Es bueno tener un nombre más corto, escribirás menos cuando hables de mí en alguna otra historia. Hacía mucho que no me visitabas… ¿qué ha pasado con la vieja? ¿Te ha aburrido?
Niño mago: Tiempos de descanso. Los buenos contrincantes de una guerra saben cuando hacer una tregua para reorganizar y después empezar de nuevo.
Árbol Tsef: Hablas como Simón. Y conociéndote a ti y a Yasmín, nunca han de terminar. Será una guerra eterna que durará poco.
Niño mago: Así sea. ¿Y tú? ¿Puedo robarte una fruta?
Árbol Tsef: Las cosas, para usarse.
Niño mago: Y dices que soy yo el que habla como Simón. Esto es peor que una quijotización.
Árbol Tsef: Pero nadie como el Maestro Cervantes.
El niño se rió, estiró su mano para alcanzar una manzana del Árbol Tsef.
Niño mago: Nadie como él. ¿No fuiste tú el que me dijo que no habíamos de intervenir en el viaje y sólo debíamos observar?
Árbol Tsef: Simón me ayudó a redescubrir mi nombre, se lo debo. ¿Y tú? Tu no has hecho nada por mí, más que crearme para maldecirme.
El niño mago abrazó el tronco del Árbol Tsef y le besó.
Niño mago: Perdóname… perdóname. Tu maldición todavía no termina. Todavía falta que encuentres esa otra parte de tu nombre.
El Árbol sonrió.
Árbol Tsef: Hay una parte de mi historia que todavía no he dicho.
Niño mago: Eventualmente haz de decirla y así, conocerás el destino. El destino final del Árbol que ha caminado durante centurias para encontrar su nombre. ¿Estás seguro que de veras quieres buscar el faltante? Puedo recoger mi cuaderno y buscarlo por tí.
Árbol Tsef: No lo hagas. He de hacerlo yo, a mi debido tiempo. ¿Por qué no acompañas a Simón? Está triste porque ha perdido una llave.
Niño mago: ¿Crees que deba intervenir? Todavía tengo mucho que escribir, mucho que inventar, mucho que crear.
El Árbol Tsef miró al niño durante largo rato y el niño correspondió con una sonrisa.
Niño mago: Lo tendré que hacer eventualmente, también. Encontrar mi destino. ¿Entre tú y yo, mi querido Árbol, quién lo encontrará primero?
El Árbol no respondió, observó al niño morder la manzana y alejarse a la habitación de Simón Dor.
Querido Diario:
No he querido salir desde que perdí la llave de Beatriz en el Laberinto. Regresé una última vez, durante la madrugada (o lo que mi cuerpo siente que es madrugada, ya que es difícil decir cuando las nubes son grises y la única referencia del tiempo es la noche en la popa y el día en la proa) y recogí las semillas que encontré. El temor me embargó cuando me di cuenta que el Laberinto había cambiado de forma y sólo pude recuperar tres de las semillas, ya que los pasillos por los que había pasado el día anterior habían cambiado de lugar. Los muros de niebla dentro del Laberinto se comportan caprichosamente cuando no estoy adentro y todavía no sé, que criterio es el que siguen para hacerlo.
Hacerme sufrir, tal vez.
Ya solo restan veintiseis días con sus veintiseis noches y he perdido una llave por un temor estúpido. Ni siquiera valió haber visto a Beatriz. Sólo perdí la llave. Un temor idiota que bien pudo surgir por la borrachera de aquel día. ¿Sabes el dolor que me causa? ¿Lo inepto qué me hace sentir perder una llave que ni siquiera he utilizado? ¡Imbécil, imbécil, imbécil!
El niño mago ha entrado a la habitación y me está mirando llorar. ¿Llevará ahí mucho tiempo? No hemos cruzado palabra y creo que a diferencia del Árbol Tsef, a éste no le interesa hablar conmigo. ¿De qué podría servirle yo, al niño creador de historias? ¿Al inventor qué no ha encontrado el punto donde se conjuntan todos los universos, si no que más bien se dedica a hacer otros nuevos? Mal, mal, mal. El niño mago sigue mirando el curso de mis lágrimas.
Alcé mi mirada y confronté la suya. Sonreí lentamente, esperando ahuyentarlo como lo he hecho con otros niños. Olvidé que este niño no es normal, me correspondió la sonrisa y mordió su manzana.
—¿Quieres que te regale una mariposa, Simón?
Congelé mi sonrisa. Esperé. El niño dibujó una mariposa en el aire y ésta voló hacia a mí, para después disolverse en la realidad.
—Muy bonito. Desde que te conozco, me has dañado. Vivía feliz en mi oscuridad y mi amargura. Tenías que aplastarlo todo con tu sabiduría inocente. ¿Sabes cuál fue el peor crimen qué cometiste? Iniciar tu trabajo conmigo y luego abandonarme. Así como hiciste con el Árbol. Empiezas las historias o intervienes en unas ya hechas para nunca darles final, cabrón malnacido. Eres el constante inicio, el constante infinito. Haz de empezar una para dar nacimiento a varias y nunca terminarlas. Esperas que los que has dañado lo hagan por tí, pero nunca es así.
—Así es la magia, Simón. La magia no está en el final, ni en el inicio. La magia está en como correspondes a la ilusión. La magia estará en el eterno centro. El desarrollo eterno.
—Que metafísico estás.
El niño mordió la manzana.
—Es el hambre —respondió—. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos?
—¿Importa hablar de eso? La consecuencia fue una temporada en el manicomio, con todo y mi cordura.
—¡Pero mira todo lo que lograste! —exclamó el niño y extendió sus manos para caminar alrededor de la habitación.
—Una prisión que me llevará a mi muerte.
—No seas tan duro. Lo que importa es que aceptaste la magia.
—La he corrompido.
—Nadie dijo que fuera fácil.
Callé, fue cuando pude ver a través de los ojos del niño mago.
Le sonreí de lado.
—¿Cuál es tú destino? —pregunté.
El niño me miró extrañado. No esperaba la pregunta y como un espadanchín que tiene la ventaja, le presioné.
—Tú también estás aquí por algo. Todos vamos al mismo lugar, en cierta forma. O el camino ha de dirigirnos a otros destinos, pero es el mismo camino. ¿Cuál es el tuyo? Vamos, no te pretendas el tímido. Lo de niño sólo te queda por la estatura. ¡Y yo qué creí que estabas aquí satisfaciendo un mero capricho infantil! Soy un imbécil triple al no observarte con atención antes.
El niño mordió su manzana y sus ojos, sus ojos se volvieron oscuros, tenebrosos. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, se paró recto y cabizbajo, siguió mirándome. Parpadeó siete veces antes de responderme. La sonrisa de él se perdió en algún momento.
—¿No sabes, quién soy yo, Simón?
—Por supuesto que sí, Simón Dor.
Pasado y futuro.
Prendí un cigarrillo.
—Más claro no podía ser. ¿En qué momento de la vida…?
—Cuando murió Beatriz.
—Pero a tí todavía no se te ha muerto. ¿Por qué insistes? ¿Por qué me lastimas con la magia y el idealismo que existía antes de que me golpeara la realidad? No, no seas así. Lárgate y sé feliz. Vete y sálvala antes de que ocurra. Insístele que no se vaya en ese coche con su hermana y con su padre. Enférmala de gripa para que no se levante ese día.
El niño sonrió y perdió la oscuridad. Volvía a ser el mismo niño mago. Miró la manzana y notó que ya no le quedaba más que morder.
—Es que… es inevitable Simón. Yo me convertiré en tú. Beatriz fue nuestro momento cumbre, el que nos ha separado en personas que caminan en el mismo camino y no sabemos si con el mismo destino o no. A mi me hizo Fé, a ti te convirtió en Razón. Espiritu y Materia. Magia y Ciencia. ¿No era Beatriz todo ello? ¿No era Beatriz el balance?
—Vete ya, sálvala. Eres el pasado, todavía estás a punto. Eres el niño que puede dibujar historias y narrarlas. Eres el niño que lee por contar, no para escapar. Vamos ya, pinche chamaco, lárguese a vivir.
—Si me puedo convertir en tú antes de perderla, será mejor. No habrá ruptura. Seremos un sólo ser.
—¿Estás dispuesto a sacrificar la Magia por ello? —pregunté, me senté y reí. Reí tanto.
—Lo estoy. Si eso ha de salvar nuestro futuro.
Reí más.
—¡Tienes tantas historias que completar!
—Es mejor si todo lo cortamos de raíz.
—Inevitablemente te haz de convertir en mí porque nunca estuviste ahí para detenerla. ¡Pudiste detenerla! ¡Pasado miserable! —reí más—. ¡Pudiste decirle, rogarle, llorarle, amarle, reírle, sonreírle, quererle, que no fuera! Que no se suba… que no se suba a aquel coche.
—¿Sabes qué eres tú, hoy, Simón?
—Un muerto que camina —mi risa se transformó en llanto, y luego regresaba a risa.
—Si puedo convertirme en tú, en mi pasado… entonces lo lograré. No habrá Beatriz. Mi magia no basta, necesito tu razón. Necesito que me apoyes Simón. Haz decidido negarme, entonces yo te acepto como eres. Seamos lo que tú quieras. Estoy cansado de jugar y de alegrarte la vida, estoy cansado de enseñarte lo hermoso que es sentir y me dolió más cuando el sentimiento renació para no ser satisfecho. ¿Qué hiciste tú? Saliste a gritarlo a los cuatro vientos y a caminar con bandera oscura. Me volviste a relegar, en vez de ayudarme.
—¿Hablas de…?
—Aquella mujer.
—La de Fest.
—Esa misma.
—Las circunstancias no podían ser bellas, mi querido niño mago. La vida no es un cuento de hadas.
—Tal vez no. Pero no necesito que me dificultes la vida. Beatriz ha muerto y aquella otra, dijo que no. Este pasado ha decidido convertirse en tú, con todo lo que significa. He de morir, Simón, y sólo quedarás tú. ¿No es lo que siempre has querido? ¿No me has negado siempre? Si no quieres abrazar el Eros que te ofrezco, si no me permites que te ayude a mirar más allá… entonces a tu manera Simón. De veras que estoy muy cansado…
El niño se sentó y bajó la mirada.
—Regrésate por favor, todavía estás a tiempo. Todavía estás a tiempo de salvarla, de decirle que no se suba a aquel coche. De pegarle la gripa. Todavía estás a tiempo de quererla, amarla, sentirla, vibrarla, adorarle viva.
Todavía faltan veintiseis días, con sus veintiseis noches.
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Junio 9, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido diario:
Mirando el mar negro y el cielo gris, acabo de soñar mi muerte o tal vez el término más correcto es alucinarla. Es una muerte espiritual y simbólica, mi viejo cuerpo se desgarraba como la tela, jirón tras jirón de carne vieja se descarnaba y caían sobre la maderal del barco como papeles viejos en una oficina donde tienen que romper frenéticamente los libros de cuentas, ya que hacienda los ha descubierto.
¿A mi quién me ha descubierto cómo para matarme así? ¿Quién ha mirado mis ojos de tal manera, que mi yo corrupto tenga que ser destruido para que no quede rastro? Nadie, es la mera verdad… o si, tal vez. Tal vez, en el pasado distante.
He soñado que soy Quijote, ese sueño me gusta más… Borges tiene una teoría interesante que es la teoría de la quijotización, no se mucho acerca del tema pero creo que lo básico es—: Todo mundo sabe qué o quién es el Quijote, aunque nunca lo hayan leído. ¿Será cierto? Estoy inclinado a pensar que sí, porque no sé nada de él y aún así, lo interpreto a mi gusto. Me gusta soñar que soy Quijote.
Muerte simbólica del viejo convirtiéndos en jirones. ¿Qué significa? ¿Puedes decirme tú, cielo gris? ¿Puedes decirme tú, mar muerto? Me convendría hablar con mi estimado amigo, el Sr. Fest, él entiende mejor de simbolismos que yo, de cualquier forma.
No llevo ni medio día en éste barco y ya he escrito de nuevo en tí, mi querido diario, pero la gente comprenderá que mis días son distintos a los suyos, que mis días son en base a los momentos. Y éste momento, siento que es crucial…
tal vez dirija el rumbo de mi viaje.
¡Dios mío! ¿Te das cuenta? ¡He de viajar al pasillo de la muerte!
¡Ahora lo entiendo y está clarísimo! Pero… pero todavía no es hora, mi querido diario… algún día lo tendré que hacer, pero todavía no. Todavía no… me niego. ¿Qué debo hacer? ¿Es necesario para qué pueda continuar en éste viaje desentrañar el pasado, desde el mero principio? ¿Es necesario que haga éste viaje para poder permitirme continuar? ¿Continuar qué… amando o viviendo? Yo no puedo amar, mis viejos cansados y huesos derruidos, bien lo saben.
El viaje al pasillo de la muerte es para seguir viviendo. Es hora de mi catársis, de acuerdo al sueño y no se me permitirá viajar más a menos que me decida. Y yo para las decisiones, mi querido diario, soy un cobarde.
Seguiré en mi barco, mirando el cielo gris y oliendo la brisa contaminada, como si fuera matinal de domingo.
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Noviembre 19, 2002 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 42
Podría jurar que estoy intentando despertar de una pesadilla. He perdido el Arte de mis manos y no se donde encontrar más polvo de arte para bendecir la tierra. Las palabras forzadas son las que más difícil salen como estas que estoy llamando para que acudan a mi auxilio. ¿Qué les puedo decir? No tengo ganas de hablar con nadie, y mucho menos contigo diario. No tengo ganas de ser… ¿de ser qué? Olvidé lo que iba a decir, soy un cafre para la memoria inmediata. La tentación es grande, la necesidad de ser escuchado y acariciado con letras, pero no es eso lo que necesito. Caricias tiernas, palabras de aliento, besos que nunca existieron. ¿Qué es eso?
y después de forzadas, las vírgenes se entregan solas. Me interno en la soledad de mi super yo, averiguando e indagando que debo decir y no debo decir nada en sí. La necesidad de ser escuchado es fuerte, la necesidad de ser admirado es intensa, ¿No decías que no querías entrar en ese círculo Quijote?
Vivo de sueños, soñador, y los sueños me están consumiendo, me están arrastrando al inevitable pasillo oscuro. Las tristezas me hacen soñar demasiado, ¿y qué tristeza puedo presumirles a ustedes? ¿no nos gusta acaso, presumir tristezas? ¿domesticar con ellas, cómo dijo el zorro? Con el trigo recordaré el color de tus cabellos, me sentiré ansioso a la hora adecuada, los ritos son necesarios.
¿Y quién leerá estas palabras? Nadie. He alejado a todos, vendrán los que siempre quisieron venir y se irán los que siempre se quisieron ir, ¿Y qué mierda acabo de decir? ¿Se supone que es algo filosófico como que el verdadero tao es el verdadero tao? ¿El color de las mariposas es por el tao? ¿El susurro de los cerezos es por el tao?
Ahora me serviría una pastilla para dejar de existir, tao.
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Noviembre 4, 2002 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 19
Cuando me pregunto acerca de mi origen, querido diario, las imágenes son borrosas y distantes. Lo cual ha despertado una obsesión en mi, pero la amnesia es fuerte y no convenzo. Es difícil no tener a quien remitirte cuando dices padre o madre o abuelo o hermana. Mi origen, de donde viene mi cabello, ¿por qué tengo las uñas así? ¿Tiene algo que ver genéticamente con mi estilo de escribir?
Origen, Socavar el origen, darle humedad para que el árbol genealógico crezca. Es inútil, cuando pienso en el origen de mi existencia, se me bloquea la mente, como si alguien hubiera impuesto un hechizo y me encadene cuando intento atravesar la espesa niebla. ¡Socava! ¡Socava!
Es inútil… tal vez si me doy un paseo por el Planetario, lo entienda.
Simón Dor tic Simón tac Dor tic Si tac món tac Dor tic tac.
Me pongo mi reluciente armadura y cabalgo sobre mi bello córcel, mi escudero me sigue paciente, una reverencia a todas las doncellas y observo con respeto a mis reyes. Mi lanza está tranquila, no ansiosa de combate, pero mortalmente preparada si es requerido. Espíritus aéreos me guían al son del guerrero caído, las valquirias preparadas para recoger mi noble alma, que humilde, calla su nobleza. Son las acciones.
“¿Señor?”, pregunta mi fiel escudero, “¿A dónde vas, mi Señor Quijote?”
Yo le miro de reojo y sonrío. ¿Soy Quijote?
“A rescatar doncellas y matar dragones” respondo seguro, Que hermosura, matar dragones, sencillamente hermoso, ¿Y si me comen?. Cabalgamos en la pradera y veo a los flojos gigantes que duermen, es mejor evitarlos. La corrosión de mi armadura se vuelve evidente, pronto tengo que buscar una nueva. ¿Armadura? ¡Si es una cazuela de latón! Despiértame y dime que estoy soñando.
“Suena peligroso señor”, dice Sancho emocionado, Respuesta automática a un loco, seguro, o a un soñador… me alegra tener personas fieles en quien confiar, mi escudero será bien recompensado, nuestra alma estará por bien servida cuando por fin derrotemos al Hechicero de los Espejos.
¿El Hechicero de los Espejos?
“En realidad, ya vamos por Él, ¿verdad?”, pregunta Sancho con una emoción escondida en sus ojos. En su tiempo iremos a buscarle, todavía no es hora. No quiero defraudarle y le respondo con un leve movimiento de cabeza que no dice nada concreto. Sancho guarda silencio y yo también, cabalguemos.
“¿Por qué seguimos cabalgando?”
Porque queremos morir, mi querido Sancho, ¿por qué si no?
El Señor de Todas las Respuestas, después de todo tenemos algo en común, mi querido amigo.
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Octubre 20, 2002 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 4.
O tal vez era un extraterrestre.
Un extraterrestre tiene rayos que pueden hacer de los cuadernos mariposas, ¿No crees mi querido diario?
La Magia no existe, es solo la ciencia. La ciencia que puede controlar los poderes de la naturaleza. ¿Y si esa ciencia se llamara Magia?
Mejor será que me forje una espada, nunca se sabe cuando todos los molinos de viento se transformen en gigantes. ¿Y quién será Sancho Panza? Para platicarme de la realidad mientras mi febril mente transforma las nubes en monstruos de muchas cabezas.
¿Y mi Dulcinea? ¿Dónde está la princesa que en realidad es más que una vil ramera que da la casualidad que también es humana? ¿La dama a la que tengo que rescatar y cuidar y dar mi vida en devoción?
Pero primero tengo que salir de esta prisión, donde el malvado hechicero de los espejos me ha encerrado. Sólo así, podré llegar al mundo de la Magia, escapando de esta realidad falsa. Y cuando llegue al mundo de la Magia, los ángeles y los dioses me lloraran y los demonios aclamaran mi sangre.
Tal vez era un mensajero.
Día 5.
Mi carcelero vino y me regaló un cigarro por piedad. No es fácil estar encerrado en un cuarto de puras almohadas, no hay oportunidad de lastimarse así mismo para escaparse y descansar.
Así que, le pido un cigarro todos los días y él me lo regala, y yo sonrío y digo gracias muy amable, el siempre mira extrañado y me susurra de nada, y así vivimos la rutina de todos los días.
Gracias, De nada. Gracias, De nada. Oye, te agradezco. No te preocupes hombre, por nada.
Lo que él no sabe, es que me iré más pronto que él. Estoy seguro, unos 48205 cigarros más y me iré antes que él.
Teoyaomiqui me espera.
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