Caminando

Pensaba escribir una larga carta, como una de las que no he escrito en mucho tiempo. Tal vez nunca las he escrito. A Santa Claus, sólo le pedía lo que quería y no me traía, así como a los Reyes Magos. Escribí otras cartas a una puta que tenía, pero en ese tiempo de mi vida sentía que no era yo. Otro tomaba mi lugar y ponía las palabras indicadas para recibir el bien necesitado, un poco de sexo y algo de cariño, después una sana indiferencia y caminar. He escrito e-mails largos, procurando contar los pormenores de mi día. A mi mujer, de temporada en temporada, siento la necesidad de escribirle y encadenar hechos, sucesos, platicarle mi contexto y lo vacío todo. Es una de las mejores cosas que puedes hacer: escribir a alguien que lo quieres, y como lo quieres, y qué tanto quieres, y qué posiciones quieres, y puro querer. Puedes inventar tantas cosas en una carta, por ejemplo que vienes de un lugar lejano y te has desviado un poco mientras caminabas. El desvío puede durar años, puede abarcar muchos kilómetros, y rostros desconocidos que sigues aprendiendo a identificar.

Siempre termina lastimándome.

Leo por ahí. “Si no quisieras que lo hiciera, entonces podrías detenerlo”. Pero mejor no dije nada, no sólo porque estaba fuera de lugar y porque esas cosas se aprenden, sino porque la naturaleza es sabia, incluso la humana, y lo que somos tiene sus razones de ser. Eso creo. Estos días, me he preguntado de nuevo acerca de la naturaleza humana y sus motivos, por qué eres quien eres, por qué acostumbras a hablar o responder así, por qué continúas actuando de esa forma, en qué te beneficia o si solamente aprendiste a hacerlo para convivir o sobrevivir. Observar la interacción de las personas ofrece este tipo de dudas. Luego, te preguntas de tí mismo, y tus lugares comunes, porque soy como soy, algunas respuestas vendrán como un flashazo a tu cerebro: “Mi madre hacía ese gesto, mi abuela sonreía así y mi tío siempre contesta de esa manera”… y la vida, es un largo camino de aceptación a tus actitudes, a lo que eres: Una enorme construcción de tu círculo más cercano y las supuestas decisiones que tomas, para aligerar esa carga y hacerla “tuya”.

La mujer y su plática distraen, necesita atención. Escribir es difícil cuando alguien así continúa elaborando. Es como cuando tratas de estudiar, y un ruido de fondo provoca que te distraigas facilmente. De igual manera, tengo la televisión prendida. Son tres puntos a los que debo prestar atención: al post que escribo, una plática por el mensajero y la televisión. Una pequeña saturación. Nunca podré acostumbrarme. Tal vez, ese ruido se filtra y se traduce en lo que escribo. Genial.

La carga de trabajo se esta aligerando y sólo resta la carga de filmaciones de la próxima semana. Pronto podré escribir los dos últimos capítulos de la Historia de Amor. En mi Google Desktop, he puesto las fotos de Sol y las que me mandan por messenger. Me traen algunos recuerdos. Sobre todo las primeras fotos de/con Sol María. Cumpliremos cinco años en unos meses. No siento que hayamos envejecido. Sin embargo, si nos hemos adaptado mejor el uno al otro. Cada diez segundos me encuentro con un pedazo de historia, con una payasada, con una ternura, o con una cachondería. Supongo que es más ruido, otra distracción más, pero es un ruido muy agradable. Me tranquiliza mirar las fotos familiares.

La persecusión de la identidad.

Ayer me compré unos Camel que supuestamente son “natural flavor”. Definitivamente, son más duros. Supongo que me puedo acostumbrar a ese sabor. La caja es bonita, muy minimal, y tiene dos de mis colores preferidos: azul grisáceo y café claro. La combinación de gusto y tipo es poderosa. Estupideces en las que piensa uno.

Para ti.

Quiero escribirte esta noche.

Y no sé como empezar. Pensaba hacerlo de otra forma, pero también sé, que si lo hago de otra forma, tardarías en leerlo y prefiero que sea lo primero que mires en la mañana. ¿Y qué tiene que lo miren todos?, ya has entrenado la mirada del hombre posesivo en mis ojos. Que ellos sepan, que no hago más que querer escribirte esta noche (y todas las noches). Tú lo leerás y entenderás primero. Aunque te encuentre en otros caminos, espero con ansias que éste lo recorras a primera hora, cuando escuches mi voz en las noches o cuando trate de llamarte me-ta-fí-si-ca-men-te (como diría Horacio).

Cuando las letras salen, pongo las pistas que encontrarás y nadie más podría adivinar. Primero se convirtió en un juego secreto que compartían dos personas y luego, ¿en qué se ha convertido?

Eso me pregunto sonriendo todas las noches.

Te he leído, una y otra vez, en el regalo que me hiciste. Yendo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Repasando cuidadosamente los días, hurgando entre recuerdos, adivinando situaciones y rostros. Comprendiendo muchas cosas, aceptando otras, negándome un par aún sabiendo que tienes toda la razón.

Tengo que confesarte algo… soñé con aquella mujer la otra noche, aquella mujer que me golpeó violentamente con la conciencia de que todavía puedo enamorarme. Le miré y ella trataba de explicarse, realmente trataba de explicarse el por qué no podía aceptarme. Tuve que mirarle con lástima y susurrarle en sueños: “Ya para qué… ya para qué”.

¿Para qué si existes tú? Un sentimiento elegante, vibrante, creciendo como una semilla. No como el otro, que fue un soliloquio, un acto repentino, un impulso.

Usted. Tú, la mujer que camina como en un ensueño, como una luz que brilla con energía propia, energía pura. No necesitas curar nada, solo necesitas existir. No necesitas sanar, solo sonreír y extender tu mano a la mía, que es necia y a veces se siente como un animal herido.

La mano que te acarició durante una hora completa y extraña. Mano necia, indecisa, que primero no sabe como responder, que a veces niega, extraña a muchos ratos y luego te pide a gritos que regreses.

¿Me permites? ¿Me tendrás fé? ¿Me permitirás existir, cerca de tí, escribiendo en presente?