Verdad.

Soy un hombre educado. Después que ella mandó la fotografía, le pregunté si quería escuchar la verdad. El problema es que no dijo que bueno, o sí, de manera poco entusiasta… lo dijo con un SÍ, que escapó a los cuatro puntos cardinales que hasta pena me dio. Para no quedarme atrás, en la confesión de la verdad que se construía a medida que el tiempo pasaba, le dije que la empujaría contra el escritorio. Un breve silencio. Le alzaría la blusa por encima de los senos, le desabotonaría el pantalón y continuando con la sonrisa, y las reglas del dominio, empujaría para que ella no pudiera zafarse. Qué cosas. Imagínense su cara, que yo no pude porque la tenía de espaldas. Si seguimos así, suspiré, también habré de quitarte el brasier y bajarte los calzones a la mitad. Nada más faltaría que ella moviera el culo como gata ansiosa, pero esas cosas de verdad no pasan… en Cinema Golden Choice tal vez, por ahí de las dos o tres de la mañana… pero si lo movió, y ya estando en esas, y hablando de suciedades, hice lo propio que haría un hombre de mi condición—. Vestirla de nuevo, salir a caminar y ver arbolitos, y pajaritos… jeje.