Julio 17, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

“Usted es la puta y yo seré su eterno pretendiente”. Eso le dije a la señorita en cuestión, llamada Laura. Una persona muy agradable, a la cual no me atrevería a hincarle el diente porque sé que no podría controlarme. Yo suelo ser un hombre callado, reservado, conozco muy bien los límites sociales, o bueno… procuro mantenerlos. Mi madre me enseñó a guardar el decoro. Pero cuando ella se acercó, algo me pegó en el vientre que no pude guardarme las cochinadas. Mi madre ya me estaría lavando la boca con jabón si lo supiera, lo bueno es que esta muerta y ya habría sentido algo si me observara desde el cielo: un escupitajo o una piedra.
Es su culpa. Ella empezó, creo, porque dijo algo de un pantalón pegadito y una blusa negra. Luego me mandó fotos dónde presentaba tales características y todo se le veía muy bien. Aunque dudaba, porque luego uno platica con un hombre y no se da cuenta, eso dicen los chistoretes que me mandan en powerpoint, y los chistes suelen esconder las verdades más básicas, por eso nos hacen reír tanto. Pero estaba en el trabajo, y me habían pedido el tiempo extra. Hacía mucho que no sentía el calor de una mujer, ella mandó la primera línea por messenger y así nos seguimos, nos seguimos toda la noche. Pensé que no progresaría si no le decía cosas soeces, así que le solté la primera. “Mi v…. esta p….. gracias a tus fotos”. Bueno, al fín que sólo la veo por el messenger, eso pensé, y sí se pierde la amistad ni modo.
Luego de platicar porquerías, nos dieron las cuatro de la mañana. Apagué mi máquina, me subí a mi coche y con el perdón de mi mamá, fui muy indecente con mi cuerpo esa noche. Desde entonces lo practicamos todas las noches. Si me asaltaban las dudas: “¿Y si es un hombre como tú?”, o luego me preguntaba: “¿Si no es ella la de las fotos?”. Pero apenas era nuevo en esto del messenger y de alguna manera comprendía que sólo quedaba en palabras, a la distancia, que no pasaría nada, y que no habría de qué preocuparse hasta que alguno de los dos pidiera alguna dirección, o el teléfono. Me parecía que todo lo tenía bajo control.
Entonces, después de meterle la v…. por su c…, en una detallada descripción que incluía demasiados fluídos, forcejeos, gemidos e incluso jugar con mi cuerpo en la oficina a deshoras y en mucha soledad, ella me pidió mi teléfono. Se lo dí, por mero reflejo, recordándole que ella era la puta y yo su eterno pretendiente. Estaba entre la ansiedad de escucharla y el pánico. ¿Si tenía una voz horrible qué iba a pasar? Timbró el teléfono y contesté, hablando bajito: Bueno, ella preguntó: ¿Qué?, y nos reímos mucho. Me fascinó su voz agradable, rasposa, platicaba libremente y como un perico. Esa noche nos confesamos la familia, casa, trabajo y educación. Tal vez dije más de lo que debía, pero no me importaba, porque su voz era maravillosa. Mi mente trataba de empalmar su cuerpo con su voz y no podía. Estaba sintiendo la tentación de conocerla en persona.
La siguiente noche me mandó una foto de sus piernas y me dijo: platiquemos. Sí Laura, platiquemos. Me siguió mandando fotos, ella sin decir nada y yo imaginando y escribiendo lo que haría con todo lo que me mandaba. El calor subía por todo el cuerpo, la noche me hacía sentir culpable y algo me decía, que no iba a poder más. Furtivamente me bajé el zipper, los pantalones y los calzones, me agarré lo que mi madre me había dicho que no agarrara y sin temor por manchar el teclado, el escritorio, hice lo propio. Hasta que escuché los pasos del vigilante en el pasillo contiguo, y me sorprendí porque no sabía que teníamos uno, detuve cualquier deseo. Rápidamente me vestí y le dejé un mensaje que decía:
—Dame tu dirección. Voy para allá.
Y después de largos minutos de silencio, ella se desconectó.
El vigilante pasó a darme las buenas noches, yo se las dí con la mano manchada y sudorosa, recogí mi portafolios y me fui a casa. Dormí muy bien esa noche, por extraño que parezca, pero cuando desperté no tenía ganas de comer, ni de tomar mi café, ni de persignarme frente a la fotografía de mi mamá. Supuse, y no me equivocaba, que no volvería a meterle la v…. por su c….., ni por su b…, ni por la v….. Ni manchar de e…… sus n….., ni t…., o m…… El siguiente día en la oficina, estuve medio triste, esperando a que ella regresara, pero no lo hizo. Había transgredido una línea social o algo así… pero se la he cumplido bien hasta el momento, soy el pretendiente eterno, esperando a que la puta regrese.
Foto: Dánae.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
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Junio 21, 2007 — 1-2-3, Amor, Asceta.
Escrito por Agustin Fest.
Pensaba escribir una larga carta, como una de las que no he escrito en mucho tiempo. Tal vez nunca las he escrito. A Santa Claus, sólo le pedía lo que quería y no me traía, así como a los Reyes Magos. Escribí otras cartas a una puta que tenía, pero en ese tiempo de mi vida sentía que no era yo. Otro tomaba mi lugar y ponía las palabras indicadas para recibir el bien necesitado, un poco de sexo y algo de cariño, después una sana indiferencia y caminar. He escrito e-mails largos, procurando contar los pormenores de mi día. A mi mujer, de temporada en temporada, siento la necesidad de escribirle y encadenar hechos, sucesos, platicarle mi contexto y lo vacío todo. Es una de las mejores cosas que puedes hacer: escribir a alguien que lo quieres, y como lo quieres, y qué tanto quieres, y qué posiciones quieres, y puro querer. Puedes inventar tantas cosas en una carta, por ejemplo que vienes de un lugar lejano y te has desviado un poco mientras caminabas. El desvío puede durar años, puede abarcar muchos kilómetros, y rostros desconocidos que sigues aprendiendo a identificar.
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Agosto 21, 2003 — Amigos, Casting, Consumidor de Entretenimiento, Musas.
Escrito por Agustin Fest.
El día empezó cuando me levanté y pensé en Ella. ¿Qué nombre puedo darle? Lo he estado buscando, pero no encuentro a ninguna mujer en la literatura que se le parezca, ¿será que es única? Es como un murmuro y es como un grito. Es la inocencia de una niña, omitiendo a la mujer que le habla en tres tonos musicales distintos. ¿O serán cuatro? ¿O serán infinitos? ¿O serán números imaginarios? Me despierta la caballerosidad de un inglés y me alimenta el instinto posesivo de un mexicano borracho.
Si, me levanté, como si hubiese dormido con ella a mi lado. Hoy sería un día difícil, no había pensado cuanto… pero sabía que lo sería. Lo presentía. Uno de esos días adorables en el trabajo… ¿qué nombre? ¿Debería entonces, buscar uno con significado bíblico, para nombrarle? Así como ha hecho Simón con sus hijos y los hijos de los hijos, y los hijos de los hijos de los hijos.
No, no lo encuentro. Sé que la he leído antes, de alguna forma, sabía que ella existía… una mujer que camina en ensueño o en magia. ¿Qué mujer podría ser? Me sonaba mucho a “La Maga” de Cortázar, por una frase que decía más o menos así: “Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra”, o tal vez era esta: “Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones”, claro… esa fue mi primera lectura de Cortázar.
Se entiende que la mujer era un desastre, pero yo lo modifiqué en mi primera lectura… hice de la Maga, magia. Imagínense una mujer así, una mujer que encuentras cuando menos lo esperas, una mujer que rompe puentes o jura haber encontrado el billete ganador entre miles. Para mi, la Maga, era magia y Horacio la hace así eventualmente. Me pregunto, ¿la encontrará algún día?.
Y ella no es La Maga. Es algo más… todavía sigo buscando, tengo que encontrarla… o si no, terminaré escribiéndola, aunque a nadie le importe.
Suficiente de Cortázar, algún día tendré que superarlo.
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Abril 25, 2003 — Enigma.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando suelo disfrazar mis sentimientos o tengo imágenes de cuentos que jamás serán concluidos/escritos, suelo escribirlos en esta sección llamada Enigma. Lo siguiente que están a punto de leer, es simplemente para liberarme de la idea.
Esteban señaló con sus dedos al cielo y el rostro lleno de sudor formó líneas determinadas, que hicieron la labor de ríos para que las gotas cayeran al cielo. Tenía que pelear. Apenas prestó atención a la gente que clamaba y a los puños llenos de billetes de apuesta que lo incitaban a pelear.
-Si he de seguir peleando, lo haré por ella -así había empezado y creía que así terminaría. Ya no miraba el final del camino, porque su corazón creía que era eterno.
El siguiente hombre salió entre la multitud y alzó sus puños en forma defensiva. La gente rugió de emoción y el rugido fue tan estrenduoso que regresó a Esteban al ring. No dejó de señalar con su mano el cielo y caminó tranquilamente alrededor del círculo de tiza. Su oponente, lo imitó del lado opuesto y le sonrío sarcásticamente.
-Son todos iguales -se dijo Esteban y bajó sus manos. Escuchó con atención el ritmo de los latidos de su corazón y se meció con la misma rapidez. Era hora de pelear.
-Todo esto lo hago por ella… no debería estar aquí.
Lo único que quería Esteban era llegar a casa, pero ella… ella no lo dejaría.
- Fragmento de una historia mental que se llama “La puta y de aquel hombre que la cuidaba”.
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