Escribiendo.

Hay un mago, de artes oscuras, sentado a la ventana de una pequeña habitación y fumando un cigarrillo de manzana, mientras tararea una canción. La canción es triste, porque habla de los sueños más hermosos, aquellos por los que vale la pena morir. No sabe, que en el futuro se las verá con un dinosaurio, ni tampoco que se convertirá en su propia pesadilla y aún si lo supiera, seguiría en el mismo camino. Los magos no tienen miedo al destino porque siempre les han enseñado que es inexorable. De ello depende su fuerza mágica. Le da otra bocanada de humo a su cigarrillo, mira la luna lunota y sonríe satisfecho. Nadie jamás lo había visto, ni lo vería, con esa sonrisa juvenil. Todo aquel que conoce a Miriod, sabe que mata por ambición, por conocimiento y reconocimiento.

Cada que pienso en él, me parece un personaje hermoso. En su ropaje negro y sus artefactos increíbles. Los recuerdos de su niñez, sus motivaciones y los sacrificios que tendrá que hacer si desea obtener la verdad absoluta, como él lo llama. No tengo miedo de romper a Miriod, no tengo miedo de matarlo, probablemente porque la conciencia de su destino esta demasiado despierta. Muero por regresar a él.

Sin embargo, Los Wunden, personajes que incluso a mí me intriga su funcionamiento. Trillizos que son una persona completa y actúan como tal. Son guerreros que no desarollé por completo y esperé a matar a dos para continuar su funcionamiento. He revisado su capítulo varias veces y he desarrollado más sus acciones para descubrir un poco su misterio. Los hombres sin propósito son difíciles de escribir, porque la falta de ese propósito los mata. Cuando un personaje no poseé deseos, una razón para existir, son como instrumentos inútiles. Sin embargo, los trabajo poco a poco. Me fascina su manera de comunicarse y planeo cosas para ellos. Planeo, precisamente, darles el propósito que los guíe, que los vuelva locos, que los haga actuar.

Blanco.

No se escucha nada, pero se oye todo. Esa distinción parece muy importante para las personas amables, los educadores: “Todo mundo sabe oir, pero nadie sabe escuchar” y sonríen. ¿Cuántos escucharán? Después, la búsqueda lleva señales en la parte más normal de la vida. Por ejemplo, si miras la fotografía en blanco y negro de una mujer, vistiendo medias y ropa interior provocativa, tratas de buscar algo más allá que la imagen y el placer que provocan. En el parque un niño juega futbol con sus amigos, un frutsi con piedritas y dos varas para improvisar la portería. Levantan la tierra con cada patada. Oyes y ves. Ni las medias, ni los educadores, ni el olor a polvo levantado y el cascabeleo de las piedras, dicen la verdad. Sólo distraen. Las señales no funcionan, hasta que buscas un propósito. Hay gente que nace con un propósito, hay otro quienes los eligen, pero otros más, caminan sin él. Hay tanto ruido que los propósitos parecen cambiar mientras vives.

Algo así.

Una noche triste.

Pienso que esta es una noche triste, porque sigue corriendo, no tengo sueño y el acto de salir un rato a la reja, sin el cigarrillo en la boca, dice que lo es. No me siento triste, ni desolado, ni melancólico, pero al parecer la noche sí. Pienso si me gustaría seguir viendo Death Note, acabar el tercer libro de Harry Potter o terminar un cuento que dejé pendiente. Después de releer varias veces el cuento, sentía que me faltaba algo. Lo leía, y lo releía. Se lo pasé a tres personas para que echaran un vistazo y, aunque no les gustaban algunas cosas, las tres concordaron en que faltaba algo. Si ya lo sabía, solamente necesitaba que alguien estuviera de acuerdo conmigo. Tres para no errarle. Con todo el dolor de mi corazón, tendré que reescribirlo. Al menos tengo los personajes y la situación.

Puede ser que la noche esté triste porque extraño a mi mujer, porque ganamos muy bien en el futbol, porque un perro allá afuera esta llorando o porque mi hermano ríe sin yo saber los motivos. Un pedazo de carne se asa en el sartén. En unas horas tengo que ir al aeropuerto, a escoltar a dos actrices para que se vayan a Argentina. No había escrito en mi blog por escribir ese cuento. Curiosamente, cuando era niño, era fanático de Hugo Sánchez y quería ser como él. —Se me hace una persona muy agradable —decía de chiquito. De él, y de Salinas de Gortari. Una tía me regañó cuando le dije eso—. No, no. Para confiar en las personas, no solamente puedes basarte en su bigote o en que te caigan bien los de pelo chino. Debe haber algo más.

Hay un problema con Salinas de Gortari… es un ratero, un gran ratero, un voluminoso ratero, simón… pero pues… también hizo lo que quiso. ¿No puede estar en la maldad, el propósito de nuestra existencia? No sólo la de él, o la mía, sino la de … Chuchito, y Perenganito. Es difícil aceptar, con tanta educación moral, que la maldad es un destino. Pero los malvados, como los inútiles y los imbéciles, sirven de mal ejemplo. Tal vez, esta noche es triste, porque pienso que la maldad es un propósito del ser humano.

Últimamente, he escuchado una y otra vez, “Caballo Viejo” (versión salsa) y “Pedro Navajas”. El corazón baila, porque el cuerpo es torpe, pero baila de todas maneras. Pienso ingenuamente—. Me gustaría vivir en algún lugar donde pudiera escribir canciones de salsa y mirar a la gente bailarlas. Como la gente baila alegre con canciones tristes, como esta noche. De sombrero y guayabera, alegrar el infortunio. Como pasa después de leer Harry Potter—. Me gustaría escribir de un lugar fantástico y de magia, intriga, y misterios. De todo te gustaría escribir, pareces un niño Agustín, escoge una cosa o mejor haz algo de verdadero provecho, me dice algún espíritu interno. Tal vez tiene razón.