Diario de Simón Dor. Día 76.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 36 de 48


Querido Diario:

Me levanté temprano para iniciar las lecciones de pelea que me pidió el Árbol. Si, Diario, me siento estúpido enseñándole al Árbol Tsef a pelear, pero él insistió y yo accedí. Nunca rompo una promesa, por más estúpida que sea. Salí de mi habitación y lo encontré con los ojos cerrados, con la cara al frente. Se veía tan solemne en esa posición, que nadie hubiera querido interrumpirle, aún en sueños vislumbrando el futuro, meciéndose suavemente con la brisa contaminada, olvidando que existe y convirtiéndose en un símbolo importante en el viaje.

En fin, lo desperté con una patada en el tronco.

Cuando le dí la patada, noté que varias hojas secas y frutos maduros cayeron. El árbol entre-abrió los ojos y bostezó, sus ramas reverdecieron como si nunca hubiese estado marchitando. Cerró los labios y los ojos de dolor, después se dedicó a recoger los frutos y las hojas caídas para limpiar la proa y se los comió.

—Bien, señor Árbol Tsef. Usted tiene una ventaja y es la resistencia de su corteza.

El Árbol Tsef sonrió.

—Lo sé.

—Pero uno de los principios más importantes de Sensei Gorostiza, el cuál me enseño judo, kenpo, aikido, entre otras maravillas… es siempre aprovechar la fortaleza del otro. Todo es cuestión de energías, es lo único que necesitas saber. Ya después encontrarás tu centro gravitacional, el que te permite estar balanceado y cómodo a la hora de recibir la fortaleza del otro.

El Árbol Tsef parpadeó.

—¿Debería anotar todo eso?

Prendí un cigarrillo y respiré profundamente.

—Si no te lo vas a tomar en serio…

—Vamos, vamos. Estaba bromeando.

—Bien, para demostrarte de lo que estaba hablando, necesito que me ataques con toda tu fuerza, Sr. Árbol Tsef. Aviéntese con todos esos kilos que carga, no omita ni una sóla rama o raíz…

—¿Estás seguro, Simón?

Respiré profundamente y miré al Árbol a los ojos.

—Completamente.


Yasmín: En ese cuaderno donde has escrito todas las almas que me he robado, ¿qué te falta?
Niño mago: Muchas Yasmín, muchas. Por ejemplo, no entiendo como inició todo y como ha de terminar tu historia. Tengo todas las almas anotadas, pero hay algo que falta y que es esencial en todo ello Yasmín
Yasmín: Es muy sencillo, niño. Yo vivo ciclos de eternidades. ¿Entiendes lo que es eso?
Niño mago: No.
Yasmín: ¿Sabes la diferencia entre un inmortal y un eterno?
Niño mago: No.
Yasmín se carcajeó.
Yasmín: Eres un neófito. Escúchame bien, la creación de éste universo parte de un ser que posee la energía creadora y destructora. Hacemos bien en llamarle La Muerte, porque es el que nos da vida y ya que perfeccionamos poco a poco el camino de nuestra alma, ha de quitárnosla para regresarla así mismo. La Muerte, para mejorarse así misma y a su universo, ha de fragmentarse en tres fascetas (y estas fascetas, pueden a su vez dividirse en otras más): Estas fascetas son Cerebro, Corazón y Alma.
Niño mago: ¿debería anotar eso?
Yasmín alzó una ceja y después dijo: No abuses del recurso.


El Árbol Tsef tomó aire, se impulsó con sus raíces y como estas le dieron a entender “corrió” hacia mi. Movió sus ramas en círculos para defenderse y abrió su boca grande, las letras que formaban su corteza se movieron rápidamente, haciendo líneas incomprensibles y sin forma.

No sabía si asustarme o reírme por lo estrafalario. Conservé la calma y tiré mi cigarrillo cuando lo tuve a dos pasos de mí. Fue sencillo, en el momento indicado lo tomé de dos de las ramas y ayudé que su fuerza hiciera lo inevitable, el Árbol Tsef se tropezó y sin soltarlo, pude alzarlo sin dificultad para estrellarlo contra la madera del barco, la cual retumbó intensamente.

El Árbol Tsef se quedó tirado, perplejo y parpadeando un par de veces. Me asomé para mirarle y le sonreí.

—¿Ya entendiste lo qué te dije? Es muy sencillo, siempre aprovéchate de la fuerza del otro. No debes ser como la roca, ni como el aire. Lo mejor es ser el agua, el agua que fluye. ¿Prometes recordarlo?

El Árbol Tsef parpadeó.


Yasmín: Cerebro, Corazón y Alma. La Muerte se divide en esas tres personas y mantiene su individualidad, para tener el punto de vista de varias y también, para que esas tres trabajen distintos aspectos de sus poderes. El Alma es la que ha de resolver todos los enigmas y las preguntas, la energía que es resultado de un invididuo en plena evolución. El Cerebro es el que ha de responder las preguntas del individuo y también es el que es capaz de distinguir el bien y el mal. El Corazón, es el que elegirá el camino que propone cerebro o vislumbra otros caminos para ponerse nuevos retos que permitirán a Cerebro responder más preguntas para perfeccionar a Alma. ¿Me entiendes?
Niño mago: Intento.
Yasmín sonrió y se meció.
Yasmín: La Muerte, en un libro ha escrito el destino de todas las almas, sin embargo, como está en constante evolución… el destino nunca es seguro. Cuando la Muerte asimila un nuevo concepto o encuentra nuevos caminos para los seres, ha de destruir su universo imperfecto y ha de asimilar lo nuevo que ha aprendido, para así convertirlo en Real.
Niño mago: Wow Yasmín, sabes mucho.
Yasmín: Calla, que todavía no termino. La Muerte, ha creado a los Sanadores y Sanadoras de Almas para facilitar su labor. Estos han de ayudar a los seres ha asimilar el propósito de su muerte para que su energía llegue más limpia y no haya necesidad de reutilizarla, para ésto, nos ha dado el maravilloso don de saber como han de morir las personas. Yo soy una Sanadora de Almas.
Niño mago: ¿Entonces puedes saber cómo voy a morir yo?
Yasmín: Si niño. Y también puedo decirte como ser inmortal. Al hacerlo, entonces he de contribuir en la no-perfección de La Muerte, haré que pierda una pequeña parte de la energía que contribuye a sus Almas y también afectaré así, el rumbo del Cerebro y el Corazón de otros seres humanos.
El niño mago se quedó pensativo.
Niño mago: ¿Por qué eres mala, Yasmín?
Yasmín: Déjame terminar, y entenderás.


El día y la noche número dieciocho, pasó rápidamente. El Árbol Tsef aprendió al pié de la letra lo que le enseñé. Se concentró en sentir el agua que corría dentro de su cuerpo, se enseñó a manejar su respiración de tal forma que podía no mecerse ya, aunque estuviese en medio de una tormenta. Con las pocas enseñanzas que le dí, se convirtió en un oponente eficaz y certero, a pesar de su gran tamaño.

Todavía era torpe en muchos aspectos, sobre todo, por las raíces. Le dije que lo mejor era mantenerse estático, utilizar sus ramas y la resistencia de su tronco. Eso le haría un peleador más eficaz y no necesitaría moverse. El Árbol Tsef peleó muy bien después de ello, me fue difícil asestarle un golpe que le hiciera cerrar los ojos.

Y no pude dejar de preocuparme, que aunque no contuve mi fuerza, veía como caían hojas marchitas con cada golpe que daba en el tronco. El árbol seguía sonriendo con las lecciones… evitaba el tema de las hojas y trataba de tranquilizarme cuando reverdecía sus ramas en un abrir y cerrar de ojos.

Noté que las enseñanzas le habían servido para no sentir tanto dolor cuando sacaba las hojas verdes. Lo hacía para que no me preocupara. Me enojé, me enojé con él. ¿Por qué no me iba a enojar, mi querido Diario, de la vulnerabilidad de la amistad? Me volví más agresivo en la pelea y el Árbol Tsef supo defenderse como todo un maestro.

No dejaba de sonreír por cada hoja marchita que caía. Debo admitir, que es la primera vez que me molesta no saber que es lo que sucede con un amigo. Y haz nota de esto, mi querido Diario: estoy admitiendo, que ese pedazo de madera se ha vuelto mi amigo.


Yasmín: Cuando La Muerte destruye su universo para reconstruir, la energía de los inmortales regresa a él de una manera corrupta y tiene que trabajar en arreglarla. Es retrasar el tiempo para el Universo definitivo, el Universo perfecto. Pero sucede, que La Muerte no preparó algo llamado eternos. Los eternos son los inmortales perfectos. Son almas que consiguen su inmortalidad por medio de algo que nunca acabará.
Niño mago: ¿Algo qué nunca terminará?
Yasmín sonrió.
Yasmín: Si. Por ejemplo yo, que soy eterna. ¿No lo sabías niño? El eterno sobrevive los universos. Está presente en primera fila para ver como uno es destruido para que uno nuevo nazca. El eterno no podrá descansar, hasta que sea el último Universo. Sólo así.
El Niño Mago abrió los ojos… sorprendido. Podía intuir lo que venía. Podía casi adivinar cuál fue la primer alma que Yasmín robó.
Yasmín: Estuve presente cuando el Dios del mito creo a Adán y luego a Lilith. ¿Sabes lo qué hice? Me acerqué, claro que me acerqué… y le dije a Lilith como. Sólo con el conocimiento de los ángeles y los demonios podría ser inmortal, sólo queriendo obtener el conocimiento total de la Muerte, podría ser eterna. ¿Te sorprende? No, creo que no… viví mi eternidad hasta que nací en el nuevo universo y al mismo tiempo, dejé de existir como la vieja ciega que ves ahora, la famosa paradoja del tiempo. Me convertí en mi yo niña, sin recuerdos… ella habría de tomarme en venganza y seríamos una. El ciclo, la serpiente que se muerde la cola. No habrá respuestas, hasta que se perfeccione el universo y he vivido tantos ya, que he robado en todos almas distintas o mismas almas con diferentes condiciones. Es probable que nunca acabe niño… es probable que nunca termine.


Faltan diecisiete días, con sus diecisiete noches. Trataré de saber que pasa con el Árbol Tsef y le preguntaré a Yasmín como va con las almas… porque necesito saber. El tiempo se está terminando.

Hoy se cumple un año

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 19 de 47


Hoy se cumple un año del aniversario de la muerte de mi abuela… te quiero mucho abuelita, estés donde estés… perdóname por nunca decírtelo. Perdóname por ser un iluso que te quiso aferrar a la vida cuando estabas en aquella cama, recuerdas?


Día 21

¿Tengo que llorar? Mi primer muerto, estaba yo despertando, parecía un día normal. Inclusive, era un día en el que había despertado tarde y mis obligaciones podrían ser suspendidas. Fue el teléfono el que me despertó, casi lo recuerdo porque fui yo el que respondí. Escuché la grave voz de mi tío ¿Tengo un tío? ¡Socava los recuerdos!, aunque su voz era más grave de lo que yo la había escuchado. ¿Te das cuenta de las coincidencias maravillosas? Estás escribiendo el día 21, casi tan siniestro como si hubiera sido el 18.

Su voz me pedía que llamara una ambulancia, mi madre me observó con la mirada de “He perdido el control y quiero desesperadamente recuperarlo” ¿Mi madre? ¡Tengo una madre! y empezó a dictar ordenes inseguras, que sabía que no habría de prestar atención alguna. Nadie me había dicho nada con palabras, todo me lo dijeron con sus actitudes de gallinas descabezadas. Queriendo recuperar un poco mi propio control… tome mis zapatos y me los puse, me vestí de jeans y una playera, la chamarra azul oscuro. Mi color preferido.

Puedes dejarlo ahí, no recuerdes más… Solo tenía que subir dos pisos para encontrarme con mi tío y mi tía. Lo hice rápidamente, preguntándome mil cosas y haciendo caso omiso de una verdad. Podían ser muchas cosas ¿De veras? Una ambulancia, ¿qué caso tendría pedir una ambulancia? lo que más rabia me da es que sabía que era perfectamente inútil pedir una ambulancia cuando lo que se lleva en ellas son a los que aspiran a la vida, jamás a los muertos. Los muertos, los cuervos.

Toqué el timbre y abrió ella, mi tía, su rostro muy tranquilo. Su rostro era un muro que pedía que me tranquilizara, aún me pregunto si ella lloró en algún momento y gritó. Aún me pregunto tantas cosas, yo caminé derecho y vi ahí a mi tío, tan grande y tan deshecho. No me dijo nada, no pudo. Nada más los abrazé a los dos, porque ya sabía con certeza de que vería a mi primer muerto. Mi morboso espíritu se preguntaba si por fin, ver los vestigios de la persona que has perdido, ayuda de alguna forma a retirar la cicatriz que deja tu corazón.

¿Necesitas más? Es espantoso recordar, por eso no tengo patria, ni espíritu, ni persona que me ate. Mentira, todo te ata. Dejé de abrazarlos y la puerta estaba abierta. Yo pasé y miré mi primer muerto. Ahí estaba, uno de los pilares más sólidos de mi existencia, de una manera atroz, horrible… tan hermoso angel que siempre había escuchado mis motivos, mis razones, mis pasos, que siempre había vigilado mi crecimiento y que esperaba vigilara hasta que pudiera ser digno de su memoria.

¿De qué valen los triunfos? De qué valen. Mi Vieja, mi abuela. Su piel estaba teñida de amarillo, le pregunté a mi tía porque estaba amarilla, una pregunta estúpida, ella me respondió tranquila y me dijo que era porque su cuerpo los había estado liberando, liberando los químicos. Y yo me arrodillé, e intenté tomar su mano rígida, aún cálida. Y le lloré mucho. Vale, detente ya maestro. Lloré mucho su ausencia y recordé con absoluta tristeza todas las barbaridades que por mi culpa le hicieron llorar. No pude recordar otra cosa.

Mi muchachote, mi niñote, solía decir, ¿verdad? Y yo que me creía viejo. Y yo que me sentía maduro. Y yo que me sentía noble. ¿Y la escuela? De qué valen los triunfos. No lloré lo suficiente, no podía soportar el amarillo, el asqueroso amarillo. Definitivamente, no. Ver al muerto no ayuda.

Mucha gente, un ataud y yo le seguía llorando, vinieron unos amigos a acompañarme y yo puse mi mejor sonrisa y dije, “Vale maestro, vale, estoy bien” Vale, somos iguales… Vale, vale vale vale. Todo fue bien. Mostré mi mejor rostro y cuando estaba con ella, no podía creer aún que era cierto, aún cuando le quitaron el amarillo y el maquillista se las había arreglado para pintarle una débil sonrisa. Vale, no podía creer que era cierto, fueron varias veces en las que estuve ahí de pie, observando y esperando a que me dijera niñote o muchachote. Si estos son tus recuerdos, ¿Por qué recordar Simón?

Simón Dor.

Fueron días difíciles.


  • Prométeme que no dejarás la escuela.

  • No te preocupes, estoy viendo varias opciones. Te aseguro que pronto estaré en la escuela. Tan puede ser que entre a la UNAM el siguiente año (De qué valen los triunfos, no te puedo decir que lo logré al menos que me vigiles en el cielo).

  • Que bueno mi niñote, yo no se cuando saldré del hospital. Tal vez ya sea hora de que el que está allá arriba decida que me vuelva parte del Universo. No veo hora de que se me quite esto que tengo

  • Nah, no te preocupes. Te recuperarás pronto. Y ya regresarás a la casa, sin ningún problema.

  • ¿Tú crees?

  • ¡Simón! ¿Realmente dije simón en vez de Si? estarás en casita y te pondrán medicinas y ya te recuperarás pronto.

  • Ojalá mi muchachote, tan noble.


Infiel memoria. Representa hechos como quisiera que hubieran sido, solo agregando unas cuantas palabras, que aunque no fueran dichas, estuvieron presentes. El contexto, me aferro al contexto y recreo una conversación.

Dedicado a María Rojas.