Junio 25, 2007 — Escribir, Literatura.
Escrito por Agustin Fest.
“Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas”. Había olvidado la numeración tan insistente de un joven Cortázar en Rayuela. La numeración es un pequeño recurso literario donde precisamente numeras lo que quieres que visualice el lector y a su vez, le das un ritmo en el que piensa en estas cosas y las encadena. Esto se vuelve un discurso poderoso en la voz correcta. Los políticos utilizan mucho la numeración. Por ejemplo: son producto de la buena administración, de la dedicación, del talento, del trabajo en equipo y de la enorme responsabilidad social de cada una y de cada uno de ustedes.. O si quieren el ejemplo del subcomandante Marcos: Abajo está el que somos color de la tierra, el indígena, el obrero, el campesino, el empleado, el maestro, el estudiante, el ama de casa …. Bueno, no sólo los políticos, también el comercial de Coca Cola que nos apendejó a más de uno: “para los altos, para los bajos, para los gordos, para los flacos, para los que ríen”. Si notan, también suele contrastarse la numeración. Después de mencionar al profesor se menciona al estudiante, después de mencionar al militar se habla del científico. El contraste junto con la numeración, provoca una sensación de unión, de conexión entre todas las cosas, una cadena invisible que une a los opuestos. Esto se convierte en un breve efecto aspiracional donde todos podemos estar unidos y en la cabeza, pasan imágenes o situaciones contextuales dónde se unen los elementos.
Pero la numeración no sólo funciona con el contraste. En el caso de Cortázar, escribe una numeración que parece sin propósito hasta que el muy tramposo nos suelta: “la acción en todas sus barajas”. Hacer pis (algo concreto) con hacer el bien (algo subjetivo). El lector busca las probables uniones que puede haber entre las dos acciones, pero claro, todo depende de la imaginación y de las experiencies del lector. Es decir: hacer pis es hacer el bien porque me siento relajado después de aguantarme unas quince horas en el trabajo porque el baño de la oficina me da asco. Por decir algo. También, es muy parecida a las numeraciones que existen en la película de “El Libro de la Almohada”. Por ejemplo, lista de cosas amables: “Cálida lluvia, de las montañas nebulosas. Caminar lentamente vestido en carmesí, pensando en Kyoto. Ser besado por un amante en el jardín de Matsuo Tiasha. Agua callada y agua ruidosa. Amor en la tarde, en imitación a la historia. Amor antes y amor después”.
Existe otra clase de numeración que más bien es llamada progresión. La progresión puede ser una lista de eventos que nos llevan a un fín. Mientras que la numeración se contiene así misma y las conexiones existen a medida que vemos cada una de las imágenes, una lista progresiva crea una especie de historia desde el inicio hasta el fin. Como cuando el abuelo de Palinuro le responde a Palinuro—. “Te quiero de aquí al cielo, de ida y de regreso, yéndose por el camino más largo de todos y regresando por uno más largo. Y eso después de dar varios rodeos, de perderse a propósito, de tomar un café con leche en Plutón, de recorrer los anillos de Saturno en patín del diablo, de dormir veinte años, como Rip Van Winkle, en uno de esos planetas donde las noches duran veintiún años, porque a mí me gusta levantarme temprano, cuando menos un año antes de que amanezca” (Transcripción de memoria. Esto es de Palinuro de México, de Fernando del Paso. :P). Como ven, los elementos se van juntando uno a uno, se extienden y se pasan el baton para decirnos cuanto el abuelo de Palinuro ama a Palinuro. Mejor aún, hace una lista utilizando extensión del espacio y tiempo. Los combina y los desarrolla. Varios escritores prefieren utilizar la progresión, no sólo porque cuenta una historia en una pequeña frase sino porque requiere un poco de más elegancia y perspicacia. Es un reto.
¿A alguno de ustedes le gustaría escribir una numeración o una progresión? Debe ser pequeña, no más de tres o cuatro líneas e incluir la sugerencia que lo une todo al final, para hacerlo más elegante. Ahí se los dejo de tarea.
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Abril 13, 2007 — Asceta, Casting, Familia.
Escrito por Agustin Fest.
Las hojas se mueven y la brisa hace lo suyo, hablando de ritmos y espacios. Ayer, antes de dormir, platicamos un rato mi hermano y yo. —El día que tembló en Colima —dijo—, no había pájaros y los árboles no se movían. —¿De verdad? —pregunté incrédulo. —Sí, dejaron de moverse… se sentían extraño.
Me fascinó la interpretación de los fenómenos naturales un tanto ingenua, y luego me pregunté si no habría por ahí algún papel científico que explicara que los árboles dejan de moverse con el viento, cuando un temblor esta a punto de atacar. Lo de los pájaros puedo entenderlo. He visto Discovery Channel y he leído National Geographic, Muy Interesante y el Reader’s Digest.
El árbol postrado frente a la ventana de la oficina, donde paso la mayor parte del tiempo, esta moviéndose mucho el día de hoy. El choque de las hojas contra hojas, hace un sonido agradable. Mi hermano estaría contento y tranquilo de escucharlo.
Comí con Doña Mary, intercambiamos unas palabras muy breves, hasta sentí que me estaba dando a entender que le agrado. Igual y es alucinación mía. Ahora repite mi nombre cada que puede, porque alguna vez fui a comer con ella (cuando dejé Casting) y se le había olvidado. No quiere repetir la falta. Es lindo que las personas tengan esos detalles, aún cuando seas cliente y servicio. Es agradable que te llamen por tu nombre.
El árbol todavía musicaliza la escena, parece que se divierte el día de hoy, sus hojas bailan alegremente a pesar de las ambulancias que han pasado hoy por su calle. Me siento un poco enfermo, no sé por qué. Tal vez he fumado demasiado el día de hoy, la costumbre del café y la coquita por trabajar aquí, la inactividad, la espera por el material y luego el tedio de cortarlo, transformarlo. Largas esperas. Me pregunto como el árbol no se desespera y respondo que es por su baile ocasional con el viento.
Mi hija adoptiva me platica, mientras tanto, que se ha puesto una rutina de ejercicio. Le gustaría bajar las caderas. Personalmente me gusta que sean anchas, fuertes, apretables. Soy muy consciente de mi gén de supervivencia y fertilidad, yo creo. Por eso no ando detrás de todas las modelos que vienen a la oficina (supongo), porque sus caderas nomás no… y tienen bonitas piernas, tienen culos paraditos, pero les falta… “el agarre”, ¿saben? Porque cuando uno esta en medio de la acción, es menester buscar dónde agarrarse para el impuje, el momento, el impulso.
El árbol cuando baila, por ejemplo, se sostiene de su tronco y permite que las ondas de movimiento se extiendan a sus ramas, sus hojas, y deja ir sus semillas, para que busquen un pedazo de tierra. Similar a la eyaculación, porque sólo unas cuantas encontrarán un pedazo dónde sembrarse, mientras que las otras serán comidas por el concreto y las llantas de los coches que les aplastarán inmisericordes.
Es una muerte hermosa y valiente, dejarse ir por el viento, cuando tu padre o tu madre, te han expulsado de su cuerpo mientras bailaban. Ya esta grande el chiquillo, debe aprender a planear en el viento, debe crecer y hacerse grande como nosotros. Una explosión rítmica y natural que nos divide. Los vivos somos lo mismo, y tenemos en común lo más importante: vivir y morir.
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Marzo 12, 2007 — Cuentos, FotoCuento.
Escrito por Agustin Fest.

Los recuerdos estan rotos. No me preguntes como. Los recuerdos estan rotos. En mi cabeza parecen imágenes de una fotografía hecha jirones y me duele mirar como se deshacen con el agua. No ha pasado nada, estoy en mi asiento, mirando una pared y adentro pasa lo que te platico: una lucha por recuperar nuestras llamadas, por darle color a las últimas fotografías restantes. No quiero hablar de lo que otros llaman desamor. Desprecio el concepto: desamor. Des-amor, des-hacer amor, des-construido, roto. Lo mismo que pasa con esa palabra, pasó con mis recuerdos, de tanto repetirlos han perdido sentido, se han hecho mierda como la cinta de una película VHS.
El desamor es una violación. Se te sube al cuerpo, aún cuando pataleas y ruegas que no lo haga. Te detiene las manos, te besa con su boca sucia, asquerosa, los dientes podridos y baja las manos para abrirte las piernas. Los recuerdos se distorsionan. Los recuerdos se rompen.
Hablar de esto con mi psicólogo no me ha hecho bien, solamente me he logrado confundir las cosas e inventarle historias nuevas y aspiracionales acerca de nuestra relación. No hay nada verdadero en mi vida, te hubiera tomado fotografías. El psicólogo me mira con los lentes ligeramente chuecos y su mano como un león con el pelaje de su barba, escondiendo su boca, mientras concateno las mentiras y creo el contexto… me pregunto si su mirada, desnuda mi alma y descubre mis inventos. He querido preguntarle, en caso de conocer la verdad, si puede platicarmela para no extrañarte de falsas maneras. Debería poder hacerlo, si le pago ochoscientos pesos la hora es justo que encuentre conexiones entre la verdad y la mentira, y recomponga así mi vida… no por el amor perdido, sino por conservar la cordura y una noción de la realidad.
Cuando te amaba, me di cuenta que todo tenía sentido y veía relaciones íntimas, nexos invisibles, que nos ligan a todos. Sin embargo, me he convencido que el amor, como el desamor, guardan la duración de una canción. Fue muy breve, una alegría muy breve que parece eterna… pero termina, igual terminará mi dolor por ti. Nada es para siempre, me lo enseñaste, es lo que le digo mi psicólogo… una de nuestras necesidades, tal vez juveniles, es la duración perpetua del amor… ¿no así, buscamos extenderlo los años posibles? Es porque… le da explicación a lo desconocido. Probablemente, esas explicaciones que encontramos a través del reflejo de otro, son mentiras… pero cuán verdad parecen mientras estamos en los brazos de otros y miramos por encima de sus hombros, o sacamos fotografías de ojos enamorados, o dormirmos juntos y compartimos incluso, la peste de nuestras bocas al despertar.
¿Es la enseñanza? ¿Encontrar la verdad sin otros? No concibo la idea que sin amor (o desamor, esa chingadera), cualquier ser humano sea capaz de modificar su percepción para encontrar las respuestas a todo. ¿Qué clase de ingenuidad se necesita? No importa, los recuerdos estan rotos. Estan deslizándose como gotas de agua por el caño… es posible, si… que eso me permita iniciar de nueva cuenta, es posible… si… que aprenda a encontrar mis respuestas sin nadie que me tome de la mano… aquí, mientras pierdo ese último recuerdo en grises, te prometo que puedo hacerlo y nunca necesitaré, ni a ti, ni a otra como tú, ni un perro, para caminar sobre esta tierra y darle un nuevo nombre a los árboles, a las plantas, a los niños y las células de piel muertas que caen con la ducha matutina.
Foto: Mariana.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor
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Julio 13, 2006 — 24 horas, Consumidor de Entretenimiento, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
¿Es posible escribir durante 24 horas? ¿Qué de bueno podría resultar escribir cada hora lo que pasa por mi cabeza? Es como la propuesta gringa de escribir una novela en tres meses, ¿o era una semana? En esa propuesta, estaba explicado que de ninguna manera esperaras un Proust en el resultado, pero que el acto en sí, de escribir lo más pronto posible, te ayudaría a terminar el producto y ya una vez finalizado, tendrías la opción de editarlo. Yo no soy así, yo no puedo escribir una novela de corrido y luego regresar a ella. He descubierto que pasado un tiempo considerable, puedo animarme a releer el texto y sentir que puedo mejorar cosas. Pero fui educado con la necedad de que lo escrito, escrito esta y como con las palabras, estas no se retiran. Creo que es un sentimiento de lo más mexicano, responsabilizarse por los actos para sentirse héroe, noble y bien parido.
Supongamos que de veras me animo, el día de hoy, a escribir cada hora lo que esta pasando por mi cabeza. Y también de mis alrededores. Si hago eso, podré demostrar finalmente lo aburrida que es mi vida y también, como no, descubriré lo poco interesante que es seguir escribiendo en mi blog. O también podría descubrir una joyita dentro de todo lo escrito, una línea que sea capaz de disparar una inspiración propia y que me permita continuar algo que he dejado pendiente, o incluso crear una historia. Supongamos que es una idiotez escribir 24 posts, con una hora de diferencia cada uno. ¿A qué hora voy a dormir? ¿De veras el animo infantil lo vale?
Tengo que terminar un trabajo que tengo pendiente, puedo trabajar y cuando pase el tiempo, sencillamente escribiré ese progreso. Puedo detallar del trabajo que estan haciendo en la casa de a un lado, puedo determinar a qué horas pasa el gas y el agua. Puedo platicar cada cuanto tocan a la puerta. O si me siento muy valiente, puedo salir corriendo por un café al Starbucks más cercano y regresar a tiempo para la siguiente entrega. Puedo convertir esto en un meme, ¿alguien más se animaría a hacer esta idiotez? Puedo describir con absoluta presición los procesos mentales que pasan por mi cabeza, ya casi cumpliendo las 24 horas de necedad y pendejada. Puedo convertirlo en un ejercicio mensual, procurando hacerlo un fin de semana de cuatro, para llamar la atención de los webloggers. O bien, puedo sugerir que se convierta en el día internacional de postear 24 horas en todo el mundo, no me sentiría tan sólo si algún español, argentino, hindú y británico, me acompañaran en esta empresa.
De alguna manera, estaría haciéndole honor al espíritu original de un diario, que es escribir lo que se piensa en el momento, lo que pasa en el momento. Es lo que hacían los escritores que llevaban su libretita, que al caminar por las banquetas de alguna plazuela, se les prendía el foco, sonreían siniestramente, luego adoptaban pose misteriosa, sacaban su plumita y anotaban “que el hamster le daba vueltas a la ruedita”. Ya después, en sus casitas, tachaban al hamster o la ruedita, y lo cambiaban por la vida o por el amor. De eso se trata tener un blog, para aquellos que se sientan escritorsuchos, de anotar lo que piensan y luego, ya más calmaditos, tachan, revisan y reescriben. No es para que los descubran como grandes escritores. Disciplina y control, como diría el hombre oscuro. Amor al arte, pues.
Veamos qué tal me va, he puesto el temporizador de mi celular para que suene a la hora que empecé a escribir esto. Veamos si tengo la disciplina para escribir esas 24 horas. Y ojalá surja algo divertido, además de babear como estúpido a las diez horas de haber empezado esto.
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Noviembre 20, 2005 — 1000n, BOB, Kayla, Kromg, The Book of the Dead Children.
Escrito por Agustin Fest.
Kayla, es una señorita que viste calcetas largas y minifaldas, no es menor de edad, pero lo parece y se da sus vueltas, repentinas, por la calle. Tiene teticas de perra, no son muy grandes, pero tiene un culo bonito. Tiene ojos azules, grises, o de cristal… y tiene unos muslos hermosos, unos tobillos magníficos, unos dedos universales, un cabello largo y rizado, nada más, pelirrojo a veces. Kayla tiene dientes de coneja, y tiene heridas, porque a ella también se le han muerto los muertos. Nos mira, la pobrecita, como si buscara en nuestros ojos citadinos magia. Yo nada más prendo un cigarrillo y le observo acariciar a un lobo, un lobo rojo, cuyo pelaje evapora las gotas de agua en cuanto lo tocan. —¿No se quemará Kayla? —le he preguntado a Bob y este, sencillamente, me ha dicho que Kayla es el vertiente de la naturaleza, que ella lo sabe todo, que sus caderas y la fertilidad, que de sus tetas se amamantaron los semidioses y los grandes hombres que todos desconocen, que sus ojos son el veradero amor de Dios y las vueltas que se da, son un simple juego que explotan los cosmos. —Kayla es nuestra madre, Kayla son los deseos más grandes, como la paz universal, la felicidad de toda la raza humana. Su carne saciará a los hambrientos, en sus manos la salud de los enfermos. Kayla es Dios y es Satanás, porque Kayla cuando duerme nos destruye, Kayla lo es todo —dijo Bob, y lo dijo tan seriamente, que estuve a punto de creerle. Y ella acariciaba un lobo rojo, que murmuraba palabras de amor, como esponjas de jabón, tan pronto sus dedos peinaban ese pelaje desordenado y yo seguía fumando, y miraba incrédulo a la mujer acariciando al lobo. —Kayla son las pasiones humanas, Kayla es furia, Kayla es violencia, Kayla es transgresión, a Kayla le perteneces cuando da vueltas y quiebra universos —dijo Bob, muy serio, mordiéndose las espinas. Creo, que el cacto regresó a un estado de pureza, creo… que el cacto, y su regresión, y Kayla acariciaba al lobo.
No puedo hacer más nada, solamente observarla, y fumar durante otros tres minutos de cigarrillo.
—Kayla me quiere cuando duermo. Kayla es tu madre —casi suelto la carcajada—, Kayla es tu abuela, dos mujeres en el centro cargando sus bolsas, Kayla es Imperio, es Raquel, e Inés, y la cruz, son tres Claudias, es Lilith, es K, y Borgia, y Frida, una Gloria, es Uhura, es un Sol entero, una María Magdalena, diez de mis espinas, y siete Patricias, Kayla es Cecilia, es Fátima, es Mariana, es Issel desnuda, y son reproches, y son tus culpas, y tus enigmas, y tus mejores triunfos. Kayla lo es todo, porque sin ella nada existe. Minuto y medio, antes de que termine la letanía y Bob sigue cantando todo lo que es Kayla, mientras miraba como peinaba al lobo y me preguntaba, ¿quién es él? ¿quién es él? ¿la misma que re/creó al cacto te hizo a ti, querido lobo? Y pensaba que Kayla era mi madre, y casi soltaba la carcajada, pero no lo hice… porque ella acercó su mano al hocico, y me horroricé cuando Kromg enseño sus dientes, la baba empezó a caérsele, abrió la boca, le mordió y se carcajeó de todos nosotros. Los dientes se clavaron en su piel de leche, y sus ojos cristalinos derramaron lágrimas. ¿Si Kayla destruye universos con sus piruetas, los borra totalmente con sus lágrimas? —La sangre de Kayla son niños muertos en el libro de T.F. Haddied —me dijo el cacto, y yo no le escuché más, porque miraba como a Kayla le dolía, y las lágrimas, y empezó a gritar, y la risa del lobo. No hay nada qué hacer, treinta segundos de cigarrillo, aún no se consumen. ¿Y los vecinos nos habrán escuchado? Entonces el lobo la dejó ir y se echó, cayó inmediatamente dormido. Gotas de sangre mancharon los muslos de Kayla, y sus calcetas largas, sus muslos hermosos, sus tobillos magníficos… me miró antes de irse, me sonrió antes de irse, se escondió la mano herida en su chamarra blanca y le dije adiós con la manita. Te amo Kayla, regresa pronto.
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Septiembre 23, 2005 — 1000n, Asceta, BOB, Kromg, La Unidad, Niño viejo, Nostalgico.
Escrito por Agustin Fest.
En este departamento no se puede fumar porque uno de los tíos es muy sensible con los olores y es bien sabido —no por los propios fumadores—, que el olor del cigarro es, pues, bien pinche apestoso. Así que para conservar la santa calma, la paz y la estabilidad en las relaciones diplomáticas, salgo a fumar un cigarro a la entrada del departamento, la cual esta enrejada. Viví en esta Unidad durante creo que unos diez años, hasta que me mudé a la Narvarte y ahora que estoy de vuelta, siento que han pasado otros diez años. Algún día entenderé porque mi percepción del tiempo es tan particular (una manera de decir “mamona”) y porque siempre soy un anacrónico con la sociedad. De todas maneras así lo disfruto… la anacronía en mí, es una nostalgia hasta porque pasa una mosca, vieja compañera, y es un mal necesario, al menos para alguien que gusta del arte o se la vive coqueteando con él. Sufrir de nostalgia y melancolía es parte de mi misma vida.
La anacronía es una enfermedad depresiva y a veces, en ella se consigue el éxtasis iláptico (el lector avispado se dará cuenta de la redundancia, de la constante redundancia). Una sensación que todo esta bien… como maniático hay que vivir.
La oración anterior contiene muchas palabras domingueras que se leen mejor si no se sabe que son y finalmente, utilizo las palabras sin la seguridad de saber que son y me guío al como y que me suenan. Sólo cuando “escribo en serio”, voy corriendo a la RAE para que me ilustre, ya que no tengo varo, ni ganas verdaderas, de comprarme un Corominas. Y vamos, para mi no hay de otra, a veces me dejo llevar por el sonido de las palabras e invento cosas, me procuro un bonche de antítesis, contrastes y paradójas que un lector cuidadoso hará bien de tirar a la basura y decirme—: Cabrón, me estas cantinfleando.
La anacronía, mi santa madre o santa muerte, desprecia el verdadero significado de las cosas.
No fue hasta muy tarde, ya algo crecidito (para mis estándares anacrónicos), que me enteré de la importancia de la identidad. La identidad nacional, la identidad individual, la identidad social, la identidad familiar, la identidad etcétera. O tal vez estaba muy consciente de su importancia y es por ello que me dediqué a moverme entre varios círculos sociales / núcleos familiares / juegos relativos interpersonae, siempre jugando el papel de la ambigüedad o del guasón (reemplazo con facilidad la carta que te falta, Ma’ killin’ jokee). ¿Estaba la gente igual de consciente que yo de su propia identidad? Mis compañeritos de juegos en el mercado, las marchantitas de los puestos y los amiguitos de la escuela. Ser parte del ejercicio escolar de llevar la bandera, robarse los jimanes de un niño más chico que tú o alzar la mano para demostrar que eres un sabelotodo. Ñoño mamón, lángara noble.
La anacronía exige el olvido del sí mismo para la constante búsqueda del ego. Exige una ambigüedad natal, un quiebre en una o todas las identidades, depende del sabor de tu helado.
De igual manera, un anacrónico no pertenece a ningún lugar, no importa si es un nómada o un sedentario. Para el anacrónico no existe nada definitivo, aunque siempre esta pidiendo un sí o un no. El anacrónico habla en blanco y negro, cuando todo lo ve a colores. Un anacrónico no pertenece a nadie, aunque este sumergido y disfrute plenamente del juego social. Un anacrónico mira lo que todos no ven, lo que no existe ya en el presente, porque siempre oscila entre el pasado y el futuro. El anacrónico huele su propia mierda antes que todos los demás, porque esta consciente que cualquier dedo suyo puede mover las olas del tiempo.
Una anacrónico sabe que todos vamos al mismo lugar, que todos nos vamos a morir y no hacemos nada, somos niños jugando en lo que papá nos manda a chingar a nuestra madre o a dormir.
Eso pensé, entres mis dedos izquierdos se consumía un cigarro. Mi palma izquierda sostenía un cacto [Bob] que roncaba inquieto. Enfrente la reja del departamento, un silencio sepulcral de vecinos durmiendo o que no han llegado del trabajo. Soy una carta de Tarot. Tal vez la vecina de enfrente, una alta y delgada, morena, con cara de mosca muerta y “yo no cojo por placer, sino por merecer”, me dedicó una breve mirada de desprecio por fumar en mi jaula antes de encerrarse en su departamento. A mi derecha, en un espacio entre departamento y otro, un lobo encadenado con oro (apostaría que de alguna montaña), de pelaje rojo, me miraba fijamente. Un lobo… un cacto… un cigarrillo… una jaula… una vecina con caretcétera. Esto se me hace tan familiar, un dejá vù.
El lobo me sonrió, me dio la espalda, se echó a dormir y yo me metí al departamento cuando me terminé el cigarrillo. El cacto seguía roncando y todos duermen, excepto yo, el anacrónico.
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Febrero 24, 2003 — Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest.
¿Te has dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo?
Estás aquí sentado, leyendo y mientras lo haces,
el tiempo fluye lo que tiene que fluir, porque es imparable.
Es un recurso no renovable y es el que no perdona…
ni acepta…
ni ríe…
ni goza…
El tiempo solo pasa, esperando terminarse un día.
Como un anciano que ha vivido dos guerras,
la muerte de tres hijos y algún nieto. Rezando las noches
para que Dios se lo lleve
a descansar.
Sigue caminando, gotas de agua que hacen ruido
de alguna tubería rota… es el tiempo caminando,
observándote sentado y esbozando sarcástica sonrisa,
El tiempo es cruel…
es tajante…
es contundente…
Por eso los exhorto a preguntarse… ¿tienen tiempo?
¿qué hora es?
¿qué hago aquí?
Y ya después, las preguntas olviden y asegurense de que
están acompletando su vida.
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