Mayo 28, 2007 — Casting, Familia, Sueño-Insomnio, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Dijo el anciano, con algo de tristeza en la mirada, se bajó un poco el sombrero y las arrugas de bronce se escondieron entre las sombras. Yo me estaba fumando un cigarrillo, esperando no se qué, escuchando conversaciones ajenas. Tenía hambre, no había comido nada y en espera de que el anciano continuara su plática, me recargué en el muro. Estaba hablando solo, o tal vez conmigo. Suspiré, y cuando me animé a preguntarle de dónde venía, él cargó su morral al hombro y ya se iba. Me sentí un poco estúpido. Después saqué mi cartera, caminé unos pasos más a la pizzería y pedí una grande, para que comiéramos mi hermano y yo.
Mi hermano estaba dormido en la casa. El día anterior nos desvelamos, acompañándonos, estrenando un juego de peleas. Nos dimos en la madre un par de horas, yo en lo que daban las 4.30 de la mañana (hora de mi llamado [filmación]) y él, en lo que daban las seis de la mañana para completar la guía de física junto con un amigo y vecino. A las cinco de la mañana, estaba haciendo llamadas para asegurarme que el abuelito y su nieta estuvieran en donde habíamos quedado, o bien, al menos en camino. Con la señora no hubo problemas, cuando me respondió ella ya estaba en Polanco. Sin embargo… el pinche abuelo no respondió el teléfono.
Junté las manos, recargué mi cabeza y suspiré. Me empecé a preocupar. Nada sabía que en el futuro, estaría mirando alejarse a un viejo de bronce y buscando en mi cartera dinero para comprar pizza. En ese momento pensaba: Muy bien, se quedó dormido. Muy bien, se quedó dormido para siempre. Muy bien, se quedó dormido para siempre y no tenemos reemplazo. Llamé de nuevo al viejo y me respondió adormilado—. Es cosa seria mijito, es trabajo, ya voy para allá, luego te platico porque me tardé —Esperé unos diez minutos y empecé a buscar el teléfono del asistente de dirección. A los cinco minutos entró una llamada a mi celular: Ricko preguntándome qué había pasado con el abuelito cubano y que el asistente me estaba buscando, que porque mi celular entraba a buzón. Ya esta en camino… deja le marco a Poncho, respondí, colgué el teléfono y marqué al abuelito cubano.
—Si mijito… ya estoy en camino, ya estoy montado en un taxi y ya estoy por llegar —dijo el abuelito. Por la voz, intuí que se había quedado dormido—. Soy profesional, no te preocupes mijito, cuando es trabajo soy cosa seria.
Suspiré de nuevo, me esperé otros cinco o diez minutos, y marqué al asistente de dirección. —Ya tengo al señor aquí. —Muy bien, ¿todo en orden, te hace falta algo? —No señor, todo bien. —Perfecto sale bye —me fui a mi habitación y dormí. De la computadora a mi cama, pensaba lo bonito que era este trabajo sin horarios, y cómo cientos de celulares se activaban en toda la República para cuestiones tan nimias como filmaciones, llamados, vestuario y demás, a las cinco de la mañana. Imaginé que formaba parte de toda esa red, e incluso, pensé que la compañía de celulares nos vigilaba, nos agradecía, y nos guardaba un espacio en su red a estas horas, para este tipo de urgencias. Me cubrí con las sabanas, como si viniera de un lugar muy lejano, y dormí.
Soñé con la exnovia de un amigo. Íbamos en el coche, camino a ningún lugar, cuando ella se desnudó y me enseñó sus piernas. Después se metió mi coso a la boca e hizo lo suyo. Parpadeé, cosa de un segundo, y ella se convirtió en un hombre joven y apuesto. Recuerdo haber suspirado en el sueño, consciente de la transformación tan culera. Permití que me la continuara mamando, al fin y al cabo, estaba guapo el hombre. Pensaba en la cantidad de escritores homosexuales, en la canción de cuna de Auden, pensé que con hombres tan bellos como aquel, tal vez todos nos permitiríamos esos accesos de lujuria. Agujero aunque se de caballero, hoyo aunque sea de pollo, y gallo viejo hace buen caldo. C’est la vie.
Desperté.
Mi hermano estaba dormido, moría de hambre, busqué algo en el refrigerador y poco sabía que saldría a comprar una pizza. Regresé a la habitación y le pregunté como le había ido en su examen, y medio dormido, me respondió que le había ido bien. Sonreí, revisé mi celular, nadie había llamado y pensé que hoy podría quedarme a terminar otros pendientes. Prendí la computadora, me bañé, revisé mi celular de nuevo. Tres mensajes y todos casuales. Unos minutos después, ya me encontraba caminando a la pizzería, pensando en las mocosas que jugaban futbol en la cancha. Seis niñas, entre catorce y dieciseis años, pateándose el balón unas a otras. Frente a mí, un jardinero cargaba sus herramientas en un morral de Linterna Verde.
En el camino, pensaba en el sueño que había tenido, y que había escrito poco en mi blog. Me preguntaba porque había escrito tan poco, y si había cambiado en algo mi método de escribir. No tiene importancia, me dije. Escribe lo que quieras en tu pinche blog, no tiene importancia. Me detuve un momento, un anciano susurró—. Provengo de un lugar muy lejano —lo miré un poco distraído y después prendí un cigarrillo. Me recargué en una de las columnas, queriendo escucharle más y cuando me animé a preguntarle, el hombre puso su morral al hombro y echó a andar, como si llevara sólo la mitad del viaje. O peor aún, el inicio. Sus chanclas alzaban el polvo, la correa de su sombrero se movía como un péndulo y su silueta, se alejaba cada vez más.
Pedí una pizza de carnes frías, y regresé a casa.
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Septiembre 6, 2004 — Asceta.
Escrito por Agustin Fest.
Ayer no podía dormir, tan no podía dormir que me encontraba a las cinco de la mañana, aún pensando, bostezando, dando vueltas en la cama, creando telarañas invisibles con mis dedos, pensando, parpadeando a ver si así mi cuerpo se cansaba, pensando pendejadas. Si, eso hacía. Nada nuevo. El proceso para conciliar el sueño, hoy se valió de leer dos capítulos del Quijote, después bajar y ver una película, releer un poco algunos pendientes y subir de nuevo, a ver si eso me relajaba. Ni madres, o bien, en terminos menos coloquiales: Sirvió para un carajo.
Pensaba en eso de “Vivir el momento”, en aquellas personas que lo dicen y lo repiten y tal vez, hasta lo viven. Es el consejo de los tiempos modernos, ese “Vivir el momento”, quédate con el presente hasta que te mueras y disfrútalo. ¿Se puede? ¿Hay gente contenta, viviendo continuamente el día a día, disfrutándolo, contemplándolo y aprovechándolo? Y en mis pensamientos, busco a las personas que lo han aconsejado o dicho y rara vez, hay una congruencia entre ambas cosas. Muchas veces, se vive el presente porque no hay de otra, porque hay que seguirle en la luchita. ¿Y mañana qué? Pues no importa mucho, no sabemos si mañana moriremos o si hoy en la noche se arruinan los planes de cinco años… así que bienvenido presente, eres nuestro consuelo.
¿Habrá gente que aprecie cada minuto de su existencia? ¿Qué se sonría —tiernamente— si alguna vez llega a leer mi ingenuidad? ¿Habrá gente que haya llegado a tal estado espiritual/mental que pueda enterrar un pasado y dejar al futuro, hacer y pasar? ¿Habrá gente que no se conforme con un: pues nomás vivir y ya, no hay de otra, luchita luchita? Ah, no lo sé. No sé si yo quiero ser uno de esos o si, de alguna manera curiosa, me he transformado ya en uno de esos. Tal vez de eso se trata vivir el día a día, de lo mucho que estoy pensando y el tiempo se me va, mientras estoy sentado, bebiéndome un café, mirando al frente, cumpliendo mis trámites karmáticos y legales.
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Octubre 16, 2003 — Asceta, Howl, Intento ser Escritor.
Escrito por Agustin Fest.
que el tiempo pase. Vivimos un eterno presente, así que no importará. Tan sólo deja que se consuma, que se transforme en ceniza. Polvo somos y en polvo nos convertiremos, igual que el cigarro que muere en el cenicero. Pasado y futuro no existen, solo la idea del presente continuo. ¿Recuerdas cuándo eramos inmortales? De niños, lo éramos. Cuando corríamos tan rápido, que parecía que los objetos venían a nosotros.
No me quiero ir, a ningún lugar.
Las pasiones tampoco dan cabida al tiempo. Cuando uno se deja envolver, pasado y futuro pierden sentido. Continuo presente, te digo. No te importa más que el momento, es lo único que se vive. Recuerdas el momento que eras niño como si fuera ayer… la luz es más brillante, el pasto es más verde, los sonidos más estridentes, el frío más frío. Como una canción de Pink Floyd y un poema de Wordsworth juntos.
Si, recuerdo cuando era inmortal. Y hoy solo puedo dejar que el cigarro se consuma en el cenicero.
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Marzo 20, 2003 — Critica Social, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Seguimos fórmulas.
Para ir a comer, para salir con los amigos, para trabajar, para escribir.
En nuestros viernes, nuestros desayunos, nuestras caminatas, nuestros impulsos.
Todo conserva un patrón, una receta, una dósis de esto y aquello.
La cara que ponemos cuando nos enteramos que murió alguien, los gestos que realizamos cuando nos dicen te quiero, las carcajadas cuando nos burlamos de alguien.
En el comparar un libro con una película, al elegir a nuestros artistas preferidos, los diez minutos antes de dormir.
Para justificar los vicios, la rutina, la espontaneidad.
Para romper con los esquemas, también seguimos esquemas ocultos. Pensamos en las fórmulas que han funcionado a través de los tiempos de aquellos impulsores de tendencias y paso a paso, seguimos los suyos.
Para elegir a la persona que nos complementa, para seguir con ella, para romper con ella y regresar con ella al poco tiempo y decirnos: “Así está bien, la fórmula va”.
Distintas fórmulas, pero todas, bien o mal, van paso a paso. Para aquellos que dicen “No a la guerra”, para los que la apoyan. Que palabras decir, que palabras enfatizan, que experiencias vividas dan fundamento al discurso.
Fórmulas para conservar las amistades, iniciarlas y romperlas.
Fórmulas para el amor, porque así lo hemos convertido… y dicen que nos vuelve locos, y entonces, pretendemos por otra fórmula parecer originales y hacer algo fuera de lo común. La fórmula maestra, la que es pensada en menos de un segundo.
Debe haber algo más que eso. ¿Tienes tu lista de fórmulas para el día de hoy, para el de mañana y el de pasado mañana?
Y la fórmula dice, que algunos dirán, que tal vez no haya mañana y hay que vivir el día de hoy como si fuese el último.
Piensa bien, piensa cuántas fórmulas al día sigues… piensa cuántas fórmulas de emergencia tienes para decir al mundo que no tienes fórmulas y después, después … ¿después qué?
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Noviembre 9, 2002 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 25
He tenido días difíciles mi querido diario, perdóname por descuidarte. Mis queridísimos lectores, los extrañé. Sin embargo, para serle fiel a la continuidad de este diario, decidí numerarlo el día 25, es uno de esos días que en realidad significan una o dos semanas. No se cuanto tiempo me ausenté. Uno diría que tengo muchas anécdotas que junté durante toda la semana, pero la memoria no me es fiel, me estoy volviendo viejo.
Cuando me veo en el espejo, pasan muchas cosas. Creo que es el momento favorito y más aterrador del día, cuando me miro en el espejo y traspaso mis ojos. Estiro manos invisibles para buscar mi alma, la cuál no parece encontrarse en ningún lugar y cuando encuentro algo parecido, mis manos jalan una sombra. Una sombra de la persona que fui o la persona que seré. Jamás el presente, porque yo no vivo en el presente mi querido diario, yo vivo del pasado y de esperanzas en el futuro.
Es lo único que me mantiene con vida, las esperanzas vanas. Las esperanzas sin sentido. Las esperanzas, esperanzas…. cuando dices esa palabra muchas veces, así como todas, pierde sentido. Quisiera ser un caballero medieval y lanzarme en contra de las palabras convencionales. Romperlas como el cristal de mi espejo, que en este momento chorrea sangre que mis manos invisibles en un momento fúrico rompieron.
Estuve a punto de volverme loco, mi querido diario. Jovencitas, de todos los colores, olores, edades y sabores desfilaron ante mis hambrientos ojos. Entre ellas, estaba la niña del ángel. Siempre sonriendo, ojos negros y profundos.
Me arrodillé… no tuve otro remedio. Me arrodillé y lloré recordando a mi querida Beatriz.
Día 26
Sonó el reloj. Es hora de dar gracias. Gracias Dios por permitirme estar vivo y continuar mi sacra labor, que es hacer que la gente desconfíe de si misma y se pregunte así mismo qué hace el día de hoy para merecer estar vivo. Hago que se cuestionen tu existencia y por eso, Dios mío, gracias.
Agradezco también que aún tengo aire que contaminar con el humo de mi cigarro y agradezco también el poder ver espíritus, que van en contra de tus palabras escritas, según dicen los que se visten de negro y no tienen tolerancia para gente como yo. Por eso, te agradezco mi buen Señor, creador del Universo y el Cosmos y del Hombre y la Mujer. Adan, Lilith y Eva, el primer triángulo amoroso, divorcio y decepción amorosa de la humanidad. Por eso te doy gracias.
Y te doy gracias de que me permitas las palabras para poder ser blasfemo así como ferviente creyente. Agradezco que me permitas estar a tu lado y en contra tuya, sin que me mandes un rayo que me fulmine como lo haría mi querido Zeus. Mi gratitud no tiene límites en cuanto a que me hayas permitido ir de paseo al Infierno así como ser el visitante de una Luna Hecha de Queso.
Por eso, mis queridos lectores, trato de dar la lección de que den las gracias. Aunque sea por tener algo que tragar.
¿Cómo define la soledad un hombre solo? Es difícil decir. Para mi la soledad significa estirar tu mano y no tener alguien que la alcance, la bese o le de un manotazo. La soledad es hablar y que tus palabras se dispersen en el espacio. La soledad es caminar y darte cuenta que la sombra te sigue. Mi soledad es mi mejor amiga, porque es la que me acaricia y me hace desperdiciar mi vida sin alguien que la intente componer. Me besa todas las noches y duerme conmigo, se pone el rostro que desea para hacerme sentir esperanza y ambos nos burlamos de mi mismo cuando descubrimos que efectivamente, somos ella y yo. Mi querida soledad significa tener este diario, donde ustedes me leen, pero toda palabra que quieran decirme jamás será correspondida y yo jamás tendré alguien a quien responderle, más que a mi triste yo, que también es mi soledad.
Mi soledad jamás me dejará solo.
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