Para mi, y tal vez así…

Han sucedido muchas cosas este año, muchas cosas que yo no esperaba. Muchas cosas que destruyeron mi proyecto de muerte. Porque estaba seguro que estaba caminando para allá, al fin y al cabo.

Es por ello que aprendí a tomarme las cosas tan a la ligera, porque aprendí de la mala manera que en cualquier momento podía morirme. Y de igual manera, en cualquier momento pueden morirse las personas que están a mi alrededor.

Decidí darle la bienvenida a eso. Y así, ello se convirtió en mi única verdad irresoluta: Muerte, muerte, muerte.

Mañana o pasado. Tú o quien quieres. Da igual.

Creí que estaba disfrutando, de esa manera, lo que sucedía a mi alrededor. Que así podría descubrir, sin restricciones, todo aquello que me propusiera y así decir que he vivido. Empecé a jugar y gané. Que bien me mentía. Soy el que mejor se miente así mismo. Y lo peor de todo es que lo sabía, lo tenía a conciencia y me reía de ello. Una sonrisa torcida y ¡salud! ¡Disfrútemos esta copa!

En mi proyecto de muerte, formé distintos futuros.

  • Muerte joven.

Una muerte sencilla que me diera la capacidad de dar una última sonrisa y decir: “Ja… ya estuvo, finalmente ya estuvo…”. Una muerte egoísta en una playa, bebiendo una última cerveza y una mujer de anteojos oscuros mirando al mar. Todavía no entiendo porque esa concepción tan romántica. ¿Un morbo, por saber quién me extrañaría? ¿Un final justo para una lucha encarnecida contra eso que llamamos vida y de la cuál todos nos quejamos? ¿O simplemente, porque creí que tuve una vida desgraciada y esta era finalmente la recompensa? No lo sé, quien me conozca tomará la respuesta que más le agrade. Quien no me conozca y escuche de mi, también se atreverá a decir algo o tal vez se quede callado en una señal de aceptación o rechazo silencioso. Es cierto eso de que la vida es un martirio, creo en ello fervientemente. Lo acepté y todavía me quejo, porque me siento ser humano.

Si, de vez en cuando me quejo. Últimamente más. Ya no sé si son las fechas o el egocentrismo o el grito de doscientas veintiun fragmentaciones que me empujan a hacerlo. Antes no me quejaba tanto, como había dicho, daba la bienvenida a todo aquello que me impulsara a una muerte de carne o espíritu. A suaves dósis, para disfrutarlo todo con los ojos abiertos. ¿Si no, de qué vale? ¿No es mejor tambalearse en el camino oscuro? ¡Claro que si! ¡Si lo vas a hacer, hazlo bien! Como he dicho, acepté totalmente lo que viniera y lo hice con una sonrisa, aún habiendo una debil queja, lo hice sonriendo porque era justo y necesario. Porque así, después de todo, me sentía vivo y enfrentaba al tiempo y a la muerte.

Porque así me sentiría preparado, el día que nos vieramos a los ojos, para hacerle un millar de preguntas que han asaltado en mi mente desde que nos conocimos.

  • O una Muerte Vieja.

Las ventajas de morir viejo es que habría más preguntas o tal vez, obviar las necesidades de estas. Para mi era agradable pensar en la muerte vieja, de vez en cuando, porque querría decir que habría prolongado la lucha durante más tiempo. No ganado, porque es imposible, pero al menos sí… el suficiente tiempo para haber descubierto las respuestas por mi mismo.

Sin embargo, habrá sido lo mismo.

Me habría rascado las bolas mientras apenas sostenía un trabajo. Un viejo solitario, que fuma demasiado y se emborracha de vez en cuando, aceptando por fin la responsabilidad de matarse un poco más rápido cada día. Una casa, llena de libros tirados por todas partes. Una o dos amantes, si bien me fuera, quienes por compasión a mi piel arrugada y mi barba mal afeitada, decidieran darme un poco de amor. Aspirando, todos los días, a ser un escritor. Caminando de trabajo en trabajo mediocre y aún así, borracho en una cantina, promulgaría con voz estentórea toda mi lucha. Digno de patetismo, digno de soledad y digno de caminar bajo la sombra oscura, todos los días.

Simón, me hubiera encantado.

Esos dos futuros, básicamente, con distintas ramificaciones que llevan a lo mismo. El auto-engaño. El esperar a que fuera suficiente y decir: “Bue, ¿ya estuvo? ¿No necesitas más, querida vida? Okas dokas, ¡Vámonos! Me voy a chupar unas chelas con la muerte, ahí nos vemos al rato”.

Si. Un miedo a vivir, viviendo. Valga la redundancia. Se necesita mucha práctica. Dejar que todo suceda alrededor y no mirar, ni sentir. Solo dar una probadita y sonreír. Una probadita dulzona y amarga de todo. Pichicatearle al sentimiento.

¿Es posible? Debe serlo. De no ser así, no comprendo cómo he llegado hasta aquí.

Pero se ha roto mi proyecto de Muerte.

Y ahora tengo tanta Vida en las manos, que temo que se me escape. Tengo tanta Vida en las manos, que ya no se siente tan bonito quejarse. ¿Por qué? ¿Si antes era tan fácil quejarse y sonreír después de ello? ¿Por qué era tan fácil, pichicatear a la Vida y ahora que la tengo, poseer un real miedo de perderla?

Ahora no me gusta quejarme. He perdido una armadura que me hacía luchar facilmente.

Me doy cuenta que he perdido la indiferencia que tanto me gustaba.

Y no conozco ninguna otra arma, más que tener paciencia…

Serenidad y paciencia, mi querido Solín.

No sé que más decirte. Espero estés bien, Solín.

Helado de Chocolate.

Hoy, al salir de mi clase, Ariadna y yo nos despedimos pronto… y en general, no tardé en despedirme de la gente cuya convivencia hace mi estadía más grata. Me dio gusto ver a la gran mayoría, excepto a mi archienemigo… no se porque no me agrada, es una persona inteligente, pero tiene ese tipo de semblante que hace que los demás lo escuchen y lo crean sacerdote (debió de serlo, anyway, tiene una voz profunda).

En fin, me despedí pronto de ella y me dio la repentina certeza de que será así. Despedidas furtivas, no habra convivencia, no hará el agradable desmadre al que siempre estoy dispuesto. Sin querer, incluso en la escuela, me estoy convirtiendo en adulto (¿Podrás perdonarme?). La verdad, no es el desmadre el que extraño, sino la persona que esta ahí para reirse de tus chistes malos o el humor negro.

Caminé hacia el metro Copilco y pasé de largo una heladería “La Michoacana”, primer impulso fue comprar un helado de chocolate. La decisión se veía frustrada por unos dos segundos de: “¿Qué pensará la gente de un niñodonte de 1.87 comiendo un helado de chocolate?” Claro, solo fueron dos segundos y pedí mi helado de chocolate.

Tengo la mala suerte de seguir los instintos.

10 pesos por dos bolas de chocolate y una de capuccino. Un helado común como cualquier otro que no sea Hägen Dasz (¿así se escribe?), menos cremoso, más agua. Me desvíe a un parque donde Anya y yo nos dimos el primer beso y me senté en una de las bancas a mirar gente con mi helado.

Me di cuenta que no lo estaba disfrutando, el reloj, el trabajo. So, me autohipnotizé para disfrutar el bendito helado y funcionó, los cinco minutos de descanso se transformaron en quince. Mi mirada siguió las piernas de una que otra chica, mala costumbre yo creo.

Una niña se sentó en una banca a lo lejos, nos volteamos a mirar y sostuve la mirada hasta que ella la bajó. Me gusta ese juego, sonreí y mi helado cada vez se hacía menos. En la heladería noté que vendían de pistache. ¿Se acuerdan de los Muppets Babies? Cuando iba con mi abuela al puesto en el mercado, ella me solía dar dinero para comprar helado. Me gustaba el de Rufo, obvio, porque era de chocolate. Sin embargo, la Rana René (Pistache), no tenía comparación.

Hice un breve recuento de por qué me gustaba el de pistache si el color no se me hacía tan atractivo. Encontré la razón en el show de los muppets babies, cuando miraba en la presentación a René disfrazado de Indiana Jones… y yo era fan de Indiana Jones, hace tanto que vi las películas que no puedo asegurar que lo sigo siendo.

Helado de Pistache = Rana René = Indiana Jones. ¿Tiene sentido?

Empecé a hacer un plan diario de comprar un helado y sentarme en las bancas… y después eso se transformó a no necesariamente comprar el helado. Sólo sentarme en ellas y dejar que la mente vuele. Cuando suelo ir a un parque, me siento incómodo… sin embargo, ésta vez se dio natural. Sentarme y observar. Just like that.

Cuando decidí irme, me encontré a un compañero de la prepa que no veía desde hacía tres años. Mauricio Ituarte. Todavía recuerdo su nombre y no me sorprendería que él no recuerde el mío, obvio, me recordaba como el Árbol.

Ituarte solía hacer un Lectio Divina en clase de religión. Elegía una lectura de la Biblia y la comentábamos en clase. Siempre me cayó bien. Un poco ingenuo y simpático por naturaleza. Inevitablemente fresa. En el hoy, Mauricio Ituarte parece haber cambiado o la verdad, es que él y yo, nunca nos dimos tiempo para forjar una amistad que no fuera la que la colectividad y el último año de prepa, otorgan. So, me sentí un poco incómodo platicándole de las personas que había visto y lo que estaba haciendo en la UNAM.

Precisamente, esos días he estado pensando en el Lectio Divina que hacíamos en clase. ¿Será una señal divina?