Chocolates

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A mi me gusta el chocolate, no saben cuanto. De niño, demasiado chocolate me ponía como aquella vez que tomé mi primera copita de vino rojo (a los cuatro años), corría alrededor, gritaba, bailaba y reía como zarahuato imberbe, hasta que me tiraba a dormir en un sillón. Oh si, los rulos voladores caían como changuito después de su dósis de bananas.

Hoy en día, todavía sigo pensando que un día me voy a atascar de chocolate para ver si es cierto que me puede dar un orgasmo (no nada más a las mujeres, ¿qué creían?). Ya lo tengo todo preparado, será un fin de semana, en vacaciones, porque los estragos al estómago y a la mente serán increíbles. Chocolate, tras chocolate, hasta que se me atrofie el sentido del gusto y tenga una estúpida sonrisa de satisfacción.

Para mi el chocolate es como escribir, nunca es suficiente. Sea chocolate amargo, chocolate blanco, chocolate con arroz inflado, chocolate en pastelito. Dame de beber y comer chocolate, y me harás el niño más feliz sobre la tierra, y también diabético y con sobre-peso exagerado, y me verás correr y caer dormido en el sillón, con la cara llena de chocolatosa baba.

(Ya casi me acabo los chocolates que me regalaste ¬¬, tendré que ir por más… ahhh… y si, si me costó trabajo regalarle uno a cada uno de los monos de la oficina…)

¿Y qué pasa si no hay chocolate?

Pues… entonces me compraré mi bolita de queso oaxaca en la merced. 64 pesos por dos kilos del mejor queso que hay.