Kayla

Kayla no sabe que el mundo es un desierto y se la pasa corriendo en los escombros, por ahí y por allá. Kayla no sabe que el mundo me ha hecho daño y que me ha convertido en un hombre muy grande que está destinado a seguir creciendo, hasta que los organos le revienten. Kayla no sabe leer y me permite que lea los cuentos de los hermanos Grimm, que llevo en una de las bolsas de mi gabardina. Kayla me dice que así es el otro mundo y me arranca una sonrisa. Mi rostro tan estirado ya, que me da miedo que se rompa cada vez que me hace sonreír y ella se ríe y se burla de mi, entonces a Kayla le nacen alas de un Fénix y me dice—: Un viejo como yo las tuvo hace mucho tiempo, pero no supo que hacer con ellas.

A Kayla no le importa y se ríe de las nubes oscuras en el cielo. Ella dice que incluso, allá detrás de todos esos grises feos, hay conejos corriendo tras los ciervos, y los ciervos persiguen cuervos de pelajes azules y brillantes, que a su vez persiguen un árbol que camina y corre de contento. Me he reído mucho de la imaginación de Kayla —Los árboles no corren. Y ella se ha reído de mi. —En Fafjel, corren todo el tiempo. El Árbol que se está quieto, es un árbol marchito. Asiento lentamente, que triste era la vida antes de Kayla. Y también es triste con ella, cuando son las noches que se queda callada y quieta como una estatua. Y unas lágrimas se asoman de su rostro y es el único brillo que existe en Kayla, cuando esas noches oscuras y feas y terribles.

Kayla me ha dicho que vamos a morir de cualquier manera, cuando está muy pensativa. —Tú corazón está creciendo, tú corazón te va a matar. Me ha dicho Kayla y echa a llorar como si estuviera lloviendo y yo antes hubiera llorado como ella. Pero ya no es así, le acaricio la cabeza y le digo—: Mi corazón está creciendo gracias a ti, porque antes de conocerte era así de pequeñito. Entonces Kayla se está medio tranquila, medio dudosa y se va a correr de nuevo, porque para ella no hay escombros, sino un jardín lleno de flores y mariposas, brisas y cerezos, conejos que persiguen árboles que uno se pregunta de dónde demonios crecieron raíces para echar a correr.

Diario de Simón Dor. Día 65.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 17 de 48


Querido Diario.

He entrado de nuevo al Cuarto de Juegos y me he quedado largo rato mirando el Ajedrez… me han estado llamando de nuevo: el sacro-santo alfil, el caballo de pura-sangre, los ilusos peones que quieren convertirse en nobles… las hermosas damas utilizando su abanico mientras ríen del poderío que poseen, el paciente, hábil y viejo rey, que sólo puede moverse tantito o si no, se le podría romper la columna.

Las torres… sobre todo, son las torres. Ellas me recuerdan mucho a un personaje que escribió Fest, llamado Piedra. Son como niños con alma de guerreros… niños que están dispuestos a espantar a los caballos, a quitarles el gorrito a los alfiles, mirar debajo de la falda de la dama o… jalarle los bigotes al paciente rey. Niños de piedra. Niños tristes o juguetones… interprétenlo como quieran.

Al estar absorto mirando el ajedrez, curiosamente, tomé asiento del lado de las blancas y moví mi peón de rey dos cuadros adelante… practicando mi Ruy López. Es la única salida que me sé… oh, y también medianamente la inglesa… y bueno, la variación de Capablanca…

El ajedrez negro se movió sólo entonces. Correspondió con su caballo de lado de la reyna para amenazar a mi solitario peón que deseaba apoderarse del centro, me sonreí, eso les pasa por querer brillar en sociedad, mis queridos peones… pero no se preocupen, yo soy el rey. Y como rey, decidí que el caballero o más bien, el caballo pura-sangre, respaldara con su defensa a mi peón.

El juego se detuvo y apareció una carta en el tablero… una carta del Sr. Fest que ha de ser leída y escuetamente comentada por mí. Siguey leyendo →

La Tía Yemita. Multiuniversos.

Nota:

Éste cuento, es probablemente la continuación o el inicio de La Guerra y la Ilusión, probablemente sería bueno que lo leyeras antes de leer éste.

Gracias.

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Personajes

Cuando no puedo dormir, aparte de pensar en las historias que llevo cargando conmigo (actualmente solo es Lorena y Mateo… y de repente el Poder Gris es lindo conmigo y me deja una o dos escenas memorables). Pienso en personajes.

Los personajes para mi son lo más importante, más que la situación (que se llega a dar sola cuando son buenos personajes). Por ejemplo, Padre Taxi tenía los personajes desde antes que se me ocurriera una historia en dónde meterlos. El Poder Gris tenía varios de sus personajes ya construidos y gracias a las situaciones, he podido dar nacimiento a más personajes y así.

Son los personajes los que no me dejan dormir, a veces me pregunto si son fantasmas, o tal vez personas que conocí en vidas pasadas o mientras dormía. Pienso en sus manías, sus cicatrices y sus mentores, que a su vez son personajes con manías, cicatrices y mentores. Pienso que grado de inteligencia tienen, que es lo que les da carisma, lo que puede hacerlos memorables. Les doy detalles que para mi parecen comunes, pero logran hacerlos memorables.

Uno de esos detalles, de los cuales estoy orgulloso, es que a dos o tres personas les agradó el personaje de Trevan en el Poder Gris, por el simple hecho de que sabía cocinar. De Piedra me platican mucho su sonrisa, a pesar de que tenía la astilla clavada. La Tía Yemita, ni que decir… siempre saliéndose con la suya, a su manera, al final… y me preguntan por qué en la historia de Multiuniversos, no hay ninguna forma de la que se pueda burlar de la Muerte… si es lo que suele hacer.

Simón Dor, y su esquizofrenia inundada de sarcasmo. El Asesino, que elije una virgen para escribir su obra. Dumas y Domingo, unidos por una liga extraña que confunde el uno con el otro. Erick y su dominio sobre las rosas azules. Darun y Radcliff.

Cuando no puedo escribir, recurro a mis personajes y les pregunto como contar la historia, que harían o no harían, que dejarían de hacer, que se proponen a hacer. Es la única forma que conozco.

La Guerra y la Ilusión.

Capítulo 1.
El niño con una decisión importante.

Iniciar el día para él era lo mismo de todos los días, sentir la luz del sol pegar en su rostro y retorcérselo hasta que abriera los ojos y decidiera moverse a una sombra cercana. Después se dedicaba a recordar cuando todo era más fácil, antes de la guerra, cerraba los ojos, recordaba a sus padres y se ponía a llorar.

Regresaba a dormir y dejaba que el tiempo pasara, hasta que abriera los ojos de nuevo y el día empezara cruelmente una vez más.

El niño pasó dos años en la misma situación hasta que cumplió los 9 años. Abría y cerraba los ojos, dormía y dormía, rogando al cielo que le dejara soñar con el pasado, lágrima tras lágrima, se las bebía y volvía a llorar. Se sentó en una gran lata, ya vieja y oxidada, se limpió el rostro con unas cuantas lágrimas, sonrió y decidió que era hora de dejar de llorar. Se puso de píe e inició su camino.

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