Noviembre 12, 2007 — Persona (1).
Escrito por Agustin Fest.

(Ilustración por Sel).
El fin de semana, me di un tiempo para buscar periódicos pasados y descubrí que las tres mujeres muertas eran recién egresadas de la carrera de psicología en distintas universidades. Lo que pasó con Ileán no fue un caso aislado, había un patrón, y lo más seguro es que yo lo esté siguiendo. Muchachito confiado en sus personalidades múltiples, encanta chavitas inocentonas en el mundo laboral y se aprovecha de ellas. A todas las conocí en el 2003, y al parecer (por la insistencia de Sandoval), fui cliente o caso de estudio de las tres. Probablemente haya más, pero descubrirlo será difícil. Se habla de un asesino serial. El asesino del phi. México siempre se ha jactado de no criar, gracias a su “cultura”, semejante “porquería”. Basta con ver los noticieros, el caso del escritor canibal por ejemplo, para que algún comentarista exprese sonriente—. No tenemos asesinos seriales en México, como los hay en Estados Unidos.
Se ha de sentir muy listo con su comentario.
Me parece que el asesino serial estadounidense es producto de una cultura donde el temor a Dios es ambiguo, o muy libre. Nuestra educación católica es una correa que nos guía por el parque de las inmundicias y las flores. Una correa que nos ayuda a distinguir entre el bien y el mal. Lo correcto. Lo moralmente aceptable. Recuerdo que siendo un niño temía a Dios. Temía que mis actos estuvieran llenos de bondades en el nivel religioso y ese temor, con los años, ha disminuido como tantos temores que he rechazado a fuerza de golpes. Se ha convertido en otro dato cultural más. Por supuesto, eso no me excenta de hacer el bien, de ser honesto, de procurar el bienestar de mis queridos e incluso, de mis prójimos. Decidí que la honestidad de la bondad radica en el interior, no en el terror. Haber quebrado ese límite, ¿me ha convertido en un asesino?
No lo creo.
Aún cuando carezco de la capacidad para vigilar lo que hacen mis otras personas mientras duermo, estoy seguro que hay un trasfondo, otra casualidad que curiosamente se ha empalmado con la mía. Existen casualidades así de peligrosas en este mundo. Si no puedo vigilarme, trataré de comunicarme. Igual que ellos me han dejado mensajes, no se me había ocurrido respondérselos. Escribí preguntas muy sencillas: nombre, edad, lugar de residencia, detállame un poco más tu orígen, ¿sabes qué estas ocupando mi cuerpo baboso? Seguro uno de ellos dos responde. Lo siguiente constará de confiar en sus respuestas, tenerles fé, averiguarme si no tengo una familia en otra parte, si no estoy metido en otros problemas aparte del asesinato. De por sí luego cuesta ser una persona, imaginen lo divertido deben ser tres en un mismo cuerpo.
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Noviembre 8, 2007 — Persona (1).
Escrito por Agustin Fest.
Desperté en mi cuarto. A mi lado estaba el celular, cuando ayer lo había dejado en mi bolsillo. Revisé las llamadas y los mensajes. No había nada… absolutamente nada. Lo habían borrado todo. La falda y la blusa estaban sobre mi cama. Mi hermano cuando despertó, seguramente las miró y se habrá preguntado en qué rollos estaba metido. ¿No se supone se las había entregado a la dueña? Me ignoró cuando las mencioné. Tal vez no eran de ella. Me levanté en calzones y busqué la mochila para guardarlas. Saqué la libreta, y revisé si había mensajes de mis otros yo. Nada. Tal vez lo de Ileán fue un sueño.
Estaba bonita.
Me bañé, me vestí, revisé la computadora, la misma rutina de las mañanas. Me despedí de mi tío y le pregunté si le hacía falta algo. Nada. No me dijo nada de la hora a la que llegué, ni mencionó la ropa que estaba encima de la cama. Mejor. Si encontraba una solución debía ser yo solo, quería involucrar a las menos personas posibles. Me puse la mochila, los audífonos, salí del edificio y caminé a la salida de la Unidad. Sentí que me tocaron el hombro. Un hombre moreno, de bigote y cigarrillo en la boca me sonrió y me señaló las orejas. Me quité los audífonos. Vestí un traje barato, su camisa tenía manchas de café, y en el bolsillo guardaba una libreta.
—¿Es usted el señor Fest?
—Sí.
—Mucho gusto, Ernesto Sandoval. Hemos hablado un par de veces por teléfono, por la señorita que encontramos muerta… Berenice, Berenice Huerta.
—Ahh, claro, claro. ¿Le hace falta algo?
—La verdad, vine a conocerlo porque… pa’ mí que usted fue el cabrón que la mató —sonrió.
Nunca en la vida me habían acusado de asesinato. Sentí un retortijón en el estómago que se agrandaba y recorría todo mi cuerpo. Sandoval me ofreció un cigarrillo y se lo negué. Saqué los míos y prendí uno. Mal, mal, muchacho. Retar al hombre que te acusa de asesinato no debe ser cosa ligera. Intuía que debía hacer contacto visual. Lo miré a los ojos, fumé un poco y le dije la verdad—. Yo no he matado a nadie y siéndole honesto, no conozco a nadie que lo haya hecho. Tampoco sé quien es la señorita Huerta, como se lo he dicho muchas veces y si necesita pruebas, testigos, y demás, de dónde me encontraba y qué estaba haciendo, le puedo dar una lista de personas y sus teléfonos para qué lo compruebe.
—Está bien, está bien —dijo el detective—, es que yo soy bien necio oiga.
—Voy tarde para el trabajo y… —le señalé la calle—, ya pasaron dos camiones desde que estamos aquí. Para que pase un tercero voy a tener que esperarme media hora.
—Si yo ya me iba, sólo quería conocerlo en persona. Un placer, señor Fest.
Resoplé. Caminé hacia la entrada de la Unidad e iba a ponerme mis audífonos, cuando sentí su mano en mi hombro de nuevo. Lo miré de reojo.
—Perdón, se me pasó preguntarle algo. ¿Conocía a la señorita Ileán Urquiza?
—No. ¿Por qué?
—La hallamos muerta esta mañana. Figúrese. Lo veo después. Trabaje mucho.
Volteé a mirar al detective boquiabierto. Miré como se metía en su topaz y agarraba camino a la calle. Tiré el cigarro, lo pisé, me puse las manos a la cara y balbuceé. Esperaba, esperaba con todo mi corazón, que no viviera un asesino dentro de mi.
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Noviembre 7, 2007 — Persona (1).
Escrito por Agustin Fest.
Le quedaban dos sorbos a mi café. Antes de empezar un lastimero diálogo, me senté en la silla roja de la habitación de Ileán. Sabía que se llamaba así porque en las paredes había papelitos deletreando su nombre. También había fotografías de amigos, un gran espejo, un reproductor de cd´s, una laptop, dos burós y una ventana cubierta de cortinas moradas. La habitación estaba pintada de rojo. Había dos opciones, o Ileán tenía un pésimo gusto que llevaba consigo a todas partes, o quería dar a entender que tenía un pésimo gusto y escondía en su alma una artista. Bueno, una sola opción. Copias desperdigadas sobre un love seat y la cama, donde ella continuaba llorando, estaba alborotada. Le quedaba un sorbo a mi café.
—Creí que te habías ido.
—Para nada. Acabo de llegar —respondí un poquitín amargado.
—Es la primera vez que te quedas.
—¿En serio?
—Sí. Y también la primera vez que me respondes sin decirme lo cerda que soy. Si no me gustara tanto.
Ileán, bueno, estaba en ropa interior y dándome la espalda, en posición fetal, mirando hacia la ventana. De no ser por el estado vulnerable en el que se encontraba, tenía una espalda hermosa. Cabello largo y lacio. Piel ligeramente amarilla, ni morena, ni blanca. La luz, pensé, tal vez con el sol la mujer sería completamente blanca, un fantasma. Sería la luz, el rebote, la refracción, las habitaciones rojas, las cortinas púrpuras y los papelitos de colores dictando su nombre. Ella sollozaba menos. Podía ser honesto, o podía jugar a que era otro. Podía intentar una conversación imaginándome como la otra persona, pero no sabía nada del otro yo, así que lo mejor era callarse y esperar a que ella hablara. Ya no le quedaba ningún sorbo a mi café. No más distracciones por la sangre en mis dedos o el olor a sexo. La habitación apestaba igual.
—No eres tú, ¿verdad? Eres el otro de nuevo. Es la segunda vez que me pasa.
—Espera, espera… ¿me conoces?
—¿No? Incluso también me conoces… a fondo, pero eres más tierno, casi como un niño. Aunque… no, hablas distinto. ¿Quién eres?
Dejé mi taza de café en el suelo. Ileán se quedó callada. Podía ver que temblaba, tenía frío. Me froté las manos. En circunstancias mejores, con la mente en blanco, le habría puesto una cobija encima. Me llevé la mano a la boca, ese tipo de gesto que uno hace para supuestamente pensar mejor y recoger las frecuencias del universo para potenciar el cerebro. Sí. Había mensajes. Había… claro, había dos tipos de letra, una que era muy parecida a la mía, y otra que me hacía dudar. Las a’s panzonas, la otra ligeramente cursiva. Aplastar los limones con los niños no es algo que haría un hombre con sangre en las manos. Ileán volteó muy despacio. Ojos grandes. Cejas bien delineadas. Piel limpia. No había sangre.
—¿Hay otro más? ¡Qué delicia!
—Te traje la blusa y la falda —dije con cuidado. Este asunto de las personalidades divididas me estaba asustando, pero quería tenerlo bajo mi control. Primero lloraba y ahora le parecía delicioso. Era lógico que para mí ella era la loca. ¿Qué tantos detalles podría obtener de ella? Mi cabeza empezó a quebrarse.
—Que serio estas —sonrió dulcemente, enarcó levemente las cejas, sus ojos grandes y rojitos por las lágrimas. Ignoró por completo lo de la blusa y la falda—. Muy serio.
—Espera. Mira… yo me llamo Agustín. Creelo o no, este es mi cuerpo y se suponía que sólo era yo en él.
—Nos conocemos desde hace un par de años, Agustín. Para mí, basicamente tu eres el otro… y bueno, si no me equivoco, hay otro aún.
—¿En serio?
—Ajá.
—¿Sabes que estoy comprometido?
—Tu sí, el otro no. Muchas felicidades.
—Ya veo.
—Septiembre del 2003 me llamaste por teléfono diciendo que necesitabas una psicóloga. Estabas bajo mucho estrés. Sé que lo nuestro ya no es muy profesional, pero… es que me fascinó conocerte. Conocer alguien en, bueno, tu estado. Yo acababa de recibirme y eras mi primer cliente. Me gusta mucho recordar.
Le enseñé mis manos de sangre seca.
—Esto de quien es.
Ella se quedó callada, con los ojos alzados, negó lentamente.
—No lo sé. ¿No es tuya? Mía no es. Me gusta que seas violento, pero hoy no me hiciste sangrar.
—Ok, ok —Mi otro yo se divertía demasiado. Jamás había sido violento… creo que no.
Septiembre del 2003, recuerdo que hablé con algunos amigos y les dije que necesitaba ayuda psicológica. No ayuda urgente. Simplemente consuelo, hablar con alguien de mis problemas, que pudiera ayudarme a salir adelante. Es decir, un profesional. Recuerdo que fue una de esas ideas que anoté en alguna lista y jamás llevé acabo. De un día a otro me pareció una estupidez y que la fortaleza venía del caracter, el sufrimiento, la perspectiva, el aprendizaje de la vida sin adornitos. De Guatemala a Guatepeor. Si yo no lo llevé acabo, otra persona sí. Septiembre del 2003… ¿cómo pudo pasar tanto tiempo sin darme cuenta? Tal vez primero eran un par de horas, un par de horas hablando con ella, y luego cogiendo con ella, y luego abusando de ella. Un par de horas durmiendo en la mañana y no faltaba más.
—Voy a mi casa —le dije a Ileán.
—Es mejor que duermas aquí. En serio.
—No, voy a mi casa.
—Hay un sillón aquí —dijo Ileán, se levantó de la cama y tiró las copias al piso. Miré el sillón. Me sentía cansado. Me sentía tan cansado que era posible no pasara nada mientras dormía—. Yo ya no puedo dormir, prometo vigilarte. No hacer nada. De verdad. Estoy adolorida.
Atrapado en dudas y cansancio, decidí quedarme y dormir ahí la noche.
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Noviembre 7, 2007 — Despertares, Howl, Los malos días, Olor Gestalt, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest.
Al abrir los ojos, a las tres de la mañana, quien sabe donde, había una taza de café caliente frente a mi. Olía bien. La mesa era de madera, sin barnizar, seguramente comprada de segunda mano o cargada por su dueño en todas las mudanzas. Me recordó a la mesa grande de mi abuela. Aquella mesa que se llevó aún cuando la corrieron del departamento. Miré a mi derecha. La cocinita, tal vez algo más allá, un poco de imaginación y tenía una azotehuela. Miré a mi izquierda. Paredes color mostaza, fotografías en blanco y negro, borrosas, urbanas, comunes. Esas fotos que todos los aspirantes a fotógrafos sacan en sus primeras exposiciones, orgullosos e ingenuos, y esperan vender en precios muy humildes. El techo era blanco, sin albur. Las luces empolvadas. Una ventana detrás de mí. No había luces que me dijeran donde estaba, y las estrellas, bueno… Ciudad de México, smog, gracias. Llevaba la chamarra café y forrada, calientita. Recuerdo que había dormido sin playera antes de saber que la traía. Jeans. Ténis. ¿De verdad me atreví a salir tan noche? ¿De verdad no me ganó la hueva? Resoplé. El celular no se equivocaba: Las tres de la mañana.
Una de las cuatro sillas, cargaba orgullosamente en su respaldo la blusa y la falda de hacía unos días. Asentí lentamente. Revisé el celular de nuevo. Un mensaje en las notas: “Te hice café porque sabía que lo apreciarías con este frío. Por favor, habla con ella. Necesita consuelo”.
Habla… con ella. Me olí las manos. No… me ví las manos. Olían como aquella vez. Olían a una mujer de paredes de mostaza y fotografías en blanco y negro. Su sangre estaba entre mis dedos. “Necesita consuelo”. Alcé mi taza de café y me lo tomé lentamente. De verdad hacía frío. De verdad, consuelo… el camino del cempasúchil, guiarla al mundo de los muertos. Un hacha para partirla en cachitos. Seguro el hijo de puta la había matado y el consuelo, era dejarme el trabajo de esconder sus porquerías. Hijo de puta, pensaba, mordiéndome el labio, apretando los dientes, pero sin decir una sola palabra y tomándome el cafecito, creyéndome la gran señora de dignidad y decoro. Dejé que pasara el tiempo, a ver si me daba sueño otra vez. Mi celular no mentía: tres treinta y dos de la mañana. Mi taza de café a tres cuartos. Fue cuando escuché los sollozos y sentí un alivio superficial.
La pared mostaza se partía en un pasillo. Seguramente ahí estarían dos habitaciones y el baño. La cocina, en el pasillo a mi derecha. Practicaba mis dotes de arquitecto mental porque buscaba atrasar lo inevitable. Obvio. Estaba rico el café. Hijo de puta, seguro tiene una casita de café y así mantiene mis ingresos intactos. Me levanté de la mesa y caminé hacia los sollozos, el pasillo del general mostaza. Yey. Paso tras paso, aumentaba el volumen. Una habitación con la puerta entreabierta, un baño, y atrás una minicocina. Seguro no pagaba mucho de renta. Si pagaba más de tres mil pesos le estaban robando. Tenía la taza de café todavía en la mano. Olía rico, sabía rico, sabía metálico, sabía sangre, olía sexo, empujé la puerta.
Una mujer estaba sobre la cama, llorando… y riendo a la vez. Me confundió tanto, pero ya era tarde… cualquiera que fuera el lío, estaba con la mierda en el cuello, y bueno.
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Noviembre 5, 2007 — Casting, Del deber ser, Despertares.
Escrito por Agustin Fest.
Sé que me desperté tempranito y luego me dormí, porque la verdad, era muy pinche temprano. Despertando de nuevo, ya eran las seis de la tarde. Estaba vestido, bañadito, no eran los mismos calzones del ayer y hasta sentí un impulso poético al darme cuenta que era un hombre distinto con sólo un pestañear de ojos. La primera vez, estaba en una habitación cuyo techo era de arcos y una mujer dormía a mi lado (bueno, LA mujer). Con el pestañeo, me encontré con la cámara en la mano, una lista de asistentes al casting y con Christian despidiéndose de mí. Haciendo uso de razón, me despedí afectivamente de él y celebraba por dentro que alguien más trabajaba por mi. Alguien más… estuvo trabajando todo el día en el casting. Ahora me encuentro esperando la conversión de los videos para editarlos, y morboso, deseo ver qué tantas actuaciones les hice, con qué voz les hablé, descubrir en qué consistía mi chamba.
Emocionante.
El detective llamó de nuevo el fin de semana. Era insistente con sus preguntas. Supuse, después de colgar con él, que era detective porque podía presentir que algo estaba mal conmigo. Tal vez el tono de voz. Tal vez la construcción semántica de las respuestas. O no tenía ni idea y yo era su única pista. Hubo un asesinato. Ocurrió el viernes. El problema, es que el viernes estaba tomando mi camión a la ruta del Camote. Así que apenado tuve que negar mi presencia. No creo que mi doble, mi señor doppelganger, se tome la molestia de viajar para matar y regresar. Aparte que nuestra economía no da para más. Nuestra… todavía estoy cometiendo el error. Pienso que lo mío lo esta utilizando cuando puede ser (igual que como intuyo con los cigarros), que él no esté usando mis recursos y que tenga los propios. Entonces, ¿por qué trabajar lo mío? ¿por qué hacerme ese favor?
Los datos que tengo no me llevan a nada favorable… la blusa, la falda, la sangre, el olor a sexo, los mensajes que no dicen nada. ¿Trasvesti y asesino? Vamos, muy rebuscado no puede ser. Debe haber una explicación muy simple a todo esto. Necesito encontrar la manera de observarme.
En el cuaderno estaba escrito: “Vienen y dejan sus cosas. No saludan, tan sólo se paran en su marca y sonríen. Son esclavos. Les doy instrucciones y ellos obedecen. Yo soy esclavo de alguien más grande. Yo también sigo instrucciones. Somos engranes de la máquina efímera. Una máquina que morirá pronto. Mis manos reaccionan a las órdenes: aprietan botones, manejan el tripié, hacen ademanes cuando explican. Mi voz prefabricada parece la bocina de una prisión o de un campo de concentración. Ellos sonríen, ellos obedecen, no tienen modales. Están ya tan acostumbrados que han olvidado los modos primitivos del hombre para guardar la compostura y el orden civil. No me apena. No me da asco. No. Es como una comezón, una comezón en el dedo meñique que si no rasco, continuará picando y picando… picando, y picando”.
Picando.
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Noviembre 1, 2007 — una línea.
Escrito por Agustin Fest.
No tengo miedo de enloquecer.
No. creo. que. no.
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Octubre 30, 2007 — Casting, Despertares, La Ciudad, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest.
Desperté porque el aire se me hizo muy frío. La gorra y la chamarra no ayudaban nada contra el clima. Miré las luces de los coches darle vueltas a la glorieta. Mis manos escondidas en los bolsillos y tal vez, porque recién despertaba, sentí el metal del asiento demasiado frío. La fuente frente a mí estaba apagada. Suspiré cansado. Tal vez mi otra persona se estaba llevando las cosas demasiado lejos. Miré a mi alrededor, unos niños jugaban y me saludaban de vez en cuando, alcé la mano para saludarles de vuelta. Al menos esta vez no apestaba a sexo, y supuse que no estaba manchado en sangre. Los niños me señalaron a mi lado, alzaron las manos divertidos y salieron corriendo. No volteé a mirar, sólo sonreí. Sentí la libreta en mi bolsillo.
La saqué y leí: “Puse este camino de limones para que limpiaras la ciudad. Los limones son un buen desinfectante”. Las a´s panzonas de nuevo. Miré a mi lado.
Al menos había veinte limones aplastados, su jugo esparcido sobre el pavimento como un caminito sangriento. Estaba en la Narvarte, después de la filmación recuerdo que dormí un poco en uno de los sillones. Eran las seis de la tarde, regresé a las cuatro. Dos horas. Al parecer no dormí, sino que alguien más se ocupó de… desinfectar la ciudad. Abrí la libreta para buscar otros mensajes pero no encontré nada. Los árboles platicaban demasiado alto, gracias a los vientos. El cláxon de los coches respondían poco amigablemente. Los niños se iban, se iban cada vez más lejos y yo, maravillado por haber cruzado calles, comprado limones, partirlos y ponerlos en fila, y aplastarlos junto a unos niños juguetones. Asumo que así fue.
Un cuchillo de comedor se escondía en mi otro bolsillo.
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