Un gran hombre.

Hace poco, terminé de revisar el segundo capítulo de la Torre y quedé satisfecho. El problema es que agregué cuatro personajes y tal vez deba darles seguimiento a lo largo de la historia. Se que hacer con dos de ellos. Si juntara otros diez personajes más, podría jugar con el mito de los 17 guerreros. No lo voy a esconder. 17 fueron los hijos de Aureliano Buendía. ¿O me equivoco? Fantasía light inspirada en realismo mágico. Espantoso. Sin embargo hay números que permanecen y ni modo. Así pasa. Me agradan los personajes nuevos. No lo suficiente aún, porque no tienen una historia hecha. Uno de ellos me platica en la cabeza. Le respondo en ocasiones. Es posible alargar su historia.

Revisando otros capítulos, sé que los voy a borrar.

Ayer una amiga me envío su poema erótico. Lo critiqué. Ella me dijo: “No sirvo para escribir poesía. Soy una tonta”. Que actitud. Pobres escritores que buscamos la trascendencia. Nadie trasciende si no trabaja duro. Le sugerí que guardara las líneas que más le gustaron y reescribiera. No me hizo caso. Nada más se fue. Me sentí mal. Pude ser menos severo. Nadie puede estar seguro. Probablemente ese poema, pudo ser un ejemplo de nuestra civilización desordenada y ansiosa de trascender. Ese poema, para otros ojos, tal vez era el mejor del universo.

Toledo me dijo que no era un gran escritor. Pero me respetaba. Yo tampoco creo ser un gran escritor. Estoy buscando el gusto a escribir de nuevo. No es fácil. Siento que se rompió un hilo y lo estoy amarrando. Afortunadamente no es mi hilo de plata. Dedicarle tiempo a la Torre de los Sueños ha educado mi paciencia. No es la gran obra. No soy un gran escritor. No importa. Las grandes obras son para los grandes hombres. Hombres de personalidad compleja y opiniones contundentes. No soy un gran hombre. Soy un monstruo que se divierte.

En crítica literaria, hay dos preguntas importantes para abordar un texto: ¿Qué hace? y ¿Cómo lo hace? - Un lector debería hacerse las mismas preguntas. ¿Qué leo? y ¿Cómo lo leo? Muchos saben por qué lo hacen—: Necesito ser más culto, me gustaría divertirme, transportarme a otro mundo. Leer con esos fines distraen de encontrar los mecanismos. Leer y escribir son la misma actividad. Sus procesos mentales estrechamente ligados. Mientras uno escribe un post, por ejemplo, lo revisa y lo lee. Su lectura se ve afectada por su contexto personal. No presta atención a los mecanismos para que otra persona pueda entenderlo.

Pequeños pensamientos. Mejor iré a comprar cigarrillos.

Monstruo.

Iniciar una novela y desarrollarla es lo más sencillo del mundo. Terminarla, caray, terminarla. Luego revisarla. Lo sé porque he iniciado muchas y hasta el momento no las he terminado. Eso no quiere decir que no dejan de molestarme. Es el lenguaje quien me molesta. Mi lugar en la historia. Mi situación en el mundo. A veces pienso que existe un lugar ideal para escribirlas. Un momento. Una silla mágica y un escritorio místico. El asistente ideal. Pienso, iluso, que habrá un espacio en el tiempo donde no me levante de mi silla hasta terminar doscientas páginas más. Eso no existe. ¿O sí?

Estoy escuchando a Pito Pérez, con 5 ó 6. La canción del comercial de Coca Cola. Aquel donde las niñas se rapaban como punketas. ¿Lo recuerdan? Yo sí, porque busqué el casting. Les pagaron bien. No sé si lo suficiente para aguantar las burlas de sus compañeros. Yo sé que no me habría quejado. Una mujer perdiendo su cabello de esa forma, aún en nuestro contexto histórico, es perder un rasgo femenino vital. Desafiar la sociedad machista y mexicana. Una imagen que aprovecharon bien en el comercial. También se lo raparon y pintaron a una viejita. La señora sonrió cuando le preguntaron si aceptaba el presupuesto. —Por supuesto que sí, hagan lo que quieran con mi cabello.

Hay gente que hace desastres con su cabello sin recibir un centavo a cambio.

Mujer de malos sentimientos. Dice la canción. Hoy prometo seguir avanzando mi novela. Aún cuando avanzar signifique mirar las letras una y otra vez. Ayer, no lo niego, pasé un rato considerable buscando los colores que deseaba para TextMate. Patético. “Un escritor debe sentirse agusto en su ambiente de trabajo”. Eso vendrá en algún libro para ilusionar a la gente. Escribir viene de escribir nomás. Asimov, la historia de Azazel y el escritor sin inspiración. Cada vez la recuerdo más. El día de hoy hay mucho escándalo. Siempre hay escándalo en la casa. ¿Escribir en el trabajo? Difícil, muy difícil. Tal vez debería dejarlo así. Admitir que no hay más palabras. Que nunca terminaré las novelas.

No. No puedo.

Soy un monstruo.

Soy necio.

Escribiendo.

Hay un mago, de artes oscuras, sentado a la ventana de una pequeña habitación y fumando un cigarrillo de manzana, mientras tararea una canción. La canción es triste, porque habla de los sueños más hermosos, aquellos por los que vale la pena morir. No sabe, que en el futuro se las verá con un dinosaurio, ni tampoco que se convertirá en su propia pesadilla y aún si lo supiera, seguiría en el mismo camino. Los magos no tienen miedo al destino porque siempre les han enseñado que es inexorable. De ello depende su fuerza mágica. Le da otra bocanada de humo a su cigarrillo, mira la luna lunota y sonríe satisfecho. Nadie jamás lo había visto, ni lo vería, con esa sonrisa juvenil. Todo aquel que conoce a Miriod, sabe que mata por ambición, por conocimiento y reconocimiento.

Cada que pienso en él, me parece un personaje hermoso. En su ropaje negro y sus artefactos increíbles. Los recuerdos de su niñez, sus motivaciones y los sacrificios que tendrá que hacer si desea obtener la verdad absoluta, como él lo llama. No tengo miedo de romper a Miriod, no tengo miedo de matarlo, probablemente porque la conciencia de su destino esta demasiado despierta. Muero por regresar a él.

Sin embargo, Los Wunden, personajes que incluso a mí me intriga su funcionamiento. Trillizos que son una persona completa y actúan como tal. Son guerreros que no desarollé por completo y esperé a matar a dos para continuar su funcionamiento. He revisado su capítulo varias veces y he desarrollado más sus acciones para descubrir un poco su misterio. Los hombres sin propósito son difíciles de escribir, porque la falta de ese propósito los mata. Cuando un personaje no poseé deseos, una razón para existir, son como instrumentos inútiles. Sin embargo, los trabajo poco a poco. Me fascina su manera de comunicarse y planeo cosas para ellos. Planeo, precisamente, darles el propósito que los guíe, que los vuelva locos, que los haga actuar.

La misma vida.

Si no me equivoco, este es el tercer post publicado con ese título. Wordpress me corregirá de mi error en unos momentos, en caso de haberlo. Mientras estuve en mi sabático, descubrí que había un proceso importante dentro de escribir este blog: los procesos automáticos. Mientras edito ando pensando en escribir algo y los tijerazos a los videos, son los tijerazos a las palabras. Mirar las sonrisas, las vueltas, las minifaldas, los hombres envejeciendo, sus ojos… es como guardar una estrecha relación en cada cosa que hago con las letras que me aguardan. Esto es especialmente notable cuando estoy trabajando un proceso casi automático, y mi cabeza hace lo suyo. El escritor que se sienta por escribir, supongo que es una de dos cosas: alguien que ya tiene bien domado su oficio o alguien que esta aprendiendo. ¿Cuántas veces no hemos escuchado de los escritores que guardan un horario para hacerlo? Sin embargo, un proceso como pensar mientras trabajo automáticamente, ¿es parte del oficio? ¿Por eso es recomendable que el escritor tenga otros oficios o trabajos? Pequeñas dudas que me asaltan.

El motivo de que este blog se llame el de los mil nombres, es porque desde que lo empecé, ya me dedicaba a editar a los modelos. Para acelerar el proceso, me aprendía sus nombres y sus apellidos. Hacía juegos verbales con ellos, o bien, cambiaba sus nombres para que fueran cómicos o simplemente se escucharan distinto. Algunos de estos apellidos los conservo, y prometo utilizarlo para escribir un personaje con ellos. Un espacio tan multicultural como este, se presta a aprenderse distintos sonidos, accidentes lingüísticos, orígenes, palabras. Esto se aprecia especialmente cuando uno es testigo de una gama multicolor de nominaciones. “Mil nombres”, pensé, “mil nombres para escribir millones de cuentos, miles de personajes hablando distintas voces, miles de personajes actuando en diferentes historias y con la capacidad de atravesar mundos, tocarse unos a otros”.

Como la misma vida.

Tengo unos meses trabajando aquí, de vuelta y ahora que me veo frente a los rostros de antes, muchos de los nombres se me han olvidado. A veces veo sus caras y me espero unos segundos para ver si salta frente a mí, pero he perdido esa memoria. Aprenderse los nombres, me facilitaba mucho el trabajo y lo aceleraba. Tengo desde hace tiempo un sólo nombre que me molesta incluso en sueños: Gina. ¿Gina qué?, no tiene la menor importancia, pero para un hombre que consume sus noches en cigarrillos y pensar es uno de sus motores vitales, puede ser un pequeño infierno. Tal vez ya era hora de darme cuenta que no tengo veinte años, que mi memoria ya permite las fallas y prepararme para que continúe degenerando en unos años. No hay castigo más apropiado para un hombre como yo: Olvidar.

Tal vez, sólo necesite uvas… si, uvas.

Grupos de Gente…

Soy de esos tipos que no pueden soportar grupos de gente. En algún lugar donde haya más de tres personas, incluyéndome a mi, platicando… me quedo callado y en algún momento, estoy esperando a que todo termine para quedarme solo. O esperar una hora cerrada (no 9.07, no 3.43, no… tiene que ser 9.00 o 4.00, y si quiero retar mi espíritu supersticioso cabalístico, 3.30 [Aunque suena más interesante 3.33]).

Desde chiquillo soy así, cuando las reuniones se tornaban aburridas y se ponían a platicar, y no había esperanza de juegos o de pasarla bien o de saber de que demonios estaban hablando, tan sólo quería salir corriendo. Aún tengo el impulso de escapar a un parque, sentarme a lado de un indigente y mecerme adelante-atrás, como niño chiquito cuya hiperactividad ha sido controlada con ritalina. (No tanto así, pero soy famoso por exagerar las cosas).

Aunque también, debo admitir que la gente acaba con mi humor. La gente en general. Soy medio anarquista, medio sociópata (Paréntesis de esos que me gustan, gustan: me caga el término antisocial, porque ya lo usan todos los adolescentes desde que existe Daria, aunque no se den cuenta de su falta de “antisocialidad”) en ese sentido: No soporto grandes grupos de gente cuando no voy de humor para soportarlos. Cuando es un compromiso el presentarse, cuando es algo que debe de hacerse, entonces empiezo observando… es para aliviar mi tensión, el stress que significa estar entre un grupo de conocidos o desconocidos o muy desconocidos. Los observo y me aprendo sus ademanes, identifico sus tonos de voz, me los imagino en discusiones, contando un chiste o mintiendo y hago un collage de los movimientos de sus hombros, con como alzan las cejas y se limpian la nariz, al decir una frase determinada. Entonces, me hago una anotación mental (de esas que olvido), prometiéndome que utilizaré algo de eso para crear un personaje. Suena divertido, ¿no es así? Es un placebo delicioso para evadirse.

Sin embargo, si eres un neuras como yo… no dura mucho tiempo y las otras dos horas de reunión, lo siento amigo, tendremos que chutárnoslas solitos.

El niño de Fafjel - Eclipse

Este post es parte de una serie, llamada “Entropía”. Anotación 6 de 5


Las máquinas oscuras quedaron atrás. Olvidó el orden y el caos, pensó que las máquinas sencillamente eran. Así como era él, nada más él sin ninguna distinción, caminando en un mundo distinto al que se le había prometido. El árbol le había dicho que así llegaría a Fafjel y Fafjel no era nada. Mundo destruido, mundo caído, mundo en el que se dedicaba a caminar y ahí, rumiaba los recuerdos con la paciencia de la vaca y los pasos de un lemming directo a la muerte.

No existía el tiempo. El cielo no lo permitía, en su color gris oscuro. El niño de los pies descalzos se detuvo a mirar el cielo, en un impulso tal vez ridículo. El viento movía su cabellera larga y se sonrió, tal vez podría también fragmentarse como aquella mariposa. Sería lo piadoso en su caso. La Piedad de Dios.

No sucedió así. Alzado en el cielo, existía una silueta de fuego cubierta por una luna negra. El eclipse. ¿Cuánto llevaba en el cielo? No lo sabía, los cabellos de fuego de la luna parecían eternos. El aura roja, naranja y amarilla, continuamente dando vueltas en círculos. Como el cabello de él que revoloteaba en el viento.

El círculo del eterno retorno.

Suspiró y bajó su vista, su imaginación se tornó en dragones. Un dragón verde y tramposo, muy listo y enigmático. Con cierta bondad escondida, ya que adoraba a los niños. Un viejo amigo de aquel mago. Debía ser un dragón gigantesco, de escamas verdes majestuosas y alas tan grandes como él, hasta dos veces más. Le gustaría ser su amigo, pensó el niño y le olvidó. Paso tras paso, como huellas en arena sin textura.

En Fafjel, un dragón verde llamado Gafrit alzó el vuelo y persiguió una vaca. Expulsó de su garganta una bola de fuego que la quemó viva y con gran rapidez, voló hacia ella y la deboró de un solo bocado. Le gustaba la carne frita. Después regresó a su cueva y se recostó encima de su tesoro de oro, suspiro y cerró los ojos. Debía dormitar unos minutos más.

[Heber Dor - Sueño] El destino del Árbol Tsef Thaed II.

En una carretera, era jalado por una mujer vestida con una toga negra. Una mujer muy flaca, cuya piel era blanca enfermiza. El pequeño Árbol llevaba los ojos muy abiertos y hacía mucho dejó de sonreír. Sin embargo, no estaba triste, ni se sentía desgraciado. Era como él había dicho, con resignación había aceptado estar maldito y la mujer, lo estaba jalando al final de todo.

¿Quién era la mujer? Se preguntó Heber y como se suele hacer en sueños, los persiguió como una figura incorporea. Caminaron kilómetros enteros en esa carretera que no llevaba a ningún lugar. Fue que el pequeño árbol abrió los labios y comenzó a hablar incoherencias.

—A todo quien estuvo conmigo, le dije que tenía que llegar a un destino. A todo quien me acompañó, le dije que había un lugar a donde llegar. Y les mentí. Les mentí descaradamente. Pero es que yo no sabía… de veras no sabía… que no había tal. De veras no sabía… y ahora no hay ninguna manera en que puedan perdonarme. Hijo de Dor, ¿me escuchas? Perdóname por hacerte jalar mi carrito. Fuiste casi el último. El primero fue tito. Pero es que nunca pude caminar solito. Si lo hacía solito olvidaría mi nombre y no hubiera podido….

Heber despertó y miró la carretera que llevaba a ningún lugar. Buscó con su mirada al pequeño Árbol Tsef Thaed. Ya no estaba ahí, se puso de pie y miró atrás. Tampoco había ninguna cueva de demonios rastreros. Sólo eran la carretera y él. Suspiró y se decidió a caminar. No sabía donde estaba y no sabía a donde podía llegar

[Heber Dor y ATT - Realidad] Los demonios rastreros.

Oscuridad y vacío.

Un olor a viejo y podrido.

Heber buscó la puerta para salir y ya no la encontró. Estaba destinado, tan definitivamente-condenado.

Apretó el Diario contra su pecho y suspiró. Había escrito un cuento, el de Levanta-Muertos. Si, ese cuento él lo escribió. Pero nunca había detallado el armario. Nunca se lo imaginó.

Y le dolió que fuese tan oscuro. ¿A esto se tuvo que enfrentar todos los días Levanta-Muertos, al bajar con su carreta y las almas en pena? El rostro de su padre salió de las sombras, materializado por un recuerdo inventado. ¿Qué diría el viejo Simón?

—Lo que tenga que pasar, pasará.

Eso diría. Casi pudo escucharlo. El problema aquí… pensó Heber, es que no quería morir. No le gustaba ser tan definitivamente-condenado. Tan enfermo y tan perdido. Tan estúpido.

La oscuridad le hacía pensar demasiado. El vacío le drenaba la vida. Decidió caminar a ningún lugar y escuchó el eco de sus pasos. El tip-tap se convirtió en una melodía regular y ya no se sintió tan desolado. Siguió caminando. Un paso después de otro. ¿Cómo sabía Levanta-Muertos el camino de ida? ¿Cómo había logrado aprender el regreso? ¿Por qué con el fantasma de su hija, carcomiéndole el alma, había decidido sobrevivir a la oscuridad?

Oscuridad y vacío. Preguntas demasiado.

Un olor a viejo y podrido. Y nunca encontrarás las respuestas.

Heber ya no buscó la salida. Aferrándose al Diario, continuó caminando. No las que quieres. Sólo las que yo te dé.

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[Heber Dor y Guadalupe Espártaco - Ficción y Realidad] Cuando se tiene un Libro Mágico en las manos…

La entrada de Guadalupe Espártaco al orfanato de Burgos, fue usualmente, inusual. Gritando a todo volumen “Stairway to Heaven”, más como Zappa que como Zepellin. Caminó estrafalariamente, casi bailando y saltando. Los niños salieron a recibirlo y como siempre, Espártaco fingió espantarse… poniendo el cuerpo rígido y como una estatua, se quedó estático pretendiendo escapar.

Se escucharon las risas y los gritos de los niños, cuando Espártaco fingió ser un tiburón y les persiguió por todo el patio. Burgos le observaba desde la ventana con una sonrisa y Heber, no sabía que esperar de un viejo así. Tan lleno de vida. Le brillaban y se le apagaban los ojos como estrellas y sus dientes, blanquísimos y pequeños, contrastaban con su piel morena y arrugada. Espártaco tenía el cabello totalmente canoso, recogido en una cola de caballo que le caía hasta la mitad de la espalda. Era un hombre muy pequeño, no más de un metro con cuarenta, y de espalda muy ancha, aún siendo delgado. Tenía una nariz ancha y abultada. Sus ojos eran pequeños y alargados, dándole un cierto rasgo oriental.

Heber se tuvo que tragar impaciente los juegos de Espártaco con los niños. Miró a Burgos ancioso un par de veces, pero éste seguía sonriendo y a veces riendo de las ocurrencias de aquel hombre. Heber bufó sarcástico un par de veces al ver como Espártaco, de un tiburón se transformaba en un tigre y después, en un luchador enmascarado al cual vencían los niños entre todos. Pensó que era un viejo muy ruidoso.

Observó más allá del viejo y de los niños. Creyó ver la silueta de un hombre, vestido de abrigo y con un sombrero de bruja. Entreabrió los labios y miró hacia Burgos, le jaló el saco de religioso para que le hiciera caso cuando le señaló. Cuando los dos hombres miraron hacia allá… ese hombre ya no estaba ahí.

Espártaco se quedó muy serio y volvió la vista hacia donde miraban Heber y Burso. Asintió y se perdió el ruido de los niños gritones en la distancia. Les sonrío, con las estrellas apagadas, y les dijo que debía ver a Burgos. Luego jugarían.

A Heber casi le dio lástima mirar a Espártaco caminar serio y se arrepintió de su ansiedad. Sintió un repentino deseo de regresarle la alegría a Espártaco, quien en cuestión de segundos la había perdido. ¿Él también había mirado la silueta? ¿Era la razón del cambio? Heber Dor se acarició el rostro avergonzado y suspiró, deseó ya no pensar más en ello. Burgos carraspeó y se arregló el saco, miró a Heber con una sonrisa disculpatoria, le dio una palmada en la espalda, caminó a la puerta e invitó al viejo a pasar.

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[Guadalupe Espártaco - Realidad] Dubi dubi duba da…

Cuando se disfrazó de indigente para escapar a la Muerte, Espártaco se divirtió mucho. Aunque tuvo que pretender estar triste todo el tiempo y tuvo que alzar la mano para que le tiraran una moneda o dos. Era necesario no alzar la sospecha y así los jinetes cadavéricos —que le perseguían constantemente— no se daban cuenta quien era él.

Espártaco, en ese tiempo, llevaba contados dos mil seiscientos treinta y tres años. Y eso, un cáculo aproximado, ya que había unos cuantos miles de años atrás. Su pasado ya se había borrado en su memoria, ya que había tardado en encontrar la combinación de hierbas que le permitieran la conservación de las neuronas.

Y se hizo viejo, antes de encontrar la combinación de hierbas que le permitiera la conservación de su cuerpo.

Hay una combinación de hierbas que le permite rejuvenecer de vez en cuando, pero no abusa de ella… le gusta su cuerpo viejo.

Espártaco tiene hierbas para todo. O bueno, casi todo…

…porque no sabía como había adquirido su nombre, cuando decidió escapar de la muerte y por qué… no había hierba que ayudara a viajar al pasado para recuperar esas respuestas. Sólo sabía que escapaba de la Muerte.

Por el ocio, Espártaco se dedicaba a cazar demonios, pero no se lo digan a nadie. Buscaba en especial, a la más hermosa de todos ellos. A la madre que los parió. A Lilith. Habían peleado hacía muchos años atrás y cuando digo muchos, son tantos que es imposible contarlos… y en esa pelea, Lilith decidió esconderse. Desde entonces, solo puede sentirla durante breves lapsos de tiempo y nunca está cerca para alcanzarla.

Espártaco era muy paciente y se divertía escapando de la Muerte. Al fin y al cabo, no tenía prisa por encontrarla. Ni a Lilith, ni a su eterno perseguidor.

Es obvio que durante todo ese tiempo, Espártaco ha adquirido conocimiento que sólo poseen los cuervos de la Muerte, los Magos, los Inmortales, los Ángeles y los Demonios. Lo más importante, es que sólo lo conserva en su cabeza. Sabe lo que podría suceder, y lo sabe muy bien, si alguien más tuviera ese conocimiento. Por eso le buscan constantemente, no sólo la Muerte y sus jinetes cadavéricos, no, le buscan todos.

Al menos, todos los que saben de él.

Cuando era indigente, nadie sabía de él. Era muy sencillo y muy divertido pedir dinero. Pedir comida. Aprender a tragar fuego. Contar chistes en el transporte público. Tocar la guitarra. Declamar poesía.

Su juego favorito, siempre fue arrastrar una caja de cartón. La arrastraba a todas partes con una sonrisa de dientes amarillos y ojos cansados. Una sonrisa sincera, recordarían los niños que alguna vez le conocieron, aún los que se hicieron adultos.

Recordaban, como se metía él a esa caja de cartón o como la sostenía entre sus brazos (ya que la caja, cambiaba de tamaño acorde él la quisiera) y jugaba a soñar. Jugaba a que era nadie y que era todos. Un juego muy sencillo.

—¡Sairón Dukard es mi nombre! —gritaba Espártaco ante algún espectador curioso, de menos de siete años de edad—. ¡Y soy un pirata de los siete mares!

Se ponía la caja en la cabeza y hacía los gestos de un hábil espadanchín. Brincando de adelante para atrás. Así los niños sabían que ese hombre jamás había envejecido y se animaban a jugar con él. Los niños de donde fuera: un parque de algún mercado olvidado, un jardín de un condominio, niños de la calle en el centro. Si, los niños jamás olvidaron a Espártaco aún cuando él les olvidó con facilidad.

Pero la caja, como todo alrededor de Guadalupe Espártaco… se rompió un día.

Se aburrió de ser indigente y así se fué caminando, con una sonrisa sincera y ojos cansados. Mañana podría ser un barrendero.

[Heber Dor - Cuento] Anillo del Laberinto de Dos Respuestas

Cuando le conocí, ya lo traía puesto. Lo cargaba a todas partes y no dudaría que inclusive a la hora de la ducha lo usaba. El anillo de plata, siempre estaba brillante y muy limpio. Lejos de ser como su dueño, un hombre bastante práctico y muy rígido, este era un anillo caótico cuya figura era irreconocible. Cada que le acompañaba, había alguien que le pedía la mano y le quitaba suavemente el anillo del dedo. Él consentía y dejaba que la otra persona lo admirara minuciosamente. La pregunta era la misma: ¿Qué es?

A aquel hombre le brillaban los ojos e inventaba las historias del universo. Todas, girando en torno a aquel anillo. A veces le preguntaba de dónde procedía en realidad y con ese brillo demencial —sin ninguna influencia y/o pretención Tolkiana— en los ojos, me respondía tranquilamente con una historia diferente. Era inevitable que me envolviera y me volví fanático de preguntárselo cada vez que veía oportunidad.

Y tal vez, en una de esas tantas historias, se esconde la verdad sobre el anillo. Siguey leyendo →

Ernesto y Artesano (Garabateados)

[Matías Elizondo - Realidad] Cuando el pasado se reune

Estan los tres sentados a la mesa, acompañándole y le miran.

Jonás está contento de tener a un viejo amigo. Padre Burgos no sabe que hacer. y Alicia, le odia… no le quiere ni mirar a los ojos y cuando lo hace, sostiene la mirada hasta que él la baja.

—¿A qué has regresado, Matías? —pregunta ella. Matías saca un paquete de cigarrillos, escoge uno y golpea un par de veces el filtro contra la mesa de Burgos.

—¿Dónde está Ezequiel?

—Nadie lo sabe, responde mi pregunta.

—A decirles la verdad para que estén preparados y mi nombre es Simón Dor… bueno, o solía ser mi nombre. Ahora ya no importa. Los nombres cambian con el tiempo y después, dejan de importar. En mi caso, así es.

—¿Qué verdad falta por descubrir? —preguntó Burgos—. En Jaramillo ya estamos en paz Matías… no necesitamos después del Día Negro.

—No habrá otro Día Negro —dijo Matías, fumó su cigarrillo y se recargó en su asiento. Fumó pensativo y se acomodó al silencio de los otros tres—. Porque así se ha decidido, al menos por el momento.

—¿Quién lo ha decidido? —preguntó Alicia.

—Me gustaría decir que yo —dijo Matías.

Jonás le observaba, en sus ojos había un brillo de comprensión.

—¿Les he contado de mi hijo? —preguntó Matías—. Viene para acá en este mismo instante, aquí a Puerto Octay. Nos conocerá a cada uno de nosotros y después, les utilizará. A mi no, porque yo llevo más tiempo con la enfermedad… si pudiera decirles todo…

No se ha resuelto ninguna pregunta.

Cuando Simón y yo nos pudimos encontrar.

Caminé hacia él, estaba sentado en una sillita plegable y fumando un cigarrillo sin filtro. Estaba sonriendo tranquilo, con la gorra puesta hacia atrás y disfrutando del aire fresco. El ambiente era caluroso y húmedo, recuerdo que estaba sudando… aunque prefería pensar que era el aire arrastrando gotas del lago que Simón Dor estaba mirando. Caminé hasta llegar con él, me puse las manos en los bolsillos e hice los hombros hacia atrás, enderezando mi espalda.

El viejo volteó brevemente a mirarme, me guiñó un ojo, hizo un gesto con su cigarrillo y regresó a su mirar del lago.

Nos quedamos en silencio.

—Llegamos a un punto en que estamos en paz el uno con el otro —dije y él asintió.

Y ya no hablamos en un rato más. Busqué en el lago lo que Simón miraba, ¿era el reflejo de las nubes? ¿la profundidad del azul? ¿los brillos ocasionales que daba el sol? ¿el campo que se extendía al otro lado? Escruté con mi mirada las facciones arrugadas del viejo de piel tostada y gorra de marinero, traté de adivinar en su mirada rota como un rompecabezas lo que estaba buscando.

—¿Has decidido ya no escribir? —pregunté.

El viejo Simón suspiró cansado y fumó su cigarro.

—Estoy vivo, Tsef Thaed. Este es un lugar muy hermoso, me dijeron que era “La Laguna del Negro”.

—Lo he visto antes —asentí sonriendo, me acaricié el rostro.

—Te toca escribir a ti, Tsef Thaed. Yo soy malo para los cuentos de arbolitos que caminan y se la pasan siendo tiernos. Y dejaré el Cuenta-Cuentos en tus manos, yo estoy vivo y relajado aquí por el momento… necesito descansar.

Sonreí.

Simón Dor se rió un poco.

—Es la primera vez que siento que puedo dejar algo en tus manos. ¿Ya podrás terminar ese Poder Gris?

—Cuando acabe todas las historias.

—No lo aplaces —dijo Simón Dor y luego sonrió—. Al menos, no mucho. Yo estaré aquí, cuidando a mi delfín. Además, me debes mi cuenta-cuentos, ¿cómo harás para escribirlo?

—Una palabra después de otra.

—Bien. Me interesará saber quienes son mis hijos… dios-Fest.

Me reí.

—Has leído demasiado Onetti.

Simón sonrió, prendió un nuevo cigarrillo y se perdió nuevamente.

Y lo dejé solo.

Tía Yemita: La Amante de Estrellas. (Escrito por Mario Romero)

La Amante de Estrellas

Era la segunda vez que se toparía con ella. ¿Como sería el encuentro? ¿Sabría, o por lo menos intuiría acaso que ella era la responsable de su condición? ¿Sabía acaso siquiera que estaba condenada a terminar sus días siendo presa de algún demonio preternatural, que estaba como los demás al asecho de las almas que ella le robaba a la muerte? ¿Sabría acaso que tendría la alternativa de matar a esos mismos demonios, robándoles sus facultades mágicas? ¿Sus habilidades que los hacían demonios?

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Carlos Padilla (Escrito en el ‘99)

Era un niño llamado Carlos (Uno).

El Nacimiento del niño llamado Carlos Padilla.

—¿Es este el sujeto? —preguntó un ángel de diminuto tamaño.

—Este es el sujeto —contestó un demonio de diminuto tamaño.

Ambas figuras míticas se vieron la una a la otra con la responsabilidad del destino en su mirada, su diferencia ya estaba marcada como la luz y la oscuridad.

El niño recién nacido miraba a ambas figuras como discutían con curiosidad inevitable, balbuceaba despreocupado del destino que le aguardaba. A veces intentaba tomar a una de las figuras… pero su mano las traspasaba como el aire, el niño no se sentía confundido aún por estas pequeñeces, pero le desesperaba el no poder tomar a las figuras como lo hacía con lo demás a su alrededor.

—¿Por qué nos ha tocado hacer sufrir a este pequeño? —preguntó el ángel con compasión en su voz.

—¡Qué débil! ¡Es su destino, el es nuestro triunfo definitivo! Ja, lo verás Anyat…

—No Nikath, el niño será nuestro

El demonio Nikath emitió humaredas de azufre por sus narices y gruñó molesto. Caminó con sus patas de chivo hacia el ángel, sondeando el terreno que proporcionaban los pliegues de la manta del niño, frente a frente contra Anyat escupió hacia un lado y se esfumó.

—Perdóname… —el ángel voló con sus diminutas alas hacia la mejilla del niño y lo besó.

—Abwaaa Gagu, Gugaaa —respondió el niño. El ángel le sonrió a cambio y desapareció también.

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El delfín

Erase una vez, que se era que allá en el antiguo mar de Yunén, o Yenén en algunos textos, decían los marineros que un hombre luchó durante cuarenta días y cuarenta noches, con los demonios del pasado, del presente y del futuro, que arrastraba inexorablemente a donde fuera en su barco Mojalnir.

Los marineros lo observaron con respeto, siempre al margen y sin deseos de intervenir, ellos sabían mejor que nadie, que con el mar se lucha sólo. Observaron gozosos, como espectadores en una lucha grecorromana, como luchó contra piratas, súcubos y la constante lluvia. Con temor miraron como una Anciana Ciega, a la cual llamaban La Tía Yemita, se subió al barco invitada por el anciano con boina.

Por un momento lo confundieron con Caronte. Hasta que descubrieron que Caronte también le seguía con una sonrisa, remando en su vieja barca y llevaba consigo tres cuervos, los tres cuervos más negros que la Muerte hubiera jamás criado. —Estoy esperando —susurró Caronte—. Estoy esperando a que el cabrón se muera. Y los marineros, secretamente, querían que el viejo ganara. Aunque lo miraban perdiendo.

Entonces el anciano gritó por el Eros y nació un delfín.

El delfín lo siguió fielmente, ofreciéndose en sacrificio, durante muchos días y muchas noches. Hasta que el delfín lo salvó de si mismo (y en realidad, se salvaron mutuamente, pero el anciano sería demasiado necio para aceptarlo hasta el día de su muerte).


Fue entonces, que el viejo hizo otro viaje, llevando al delfín consigo en corazón, mente y cuerpo. Una ciudad de puentes y agua. El anciano se sintió como en casa.

Una mujer, caminando entre sueños.

Como en casa se sintió…

Le ofreció sus manos y su rostro.

El sol, allá arriba, le recordó el sol del Inventor. Le hizo sudar todo el cuerpo, el aire se le metió hasta por los poros, le retorció el cuerpo desde las entrañas y le cambió la mente de una manera violenta, revolviéndole el cerebro hasta hacerlo agua.

Le ofreció su respiración y se hundió en el pozo profundo del iris.

Se dio cuenta, con una sonrisa, que el delfín saltó de su cuerpo. La mitad que correspondía al Eros. “Un hombre muy extremista”, le dijeron y era verdad.

Hambre.

Comprendió, muy adentro (donde las pasiones del hombre residen y también, sus más anhelados deseos), que los papeles habían cambiado. Debería resistir el thanatos para perseguir el eros y encontrarlo, y perderlo de nuevo… y encontrarlo… y perderlo otra vez… y encontrarlo.

Siempre ha sabido a donde quiere caminar.

Porque el delfín ha saltado… y juguetonamente, aún habiendo mil sacrificios, habría de caminar hasta encontrarlo.

Colorín, Colorado… este cuento no ha terminado.

Diario de Simón Dor. Día 67.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 21 de 48


Querido Diario:

Han pasado muchas cosas. La vieja Yasmín se ha instalado en mi barco… ¿La recuerdas? He escrito poco de ella, pasajes muy breves donde me imagino que consejo me daría, porque a pesar de amargada y maligna, es una señora muy sabia que ha sabido cargar los años. A diferencia de mí, que juego con ellos, los arrastro, los mal-interpreto.

Hay días que no se si son años y hay minutos que se me resbalan como segundos. Yasmín, que es inmortal, ha sabido sentir el tiempo… cada grano de arena, lo ha sentido y su piel está lo suficientemente curtida como para comprobarlo.

Yasmín: Robé el alma de Heriberto Jiménez, al decirle que jamás podría sentarse de nuevo. Robé el alma de Ana Mendoza, al empujar las circunstancias para que amara las estrellas tan intensamente…

El peso de Mojalnir ha crecido considerablemente, porque ya no arrastro solo mi pasado… sino también el de la vieja. No estoy acostumbrado a cargar desgracias ajenas pero ésta vez, es necesario. Necesito saber si la muerte me ha preparado alguna fórmula para la inmortalidad, antes de morir.

Si Yasmín no funciona, la empujaré al mar.

El árbol de los mil nombres y el niño mago, son distintos ahora, más callados. El niño ha sacado un cuaderno y ha empezado a escribir algo que me es incomprensible… lo importante es que está escribiendo y tiene que hacerlo. Ha dejado de dibujar cosas. No sé si es algo pasajero o tal vez dure eternidades, después de escuchar lo que dijo Yasmín de él… no dudaría en que fuese así.

El árbol, al menos ya me mira. Desde que escuchó el nombre de Matías me conserva cierto respeto, como si yo tuviera la clave de su nombre verdadero… y la verdad es que no tengo idea de cual pueda ser, no me interesa que ande mil años o mil centurias buscándole.

Me agrada el árbol, aunque esa manzana le haga parecer el Árbol de los tiempos del Génesis. Me gustaba más cuando estaba completamente marchito, ahora se ve ridículo con el tronco pelado y esa rama seca colgando la manzana del bien y el mal.

No se animan todavía a platicar conmigo.

Árbol de los mil nombres: Josué, Lucas, Mateo, Job…
Niño mago: He olvidado como hacer los Newton-Rhapsons… lo he olvidado, ¡Así podría conseguirte el nombre!
Árbol de los mil nombres: ¿Por qué el nombre de Matías? ¿Por qué lo has olvidado? Vamos, no me dejes sólo. No te pierdas en la magia, ¡ayúdame!
Niño mago: Tengo muchas historias que escribir… espérame un segundo, ¡se me ha ocurrido una maravillosa!
Árbol de los mil nombres: ¡NO! ¡No lo hagas! Podrías inventarme más nombres falsos. ¿Por qué él de Matías? ¡Tan siquiera dime eso antes!
Niño mago: Erase una vez…
El árbol de los mil nombres calló y miró al niño mago suplicante, pero sabía que no tenía otra opción más que plantar sus raíces y buscarlo por su cuenta.

He pensado en el Cuarto de Fest, en el monolito que decía: “Le he dicho. Estoy tranquilo”. Odié la frase tan corta y extraño sus cartas donde detallaba todo. ¿Esa carta para su muerte habrá sido su despedida? ¿La despedida definitiva para Simón de su parte? No, si somos amigos. No me puede dejar así.

O tal vez lo mejor sea que nos olvide a todos nosotros de una buena vez.

Bajé al Cuarto de Fest una vez más y encontré un escrito más largo que me agradó y me dio consciencia de que todavía no me ha olvidado. Me ha hecho recordar mi juventud, cuando pelaba todas esas cuestiones literarias tal vez inútiles:

Fest: En un punto, inexorablemente, se han de conjuntar todas las historias del mundo. De forma simultánea han de ocurrir todas al mismo tiempo, quebrando los límites que presentan el inicio y el final.

Me acordé de lo que decía Yasmín y cuando lo leí de Fest, sentí que estaba más claro. Yasmín suele tropezar con el lenguaje y confundirlo todo para hacer enigmas. Mientras leía, el Cuarto de Máquinas donde se esconde el espíritu de Beatriz, empezó a emitir el sonido de suaves vibraciones.

Fest: Si así fuese, quedarían claras las relaciones existentes entre una y otra historia. La gente que encuentre ese punto, inevitablemente se preguntará: “¿dónde inicia y dónde termina?”. Sólo encontrando el punto y más allá de la fragilidad del tiempo de vida de un ser humano, la gente notará o intuirá la existencia del omniverso, el cuál es la suma de todos los universos paralelos posibles.

Escuché la risa de Beatriz y su voz preguntaba animada—: ¿Otra vez con los universos paralelos?

Fest: Posibilidades infinitas de sucesos, que dependen de cuestiones climatológicas, divinales o tal vez el más (o menos) importante de todos, el ser humano actuando sobre su entorno. La relación de los eventos y su desarrollo son como un fractal (el caos ordenado o el orden del caos). Ésto debe descubrirnos que cada suceso que pasa —sin importar su magnitud— forma parte de un universo y habrá un universo paralelo donde éste evento no suceda del todo. O tal vez la posibilidad de que éste evento ocurra en dos o más universos y presente consecuencias diferentes.

Fest: En el punto donde sucedan todos estos eventos de manera simultanea, comprenderemos el alcance que poseen los hechos y sus consecuencias. Existe la remota posibilidad, de que dentro de todos los universos paralelos, el hecho que sucede dentro de uno, traspase las fronteras para afectar a otro o varios más. Más allá del clásico verbo pretérito pendejo: “Hubiera”, siempre habrá un universo donde no existe este (aunque se desarrollen otros a partir de evitar el verbo). La solución que propongo es escribir todas las historias del mundo, con todas sus variantes posibles.

Estás loco, pero me agrada.

Fest: Sólo tendré una noción de la cantidad de historias, si me propongo a buscar mi “Aleph”, —como lo llamaría Borges— y resistir la tentación de “Beatriz”.

Diablos… ¿sabes de lo que estás hablando cabrón? ¡Si yo que tengo doscientos veintiún años, no he podido dejar mi fantasma atrás! ¿Comprendes? ¿Tan siquiera comprendes lo que te has propuesto?

Fest: Se que es una tarea que a nadie pudiera interesarle. ¿Pero no se han imaginado su vida si hubiese sido de tal o cual manera? Muy aparte del verbo ya descrito (el hubiera), todos tenemos el morbo de conocer las ramas que se forman en el árbol organizacional de nuestras vidas. Siempre habrá algún suceso que nos marque de manera definitiva y nos haga preguntarnos en el menos adecuado de los momentos: “¿Qué hubiera pasado?”. Yo tengo claro mi momento y para poder escribir las historias del mundo, debo vencer entonces la tentación de “Beatriz”, de otra manera sólo escribiría los eventos-consecuencias que me han sucedido a mí… aunque si tenemos en cuenta que todo sucede simultáneamente dentro del “Aleph”, no sería trillado que mi evento haya desencadenado una serie de reacciones (dentro de mi universo) que hasta el más mínimo detalle en una historia que no tiene nada que ver con la mía, haya girado en torno de mi evento principal. Y es obvio decir que otras reacciones, hicieron que existiera mi evento… de tal forma, sólo mirando todo al mismo tiempo, entrenando los sentidos y venciendo mi tentación para poder apreciar los detalles de todo lo que acontezca en el omniverso, podré apreciar en toda su extensión todas las historias del mundo en todas sus variantes y así podré escribirlas.

No mames. No mames… No… no… no mames.

Fest: Se que la vida no me alcanzará para esta colosal tarea y es inevitable. Todavía no he resuelto como extender mi vida lo suficiente para escribirlo todo. Sólo tengo la esperanza que estas palabras puedan tocar a alguien más, éste es un suceso que se extenderá a alguien que tenga el valor para buscar su “Aleph”, y pueda también intentarlo. También otra cuestión que es imposible de resolver, es el estallido constante de nuevos universos. Aún habiendo un omniverso, éste crece constantemente a medida que el tiempo pasa y aunque haya un universo en los paralelos que irremediablemente muera, nacerá otro donde las circunstancias puedan ser totalmente distintas. Sin más que decir… Agustín D. Fest.

Um. Mi madre… y yo, preocupándome por éste viaje al que todavía le restan treintaiún días, con sus treintaiún noches.

Anciana Ciega I.

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Simón Dor no prestó atención al súcubo (de nombre Mama Esirasaft) que se había instalado en su barco, le dejó ser… le intrigaba más la isla tan pequeña donde solo cabía una palmera y una choza en ella. El modesto espacio que podía considerarse playa apenas alcanzaba para una silla mecedora donde una vieja gorda y morena, con los ojos cerrados, estaba sentada y meciéndose suavemente a pesar de los gritos de la mecedora, que pedían descanso.

Gritos acostumbrados, juzgó Simón. Gritos ya cansados de gritar.

Mojalnir se acercó muy despacio a la isla y Simón miró asombrado, como las nubes grises daban paso a la luz de luna iluminando tenuemente el rostro de piedra de aquella anciana de ojos cerrados. ¡Las nubes se abrían exclusivemente para ella! ¡La luna, incluso, mostraba un cuarto de su rostro para iluminarle!

—No puede ser… —susurró Simón—, es ella. Después de tanto tiempo. Es ella. Igual de cansada, con la piel hecha piedra como era en mi juventud. Con esa misma voz con la que me hablaba en sueños, cuando aquel entonces… en Jaramillo.

La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Todo tiene un inicio y un fin. Es un gran círculo, donde extremos se juntan y no importa que extremos sean, porque será el fin y el inicio hecho uno sólo y daran paso a otro inicio y otro fin. Como aquel niño que hizo un Newton-Rhapson a mano, en las hojas de su cuaderno, llevaba cien y después doscientas hojas, luego compró otro cuaderno donde se descubrió otro principio y otro finito… doscientas hojas no le bastaron y fue a comprar un cuaderno más. Llevaba tres cuadernos y debemos notar qué, cada cuaderno encerraba un principio y un fin, pero también es importante darse cuenta, que los tres cuadernos juntos formaban un principio y no le daban un final, debería comprarse cuadernos indefinidamente para descubrir el final del círculo y entre más historias escribía o más newton-rhapsons resolvía… el círculo se hacía más grande. Nunca un final, nunca un principio, porque estaba en todas partes.

El niño mago escuchó atento, boquiabierto y con los ojos vidriosos, casi derramando lágrimas. Simón le observó atento y casi fúrico, le urgía llegar con la vieja. Sentía que Mojalnir estaba atrasando la llegada a la isla deliberadamente.

—¡Vamos Mojalnir! ¡Más rápido!

La vieja se mecía y Simón podía escuchar sus palabras que eran llevadas por el viento—: Es cierto que así, existió después el árbol de los mil nombres. El niño para ser un joven nuevamente, tuvo que separar su idiotez y su sabiduría, su fealdad y su belleza, su maldad y su bondad. Porque cada Historia llevaba una dualidad y cada Newton-Rhapson las proporciones caóticas del ser humano. El Árbol de los mil nombres lleva en las grietas de su maltratada corteza, cada uno de los nombres que el niño ha inventado y siguen inventando. La búsqueda puede ser indefinida y eterna… porque el niño no ha escrito un principio y no ha escrito un final. El árbol ha de andar eternamente, juzgando y recogiendo los restos que han quedado… los decimales sobrantes para sumarlos y después dividirlos entre dos, con la esperanza de que así salga el entero. Su nombre.

Simón miró al árbol de los mil nombres y le vio más marchito y triste que de costumbre, sus ojos caídos y vencidos, su boca cerrada y temblando.

—Y ahí viene —dijo la Anciana ciega al fin— El hombre que los reune a ambos y a la vez, los separa constantemente. Simón Dor, claro está. ¿Es esto un inicio o un final? No lo sabemos, probablemente se han reunido los extremos del círculo nuevamente, haciendo del principio y el finito un sólo momento ocurriendo simultaneamente. Los bienaventurados le llamarán Génesis, los malaventurados creerán que es el Apocalipsis.

El barco llegó a la playa y se quedó quieto.

—Yasmín.

—Simón… o ¿Matías? Hace años que no nos vemos.

Cuando el árbol de los mil nombres escuchó el nombre de Matías profirió un grito espantoso, se escuchó un CRAC en la corteza del árbol y las ramas secas —excepto una— cayeron. El niño mago se levantó espantado y lo observó ansioso, en la rama seca que restaba colgaba una manzana. Los cielos abrieron un pedazo encima del árbol y la luz del sol (con un cuarto de su rostro), iluminó esa manzana.

—No es mi verdadero nombre —dijo el Árbol— pero se acerca terriblemente… ¿te diste cuenta?

—Si —respondió el niño mago. Ambos personajes voltearon a ver a la playa, donde Simón ya estaba bajando de las escaleras hechas de cuerda para saludar a la anciana más de cerca.

—El nombre de Matías lo abandoné hace eones.

—Has abandonado muchos nombres. Te recordaba como un joven loco… y es esa locura la que te ha traído hasta aquí.

—Tú me volviste loco.

—Esa es una de tus tantas excusas.

—Dejé Jaramillo hace tiempo.

—Jaramillo sólo es ficción, ¿no lo hizo así El Libro? No estamos aquí por Jaramillo, Simón. Haz la pregunta.

Sonó un relámpago en las nubes grises y llovieron cerezos negros que se disolvían apenas tocaban algo sólido.

—Lo has buscado desde que saliste de tu lugar —sonrió Yasmín— Sólo me tienes que hacer la pregunta.

Simón le miró, después, sacó un cigarrillo y sus cerillos. No fue hasta el séptimo intento que pudo prender uno.

—La inmortalidad —dijo Simón—. Así es, la inmortalidad.

Un relámpago cayó en la palmera de la isla y éste empezó a incendiarse.

—Pero también quieres morir. —dijo Yasmín y alzando los dedos, hizo que el cigarro de Simón flotara lejos de sus labios para robárselo, le dio una fumada y luego sonrió—. Quieres ambas cosas y ninguna… ¿Puedo acompañarte Simón? Prometo no molestarte en tu viaje… después de todo, soy una santa.

—Sírvete.

La vieja se paró y llevó la silla en sus manos, después se metió a su choza. Simón prendió otro cigarrillo y no esperó, se subió a su barco y éste echó a andar sólo. Los mares se abrieron para hundir a la isla, el delfín le sonrió a las burbujas que salieron cuando el pequeño pedazo de tierra se encontraba en el fondo del mar.

El viejo amargado observó fascinado la manzana de aquel árbol de los mil nombres y luego al niño. Se dedicaron una mirada durante unos segundos y después echó a andar a la popa… en ella ya se encontraba instalada la anciana ciega, con su silla mecedora mirando hacia el pasado. Se sonrió Simón, si Fest estuviera ahí, tal vez pudiera explicarle el símbolo de llevar al día y la noche en su barco, persiguiéndose etérnamente.

—Como Lázaro y Selene, algunas historias se repiten —se dijo.

—Antes de decirte como puedes ser inmortal Simón… —dijo la Anciana—, debo hacer un recuento de todas las almas que me he robado.

—Tómate el tiempo que gustes. No puedo morir antes de saber como ser inmortal.

—Son tantas, en tantos universos paralelos, en tantas eternidades que he vivido, que podría no acabar nunca Simón y tampoco… empezar, porque mi historia es la viva representación del fin que nunca fue escrito y el principio que termina la historia.

Simón asintió y se fue a su cuarto, donde en su diario escribió un anexo:

“Faltan treintaitres días con sus treintaitres noches. El día de hoy, después de matar a los piratas: no sucedió nada”.

Diario de Simón Dor. Día 66.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 18 de 48


Arbol de los mil nombres: Tamal, taco, tortilla…
Niño mago: ¿Acaso tienes hambre?
Arbol de los mil nombres: ¿Se nota?
El niño rió.
Arbol de los mil nombres: Mira, allá… es otro barco.
Niño mago: Si, son más piratas.
Arbol de los mil nombres: ¿Crees qué debamos avisarle a Simón?
Niño mago: No lo sé.

Los he visto por la ventana, son piratas…


¡Declaramos éste barco nuestra propiedad! No tomaremos prisioneros, ahora mismo el viejo debe estar bailando con la muerte y serán estas las últimas palabras de su diario que ha de perderse en el mar!


Querido Diario:

Disculpa la interrupción, Mindar no salió como de costumbre a defenderme y al niño y al árbol les importó un comino que los piratas crearan un caos en mi barco Mojalnir. Bien por ellos, no me sirven para nada… debería tirarlos por la borda. Pero no, eso sería hacerle una injusticia al delfín.

Le estaría contaminando su agua, de por sí, ya contaminada.

Estos piratas venían a vengar a sus hermanos que Mindar mató en los primeros días de mi viaje, eso me hace pensar porque el cobarde no salió y se la pasó chillando en el cuarto de trofeo, aunque no le culpo… éstos parecían más rudos y sanguinarios que de costumbre. Eran diecisiete piratas y cada uno de ellos poseía una parte metálica en su cuerpo, el menos creativo era el capitán que tenía un garfio en vez de una mano.

Los dieciséis restantes habían salidos de alguna mala película de ciencia ficción… algunos llevaban tentáculos metálicos en vez de piernas, otros más poseían armas enteras (exageraría en escribir de destrucción nuclear, aunque no estaría tan alejado de la realidad) en los brazos, y había uno enorme cuyo cuerpo estaba, casi en su totalidad, compuesto de circuitos y el detalle que le hacía verse como un pirata, era la pañoleta oscura cubriéndole el metálico cráneo. Lo único conservado de su humanidad eran sus grotescos genitales, que por elegancia me abstendré de describir con detalle.

La palabra grotesco es más que suficiente.

Arbol de los mil nombres: ¿Cuántos días faltan?
Niño mago: Treintaitrés días, con sus treintaitrés noches.
Arbol de los mil nombres: ¿Cuándo encontraré mi verdadero nombre?
Niño mago: No lo sé, esa una buena pregunta.
Arbol de los mil nombres: Si te lo sabes, dímelo.
Niño mago: Lo sabré cuando lo escuche.
Arbol de los mil nombres: Tummmm, Tleeeeemp, Tiaaayyyy
Niño mago: Estás afectado por los efectos de sonido de la pelea de Simón Dor contra los piratas.

No estaba de ánimos para pelear así que intenté lo que todo estúpido optimista haría en una situación así, —suponiendo que no se muriese de un infarto—. Traté de diálogar con ellos y ¿saben cómo respondieron? Se rieron en mi cara. Con justa razón, entre el enojo y el pesimismo que acostumbra a acompañarme, me sonreí y entrecerré mis ojos. Acomodé mis puños como sensei Gorostiza me había enseñado (¡Recuerda tu centro de gravedad!, ¡Recuérdalo!) y esperé al primero.

Los hombres pobres de mente no saben a lo que es capaz de hacer un ser humano que lo ha perdido todo, tampoco respetan la sabiduría de los ancianos. Sobre todo los ancianos amargados, que combina lo mejor de ambos mundos: experiencia y desesperanza.

Esos piratas tecnocráticos fueron afortunados por el hecho de que no uso bastón todavía… les hubiera podido empalar.

Arbol de los mil nombres: Truhán, Trompeta, Trabajo.
Niño mago: Esas son palabras de las más comunes… ¿dónde habrá aprendido a pelear?
Arbol de los mil nombres: No tengo la menor idea. No le hagamos enojar.
El niño y el árbol asintieron

Pero claro está que yo soy un pobre viejo y cómo esta no es una realidad donde la cuchara se dobla con el dominio del código binario, con tres que se me aventaron encima pudieron someterme… gracias al azar, el de los genitales colgando se abstuvo de participar en la primera reyerta.

El capitán fue a explorar —Ende ahí, la ridícula exposición de marcar mi diario con sus orinadas palabras, como si fuese un perro— en lo que los otros me maniataban y me aventaban, jugando conmigo como si fuese una pelota.

Como me hicieron enojar. Debieron atarme las piernas.

Centro de gravedad, arrugas de enojo, eso les espantó un poco como para expresar todos una risa nerviosa. Recordé la agilidad de mis viejos días y mis piernas se movieron tan rápido que parecían duplicadas, triplicadas, tetraplicadas en cuestión de segundos. Lo sé, no es una realidad donde se modifique el código binario, pero escuchen una cosa: Nada me detendrá en éste viaje.

El pirata de los ocho tentaculos en vez de piernas, trató de someterme, pero no contaba que yo fuera más rápido, destruyendo cada una de sus extensiones metálicas sin compasión. Lo tiré por la borda. Hubo disparos, si que los hubo… pero no cuentan con la fórmula básica: enojo + experiencia de la vejez + amargura = algo parecido a Satanás cuando le echan agua bendita.

El de los genitales fue el más sencillo, creo que sobra decir donde le di sesenta y tres patadas bien acertadas.

Al último, el capitán salió de mi cuarto y vio los restos metálicos de muchos de sus hombres con ojos muy abiertos. Le señalé el mar y me comprendió perfectamente, prefirió tirarse solito por la borda… le seguí con la mirada y sonreí como el delfín cuando lo miramos hundirse.

Después… espera diario un súcubo y una isla donde una vieja sentada en una silla de madera se mece suavemente escribiré más tarde.

Diario de Simón Dor. Día 64.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 16 de 48


Querido Diario:

El delfín sigue nadando a lado de Mojalnir. ¿Debería darle un nombre? El árbol de los mil nombres sigue marchito. El niño mago sigue dibujando cosas en el aire y de vez en cuando, en mi Diario. El cuarto de trofeos guarda lo siguiente:

  • La pistola de McGonnagal.
  • Las tres llaves que me ha dado Beatriz.
  • La cabeza de Mindar.
  • El alma del súcubo Galloria, guardada en un frasquito con formol. Me he quedado con sus ojos.

Hay en mi barco, un cuarto más que no puedo abrir y necesito otra llave adicional… es “El Cuarto de los Espejos”. Se me ha hecho un dato curioso y no tengo prisa en abrirlo, porque me dan miedo los espejos… cada vez que me miro en uno, encuentro un reflejo deformado de mi mismo, como “El grito” de aquella famosa pintura.

De vez en cuando, aparece un angel y sigo cargando conmigo un plumón para pintarle bigotes y siga pareciendo un reflejo monstruoso.

Reflejo-contrarreflejo. ¿Han pensado en ello? Todos nosotros, en cuanto a nuestro arte se refiere, somos el reflejo torcido de alguien más a fín de crear nuestra propia originalidad. Hay un foco de inspiración que nos guía, de manera inconsciente y cuando abrimos los ojos, nos damos cuenta que esa inspiración o chispazo que creíamos original y único, proviene de un antecesor. Un antecesor que bien podríamos ser nosotros y no serlo.

Me pregunto… ¿De quién soy reflejo? ¿O soy yo el contrarreflejo? ¿Qué imagen saldrá en el espejo? ¿La de algún escritor famoso que me ha inspirado a escribir este diario?

Reflexiones, a los treintaicuatro días y treintaicuatro noches de terminar esto.

Carta de Agustín Fest:

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Diario de Simón Dor. Día 63.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 15 de 48


Querido Diario:

Hoy en el estado semi-inconsciente, salí de mi cuarto a la proa de mi barco y observé que el árbol de los mil nombres estaba lleno de flores y de hojas y de frutos. Un Árbol de la vida, sencillamente, hermoso. No pude evitar sonreír y luego contagiarme de una orgía de risa por culpa del niño que estaba corriendo de un lado a otro, persiguiendo miles de mariposas amarillas.

Arbol de los mil nombres: Thurionda, Traelomio, Theor
Niño mago: Ninguno de esos es, estás confundido por lo que ves en el mar y por otras palabras. Aunque me gustó el último, ¿sabías que Theor era un centauro?
Arbol de los mil nombres: ¿En serio?
Niño mago: No tan sabio como Quirón o Cairón… era un centauro que quería ser un héroe. A Fest le dio mucho gusto inventarlo, porque era un centauro muy humano
Arbol de los mil nombres: ¿Y no me puedo quedar con ese nombre?
Niño mago: No, porque tú ya tienes uno tontito, y si no lo sigues buscando andarás por toda la eternidad
Arbol de los mil nombres: Oh…
El arbol se meció lentamente y se estremeció al escuchar la risa de Simón
Arbol de los mil nombres: ¿Se está riendo?
Niño mago: Si, y es una bonita risa… es la risa del alma, no de la mente. Lástima.
Arbol de los mil nombres: ¿Qué?
El niño mago no respondió y dibujó un delfin en el aire.

Entonces me asomé al cielo, que estaba puro… sin nubes grises ni soles triste. No, no… ¡Increible! Era el cielo azul cielo. El sol era tan intenso y el calor lo sentía en mi vieja piel como un resurrector. El mar, casi dorado, como aquella agua de los dioses que sólo podía ser bebida en la cornucopia. No podía creerlo, me arrodillé y lo miré y la risa, la maldita risa no dejaba de sonar en mi garganta. ¡El mundo era hermoso! ¡Mi cárcel era lo mejor del universo!

Arbol de los mil nombres: Estás dibujando un delfín que pronto ha de morir.
Niño mago: No, este delfín sobrevivirá… porque Simón Dor ahorita es un Inventor.
Arbol de los mil nombres: No entiendo… Tirandios, Tsofira, Tsefyalangolondos
Niño mago: Casi… casi…, aunque el tercero que dijiste… es excesivamente largo

El niño mago dibujó un delfín con sus dedos y éste, sorprendentemente, saltó a la realidad y después al mar. Me levanté apresurado y corrí al límite del barco para saludarlo con mi mano. El delfín saltó muchas veces y podía jurar que estaba sonriendo con sus millares de dientes, ¡haciendo ruidos! ¡Y yo salté de felicidad! Tan precioso todo…

Arbol de los mil nombres: Sigue riendo, me asusta.
Niño mago: A mi también, pero ya pronto ha de parar.
Arbol de los mil nombres: ¿Se está riendo de nosotros?
Niño mago: No, de él mismo… el delfín se lo ha de enseñar.

Y luego, parpadee. En un abrir y cerrar de ojos, me encontraba de nuevo en éste mar maldito de Yunén, en mi barco Mojalnir. Con el Arbol de los mil nombres marchito y el niño mago en silencio, dibujando cosas que desaparecían inmediatamente. Volví a asomarme y vi que… el delfín seguía ahí, un delfín gris y sin brillo, un delfín triste que estaba peleando contra las colillas de cigarro y los cuerpos inertes para seguirle el paso a mi barco (Y sorprendentemente, lo sigue haciendo).

Miré al niño y al árbol y les grité, les grité tanto: “¿Qué es lo que han hecho, infelices? ¡Tan sólo es un delfin! ¿Por qué tiene que pagar? ¿El qué ha hecho, soberanos hijos de puta!”.

Pero el árbol y el niño, me ignoraron.

Cada vez que miro al delfín… a pesar de lo triste que se mira su lucha contra el mar para estar al paso, me sonríe. Me sonríe como aquella alucinación y sueño que tuve.

Es malo hablar con Dios. Creo que ya no vendrá… en estos treintaicinco días con sus treintaicinco noches que restan.

Galloria I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 13 de 48


Árbol de los mil nombres: Reinal, Gunthrab, Werty
Niño mago: ninguno de esos es… ¿Observas como Simón no está escuchando a Beatriz? No le importa y aún así está con esa otra mujer.
Árbol de los mil nombres: No es una mujer, es un súcubo.
Niño mago: Eso no importa, no hace ninguna diferencia.
Árbol de los mil nombres: Todos necesitamos sanar.
Niño mago: Escogió a la equivocada, ¿crees que deberíamos interrumpirlos?
Árbol de los mil nombres: Serbmon lim sol ed lobra.
Niño mago: Cerca… pero no arbolito, ese no es tu nombre.

El Árbol meció sus ramas marchitas y puso una cara triste, el niño acarició su tronco y se recargó en él.

¿Te gusta así? Oh… me quieres más abajo, aquí. ¿Aquí te gusta mi lengua? Ya lo creo, mira como te ha crecido Calla y hazlo ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Puedes maltratarme lo que quieras, eso te doy a cambio de tu alma… permíteme chupártela toda hasta que solo queden huesos, aunque bueno… viejito Simón, no falta mucho para que la naturaleza haga eso ¿Te gusta mofarte de la gente antes de darle tu sexo? Mmmmmmmmmmm, grande y firme. ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Así me gusta… puedes decirme de cosas, maltrátame el cuerpo, maltrátame la mente. ¿Qué te gusta que te digan? Lo que soy, nada más. ¿Te gusta qué te digan ramera? Pero si se me ha humedecido con tan sólo decírmelo Zorra ¡Más! ¡Más! ¿Perra? Muy bien, ya estás aprendiendo y yo a cambio estoy recibiendo tu esencia… que bonito, ahora si me disculpas mi boquita estará muy ocupada. ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Así, así… que bonita perra, dale lento, no te lo quieras acabar todo en una ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? mordida, que tienes buenos dientes… eso no se te puede negar, UMMmmmmm, diablos… deja de mirarme con esos ojos Ungh… slllll…… ¿Simón? ¿Dónde estás Simón?

Niño mago: No me gusta… debería hacer algo.
Arbol de los mil nombres: Gahajun, Erianda, Beriondola.
Niño mago: Deja de decir nombres.
Arbol de los mil nombres: Mira niño, estamos aquí como meros espectadores, que eso te quede claro. El dibujo que hiciste fue demasiado… no debemos ayudar a Simón o…
Niño mago: ¿O qué?
Arbol de los mil nombres: Sería peor que matarlo con nuestras propias raíces.
Niño mago: Intenta con T.
Arbol de los mil nombres: ¿Qué?
Niño mago: Tú nombre empieza con T.

Hasta adentro… eh bien, ¿te gusta? A mi me gusta todo lo que me pidas y me hagas Simón… ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? pégame, cacheteame, haz que me duela tu existencia, haz que me duela el alma que me estoy robando, ARGH! ¡Así! ¡Así! ¡AGH! ¡Más fuerte! ¡MÁS! OHhhhhh… como me dueles Simón… como me dueles. ¡Cómo me duele tenerte adentro! ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¡No te distraigas! Sigue, sigue, sigue… rápido, adentro, rápido, rápido… si… bien, bien… que bonito viejito eres, lindo viejito… ¡NO DEJES DE LASTIMARME! Pronto estaremos juntos eternamente mi querido, pronto y no volverás jamás a este viaje tan cansado y tan aburrido… ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Para qué lo haces si puedes tenerme a mí? Hasta el límite del cansancio, como perros aquí la perra eres tú y yo soy tu dueño Ya estás aprendiendo mi bonito Simón, así… no necesitarás el viaje ya, Simón, nunca más… ¿Me estás escuchando? ¡Dame en la espalda ahora! ¡ASÍ! ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo que qué haces animal? ¡Me estás cogiendo! ¿Dime más palabras? Zorra, perra, ramera, puta ¡Más! ¡Más! ¿Dime lo cerda que soy? Eres una cerda ¡Con emoción! CERDA Eso es… eso es… vente en mí Simón. Simón? ¿Dónde estás Simón?

Niño mago: ¿En qué día vamos?
Arbol de los mil nombres: Treintaiseis tías ton tus treintaiseís toches.
Niño mago: Ese no es tu verdadero nombre, pero fue un buen intento.
Arbol de los mil nombres: Tracias.

¿Cómo me piensas llamar? Ojitos divinos… tienes unos ojos muy grandes y muy oscuros Es un bonito nombre, pero aquí… llámame por mi nombre aquí. No, ya no quiero ¡Vamos Simón! ¿Ahora me dirás que no te gusta? Tienes los ojos… de ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? No la escuchas? ¿Por qué te detienes viejito bonito? ¡Todos han de saberlo ahora! ¡Todos han de saber la naturaleza dañada de tú ser! Ahora me perteneces mi querido… no te detengas que ya es demasiado tarde ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Nunca es tarde… nunca sabemos que vendrá. Y tú, tú no eres ella. No puedo sentirte ¡Pégame! ¡Destázame! ¿Qué estoy haciendo? ¿Simón? ¿Dónde estás Simón? Vete, vete ya, ¡Largate! ¿Simón? He dicho… ¡Qué te vayas he dicho! ¡Vete de aquí! Me recordarás por siempre Simón. no lo creo, te he cogido para olvidarte… y el que se ha quedado con tu alma, soy yo… vete de aquí, si no quieres que te eche… ten un poco de dignidad y yo trataré de recuperar lo que me queda. VETE YA TE DIGO

VETE

¿Simón? ¿Dónde estás Simón?

VETE

¿Simón? ¿Dónde estás Simón?

Vete ya… y déjame sólo.

Niño mago: Se ha ido Galloria.
Arbol de los mil nombres: tal tez tegrese.
Niño mago: No lo creo… de cualquier manera, si lo hace… llamarás a los cuervos.
Arbol de los mil nombres: Tos tuervos, tos tuertos.

Diario de Simón Dor. Día 61.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 12 de 48


Querido Diario:

Hoy el cuarto de máquinas hizo un escándalo inusual, la cabeza de Mindar comenzó a ladrar asustada, el árbol de los mil nombres se meció de una manera violenta y el niño mago mantuvo la cabeza gacha. Se hizo una tormenta de relámpagos en los mares y yo, borracho y crudo de cigarro, sólo estuve mirando las nubes grises esperando lo que habría de seguir.

Las tres llaves en el cuarto de trofeos estaban repiqueteando como el campanario de una iglesia. Indudablemente, ésto era una señal.

Allá en el cielo, se veía un punto oscuro (mas negro, que la naturaleza gris de las mismas nubes) que se acercaba lentamente. Yo me sonreí, finalmente Dios había decidido mandar un meteorito para destruir mi existencia sacrílega. Así tenía que ser, no podía ser de otra manera… aunque, no, hay algo que deben saber tanto ustedes, como yo: Dios no juega sucio.

Ni siquiera habíamos discutido desde que salí en este viaje, no era Dios el origen del punto negro. A medida que se fue acercando… descubrí a una mujer con alas de murciélago. Una mujer de ojos grandes y oscuros, morena, un poco pasada de peso, poseía unos dientes muy blancos que se notaban con su sonrisa.

Mojalnir, mi barco, se detuvo para recibirla y la mujer descendió a la proa con gracia.

Árbol de los mil nombres: Sairun, mondeley, somariono.
Niño mago: No es ninguno de esos tu verdadero nombre. Mírala… ha venido la primera. Es la reina sumisa, esperando siempre las órdenes del amo… a la que no le importa que dañen su cuerpo, pero como se cobra después con la mente.
Árbol de los mil nombres: ¿Cuántas faltan?
Niño mago: Tal vez tres o cuatro, escucha como Beatriz llora, ¿crees que debería regalarle una mariposa?
Árbol de los mil nombres: Joriondos, turath, merasnik.
Niño mago: No, no es ninguno de esos tu verdadero nombre.

Estaba vestida de shorts y una playera suelta, un poco más grande de su tamaño. Las alas sobresalían por una abertura en la espalda de su playera, pero ella, con una mirada… hizo que las alas desaparecieran sin ningún dolor, como si nunca hubiesen existido.

Un súcubo.

Súcubo de ojos tan profundos como la noche que con su sonrisa me invitaba a jugar. La recibí con los brazos abiertos y ella me abrazó: era increible, casi me sentía nuevamente enamorado.

—Me llamo Galliora —dijo la mujer y la invité a pasar unos días en mi barco. Inevitablemente, tendríamos que conocernos y jugar.

Recuerden ese casi (que puede confundir al hombre y arrastrarlo hasta el extremo) y también recuerden, como el ruido del cuarto de máquinas se hizo más potente.

Carta de Agustín Fest para Simón Dor. Sigu