ATT: Descubriendo a los doppelgangers

El Árbol resistió las ganas de llamar a Tito, ya que la gente de mediodía estaba paseando por la calle. A pequeños impulsos cuando no le miraban, pudo llegar a la fachada lateral de las escaleras de una casa que le permitiría engañar a los transeuntes y hacerles creer (a primera vista), que era un adorno más. Sin embargo, capoTiTo (Se corrigió así mismo, Árbol Tsef Thaed, ya que recordaba su nombre) sabía que si alguien se paraba a mirarlo, notaría la extravagante maceta compuesta por un carrito de plomo que pronto se oxidaría por el agua que le había puesto Tito.

Se quedó callado y paciente, miró a la gente caminar de un lado a otro. Los árboles, nacían con la paciencia por naturaleza, la necesitaban mucho en invierno. El Árbol Tsef Thaed, lentamente, fue descubriendo esa virtud que era innata en su naturaleza y la disfrutó enormemente. En tan solo unas horas, apreció también que la paciencia le permitía observar con más detalle lo que sucedía a su alrededor.

La gente que mira el reloj, en realidad no mide el tiempo, solo está aburrida de vivir y que no suceda nada.
Los enamorados, no sólo se toman la mano, también cambian sus ojos.
Aunque hay otros tantos, que se toman la mano y siguen mirando el reloj. Sus ojos no sienten hambre.

El Árbol Tsef Thaed suspiró, no sabía porque asociaba el hambre con los enamorados tan facilmente, hizo una anotación mental de investigar más al respecto.

Contó ocho perros, dos callejeros y seis con dueño, que le miraron con un deseo intenso de marcar su territorio, sin embargo el Árbol se encargó de espantarlos. Miró fascinado los coches, había un sin fin de ellos de manera estática en la calle y otros tantos, que sólo se movían unos cuantos centímetros y con gritos, chillaban que deseaban seguir moviéndose. El Árbol Tsef Thaed miró después, tres cuervos, los más negros que jamás hubiese visto.

Pensó en El Señor de Todas las Respuestas. Simón le había hablado de él. ¿Serían esos sus cuervos? Levemente (para que la gente no se diera cuenta), se rascó hojas con hojas y se dijo para sus adentros—: Todos los cuervos son de la muerte.

Fue observando más, cuando los escuchó por primera vez.

—El Árbol que Camina puede esperar —escuchó el Árbol y miró hacia un obrero, de quien creyó que pertenecía la voz—. Aquí no se encuentra, vamos a tomar una cerveza… una y nos vamos, ahora sí.

El Árbol miró con atención al obrero, un hombre moreno apenas llegando a sus treinta, llevaba un overol y la camisa remangada, sus facciones eran duras y tenía varias cicatrices en el rostro.

—Una cerveza, y ya… el dinero es para usarse, no lo necesitas en tu mujer. ¡No lo ha pedido!

El Árbol miró con más atención, ya que el hombre no movía los labios para hablar. Movió levemente el tronco y enfocó toda su paciencia en observar a aquel obrero.

Y descubrió al primero.

En algo similar a una sombra, una copia perfecta del obrero lo seguía. Un duplicado exacto que se las arreglaba para entrar y salir de la realidad, como en un salto, y perseguir constantemente al hombre donde este no pudiera verlo y hablarle al oído con una voz duplicada a la perfección. La copia era curiosa, porque a veces salía de las mismas entrañas del hombre y se le enredaba en el cuerpo hasta que su cabeza coincidía con él, como una gran boa que le asfixia, o a veces surgía de sus hombros, como un gran siamés que no era visto por los demás, o tal vez surgía de las espaldas, como un bebé que es cargado por su madre con un rebozo o como la mochila de un estudiante de medicina.

Así era el doppelganger del obrero y fue cuando se le abrió la vista al Árbol y con mucho esfuerzo mantuvo la boca cerrada. Miró los doppelgangers de toda la gente y escuchó infinidad de cosas que sugerían a los demás al oído. Le atacaron todas las cosas que decían al mismo tiempo, descubrió espantado que uno de ellos, había incendiando el Parque de los Árboles Olvidados y tuvo que contenerse el coraje de llorarle a SYA y a sus amigos árboles, porque los doppelgangers siempre estaban atentos, mirando a todas partes.

Muchos doppelgangers miraban curiosamente al árbol en el carrito, pero no lo consideraban más que una excentrecidad. Habían grupos enteros de doppelgangers que hablaban entre sí del Árbol que Camina y sugerían ya rutas para perseguirle y buscarle.

Todos estaban unidos.

Y todos estaban buscándole a él.

Por el susto y el asombro de haberlos visto, no se dio cuenta que su carrito ya se estaba moviendo otra vez. Era Tito, que había llegado con una nueva bolsa de cemento y aspiraba tranquilamente, su perdición a la realidad y la magia. El Árbol notó alegre y a la vez, triste… que el doppelganger de Tito colgaba muerto de su corazón.

De aquel hombre que perseguía la luna

y aquella que durante el día perseguía a aquel hombre que perseguía la luna

¿Será que se persiguen por amor? Algunos dicen que empezó desde tiempos de Cristo y fue el Judío Errante y una de tantas prostitutas perdonadas por Sus ojos. Otros dicen que la mitología es muy real y los dioses que sostienen el Sol y la Luna han decidido visitar la tierra. Pero son pocas personas las que conocen la historia completa y yo no soy una de ellas.

El abuelo Simón cuenta que la persecusión podría ser eterna y si ella llegara a alzanzarlo, debería suceder algo tan increible como la destrucción del mundo. Sería buena historia para algún periódico sensacionalista pero el abuelo Simón se rió y explicó que otros lo habían intentado y nadie se la había creído.

—Demasiado romántica —decía Simón y sonreía—. No hay sangre, no hay sensacionalismo y nadie, escúchalo bien muchacho, nadie cree que el amor es capaz de destruir el mundo o al menos, cambiar la rotación de los planetas. Además… ni se sabe siquiera si se persiguen por amor.

—¿Y por qué no cree que sea amor, abuelo Simón?

—Porque el amor, como todo… se acaba.

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