Árbol 0.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 45 de 48


El rottweiler saltó al frente. El Árbol Tsef Thaed se protegió con la mitad petrificada y sintió el golpe seco del ataque del perro, que mordía con dientes y atacaba con manos fuertes. La piedra no le dañaba y la furia era tanta que el Árbol Tsef Thaed se vio obligado a retroceder, a pesar del peso de su corteza.

El perro olió y después dejó de atacar.

—Hermano —dijo Bobby Mindar—. Llevas una mariposa negra en tu interior, pero todavía no te transformas. ¿En qué te puedo ayudar, hermano?

El rottweiler sonrió.

—¿Hay.alguna…forma d..e detener la tra…nsformación? —preguntó el Árbol Tsef, aún con las ramas alzadas y cubriéndose con la mitad dura. La piedra se extendía y ya estaba llegando a su boca. Uno de sus ojos ya no se movía.

—No lo sé, Hermano. Pero si tengo que decirte una cosa. Esa llave debe quedarse aquí, si no quieres que te mate. Ya no tienes fuerzas, Hermano.

El rottweiler se movió rápidamente y de un zarpazo, quebró tres ramas del Árbol e hizo una raja en la parte de la corteza sana, cerca de su ojo. El Árbol aulló y la herida quedó como una cicatriz, que la corteza ya no podría borrar porque enfermaba. Intentó golpear a Mindar con las ramas sanas, sin embargo le fue inútil porque el perro era demasiado rápido.

—Ya no puedes hacer nada, Hermano. Esa llave no servirá de nada. El Cuarto de Máquinas está sellado con magia.

El rottweiler volvió a atacar con rápidez, y esta vez tronó raíces petrificadas con sus dientes y su fortaleza. El Árbol no se quejó, notó que no le dolía ya lo que se había convertido en piedra.

—Nunca has de terminar la transformación, Hermano. Porque tienes tu nombre.

—Tú tam..bién tienes el tu.yo.

—A mi nunca me ha importado mi nombre, Hermano. A mi no me lo dio un dueño, me lo dio un verdugo y lo que siempre he querido, es vengarme del verdugo.

El Árbol Tsef Thaed sonrió con la mitad de los labios que aun podía mover.

—Buen….pu….nto.

El rottweiler se rió.

—Sal de aquí, Hermano. Siente con la madera que todavía te queda sana y grábate estas palabras: Podrás ver a la mariposa negra, acercate a ella… la mariposa negra querrá juntarse con la que llevas en tu interior. Sólo así se descubrirá el Cuarto de Máquinas. Pero también, Hermano, no podrás susurrar tu nombre si tus labios se quedan quietos y habrás de transformarte entero. ¿El verdugo vale ese sacrificio? Eres estúpido, Hermano, pero que se haga tu voluntad.

Mindar volvió a atacar al Árbol Tsef Thaed, completando la cicatriz en el ojo como si fuera una cruz. Después se rió y se alejó corriendo, perdiéndose profundamente en el Laberinto.

El Árbol Tsef Thaed le escuchó alejarse, arrastrándose y con la mitad de sus labios rotos, susurró su nombre en voz baja. Abrió la puerta del Laberinto y salió, lentamente. El ojo sangraba savia, las ramas que aún podían moverse, lo hacían y las raíces también, empujándose al extremo.

—Árbo…l… Ts..ef…Tha…e.d… defi….nitiva….mente, es…t…o no….lo… quie….ro, en…mis…recu…e…rd…os. —El Árbol Tsef Thaed se echó a reír con la mitad sana de su boca, se estremeció todo su cuerpo con la risa y de haber estado sano, le hubieran llorado también los ojos. La corteza que aún poseía vida, estaba volviéndose gris.

¡Camina! ¡Camina!, pensó el Árbol, siguió con la letanía de su nombre. Agarró fuerzas para continuar moviéndose y se acercó a donde debía estar el Cuarto de Beatriz. ¡Si Simón estuviera aquí, se quejaría de la cursilería que significa la amistad!, se dijo el Árbol Tsef Thaed y continuó riendo en voz baja, le dolía moverse y le dolía seguir caminando, pero era la primera vez que quería hacerlo. Realmente, quiero dar mi vida por alguien que no se lo merece. A los ojos de todos, pensarían que este sacrificio de veras no se merece. No lo merece, dirían, y yo me estaría riendo como ahorita.

El Árbol Tsef Thaed pronto cerró su mente, porque la mariposa negra ya estaba ganando acceso a ella. El veneno del olvido, estaba buscando en todas partes como llegar al nombre que evitaba que se esparciera. El Árbol Tsef Thaed sonrió con la mitad sana, eso ya no importaría. Al llegar donde debía estar la entrada del Cuarto de Máquinas, se plantó un momento y esperó. Efectivamente, la mariposa saltó sola y se acercó al Árbol, con una de sus ramas vivas la atrapó y se la llevó a sus labios.

Luego, caminó susurrando en silencio su nombre hacia la proa. Esperaba que el tiempo alcanzara para llegar a la luz del sol.


—…Árbo…l… Ts..ef…Tha…e.d…

—…bol…Tse….f…Tha…d…

—…l…Se…ha….

—…t…….t….

—………..


Se hizo piedra con las ramas levantadas y los ojos aún con vida. El sol le calentaba y le quemaba, intensamente, cuarteando la piedra y cicatrizándola. No había frutos, y no había hojas. Un árbol marchito que siempre miraba al horizonte, con los ojos aún brillando y la mente descompuesta. Si uno se acercaba lo suficiente, podía escuchar: “Árbol Tsef Thaed”, en voz muy bajita, casi como el susurro del viento cuando uno se está alejando del invierno. Si alguien te hubiera dicho que ese Árbol caminó durante siglos, no le hubieras creído, porque se veía como una hermosa estatua que siempre estuvo para el placer de algún bosque encantado. ¿O es qué el Árbol Tsef Thaed llevaba el bosque consigo?

Continuó el susurro, pero fue opacado por una voz melodiosa y fuerte que cantó: ¿Simón, dónde estás, Simón?

Y así, el Árbol Tsef Thaed sonrió para sus adentros, sonrisa que no habría de marcarse como la tristeza de su rostro en la piedra.

Diario de Simón Dor. Día 76.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 36 de 48


Querido Diario:

Me levanté temprano para iniciar las lecciones de pelea que me pidió el Árbol. Si, Diario, me siento estúpido enseñándole al Árbol Tsef a pelear, pero él insistió y yo accedí. Nunca rompo una promesa, por más estúpida que sea. Salí de mi habitación y lo encontré con los ojos cerrados, con la cara al frente. Se veía tan solemne en esa posición, que nadie hubiera querido interrumpirle, aún en sueños vislumbrando el futuro, meciéndose suavemente con la brisa contaminada, olvidando que existe y convirtiéndose en un símbolo importante en el viaje.

En fin, lo desperté con una patada en el tronco.

Cuando le dí la patada, noté que varias hojas secas y frutos maduros cayeron. El árbol entre-abrió los ojos y bostezó, sus ramas reverdecieron como si nunca hubiese estado marchitando. Cerró los labios y los ojos de dolor, después se dedicó a recoger los frutos y las hojas caídas para limpiar la proa y se los comió.

—Bien, señor Árbol Tsef. Usted tiene una ventaja y es la resistencia de su corteza.

El Árbol Tsef sonrió.

—Lo sé.

—Pero uno de los principios más importantes de Sensei Gorostiza, el cuál me enseño judo, kenpo, aikido, entre otras maravillas… es siempre aprovechar la fortaleza del otro. Todo es cuestión de energías, es lo único que necesitas saber. Ya después encontrarás tu centro gravitacional, el que te permite estar balanceado y cómodo a la hora de recibir la fortaleza del otro.

El Árbol Tsef parpadeó.

—¿Debería anotar todo eso?

Prendí un cigarrillo y respiré profundamente.

—Si no te lo vas a tomar en serio…

—Vamos, vamos. Estaba bromeando.

—Bien, para demostrarte de lo que estaba hablando, necesito que me ataques con toda tu fuerza, Sr. Árbol Tsef. Aviéntese con todos esos kilos que carga, no omita ni una sóla rama o raíz…

—¿Estás seguro, Simón?

Respiré profundamente y miré al Árbol a los ojos.

—Completamente.


Yasmín: En ese cuaderno donde has escrito todas las almas que me he robado, ¿qué te falta?
Niño mago: Muchas Yasmín, muchas. Por ejemplo, no entiendo como inició todo y como ha de terminar tu historia. Tengo todas las almas anotadas, pero hay algo que falta y que es esencial en todo ello Yasmín
Yasmín: Es muy sencillo, niño. Yo vivo ciclos de eternidades. ¿Entiendes lo que es eso?
Niño mago: No.
Yasmín: ¿Sabes la diferencia entre un inmortal y un eterno?
Niño mago: No.
Yasmín se carcajeó.
Yasmín: Eres un neófito. Escúchame bien, la creación de éste universo parte de un ser que posee la energía creadora y destructora. Hacemos bien en llamarle La Muerte, porque es el que nos da vida y ya que perfeccionamos poco a poco el camino de nuestra alma, ha de quitárnosla para regresarla así mismo. La Muerte, para mejorarse así misma y a su universo, ha de fragmentarse en tres fascetas (y estas fascetas, pueden a su vez dividirse en otras más): Estas fascetas son Cerebro, Corazón y Alma.
Niño mago: ¿debería anotar eso?
Yasmín alzó una ceja y después dijo: No abuses del recurso.


El Árbol Tsef tomó aire, se impulsó con sus raíces y como estas le dieron a entender “corrió” hacia mi. Movió sus ramas en círculos para defenderse y abrió su boca grande, las letras que formaban su corteza se movieron rápidamente, haciendo líneas incomprensibles y sin forma.

No sabía si asustarme o reírme por lo estrafalario. Conservé la calma y tiré mi cigarrillo cuando lo tuve a dos pasos de mí. Fue sencillo, en el momento indicado lo tomé de dos de las ramas y ayudé que su fuerza hiciera lo inevitable, el Árbol Tsef se tropezó y sin soltarlo, pude alzarlo sin dificultad para estrellarlo contra la madera del barco, la cual retumbó intensamente.

El Árbol Tsef se quedó tirado, perplejo y parpadeando un par de veces. Me asomé para mirarle y le sonreí.

—¿Ya entendiste lo qué te dije? Es muy sencillo, siempre aprovéchate de la fuerza del otro. No debes ser como la roca, ni como el aire. Lo mejor es ser el agua, el agua que fluye. ¿Prometes recordarlo?

El Árbol Tsef parpadeó.


Yasmín: Cerebro, Corazón y Alma. La Muerte se divide en esas tres personas y mantiene su individualidad, para tener el punto de vista de varias y también, para que esas tres trabajen distintos aspectos de sus poderes. El Alma es la que ha de resolver todos los enigmas y las preguntas, la energía que es resultado de un invididuo en plena evolución. El Cerebro es el que ha de responder las preguntas del individuo y también es el que es capaz de distinguir el bien y el mal. El Corazón, es el que elegirá el camino que propone cerebro o vislumbra otros caminos para ponerse nuevos retos que permitirán a Cerebro responder más preguntas para perfeccionar a Alma. ¿Me entiendes?
Niño mago: Intento.
Yasmín sonrió y se meció.
Yasmín: La Muerte, en un libro ha escrito el destino de todas las almas, sin embargo, como está en constante evolución… el destino nunca es seguro. Cuando la Muerte asimila un nuevo concepto o encuentra nuevos caminos para los seres, ha de destruir su universo imperfecto y ha de asimilar lo nuevo que ha aprendido, para así convertirlo en Real.
Niño mago: Wow Yasmín, sabes mucho.
Yasmín: Calla, que todavía no termino. La Muerte, ha creado a los Sanadores y Sanadoras de Almas para facilitar su labor. Estos han de ayudar a los seres ha asimilar el propósito de su muerte para que su energía llegue más limpia y no haya necesidad de reutilizarla, para ésto, nos ha dado el maravilloso don de saber como han de morir las personas. Yo soy una Sanadora de Almas.
Niño mago: ¿Entonces puedes saber cómo voy a morir yo?
Yasmín: Si niño. Y también puedo decirte como ser inmortal. Al hacerlo, entonces he de contribuir en la no-perfección de La Muerte, haré que pierda una pequeña parte de la energía que contribuye a sus Almas y también afectaré así, el rumbo del Cerebro y el Corazón de otros seres humanos.
El niño mago se quedó pensativo.
Niño mago: ¿Por qué eres mala, Yasmín?
Yasmín: Déjame terminar, y entenderás.


El día y la noche número dieciocho, pasó rápidamente. El Árbol Tsef aprendió al pié de la letra lo que le enseñé. Se concentró en sentir el agua que corría dentro de su cuerpo, se enseñó a manejar su respiración de tal forma que podía no mecerse ya, aunque estuviese en medio de una tormenta. Con las pocas enseñanzas que le dí, se convirtió en un oponente eficaz y certero, a pesar de su gran tamaño.

Todavía era torpe en muchos aspectos, sobre todo, por las raíces. Le dije que lo mejor era mantenerse estático, utilizar sus ramas y la resistencia de su tronco. Eso le haría un peleador más eficaz y no necesitaría moverse. El Árbol Tsef peleó muy bien después de ello, me fue difícil asestarle un golpe que le hiciera cerrar los ojos.

Y no pude dejar de preocuparme, que aunque no contuve mi fuerza, veía como caían hojas marchitas con cada golpe que daba en el tronco. El árbol seguía sonriendo con las lecciones… evitaba el tema de las hojas y trataba de tranquilizarme cuando reverdecía sus ramas en un abrir y cerrar de ojos.

Noté que las enseñanzas le habían servido para no sentir tanto dolor cuando sacaba las hojas verdes. Lo hacía para que no me preocupara. Me enojé, me enojé con él. ¿Por qué no me iba a enojar, mi querido Diario, de la vulnerabilidad de la amistad? Me volví más agresivo en la pelea y el Árbol Tsef supo defenderse como todo un maestro.

No dejaba de sonreír por cada hoja marchita que caía. Debo admitir, que es la primera vez que me molesta no saber que es lo que sucede con un amigo. Y haz nota de esto, mi querido Diario: estoy admitiendo, que ese pedazo de madera se ha vuelto mi amigo.


Yasmín: Cuando La Muerte destruye su universo para reconstruir, la energía de los inmortales regresa a él de una manera corrupta y tiene que trabajar en arreglarla. Es retrasar el tiempo para el Universo definitivo, el Universo perfecto. Pero sucede, que La Muerte no preparó algo llamado eternos. Los eternos son los inmortales perfectos. Son almas que consiguen su inmortalidad por medio de algo que nunca acabará.
Niño mago: ¿Algo qué nunca terminará?
Yasmín sonrió.
Yasmín: Si. Por ejemplo yo, que soy eterna. ¿No lo sabías niño? El eterno sobrevive los universos. Está presente en primera fila para ver como uno es destruido para que uno nuevo nazca. El eterno no podrá descansar, hasta que sea el último Universo. Sólo así.
El Niño Mago abrió los ojos… sorprendido. Podía intuir lo que venía. Podía casi adivinar cuál fue la primer alma que Yasmín robó.
Yasmín: Estuve presente cuando el Dios del mito creo a Adán y luego a Lilith. ¿Sabes lo qué hice? Me acerqué, claro que me acerqué… y le dije a Lilith como. Sólo con el conocimiento de los ángeles y los demonios podría ser inmortal, sólo queriendo obtener el conocimiento total de la Muerte, podría ser eterna. ¿Te sorprende? No, creo que no… viví mi eternidad hasta que nací en el nuevo universo y al mismo tiempo, dejé de existir como la vieja ciega que ves ahora, la famosa paradoja del tiempo. Me convertí en mi yo niña, sin recuerdos… ella habría de tomarme en venganza y seríamos una. El ciclo, la serpiente que se muerde la cola. No habrá respuestas, hasta que se perfeccione el universo y he vivido tantos ya, que he robado en todos almas distintas o mismas almas con diferentes condiciones. Es probable que nunca acabe niño… es probable que nunca termine.


Faltan diecisiete días, con sus diecisiete noches. Trataré de saber que pasa con el Árbol Tsef y le preguntaré a Yasmín como va con las almas… porque necesito saber. El tiempo se está terminando.

Diario de Simón Dor. Día 75.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 35 de 48


Querido Diario:

El día de antier fue maravilloso. Vi a Beatriz y me sentí joven de nuevo, platicamos lo que pareció una eternidad y me enseñó a bailar tango. Soy malo con el cuerpo, no te lo voy a negar, aunque sensei Gorostiza procuró que siempre tuviera un balance y un equilibrio a la hora de pelear, aún tengo dos pies izquierdos cuando se refiere al baile.

Me preocupa, solo resta una llave. La que está perdida en el Laberinto es mejor darla por perdida, no creo poder recuperarla. Es fácil intuirlo, mi querido Diario, y te diré por qué: Las semillas que recuperé, sólo fueron tres… y eso es porque los muros del Laberinto se mueven constantemente, las semillas restantes seguro fueron aplastadas por los muros de niebla cuando estos se reorganizaron. Lo mismo pudo suceder con la llave que perdí ahí, no debe ser más que metal aplanado.

Debo ser cuidadoso con la llave que todavía queda. Una vez más para ver a Beatriz. Una solamente.

Ver a Beatriz me ha hecho evaluar el viaje, en éste mar oscuro de Yunén. El viaje en éste barco Mojalnir. ¿Por qué lo hago? Ya, ya… mi querido Diario, sé que tienes dos respuestas muy sencillas: Quiero morir o quiero ser inmortal. Así lo vi los primeros días de mi viaje y así me lo hizo ver cuando se subió la anciana ciega como una carga. Quiero morir para alcanzar a Beatriz o quiero ser inmortal para nunca olvidarla. Nadie sabe qué pasa después de muerto y sólo siendo inmortal, podría conservar su memoria eternamente. Éste viaje, éste viaje ha funcionado en torno a Beatriz… ¿pero por qué me dio tres llaves? ¿Sólo tres?

Es de pensarse, mi querido Diario. Quiere decir que Beatriz es un recurso secundario, ¿no? Tres veces en éste viaje. Aunque mi vida ha girado en torno a ella, no necesariamente éste viaje tiene que hacerlo. ¿En torno a quién gira el viaje? ¿Quién fue el momento impulsor, qué me hizo abandonar mi tierra para someterme a esta dura prueba? ¿Es mi muerte o mi inmortalidad lo que de veras me importa? No, no lo es. Todo fué porque Fest conoció a su unicornio negro, el amor que nació y no fue satisfecho. Entonces él se encerró y a mi me dejó libre.

Eso lo explicaría todo.

Lo que Fest no sabe, es que yo tengo vida propia y yo puedo decidir en cualquier momento detener o seguir, avanzar o saltar. A grandes zancos saltaré hacia el pasillo de la muerte o bien, podría cumplir yo mi inmortalidad. Beatriz no quiere ser olvidada, y francamente, yo no quiero dejar de existir. Me extrañaría demasiado… aunque he dicho en días anteriores que si dejo de existir será por un evento de caos, finalmente yo tengo la decisión sobre mi propia existencia, al menos, en lo que resta del viaje. Yo decidiré cuando morir y así romperemos el viaje.

El problema es que se ha complicado. Ya no sólo se trata de mí. También está aquí el Árbol Tsef, La Anciana Ciega y el Niño Mago (mi pasado que quiere ser como yo, para evitar que Beatriz suceda). ¿Qué hacen aquí? Eso cambia dramáticamente la función del viaje, así ya no sería en función de Fest, ni en función de mí, ni en función de Beatriz y menos, en función del unicornio negro (que aunque fue el detonador, no es el desarrollo). ¿Por qué estoy viajando? ¿Qué es lo que tengo que descubrir? ¿Habrá algo más importante detrás de todo esto?

Tal vez no, Diario. Tú no tienes las respuestas y tampoco me ayudas mucho, solo me preparas más preguntas. Es muy probable que el único propósito de éste viaje es que me marchite algún día, pensando todavía en cuestiones inútiles y existenciales, cuando bien debería vivir lo poco que resta de mi vida en alguna banca, mirando las faldas de las colegialas y sonriendo mientras me tomo café del Jarocho.

Extraño sus piernas.

En fin, hablé con el niño mago el día de ayer, se veía menos animado que de costumbre. Estaba tirado en la proa, recargado en el Árbol Tsef y mirando el cielo. Le pregunté qué hacía.

—Estoy imitándote Simón.

—Déjalo ser, el pasado ya está hecho y aún convirtiéndote en mí, lo único que harías es deformar los bonitos recuerdos que poseo, no cambiar los eventos.

—Déjame amargarme en paz —dijo el niño.

—Cómo quieras… matemos la Magia, niño, vamos… ¡Tú puedes! Te echaré porras desde aquí.

Hice gestos de peleador entrenando y el niño me miró entrecerrando los ojos, se dio la vuelta para evitarme.

—¡Uno, dos! ¡Uno, dos! ¡Matemos a las mariposas y demos nacimiento a los cuervos! Vamos Niño, vamos. ¡Tú puedes! ¡Uno, dos! ¿Para qué quiero bonitos recuerdos de todas formas, ah? ¡No los necesitamos!

El niño me volteó a ver, se limpió unas lágrimas con el puño, se levantó y se fue corriendo a la popa. Le seguí con la vista. Iba a seguirle cuando el Árbol Tsef puso una rama en mis hombros y me detuvo.

—Ya fue suficiente, Simón. No seas cruel.

—Él es peor.

El Árbol Tsef sonrió.

—Él es un niño, los niños son crueles con su sabia inocencia. Los niños nos golpean con los detalles más insignificantes.

Saqué un cigarrillo y lo prendí, miré al Árbol Tsef.

—¿Cómo vas con tu nombre?

En la corteza, había cinco letras que cambiaban constantemente de lugar, no había notado el hecho hasta el día de ayer. Las letras eran: A H T D E. Aunque el Árbol no las cambiaba frecuentemente de lugar, lo hacía lentamente y por lo general, no formaban nada. Después miré sus hojas de nuevo, había algunas cafés y algunas de ellas, ya estaban secas.

—Voy bien, Simón.

—No lo estás buscando, eso es lo que pasa. Por eso te estás marchitando.

El Árbol se rió (¿Alguna vez has escuchado reír a un Árbol? Es lo más bello que he escuchado), cerró sus ojos y como aquella vez, volvió a explotar sus ramas con nuevas hojas. Se apretó la boca de dolor.

—Eres muy listo, pero no te sabes la historia completa y no es hora de contártela. ¿Quieres una manzana?

—No, gracias.

—Simón, enséñame a pelear.

Me le quedé mirando al Árbol, lo miré desde la raíz hasta la rama más alta, le eché el humo de mi cigarrillo en su corteza.

—No creo que pueda, de veras —le dije.

—¡Anda! Creo que me haría bien y me mantendría ocupado.

Suspiré y ante la insistencia, cedí. Le dije que mañana empezaríamos.

El niño regresó, muy entrada la noche a mi habitación. Entró en silencio y me abrazó.

—Quiero que recuerdes, que Beatriz te quiere mucho y también, quiero que sepas… que ella ya está muerta, Simón.

Luego se fue y me dejó una mariposa revoloteando en mi habitación.

Diecinueve días, con sus diecinueve noches.