Mi padre, mi abuelo, o tal vez mi bisabuelo escribió en éste diario: “Los drogados, los borrachos y los pobres de mente y/o espíritu, jamás han de recuperar la magia. Aún cuándo estos se engañen, diciendose que viven: Momentos mágicos. No es culpa de ellos. No saben separar la felicidad de la magia, no saben que la felicidad está en ambas cosas (realidad y magia), un sentimiento tan banal se lo atribuyen a algo misterioso, al destino o al resultado de una cadena de eventos invisible. Igual pasa con la gente común, pero sucede más con los rehabilitados. Con los escapantes del infierno. Con los que han decidido vi-vir la vida. Con los Dor.” Me ha dejado pensando mucho tiempo, querido diario. Pensé en los niños que tanto quiero, a los que enseño. Y también los desprecio, los odio. Pero eso es culpa de mi sangre maldita. No se puede ser “hijo” de Simón Dor y esperar no ser “Simón Dor”. ¿Me entiendes?
Regresando a la magia… debo profundizar más. Algunos de mi familia la han estudiado, en sus diversas formas. La he visto comprobada en mis niños, cuando sus ojos le brillan. Es esencial fomentar la magia a su alrededor: Así sabrán querer y respetar a la magia buena. Sabrán protegerse de la magia mala. Y sobre todas las cosas, aprenderán a reconocerla. Los niños son muy importantes.
Enseñándoles la magia, evitarán ser borrachos o drogadictos. Porque la magia es caprichosa y muy cruel, igual que la realidad, sobre todo con aquellos que deciden buscarle con medios negativos. En el momento que utilizan algo para mirar colores o elefantes emborrachándose, la magia cierra sus puertas y decide no volverlas a abrir para aquellos aventureros, vividores, estúpidos. Los seres mágicos les rechazan para siempre y por siempre, presentándose traviesamente ante ellos solo para hacerles mal, sean hadas, brujas, elfos o sátiros. Respecto a los pobres de mente y/o espíritu… estos deambularán, pobres de decisión, sin vivir realidad o magia, yendo hacia donde uno los quiera llevar.
—“El Diario de Simón Dor”, Judit Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos.
En algún momento, el Árbol Tsef Thaed Segundo encontró a un niño que se drogaba con cemento. Una historia muy triste, me platicó mi abuelo. Una historia muy triste.
—“El Diario de Simón Dor”, Lázaro Dor, escribiendo como Simón Dor, por la maldición del Cuenta-Cuentos. Tito corrió más calles para alcanzar al pequeño Árbol que camina y lo alcanzó porque estaba plantado. Con ojos sorprendidos se acercó a él y lo tocó, pero el pequeño árbol no respondió la caricia. Sonrió al descubrir que el Árbol tenía ojos, tenía boca, y los movía rápidamente, balbuceando sílabas que se transformaban en tropezadas incoherencias.
—¿Cómo me llamaba? —se preguntó el Árbol. Miró brevemente al niño y lo ahuyentó con las ramas—. Tenía un nombre, pero lo he olvidado. Decía Simón que me había dado el mismo nombre que mi padre, ¿Cómo se llamaba él? ¿y por qué estoy caminando? Tenía algo muy importante que hacer.
—¡Tito tito capotito! ¡Sube al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño, ignorando al Árbol. El pequeño Árbol, se rascó hojas con hojas.
—¡Un elefante! —exclamó el pequeño Árbol.
Tito se llevó a la cara su bolsa de cemento y aspiró muy fuerte.
—No tontito —dijo Tito y se rió—. Mi nombre es Tito, ¿y tú?
—Yo me llamo…
—¡Te llamarás Capotito! ¡Casi igual que yo!
El pequeño árbol se rascó hojas con hojas y pensó un segundo, sabía que el nombre no era el indicado, pero decidió quedárselo, hasta poder recordar el suyo. ¿Cómo lo había olvidado? ¿A qué hora se le deslizó de la mente la razón para caminar?
—Soy capoTiTo —dijo el pequeño árbol sonriendo—. ¿Por qué usas esa bolsa? ¿por qué está gris como tu cara?
Tito parpadeó un par de veces.
—Porque así me enseñaron mis amigos.
—¿Yo puedo hacerlo?
Tito extendió la bolsa para el Árbol, y el Árbol intentó hacerlo con las ramas. Cuando le cayó cemento en las hojas, en la corteza, en las raíces y se miró gris, no le gustó.
—Hace daño —dijo el pequeño Árbol—. No lo hagas.
El niño hizo una mueca y le arrebató la bolsa de cemento al árbol.
—No puedo dejar de hacerlo. Así no me duele.
—¿Qué te duele?
—Despertar.
—Que raro, a mi no me duele.
—Y así tampoco me duele mirar.
—¿Te duelen los ojos?
El niño se puso una mano en el pecho.
—No, más bien me duele aquí. Dicen que aquí está el corazón.
—¿Por qué no les dices a tu padre qué te lleven a un doctor? Simón iba al doctor cuando se sentía mal, excepto cuando se enfermó de cuenta-cuentos… el decía que esa enfermedad era más bien un hechizo —el Árbol hizo una mueca, creía que la palabra: “hechizo” se relacionaba a su misión.
—No tengo papás.
—¿Acaso hay dos?
Tito se rió.
—¡Claro tontito! ¡La gen-te tie-ne ma-má y pa-pá! Yo no tengo, yo nací solito. A la calle le llamo mamá o papá. Como se me ocurra. ¿Qué los árboles tampoco tienen papá o mamá como yo?
—Oh… no sé de los demás. Yo sólo tuve un padre, muy importante. Simón me puso el nombre de él. ¿Será TonTiTo? tú me llamas mucho así, aunque no me suena. Mi papá me dijo que tenía una misión muy importante.
—¿Qué es una misión?
—Un destino.
—¿Destino?
El Árbol Tsef Thaed se rascó hojas con hojas, y no tenía cierto como explicarlo. Sólo había escuchado a Simón decir esas palabras muchas veces y formó un significado de manera inconsciente, de tanto escucharles y prestarles un contexto. Se le ocurrió una idea.
—¡Un lugar a dónde caminar! —exclamó triunfante el Árbol Tsef Thaed.
—¡Bah! Si yo camino a muchos lugares todos los días, para que me den monedas, y a veces, me den comida.
—¿Cómo le haces?
—Pongo la carita así.
El niño hizo una carita de tristeza.
—Eres muy convincente.
—Claro, porque me duele aquí. Siempre.
—Pero yo tengo que ir a un lugar importante. No necesito comidas, ni alimentos, ni monedas. Solo necesito agua, sol y plantarme en la tierra de vez en cuando.
—¿A dónde tienes que ir?
—No lo sé.
—¿Cuándo llegarás?
—Tal vez mañana o en diez años, o en cien años, o en mil años.
—¡Eres el primer árbol que veo que camina! ¿No tiene la culpa la bolsa?
Tito miró su bolsa de cemento, que luego le hacía mirar cosas.
—No sé. La bolsa te hace daño.
—Pero no puedo dejarla. Se ha metido muy adentro de mí.
El niño hizo una cara de tristeza.
—No tengo monedas.
—No lo hago por las monedas.
—¿Cómo puedo pagarte?
—¡Llevándome contigo!
—¿Y tus monedas? ¿tús alimentos?
—Hay muchos grandes en las calles. ¡Dime qué sí!
—Entonces si.
—¡Gracias Capotito!
El pequeño árbol y el niño de la calle caminaron juntos, en la noche y luego en la madrugada. Hasta que salió el sol y la gente salió a las calles.