Febrero 18, 2005 — Fractal Chaos.
Escrito por Agustin Fest.
So… viernes en la noche, si… es viernes en la noche.
Los cigarros ya subieron a diecinueve pesos, según el Superama. El señor de la tiendita no tardará en subir el precio. Un galón de leche Lala cuesta treinta y un pesos —Superama— y si es La Suiza, sale tres pesos más barata. El pan de caja, sale en quince pesos y que me laven la ropa, entre cuarenta y cincuenta pesos (porque he estado llevando menos ropa a lavar). Una coca de seiscientos sale en seis pesos, en el Oxxo cuesta seis cincuenta. Un kilo de duraznos —Superama— sale en veintiseis pesos y dos kilos de mandarina —Mercadito—, me costó doce pesos. Comer con Mary cuesta treinta pesos (siete pesos más, si pido refresco) y en la escuela, el precio varía: tacos de canasta doce pesos, torta de milanesa con quesillo dieciseis pesos. Los cigarros ya subieron a diecinueve pesos.
No hay trabajo en Carrillo Casting, llevamos un mes así. Ya he escuchado varias veces a alguien decir: “De repente nos van a caer todos, uno tras otro y POW POW POW, no podremos dejar de trabajar”. Si, esa era una regla general, cuando no teníamos trabajo durante una semana o semana y media. Han estado cayendo proyectos pequeños que a los dos días se cancelan. Son suficientes para darle fé al optimista o al zángano. Algo esta sucediendo con la publicidad en México. Probablemente muchas agencias de publicidad ya optaron por trabajar en Argentina y no los culpo, allá esta saliendo hasta tres veces más barato. La gente de allá es más atractiva, más europea, más bonita, más comercialera.
Bue, después de todo lo que ha sucedido estos últimos dos años, creo que ya no puedo caer más. Me prometí este semestre (escolar) para continuar trabajando aquí y si la situación no mejora, entonces dejaré este trabajo y le pediré posada a mis tíos. Me amarga un poco ver a tanto chamaco mantenido, con el tiempo de estudiar y presentarse a sus reuniones bohemias para presumir la poesía que han leído y para degustar vino mientras escuchan la presentación de un libro. Me gustaría ser un chamaco mantenido. Después de un mes sin trabajo, me doy cuenta que eso sucederá antes de lo que yo pensaba. Lo malo de eso es que cedería uno que otro placer sencillo, como salir a caminar a las dos de la mañana, recibir visitas, tardarme menos tiempo para ir a cualquier lugar… la Narvarte es maravillosamente céntrica.
No tendría Internet, no mucho… y vaya que el Internet se ha vuelto, no sólo un placer, sino indispensable: en él encuentro muchas cosas concernientes a mis lecturas, incluso libros que no venden en México o que no tengo dinero para comprarlos. No es broma. Si me tuvieran que clasificar, si no tuviera trabajo para pagarme lo básico, sería clase baja. Ni siquiera clase media baja. Que tenga acceso a las herramientas y un poco de educación, que se buscar lo que necesito sin pagar un quinto, es distinto. Mi única meta, ahorita, es esperar esos seis meses y poner mi vida actual en la balanza para hacer otro cambio.
También tendría que abandonar mi independencia.
Sin embargo, terminaría mi carrera seis meses antes de lo que he calculado.
He pensado en conseguir otro trabajo que me pague más, pero eso es una falacia, un trabajo que me pague más pediría un horario de tiempo completo. Me pediría tiempo que tendría que arrebatarle a la escuela y mi carrera, igual que todas, está hecha pensando en hace veinte años. La mayoría de los chavillos que se largaban de su casa y se ponían a trabajar, lo hacían porque era un reto en su juventud, no una necesidad. Además, hace veinte años, o diez, México no estaba tan jodido. Recuerdo a un profesor que nos comentaba que su sueldo le alcanzaba para ahorrar un poco e irse de vacaciones a Europa, cada año.
El sueño mamuco de todo bloggero es que un millonario excéntrico le lea y le regale un millón de pesos porque le gustaron sus escritos. ¿A poco no? Piensen en ello, sería maravilloso que Carlos Slim entrara un día a sus blogs y leyera algo que le gustó, que diga “woooooooooow, me hizo sonreír” y que saque la chequera y en la madre. Por supuesto que es un cuento de hadas, no me miren feo, alguna vez se me ocurrió esa babosada y me hizo reír durante un día en el que estaba bastante estresado. Es obvio que Slim, o cualquier otro millonario, no haría eso… son millonarios (en parte) porque saben reservarse esos impulsos y porque no ocupan su tiempo en leer blogs.
Hablé con la familia de mi padre. Con su hermana mayor, Imelda. El sábado (o domingo) pasado hablé con ella y fue una sorpresa, para ella pues, porque nunca habían negado mi existencia pero pensaban que nunca me comunicaría. Pues… sorpresa, sorpresa. Le di mis números de teléfono para que se los de a él, a ver si decide comunicarse. Me habló el lunes para preguntarme cosas: que como era, que en que trabajaba, que si creía en Dios y después de las respuestas, me dijo que no ha hablado con él, que prefiere hacerlo de frente. Se me hizo tierno su gesto, la sentí como si fuera una tía. Cuando comenté esto con mi familia, la de toda la vida, dijeron que era interesante… la búsqueda de las raíces. Ellos sufrieron lo mismo, a su manera, y con mayor razón no saben que decirme o aconsejarme. Al menos ya cumplí el círculo, eso me tiene una cosa menos en la cabeza… ahora el círculo es de él y lo ha sido, durante veintitrés años… sin embargo, soy tan lindo que ya le dí un lapicito para dibujar lo que falta en él.
Nada más.
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Noviembre 17, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Ernesto Rodriguez, cargando a su hija de dos años, decidió hacer su hogar en las afueras de la ciudad de Jaramillo. Encontraron una casa abandonada en Puerto Octay, de tres habitaciones en total y hecha de madera. A Ernesto le agradaba que tuviera vista al mar, a su esposa le hubiera encantado.
Recordó el consejo de aquella anciana que le dio la bienvenida: “Luche mucho y no se rinda”. Eso pensaba hacer, se lo debía a su hija y a su difunta esposa.
En su maleta, llevaba unos pantalones de lana y una camisa. Había vendido sus trajes cuando no pudo conseguir trabajo en la capital. Lo demás, era la ropita de su niña (Isabel), la cual estaba dormida en sus brazos. Costaba mucho trabajo cuidar a una niña y eso le hacía recordar cuanto extrañaba a su esposa.
Sentó suavemente a la niña, quien protestó un poco porque estaba dormida. Dejó unas cobijas en una esquina de la pequeña casa de madera y las preparó para improvisar una cama. Cuando le vio forma, regresó por su hija y la acostó. La niña sonrió en sueños y rápidamente se adueñó de la cama.
Agradeció al dueño anterior de la casa, que al menos tuviera una silla y una mesa. Revisó otras dos puertas, una era un baño con una modesta tina y la otra era un armario. Vació el contenido de su maleta (un biberón, pañales de tela, jabón y la poca ropa de repuesto de él y de Isabel) y después la dejó en el armario.
Sería difícil. Pero ya cualquier lugar era bueno. No se imaginaba que Jaramillo fuera diferente a los otros lugares donde había luchado para conseguir trabajo como profesor. El problema siempre había sido Isabel, no había con quien dejarla y lo que otro hombre hubiera hecho en su lugar, hubiera sido conseguir una mujer que le ayudara con ella. Ernesto no se sentía listo para otra mujer. No quería a otra mujer.
Se sentó en la silla de madera y miró a su niña dormida. La lucha valía la pena. Recargó su rostro en sus manos y apretó sus ojos. Si, luchar por ella valía la pena.
Fuerte carcajada.
Sollozos de emoción.
Risas, risas… soy tan feliz.
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Agosto 22, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Tito y capoTiTo, decidieron disfrazar su identidad. Antes de que amaneciera y la gente que revisaba el reloj saliera como loca para llegar a su trabajo, pensaron como disfrazarse para que nadie se asustara por el árbol que camina. Se detuvieron en un viejo parque, que más bien era tierra con plantas muertas y juegos oxidados. Tito se dedicó a echar tierra en el carrito de metal, donde solía echar las cosas que encontraba y hasta que lo llenó bien, le dijo al Árbol que se subiera.
El Árbol obedeció, empujó sus raíces y se plantó en el carrito. Tito lo jaló hasta que llegó a una llave de agua, donde abrió y humedeció la tierra. El Árbol se sintió fresco y sonrió.
—Hemos caminado toda la noche —dijo el Árbol.
—No importa capoTiTo, tenemos que llegar a tu destino. ¿Hacia dónde?
—¿Seguro que no quieres dormir?
Tito se puso su bolsa de cemento en el rostro y aspiró, volvió a sonreír y los ojos se le enrojecieron.
—No. ¿Hacia dónde vamos capoTiTo?
El Árbol movió los labios inseguro, ya no recordaba nada, ni siquiera su nombre. Se rascó hojas con hojas y luego se acarició la cicatriz en forma de cruz de su ojo derecho.
—Hacia el norte, siempre hacia el norte. Cerraré mis ojos y mi boca, Tito, para que la gente no me mire. Recuerda no hablar conmigo cuando haya personas alrededor. Ninguno comprendería.
Tito asintió mariado y jaló el carrito, se puso a cantar su adivinanza, utilizando melodías de canciones que había escuchado en algún momento. No sabía donde estaba el norte, pero sabía donde estaba Barrio Norte. Se imaginó que el Árbol querría ir para allá, jaló el carrito, un poco pesado para él y la gente miró curioso como el niño arrastraba a su pequeño Árbol personal.
Y Simón Dor le había dicho al Árbol que todo se resolvería en sueños. En el mismo paraje gris donde había viso a su padre convertido en piedra, miró a una mujer morena, esbelta, vestida de Arlequín, con un traje ajustado estampado de rombos negros y rojos. En la cabeza llevaba el gorro de cuatro picos, con cascabeles repiqueteando cada vez que movía la cabeza de un lado a otro, sus dientes blancos y su sonrisa amplia contrastaban con su rostro moreno.
—Mi nombre es Tatiana Arlequín—dijo la mujer, extendió los brazos a los lados, luego los dobló y dobló las palmas de su mano. Avanzó un pie adelante y alzó su talón, forzando la posición, volteó su cabeza a la derecha y el ojo derecho parecía mirar al Árbol a los ojos—. Y yo, soy hija de Rafael, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. ¿Cómo te llamas pequeño Arbolito?
—capoTiTo —respondió el Árbol instintivamente.
—¡No es cierto, mi querido Arbolito! —exclamó Tatiana y se rió, se le dobló todo el cuerpo cuando lo hizo. Rápidamente, hizo un salto de carro y se aventó sobre el pequeño árbol, su cuerpo cambió para ajustarse y poder aferrarse a su tronco con las piernas y los brazos. Acercó su nariz coquetamente entre los ojos del árbol.
—¿Dónde estoy? ¡Aquí vi a mi padre en un sueño!
Tatiana le dio un beso a la corteza del pequeño Árbol, quien sintió cosquillas. La Arlequín le soltó, se recargó en el tronco y miró hacia arriba, donde las hojas del árbol tapaban la extensión gris que cubría todo el sueño.
—Será difícil explicarte corazón, pero tú eres el Traductor de mundos. ¿Sabes qué es un traductor?
—Así me llamaba SYA.
—SYA no se equivocaba, pero él hablaba de idiomas. Yo hablo de mundos —Tatiana juntó los extremos de sus dedos, formando un círculo. Acercó su rostro, como si tratara de buscar en el aire un centro. Rápidamente se puso en pie y acercó este círculo hecho de dedos al ojo del Árbol—. Existen tres mundos. El mundo de la realidad, el mundo de la magia, y el mundo de los sueños que es el intermedio entre estos dos. Tú puedes caminar en estos tres mundos…
—¿Y por qué el mundo de los sueños es gris?
—Porque no eres ni real, ni mágico, ni sueño. Eres el Traductor y el Traductor, tiene que aprender a ver los tres mundos, antes de poder caminar en ellos. Simón Dor te ha enseñado el mundo real, por eso le conoces y caminas en él.
—¿Cómo sabes que soy un Traductor?
—Por la herida en tu ojo derecho, la herida en forma de cruz —sonrió Tatiana y saltó de un lado para otro, de una manera suave y agraciada. Cuando terminó, volvió a acercar su ojo al ojo del Árbol y éste pudo mirar una herida de cruz en Tatiana—. Yo también soy un Traductor, ¿ves? Soy el Traductor del mundo de los Sueños. Tu padre te ha dado ese maravilloso don sin siquiera proponérselo, tuve que usar su imagen para hacerte caminar…
—¿O sea que no vi a mi padre?
—No. No era él, realmente —El Arlequín hizo una expresión de niña regañada—. Pero escúchame, que no me queda mucho tiempo. Con el niño que se droga estás a salvo, porque ha perdido la fé de mirar la magia en el mundo y conserva la inocencia, es un estado raro de la mente… el niño es el mejor, porque su doppelganger ha perdido la capacidad de mirarte a ti. ¡Pero pobrecito! ¡Sufre mucho!
—¿Doppelganger? ¿Cómo hago para que Tito no sufra?
—¡Sh…! —dijo Tatiana, puso el dedo índice en la boca del árbol indicando silencio—. Escúchame bien. Los doppelgangers no suelen ser malos, pero ahora están bajo control de alguien. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal está lastimado y hay que curarlo, para regresar el balance de los tres mundos. El mundo de los sueños, afortunadamente, casi no ha sido tocado… porque le consideran el mundo perdido. Es un mundo caprichoso, que se atiene a lo que le ordene el corazón del que sueña.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
Tatiana suspiró, se acostó boca abajo y recargó su mentón en las palmas de sus manos.
—Eso es lo difícil, corazón —Tatiana jugueteó con sus piernas—. El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal existe en los tres mundos, tendrás que caminar cada uno de ellos. Cambia constantemente de lugar, para protegerse así mismo. Sin embargo, parece que alguien le encontró en uno de los mundos y ahora está pasando lo que está pasando… el mundo real no está siendo muy afectado, ni el de los sueños… pero el mágico es un caos. No tardará en extenderse.
—Esa es la misión que me dio mi padre, ahora la recuerdo. ¿Conoces mi nombre?
—Si, te llamas Árbol Tsef Thaed —sonrió Tatiana, se puso en pie e hizo un saludo militar, imitó a Clint Eastwood con la dureza de su rostro—. Pero lo has de olvidar tan pronto te pongas a caminar por ti mismo. Lo siento… eso también te lo heredó tu padre. Si descubres la historia del Árbol Tsef Thaed, encontrarás tu nombre y no lo olvidarás jamás… ¡Pero eso no importa! ¡Importa más la magia! El problema es que para recordar tu misión, debes recordar tu nombre… ese es un gran problema.
Tatiana hizo un gesto pensativo y pareció convertirse en estatua, porque no se movía, no respondía, no hacía nada.
El Árbol parpadeó un par de veces. Le había dolido ese no importa. Y cuando parpadeó una tercera, se encontró de nuevo en la realidad. Tito no estaba en ningún lugar, parecía ser mediodía y estaba en una calle medio húmeda y llena de basura.
Se le había olvidado preguntarle a Tatiana tantas cosas.
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Noviembre 25, 2002 — Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest.
Recuerdo de niño a Santa Claus, el abuelo ideal, en saco rojo y con la barba de siglos. Sabiduría en el brillo de los ojojojojos. Como lo quiero.
Aunque dejé de ser niño, la importancia de Papá Noel es esencial, la necesidad de tener el abuelo/padre ideal. A diferencia de Dios, que lo conocemos por inventar algo terrible llamado el infierno, tenemos a Papá Noel, que tiene una esposa encantadora la cual nos prepararía un chocolate y nos regalaría galletas.
Miles le han dado connotaciones sexuales y negativas al pobre Papá Noel, que surgió hará un milenio, con un viejo millonario llamado Nicolás que regalaba juguetes en los orfanatos. Sin importar las preferencias sexuales o la mamá, el papá y los testigos en su acta de nacimiento, no es lo que se debe tomar en cuenta, es el símbolo. El símbolo de Padre Noel.
De niño, miraba a Santa Claus… y sabía que en algún lugar tenía un padre, riéndose a carcajadas preparando el siguiente regalo: “Para el Sr. Fest”.
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