Junio 6, 2007 — Casting, Howl.
Escrito por Agustin Fest.
Si no me equivoco, este es el tercer post publicado con ese título. Wordpress me corregirá de mi error en unos momentos, en caso de haberlo. Mientras estuve en mi sabático, descubrí que había un proceso importante dentro de escribir este blog: los procesos automáticos. Mientras edito ando pensando en escribir algo y los tijerazos a los videos, son los tijerazos a las palabras. Mirar las sonrisas, las vueltas, las minifaldas, los hombres envejeciendo, sus ojos… es como guardar una estrecha relación en cada cosa que hago con las letras que me aguardan. Esto es especialmente notable cuando estoy trabajando un proceso casi automático, y mi cabeza hace lo suyo. El escritor que se sienta por escribir, supongo que es una de dos cosas: alguien que ya tiene bien domado su oficio o alguien que esta aprendiendo. ¿Cuántas veces no hemos escuchado de los escritores que guardan un horario para hacerlo? Sin embargo, un proceso como pensar mientras trabajo automáticamente, ¿es parte del oficio? ¿Por eso es recomendable que el escritor tenga otros oficios o trabajos? Pequeñas dudas que me asaltan.
El motivo de que este blog se llame el de los mil nombres, es porque desde que lo empecé, ya me dedicaba a editar a los modelos. Para acelerar el proceso, me aprendía sus nombres y sus apellidos. Hacía juegos verbales con ellos, o bien, cambiaba sus nombres para que fueran cómicos o simplemente se escucharan distinto. Algunos de estos apellidos los conservo, y prometo utilizarlo para escribir un personaje con ellos. Un espacio tan multicultural como este, se presta a aprenderse distintos sonidos, accidentes lingüísticos, orígenes, palabras. Esto se aprecia especialmente cuando uno es testigo de una gama multicolor de nominaciones. “Mil nombres”, pensé, “mil nombres para escribir millones de cuentos, miles de personajes hablando distintas voces, miles de personajes actuando en diferentes historias y con la capacidad de atravesar mundos, tocarse unos a otros”.
Como la misma vida.
Tengo unos meses trabajando aquí, de vuelta y ahora que me veo frente a los rostros de antes, muchos de los nombres se me han olvidado. A veces veo sus caras y me espero unos segundos para ver si salta frente a mí, pero he perdido esa memoria. Aprenderse los nombres, me facilitaba mucho el trabajo y lo aceleraba. Tengo desde hace tiempo un sólo nombre que me molesta incluso en sueños: Gina. ¿Gina qué?, no tiene la menor importancia, pero para un hombre que consume sus noches en cigarrillos y pensar es uno de sus motores vitales, puede ser un pequeño infierno. Tal vez ya era hora de darme cuenta que no tengo veinte años, que mi memoria ya permite las fallas y prepararme para que continúe degenerando en unos años. No hay castigo más apropiado para un hombre como yo: Olvidar.
Tal vez, sólo necesite uvas… si, uvas.
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Diciembre 16, 2003 — 1-2-3.
Escrito por Agustin Fest.
- Camino sin saber a donde.
- Le falta intensidad al sentimiento.
- Ni ganas de fumar me dan, me desespero.
- La comida se vuelve insípida.
- La televisión me hace ojitos, ya la deseo.
- Escucho música y así te recuerdo.
- Trabajo y trabajo, me distraigo un segundo.
- El siguiente, ya te tengo en mis ojos.
- Imagen difusa se disuelve. Mal, mal, mal.
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Mayo 27, 2003 — Mi abuela, Niño viejo, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Fue anoche.
Cerré los ojos y me olvidé, tan simple.
No puedo hablar con Dios cuando viajo al pasado, como los árboles que se olvidan de dar frutos en invierno. Se ocupan en mecer las pesadas ramas y adornarse de nieve. Así es en invierno. Así es cuando recuerdo.
Hace poco regresé al lugar del origen y no pude resistir darme un paseo por los abandonados juegos que hay en el mercado donde mi abuela solía vender zapatos. También pasé enfrente de la escuela, ha cambiado mucho. Me gustaba mi escuela cuando era de color rojo sangre, un rojo oscuro y oxidado. Ahora la han pintado de verde metálico y al mirarla así me costó trabajo recordar como era cuando bajaba las escaleras corriendo, cuando me paraba en el barandal para mirar a la gente desde arriba (a veces lo hago en la UNAM, a veces lo hago en la azotea de la oficina, un cigarro en la boca.)
Me metí al mercado y muchos de los señores y señoras que conocí en mi niñez, siguen en sus puestos, vacíos, de poca gente. Ese mercado abandonado, como solía decir mi abuela. El mercado escondido. En ese mercado, mi abuela podía vender tres o cuatro pares de zapatos al día… ya tenía a sus clientas, cuyos nombres siempre llevaban el prefijo de Doña.
Y ella era Doña Mary.
Doña Mary era fanática de Isabel Pantoja, Fausto Pappetti y Raphael. Antes de llevarme a la escuela, escuchaba canciones como Se me enamora el alma, o Us and Them o tal vez, En Carne Viva. Cada vez que las escucho, no evito regresar al mercado abandonado, situado en el centro de la tristeza humana.
De pintura vieja y juegos que usaban yo y un par de niños más. Los columpios, que raramente arreglaban. Los otros niños y yo rompíamos tan pronto estaban arreglados.
El pasamanos me ayudó a sentirme hombre: grande y fuerte. Recuerdo muy bien que me había dicho que sería grande el día que pudiera pasar el pasamanos sin ayuda de nadie, yo sólo, sin nadie mirándome.
Las canchas de basquetbol. Jugaba basket porque mi tía lo jugaba y quería también atinarle a la canasta como ella. Pasaba mucho tiempo con mi tía Imperio… también miraba los juegos de basket como ella, y los dos les íbamos a los Angeles Lakers. A mi me agradaba un jugador en particular sólo porque tenía unos googles redondos.
Lo mejor, era cuando iba a la tiendita y me compraba una coca cola en bolsa y unas fri-tos. Subía la resbaladilla y después, me quedaba ahí sin aventarme. Tomándome mi coca y comiéndome mis fri-tos: observando el mercado abandonado como un espectador, nunca un participante.
Hasta que el viento soplaba y me movía levemente. Como un árbol que se niega a dar fruto en invierno.
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Noviembre 15, 2002 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Día 38
Querido diario:
Si pudiera transmitirte el cansancio que siento y la cantidad en que mi alma se ha consumido en nocturna eterna, llenaríamos las hojas de aquí hasta la semana trescientos cuarenta y siete.
Quisiera olvidar la pesada carga que traigo sobre mis hombros y tirarme sobre la arena, inconsciente. Purificarme con el agua salada, que escurra entre mis dedos y mis poros, que las estrellas de mar me tomen como una roca más y que los cangrejos hagan en mi su hogar.
Las tortugas me acariciarían con sus aletas y a lo lejos, se escucharía el canto de las sirenas llamando a los viejos marineros que fuman su pipa y tienen los ojos nostálgicos de Marcela, Mariana o María de la Paz. Abandonar toda esperanza y enterrarme los kilómetros necesarios, para que un niño me recuerde con un castillo de arena que pronto será demolido por las olas.
Que los delfines se burlen de mi y me hablen en su idioma secreto y yo me burlaría de ellos al ver la orca gigante que está esperándole con los dientes afilados. La naturaleza pasaría, la brisa correría a toda velocidad por toda la playa y las gaviotas cagarían sobre mi cuerpo recién limpio. Así, así que pasé el tiempo, así quiero olvidar.
¿Qué será, qué será?
Día 39
Ayer conocí a Nadie, él me saludó, yo lo saludé, nos dimos un fraternal abrazo como amigos que se conocen de años y platicamos de política, cine y rock’n’roll. Nos fuimos a tomar un café en la colonia Condesa y escuchamos a los Papel Arroz cantando con armoniosa voz y talento. Disfrutamos también de un par de cervezas y luego fuimos a caer a todos esos lugares de moda en dónde las jovencitas visten tops y minifaldas y se dedican a divertirse tal vez inocentes o con alguna idea de que los pescadores silbaban nerviosos en silencio esperando alguna que mordiera la carnada.
Así pasamos nuestro día Nadie y yo. Y por la angustiosa necesidad me di cuenta que Nadie me abrazó y me besó.
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