Noviembre 7, 2007 — Despertares, Howl, Los malos días, Olor Gestalt, Paranoidefobico.
Escrito por Agustin Fest.
Al abrir los ojos, a las tres de la mañana, quien sabe donde, había una taza de café caliente frente a mi. Olía bien. La mesa era de madera, sin barnizar, seguramente comprada de segunda mano o cargada por su dueño en todas las mudanzas. Me recordó a la mesa grande de mi abuela. Aquella mesa que se llevó aún cuando la corrieron del departamento. Miré a mi derecha. La cocinita, tal vez algo más allá, un poco de imaginación y tenía una azotehuela. Miré a mi izquierda. Paredes color mostaza, fotografías en blanco y negro, borrosas, urbanas, comunes. Esas fotos que todos los aspirantes a fotógrafos sacan en sus primeras exposiciones, orgullosos e ingenuos, y esperan vender en precios muy humildes. El techo era blanco, sin albur. Las luces empolvadas. Una ventana detrás de mí. No había luces que me dijeran donde estaba, y las estrellas, bueno… Ciudad de México, smog, gracias. Llevaba la chamarra café y forrada, calientita. Recuerdo que había dormido sin playera antes de saber que la traía. Jeans. Ténis. ¿De verdad me atreví a salir tan noche? ¿De verdad no me ganó la hueva? Resoplé. El celular no se equivocaba: Las tres de la mañana.
Una de las cuatro sillas, cargaba orgullosamente en su respaldo la blusa y la falda de hacía unos días. Asentí lentamente. Revisé el celular de nuevo. Un mensaje en las notas: “Te hice café porque sabía que lo apreciarías con este frío. Por favor, habla con ella. Necesita consuelo”.
Habla… con ella. Me olí las manos. No… me ví las manos. Olían como aquella vez. Olían a una mujer de paredes de mostaza y fotografías en blanco y negro. Su sangre estaba entre mis dedos. “Necesita consuelo”. Alcé mi taza de café y me lo tomé lentamente. De verdad hacía frío. De verdad, consuelo… el camino del cempasúchil, guiarla al mundo de los muertos. Un hacha para partirla en cachitos. Seguro el hijo de puta la había matado y el consuelo, era dejarme el trabajo de esconder sus porquerías. Hijo de puta, pensaba, mordiéndome el labio, apretando los dientes, pero sin decir una sola palabra y tomándome el cafecito, creyéndome la gran señora de dignidad y decoro. Dejé que pasara el tiempo, a ver si me daba sueño otra vez. Mi celular no mentía: tres treinta y dos de la mañana. Mi taza de café a tres cuartos. Fue cuando escuché los sollozos y sentí un alivio superficial.
La pared mostaza se partía en un pasillo. Seguramente ahí estarían dos habitaciones y el baño. La cocina, en el pasillo a mi derecha. Practicaba mis dotes de arquitecto mental porque buscaba atrasar lo inevitable. Obvio. Estaba rico el café. Hijo de puta, seguro tiene una casita de café y así mantiene mis ingresos intactos. Me levanté de la mesa y caminé hacia los sollozos, el pasillo del general mostaza. Yey. Paso tras paso, aumentaba el volumen. Una habitación con la puerta entreabierta, un baño, y atrás una minicocina. Seguro no pagaba mucho de renta. Si pagaba más de tres mil pesos le estaban robando. Tenía la taza de café todavía en la mano. Olía rico, sabía rico, sabía metálico, sabía sangre, olía sexo, empujé la puerta.
Una mujer estaba sobre la cama, llorando… y riendo a la vez. Me confundió tanto, pero ya era tarde… cualquiera que fuera el lío, estaba con la mierda en el cuello, y bueno.
|
Tags: cachonderías, café, dividida, escenario, mensajes, miedo, Muerte, olor, personalidad, sexo
Octubre 26, 2007 — Despertares, Olor Gestalt, Paranoidefobico, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
En la mañana, me habló un policía y me hizo algunas preguntas. Estaba tan dormido que las respondí honestamente—. Estaba durmiendo detective. He dormido toda la noche. Sí, mi hermano puede atestiguar al respecto. No. No he salido de mi casa desde ayer… aunque, ayer salí tarde del trabajo. Pero en mi trabajo también pueden hablar con usted, estuve ahí toda la tarde/noche. No se preocupe. Gracias, hasta luego, buendía, bostezo —Me hundí en las sábanas e intenté dormir de nuevo, cuando un intenso olor a sexo penetró mi naríz y no pude lograrlo, vaya, ni siquiera considerarlo. Olía como un animal curioseando por la pradera y entonces me pareció molesto. Al olerme las manos descubrí que eran las culpables. Estaba tan cansado ayer que ni siquiera consideré la chaquetita diaria y la verdad, es que no había tenido sexo desde hacía un tiempo. ¿Entonces por qué? Ya acostumbrado, tomé el celular y busqué si me había dejado mensajes. Nada. Leí el cuadernillo y encontré uno—. Yo lo arreglaré, no te preocupes.
Era como los mensajes anteriores, pero con una gran diferencia: Este no sentía que lo hubiera escrito yo, o mi otro yo. No tenía nada que arreglar, y hasta el momento, no sabía que la otra persona tuviera que hacerlo. Además, la letra estaba ligeramente inclinada y las a’s eran distintas porque en vez de pancitas y fleco, eran unas panzotas, como las que escribía de niño. Las g’s y las j’s estaban garigoleadas, la letra más unida. Era mi letra, pero no la era. O más bien no era… pero podría serlo. La verdad no lo sé, ya no me asombra, ni me confunde, sólo alimenta un poco mi curiosidad. Que los mensajes aumenten su presencia sólo me parece que resta su importancia. Si la persona que está tomando control de mi cuerpo hiciera lo suyo, no tendría que estar escribiendo estas cosas y reflexionarlo. Que lo haga y ya.
Me levanté a lo usual, chequé mis correos, puse un poco de música, me comí un pan, la rutina. Me quité el sueter porque sentí calor y el olor metálico me llamó la atención. Bajé la mirada y mi playera blanca estaba manchada de sangre. Fui al baño para verme al espejo y debajo de la naríz también tenía. La moví y estaba en su lugar. A no ser que me hubiera golpeado con el mueble mientras dormía, la falta de potasio para la hemorragia nasal o que hubiera mostrado un gran poder telequinético (como en los anime, sí señor), no había pasado nada. Mi playera blanca también estaba manchada de sangre. Hice un recuento: No me dolía nada, no había entrado en ninguna pelea, no olía alcohol y no sentía los efectos de alguna droga (que conociera). Todo estaba en su lugar. ¿Maté a alguien? ¿Me había llamado un detective, o me lo inventé como una transición al despertar, después del sueño? No, si de algo estaba seguro, es que yo o cualquiera otra de mis personas, era lo suficientemente temeroso del Señor como para tocar a alguien.
Me soné las narices y me bañé. Maldito olor.
|
Tags: cachonderías, cotidianidad, despertar, higiene, letra, mensaje, olor, sangre, sexo
Octubre 9, 2007 — Casting, Niño viejo.
Escrito por Agustin Fest.
Los bebés, pequeños animalitos de ternura que se arrastran en sus patas y manchan sus ropas, fábricas de saliva-vómito-miados-y-otras-cosas. Bebés cuyos ojos son proporcionalmente más grandes que el resto de su cara y ríen de todos los chistes, excepto los que cuentan sus padres. Bebés… rosas, azules, verdes, alienígenas, con dos piernas y dos brazos, ojos claros o cafés, casi sin cabello o demasiado cabello para su bien (seguramente adultos estarán calvos… maldición, creo que soy uno de esos). Bebés que se llaman Ian, Javier, Alejandro, Jorge, Mayté, Atena, Erida, como su padre o su madre. Los que saben caminar berrean cuando los abrazan, los que no saben caminar berrean cuando los bajan. Bebitos de cabezota pesada y que los arrastra al centro de la tierra, para que se los chupe la bruja y se ría suavecito en sus orejas. La doble B, de baboso y brutal.
No puedo negarlo, me ponían de buenas y si alguno se atrevía a extender sus manitas para que lo cargara, lo llevaba en mis brazos mientras manejaba la cámara y hacía el casting a la madre. Dos de cincuenta. Otros dos lloraron tan pronto me vieron. A los demás, parecía serles un objeto más en este mundo. Un tipo detrás de una cámara chupándoles el alma. Invariablemente se reían cuando les decía “Quíhubole” o “Quepachó”. Otros más seguían mis dedos cuando les señalaba la lámpara o el ventilador. Muy pocos respondieron hola y adiós. Seguro todos pensaban—. Este esta más baboso y bruto que yo y quiere que me ponga hacer lo que mis tías gordas siempre me piden. Una bebita me señaló y dijo: “Gua gua”. Ese momento era el de mi humor de perros, supongo.
Lo más divertido, de algunos bebés, eran sus madres jóvenes. Ejemplos verdaderos de MILF. Algunas de sus mamás tenían mi edad o incluso más chicas. El problema cuando tienen un bebé, es que, pues, ya no pueden engañarnos con el mito de la virginidad, ¿verdad? y toda clase de historias pueden ocurrir en la cabeza de uno. Sí, bueno, seguramente los bebés tienen un padre pero eso no es lo importante. Señor, no. Lo importante es cuando incluso en pants todavía se ven antojables y los pechos cuelgan más naturalmente porque estan cumpliendo la función de amamantar (y no al señor que desearía ser amamantado, lástima). No me malinterpreten, con todos los bebés me porté naturalmente amable y caballeroso. También con sus mamás. Pero con las MILF, se me escaparon unas miraditas que mejor me dedico a trabajar en otra cosa que no sea esto.
Igual no estaría tan cansado si sólo hubieran sido mamitas, pero también hubo mamotas. Sigo repitiéndolo—. Deberían regalar condones en las esquinas. Hoy me topé con familias de tres a cinco chamacos. (Una de seis, según mi informante. Honestamente yo no la recuerdo). Haciendo cálculos a ojo de buen cubero, al menos tomé video a veinte o veinticinco de estas familias. ¿Por qué a todos? El casting es para bebés de 3 meses a un años y medio. Niños de 3 a 6 años. Niños de 10 a 15 años. Chavos de 16 a 25 años. Adultos de 25 a 45 años. Mayores de 50 a 60 años. El casting es para todo México. En la sala de espera un infiernito. El foro un trabajo seriado.
Los bebés son un pequeño descanso en el mundo de falsedad. No conocen las mentiras y las pequeñas cosas que aprenden, las hacen para regalar y como un condicionamiento, sin intenciones malignas aún. Alguien debería empaquetarlos y venderlos como jabón. Incluso su vómito huele bonito.
|
Tags: bebé, bonito, Casting, Familia, madre, MILF, Naturaleza, olor, reacciones