Porque ir a la oficina en día festivo es una caja de sorpresas.

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Algunas veces, es imposible la seriedad perpetua. Me levanté temprano y compartí con mi familia. Después fui a la oficina para darle un juego a mi jefe. Después de dárselo y platicar un rato, salimos a comer. No había visto el pedazo de plástico “carnoso” cuando llegué, pero si cuando salimos Jorge y yo. Esa cosa tirada frente a nuestra puerta, saludando. “Una despedida de soltera”, dice todo mundo. Yo sólo atino a pensar que estuvo en lugares innombrables. Mi jefe se tomó la molestia en dejarlo paradito frente a la oficina, aunque cayó poco tiempo después. —Hombre debía de ser —dirá alguna mujer listilla.