…de suicidio, la señora se ve más débil. Triste. Recuerdo cuando la miraba antes, una mujer robusta y enérgica, como una mujer vikinga. Luego su hija se tiró de la ventana y dejé de verla mucho tiempo. Una vez me la encontré, ya con el cabello corto, cuando solía traerlo largo, y descuidándose las canas. Igual de grande, pero se movía despacito. Me parecía que le pedía algún titiritero jalaba sus hilos simplemente para no quedarse quieta. Me gustaba mucho su hija, antes de que intentara suicidarse. Me parecía una de las morenas más bonitas que había visto. La hija regresó, en muletas, también con el cabello corto. Su hermana y dos amigas revoloteaban alrededor de ella como urracas para hacerle reír. Quien sabe a cuantos habrá espantado. Al menos a mí, me espantó el deseo. Es uno de los pocos recuerdos ajenos a mí, que me causa tanta impresión. Me mudé después a Palenque, y pasé un buen tiempo sin ver de nuevo a la señora vikinga. Ahora que he regresado a la Unidad, todavía la veo, parece moverse un poco más rápido, pero sigue con las canas y los ojos apagados. Así descubrí que un suicidio no sólo mata a una persona.
Desde el intento…
Julio 17, 2007 — La Unidad, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Mirar la lluvia, y nada más.
Abril 3, 2007 — Casting, Del deber ser, Escribir, Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Lo malo de tener un blog personal, es que escribes joyitas como esa: “Estoy mirando la lluvia, y ya”. La sublimación de estas líneas, se ha dado gracias al nuevo servicio del que media blogósfera habla (Twitter). En 140 carácteres, es más que suficiente para hablar de la lluvia. Podría hacerlo y evitarme el ejercicio del día de hoy, pero esta vez me da flojera abrir la página y escribirlo. La ventaja es que en el blog, puedes hablar de los truenos y las gotas que se unen a las hojas de los árboles. El sonido de las llantas de un coche cuando serruchan las gotas de lluvia. Los cuadros efímeros que se forman cuando las gotas aferran su vida a los vidrios. Es una imagen fascinante, ver las esferas de hidrógeno… no en balde hay tantas fotos de aquel fenómeno cotidiano en flickr. Y pensar que hace un momento había un sol primaveral. “El clima esta loco”, me comentó Ricardo. “Pues el calentamiento global, a huevo, ya nos chingamos la tierra”, respondí burlón.
Seremos tan importantes como para chingarnos la tierra. Si acaso, estamos destruyendo modos de vida… lo hemos hecho constántemente. Estamos deshaciéndonos de comodidades al consumirlas, como los arbolitos o el agua potable. Cositas así, que sanarán cuando ya no abusemos de ellos. No somos tan importantes. Finalmente este pedazo de roca donde caminamos, tiene sus propias reglas y sus fórmulas. Hará lo necesario para seguir existiendo hasta que termine su ciclo, aún si fuera un enorme asteroide. Somos un ciclo dentro de un ciclo.
La lluvia arreció, la lluvia amainó. Todo en cuestión de minutos. La vecina de enfrente, por alguna razón salió con su escoba. Imagino que deseaba sacar el agua de su casa o esta limpiando. Como para escribir un cuento de aquella señora, con el cabello rubio a huevo y su piel morena, sus mayas de tigre y su blusa blanca, los lentes oscuros descansando en su cabeza. Dicen que durante años, cuando llueve, barre los pasos de sus amantes: “No sólo así se va el agua, sino las memorias”, le dirá coqueta al jardinero que le arregla las plantas. La señora barre y barre, mientras espera a su marido, el señor del taxi tsuru… un hombre blanco y robusto, que suele usar guayaberas en todo tipo de clima. Tal vez un recuerdo de algún estado del sureste. Un verdadero chilango. El señor a veces llega tarde y algunas veces se va de madrugada.
Que poético se pone uno con la lluvia. Debe ser por el ritmo de los golpes del agua contra los techos. Cuando uno vive con ritmos, es evidente que quiera escribir con ellos también, o pintar o esculpir, o diseñar. Yo solamente me tomo mi café y sigo mirando por la ventana. No sé escribir ritmos, no tengo oído para eso. A veces me sale una que otra cosa, pero es porque me siento como adolescente enamoradizo y pienso erroneamente que escribirlo y compartirlo es válido. Nada más alejado de la verdad porque sé que no soy poeta, ya no soy adolescente, soy sordo para el tono y aunque puedo enamorarme, la verdad prefiero mi amargura y mi neurosis puntillosa (es más divertida). Tengo la gracia para escribir cositas en prosa, pero no soy poeta. Eso me duele un poquito porque a los poetas les recuerdan. Uno se aprende de memoria la poesía para recitarla en los momentos precisos: enamorar una chica, empezar un discurso, discutir una banalidad, contar un chiste o una perversión, etcétera. Pero pocas personas se toman la molestia para aprenderse la prosa y no tiene mucho sentido aprendérsela… porque la prosa no sólo es lenguaje, es un hilo de pensamiento con cada párrafo y ese hilo conecta con los demás párrafos, algo como una bola de estambre, es tejer un sueter en vez de un pañuelo.
La lluvia esta peleándose con la electricidad. Unos cables han soltado chispas y lo he visto brevemente, por la comisura del ojo. Alguien me ha llamado por la ventana y me asomo cual Romeo. “¿Quieres algo de la tienda?”. Lo pienso en menos de un minuto: “Cigarros y coca cola”. En la mañana pensé en mis pequeñas adicciones. Siempre había pensado que necesitaba reemplazar una adicción con otra, para engañar a mi organismo. Por mero ejemplo, intercambiar los cigarros por agua. Si, totalmente absurdo, pero recurrente, varias veces lo habíá pensado. Hoy fue distinto porque me di cuenta que acumulo mis manías. Si me hiciera adicto al agua, no solamente la bebería como desquiciado, también fumaría mis cigarros y bebería coca cola. Es la mala fortuna de los obsesivos, neuroticoides y megalómanos.
Me asomo a ver el video, las tetas de una venezolana se mueven al ritmo de una canción, su cabello… larguísimo, se mueve con el aire y brinca, brinca. Afuera ha dejado de llover. Ella da vueltas y sonríe. Afuera, ya casi no se escucha a los coches derrapando. Sonríe coqueta a la cámara, una rola ochentera suena en algún ipod, mejor me voy a trabajar.
El trabajito de recepcionista, (yay).
Marzo 30, 2007 — Casting.
Escrito por Agustin Fest.
11.19: Estoy en la computadora, esperando nada. Un modelo se acerca a payasear, a platicarme como este lugar suele ponerse como metro. Otro se acerca a mirar la lista por el monitor. Me incomoda que me cachen escribiendo esto, aunque es nada. Se escucha la puerta, no ha llegado nadie más. Llevo anotadas alrededor de 20 personas. Un niño de tres años corre por ahí y hace demasiado ruido. Tocan el timbre.
11.23: Llegan dos personas. Una mujer de veintitantos y un hombre en sus cuarentas. El hombre es chistoso, character, de esos hombres que utilizarías en uno de esos comerciales divertidos. Se disculpa porque no se sabe el número de su celular y me hace esperar un poco. Los niños a mi izquierda juegan con las máquinas de dulces y chicles. Probablemente van a descomponerlas. Sale alguien del foro, entra otro más y yo llamo al siguiente para que espere frente a la puerta. Los niños continuan corriendo. Tengo enfrente a una mujer con minifalda y con mayas ochenteras, hasta las pantorrillas. ¿Por qué acostumbran a hacer eso? Nuestras miradas se cruzan brevemente y le sonrío. El director de casting sale del foro tres, deja a su asistente adentro. Tocan el timbre.
Grupos de Gente…
Enero 20, 2005 — Fractal Chaos.
Escrito por Agustin Fest.
Soy de esos tipos que no pueden soportar grupos de gente. En algún lugar donde haya más de tres personas, incluyéndome a mi, platicando… me quedo callado y en algún momento, estoy esperando a que todo termine para quedarme solo. O esperar una hora cerrada (no 9.07, no 3.43, no… tiene que ser 9.00 o 4.00, y si quiero retar mi espíritu supersticioso cabalístico, 3.30 [Aunque suena más interesante 3.33]).
Desde chiquillo soy así, cuando las reuniones se tornaban aburridas y se ponían a platicar, y no había esperanza de juegos o de pasarla bien o de saber de que demonios estaban hablando, tan sólo quería salir corriendo. Aún tengo el impulso de escapar a un parque, sentarme a lado de un indigente y mecerme adelante-atrás, como niño chiquito cuya hiperactividad ha sido controlada con ritalina. (No tanto así, pero soy famoso por exagerar las cosas).
Aunque también, debo admitir que la gente acaba con mi humor. La gente en general. Soy medio anarquista, medio sociópata (Paréntesis de esos que me gustan, gustan: me caga el término antisocial, porque ya lo usan todos los adolescentes desde que existe Daria, aunque no se den cuenta de su falta de “antisocialidad”) en ese sentido: No soporto grandes grupos de gente cuando no voy de humor para soportarlos. Cuando es un compromiso el presentarse, cuando es algo que debe de hacerse, entonces empiezo observando… es para aliviar mi tensión, el stress que significa estar entre un grupo de conocidos o desconocidos o muy desconocidos. Los observo y me aprendo sus ademanes, identifico sus tonos de voz, me los imagino en discusiones, contando un chiste o mintiendo y hago un collage de los movimientos de sus hombros, con como alzan las cejas y se limpian la nariz, al decir una frase determinada. Entonces, me hago una anotación mental (de esas que olvido), prometiéndome que utilizaré algo de eso para crear un personaje. Suena divertido, ¿no es así? Es un placebo delicioso para evadirse.
Sin embargo, si eres un neuras como yo… no dura mucho tiempo y las otras dos horas de reunión, lo siento amigo, tendremos que chutárnoslas solitos.
Botella de agua
Noviembre 18, 2003 — Vida diaria.
Escrito por Agustin Fest.
Botella - Bonafont.
Observador
Mujer leyendo
Suelta la botella.
La sostiene entre sus piernas.
Distintas posiciones.
Distintos juegos.
Susurra algo.
Expresión seria.
Incomodidad.
Distracción.
Mira al frente.
Mira a los lados.
Sostiene la botella entre las piernas, la aprieta.
Enrosca dos dedos alrededor de la tapa,
el resto descansa.
La toquetea, la toquetea.
Un dedo y luego los otros.
Como el piano, como el hartante.
Posición incómoda, mano hacia abajo.
Botella mirando al techo,
dedos mirando al asiento.
Quita la botella, la pone en su rodilla.
La palma, en la tapa.
La palma se enrosca, se enrosca.
Hace círculos cariñosos después,
toca la cabeza de un niño.
Palma en círculos, baila la botella de agua.
El agua se extiende, adentro hierve.
Se alza de un lado a otro.
La tormenta perfecta se queda pendeja.
Mira que miro la botella.
Se hace la interesante y me río.
No te estoy viendo a ti, le sonrío.
Estoy viendo la botella.
Muy inquieta eres con el agua.
Aquí me bajo, ya puedes quitar la cara.
Pobre botella… pobre, pobre botella.
Moinar
Mayo 15, 2003 — Niño viejo, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Analizando el tiempo relacionándolo con el número de rostros que vemos, nos damos cuenta que el tiempo ha pasado rápido y en sí, abundante. ¿Por qué entonces se siente que pasa tan lento? ¿Han pensado, por ejemplo, en los cerillos de los supermercados? Un ejemplo sencillo y rápido… mi madre y yo nos vamos de compras cada segundo fin de semana, siempre que voy, trato de grabarme los rostros de los cerillos que miro guardando las bolsas o sentados en la banca esperando su turno… nunca he visto que sean los mismos y francamente, no he llegado a reconocer sus rostros.
Se vuelven como gotas de agua, las caras que has mirado… las gotas de agua que llueven. Todas son iguales y al mismo tiempo, no lo son… sus efectos son diferentes, las ondas que producen en los charcos o en un gran mar, como se tornan en rocío o en aguas negras, el agua que cae y que nadie mira caer, mas que sus otras compañeras que caen con ellas y probablemente se unan, hasta que se dividan por las ramas de un río al que fueron a dar.
Relacionando el tiempo así, me pregunto cuantas personas todavía recordarán mi rostro. Peor aún, las gotas que me han acompañado en otras etapas ¿se acordarán de mí todavía? ¿O habrán envejecido tanto como yo, qué he mirado tantos rostros y siento que el tiempo abundante fluye de manera inevitable…? Como en una cascada.







