Árbol de Cerezo.

Cajas se apilaban en la sala
llenas de recuerdos, libritos viejos,
santos, telas, recibos de bancos
y las anécdotas de mi abuela.

Feliz, recogí sus fotografías,
sus pinturas de hormigas y flores,
sus cuentos de deberes y amores.
Guardé las hojas que dejó vacías.

Ella aprendió a escribir sola.
Su letra descuidada, errática.
Seguido pedía perdón por eso.

Guardé sus arañas en una bolsa,
la noche a su paso, nostálgica.
¿Qué ruido haces, árbol de cerezo?

Personaje estructurado.

El arte malo es más trágicamente hermoso que el buen arte porque documenta el fracaso humano. Tristan Rêveur..

Al regresar a este trabajo, aún cuando tengo menos responsabilidades, me recordó partes fundamentales de mi persona. Desde el ambiente multicultural (con su variedad de acentos y educación) y las experiencias de épocas varias, hasta pedacitos de como me comporto cuando se trata de responsabilidades y mis sueños aspiracionales (un poco distintos al que se esperaría de un mundo publicitario, pero sueños al fin y al cabo).

Cualquier trabajo, para hacerte feliz, debe ofrecer estos sueños. Desde un burdo “quiero dinero para…” o “me gustaría trabajar para estos proyectos y ganar un poco más”, hasta los grandes como “quisiera hacer casting para películas extranjeras” o “desearía abrir mi propia castinera”. No en balde, la pobre muchacha a la cual reemplacé, sin experiencia alguna en computadoras o habilidades secretariales, se vio totalmente perdida cuando un hombre que había trabajado para varios programas de TV Azteca se paró frente a ella y preguntó por el foro para entrar al casting. Un sueño con patas. No pudo conservar la compostura y paró el flujo del trabajo simplemente para tomarse una fotografía con él (hermosos los celulares). Más tarde (mucho más tarde), se acercó a la directora de casting para pedirle su número de celular porque deseaba invitarle a cenar. Obviamente no se lo dieron y la corrieron muchos kilómetros a lo lejos.

Mis aspiraciones son sencillas, tan sólo quiero un poco dinero para el casorio. Eso y otro trabajo que tengo por ahí (la entrada fuerte), ayudarán a un buen inicio, o al menos, para una excelente luna de miel. Recuerdo aquellas noches de desvelo, mientras cortaba material y guardaba otro tanto, mientras armaba las ediciones y arreglaba sus computadoras, y otro par de cosas más… con un poco de nostalgia, me recuerda como hace cinco años era más ambicioso, más creativo, más extraño y algunos dirían que más pedante. A veces lo añoro, pero con eso basta.

Si me preguntaran cuales son mis sueños, los de verdad, diría que es una casita en alguna playa (no importa si es una choza o un cuadrito hecho con ladrillos), una mesita plegable y disfrutar un sano retiro, con la buena mujer a un lado, solecito y arena.

Me interesó en algún momento ser un escritor de mainstream o incluso, de alguna elite cultural (si eso existe), tal vez todavía persiste en alguna parte de mi espíritu… pero si eso no me llevara a morir tranquilamente en la playa, puedo abandonarlo y seguir escribiendo en un cuadernito. Tampoco me ha interesado trabajar en el cine o en el modelaje (adelgazar y cuidar la dieta, exige demasiado para un muchachito que un rato se murió de hambre) y las nalgas de una vieja son algo que se pudre, como toda la carne, como mi propia carne. Tantas mujeres he visto pasar en estos pasillos en todos sus niveles. Mujercitas de 10 que de un día a otro tienen 15. Mujercitas de 28 que aparentaban 33 y a sus 33 intentan desesperadamente aparentar 28. Los hombres me parecen más patéticos todavía. En días de lluvia, este es un mundo muy triste, como el mundo que se aprecia cuando viajas junto a otro en un camión o en el metro, porque ves las edades, ves los sueños esfumarse de los ojos de un minuto a otro.

La vida inmediata puede dar giros inesperados (me largué a otro país, conseguí un trabajo que nada tiene que ver con mis estudios, nunca esperé pertenecer a una institución de caridad), en todos los lugares, en todos los tiempos, del mundo… sin embargo, el fin es invariablemente el mismo. Si algo quisiera elegir para mí, dentro de toda la vida que aún me guarda y me espera, es dónde voy a morir. Si acabo en un departamento húmedo, lleno de periódicos, mirando nostálgicamente por la ventana concreto trás concreto, deseando haber estado en esa playa, le pediré a quien me acompañe en mis últimos momentos que me cuente de esa playa que tanto escribí, que haga el ruido de las gaviotas y de las olas, que me platique de cuantos metros cuadradas es mi casita, y el color de mi sillita plegable. No hay nada que pueda vencer la imaginación del hombre cansado y fracasado.

Si todo saliera muy mal, si esos giros inesperados concluyeran en mi soledad, tendría una revista de viajes a un lado y esperaría tranquilo, sentado frente a la mesa y con un cigarrillo consumido en la boca, el momento de abrir sus páginas y largarme de una vez.

Parkuk.

En este departamento no se puede fumar porque uno de los tíos es muy sensible con los olores y es bien sabido —no por los propios fumadores—, que el olor del cigarro es, pues, bien pinche apestoso. Así que para conservar la santa calma, la paz y la estabilidad en las relaciones diplomáticas, salgo a fumar un cigarro a la entrada del departamento, la cual esta enrejada. Viví en esta Unidad durante creo que unos diez años, hasta que me mudé a la Narvarte y ahora que estoy de vuelta, siento que han pasado otros diez años. Algún día entenderé porque mi percepción del tiempo es tan particular (una manera de decir “mamona”) y porque siempre soy un anacrónico con la sociedad. De todas maneras así lo disfruto… la anacronía en mí, es una nostalgia hasta porque pasa una mosca, vieja compañera, y es un mal necesario, al menos para alguien que gusta del arte o se la vive coqueteando con él. Sufrir de nostalgia y melancolía es parte de mi misma vida.

La anacronía es una enfermedad depresiva y a veces, en ella se consigue el éxtasis iláptico (el lector avispado se dará cuenta de la redundancia, de la constante redundancia). Una sensación que todo esta bien… como maniático hay que vivir.


La oración anterior contiene muchas palabras domingueras que se leen mejor si no se sabe que son y finalmente, utilizo las palabras sin la seguridad de saber que son y me guío al como y que me suenan. Sólo cuando “escribo en serio”, voy corriendo a la RAE para que me ilustre, ya que no tengo varo, ni ganas verdaderas, de comprarme un Corominas. Y vamos, para mi no hay de otra, a veces me dejo llevar por el sonido de las palabras e invento cosas, me procuro un bonche de antítesis, contrastes y paradójas que un lector cuidadoso hará bien de tirar a la basura y decirme—: Cabrón, me estas cantinfleando.

La anacronía, mi santa madre o santa muerte, desprecia el verdadero significado de las cosas.


No fue hasta muy tarde, ya algo crecidito (para mis estándares anacrónicos), que me enteré de la importancia de la identidad. La identidad nacional, la identidad individual, la identidad social, la identidad familiar, la identidad etcétera. O tal vez estaba muy consciente de su importancia y es por ello que me dediqué a moverme entre varios círculos sociales / núcleos familiares / juegos relativos interpersonae, siempre jugando el papel de la ambigüedad o del guasón (reemplazo con facilidad la carta que te falta, Ma’ killin’ jokee). ¿Estaba la gente igual de consciente que yo de su propia identidad? Mis compañeritos de juegos en el mercado, las marchantitas de los puestos y los amiguitos de la escuela. Ser parte del ejercicio escolar de llevar la bandera, robarse los jimanes de un niño más chico que tú o alzar la mano para demostrar que eres un sabelotodo. Ñoño mamón, lángara noble.

La anacronía exige el olvido del sí mismo para la constante búsqueda del ego. Exige una ambigüedad natal, un quiebre en una o todas las identidades, depende del sabor de tu helado.


De igual manera, un anacrónico no pertenece a ningún lugar, no importa si es un nómada o un sedentario. Para el anacrónico no existe nada definitivo, aunque siempre esta pidiendo un sí o un no. El anacrónico habla en blanco y negro, cuando todo lo ve a colores. Un anacrónico no pertenece a nadie, aunque este sumergido y disfrute plenamente del juego social. Un anacrónico mira lo que todos no ven, lo que no existe ya en el presente, porque siempre oscila entre el pasado y el futuro. El anacrónico huele su propia mierda antes que todos los demás, porque esta consciente que cualquier dedo suyo puede mover las olas del tiempo.

Una anacrónico sabe que todos vamos al mismo lugar, que todos nos vamos a morir y no hacemos nada, somos niños jugando en lo que papá nos manda a chingar a nuestra madre o a dormir.


Eso pensé, entres mis dedos izquierdos se consumía un cigarro. Mi palma izquierda sostenía un cacto [Bob] que roncaba inquieto. Enfrente la reja del departamento, un silencio sepulcral de vecinos durmiendo o que no han llegado del trabajo. Soy una carta de Tarot. Tal vez la vecina de enfrente, una alta y delgada, morena, con cara de mosca muerta y “yo no cojo por placer, sino por merecer”, me dedicó una breve mirada de desprecio por fumar en mi jaula antes de encerrarse en su departamento. A mi derecha, en un espacio entre departamento y otro, un lobo encadenado con oro (apostaría que de alguna montaña), de pelaje rojo, me miraba fijamente. Un lobo… un cacto… un cigarrillo… una jaula… una vecina con caretcétera. Esto se me hace tan familiar, un dejá vù.

El lobo me sonrió, me dio la espalda, se echó a dormir y yo me metí al departamento cuando me terminé el cigarrillo. El cacto seguía roncando y todos duermen, excepto yo, el anacrónico.

Ensalada de la Abuela

Todas las navidades solía haber manzanas, manzanas aquí y manzanas allá, por toda la cocina. Y también había piña en almibar y pollo cocido. Y pasas y mayonesa, un bote gigantesco de mayonesa. Y no bastaba la mayonesa, no bastaba porque mi abuela la usaba toda. Cada gramo de ella.

La ensalada navideña empezaba desde un día anterior.

Agarraba pechugas de pollo gigantescas, que ella sabía muy bien escogía y las desmenuzaba, las desmenuzaba enteritas y las echaba a una cazuela lo bastante grande. Miraba caer las hebras del pollo, uno persiguiendo al otro. No había tiempo, la navidad ya se acercaba y la ensalda lista debía estar. Pechuga uno, pechuga dos, pechuga tres, pechuga cuatro. Mucho pollo. A mi nunca me gustaba el pollo y mi abuela muy bien lo sabía, pero esta era su ensalada navideña y así era como iba. Y es que la ensalada en ese tiempo era para catorce personas, luego fue para diez, luego para siete y finalmente para cinco. Y luego ya no quedó personita quien hiciera la ensalada, y los cuatro restantes olvidaron la ensalda, pero esa es otra historia.

Entonces sus manos llenas de arrugas y de tierra trabajo; y de vendedora trabajo; y de siete niños trabajo; agarraban las latas de trocitos de piña con almibar y se ponía una mano en la cintura y miraba el abrelatas esperando. Nunca fue cursi y nunca dijo: “Paciencia y amor en la cocina”, de eso me daré yo el lujo. Así descansaba ella, mirando el abrelatas, mirando el carrusel de piña. Eran una lata, dos latas, tres latas y todas iban a la cazuela, retiraba el almibar y dejaba los pedazos de fruta dorados y desnudos, junto al pollo. A veces hacía la trampa diabética y se comía uno, dos, tres pedacitos de piña. Pero no importaba, esta era su ensalada y como quería ella la hacía.

Quedaban las manzanas y las manzanas era lo más difícil. Agarraba a sus tres hijas y ¡órale! ¡A pelar kilos de manzana! Y yo veía a la manzana siendo desgarrada finamente, la cascara saliendo del cuchillo como un papel muy delgado y dulce. Casi siempre fue papel verde, a veces si quería hacerla más dulce, era papel rojo. Ahí iba, papiro tras papiro de fructuosa y dulcería, juntándose en la mesa de la cocina. Primero, solía juntar toda esa cáscara y la tiraba a la basura, harta ya estaba de las manzanas. Más tarde, descubrió como observaba yo las cáscaras y me acercaba y me las comía. Me comía todos los papeles rojos y verdes, me los comía hasta saciarme. Mi abuela alzó una ceja y comprendió, ya cada navidad me decía: “Agustín, te guardé las cascaras, son todos para ti y para tu hambrita”. Me comía las cascaras y miraba las manzanas en cuadritos, con el hábil cuchillo de la abuela volando con destellos plateados, tac tac tac era el ruido que hacía. Después acababan todos en la cazuela y poco faltaba, ya pronto ensalda habría.

Lo más fácil era la mayonesa. Habiendo los ingredientes básicos, le echaba toda la mayonesa. Uno, dos o tres botes. Dependiendo de cuanta gente comiera. Toda la mayonesa en las cazuelas. Entonces revolvía, revolvía. La ensalada blanca navideña de mi abuela. Daba giros y vueltas. Entonces dividía la ensalada en dos, porque faltaba el último ingrediente que a mi más me gustaba.

Había gente que no le gustaban las pasas. Dos de sus hijos. Entonces a ellos les guardaba un poco y a todos los demás, les echaba pasas. Pasas por aquí y pasas por allá y a revolver más. Las pasas riquísimas que le agregaban el sabor faltante a la ensalada. Yo me comía uno, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis platos. Y la abuela entonces hacía más ensalada con lo que restaba. Nadie comía tanto su ensalada como yo, lo siento, me encantaba.

La abuela murió y ya no hubiera quien hiciera ensalada. Así intenté hacerla yo, una navidad o un verano, ensalada navideña y algo me faltaba. La probaba y la probaba, algo siempre faltaba. No era el cariño de la abuela, puesto ella indudablemente estaba conmigo, observando a mis espaldas. Era otra cosa, tal vez, ¿qué era, mi querida abuela? ¿Puedes hacer trampa, traspasar el mundo de los muertos y decir? Así lo hizo, despacito acercó su boca a mi oreja, en la forma de una de sus hijas y me susurró el secreto: “A las pasas, en ron debes bañarlas y descansar dejarlas”.

Así lo hice y no quedó perfecta, pero quedó muy buena.

¡Ese era tú truco! ¡Ay abuela, borrachita y tramposa! ¡Ensalada navideña, llena de ron y pasas! ¡Salud por ti y por tu ensalada!

17-21

Ayer, hace seis años, recibí una llamada telefónica que decidiría la persona en la que me he convertido el día de hoy.

Ayer, hace seis años, le rompieron el corazón a un niño y no fue su culpa. No fue la culpa de nadie. No había a quien culpar.

Así que decidió culparse así mismo, decidió cargar con ello durante seis años.

No olvido la fecha, la traigo conmigo. Ayer se me heló la sangre cuando llenaba una poliza de garantía y anoté el número. Curiosamente, estaba llenando la poliza de garantía de un teléfono.

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Despertar como en la Navidad de hace años

¿Recuerdas cómo era despertar y salir de tu habitación para mirar los regalos que te trajo Santa Claus? Se trataba de abrir los ojos y sentir que el frío te calaba los huesos, pero aún así, había un calor recorriéndote el cuerpo. Había ganas de despertar. La realidad se iba formando lentamente, sentías tus manos, los dedos de tus pies, mirabas los muebles a tu alrededor y se hacía una conciencia en ti que te decía: “Estoy vivo”.

Y sonríes.

Sonríes porque recordabas que estabas vivo y era intenso el frío, y era intenso el calor interno. Es cierto… es cierto… fuiste inmortal. En aquel entonces la Muerte nunca había pasado por tu mente. Se trataba de saltar, correr, jugar y gritar. De menear los trastos de metal uno contra otro y abrir la boca tan grande como Mafalda y denunciar a los cuatro vientos la vida que corría como hormiguitas por tu cuerpo.

Hoy me desperté así.

Cuando creces te dicen que la vida es una lucha. Que es importante aferrarte a la noción de que estás vivo, porque en cualquier momento, cualquiera puede aplastarte. Cuando creces, te enseñan la soberbia, la envidia, la lujuria, el dinero. Cuando creces, aprendes que pronto tú tendrás un hogar, una carrera. Cuando creces, te muestran que debes vivir para darte un lugar entre tanta gente.

see myself in the pouring home see the light come over now see myself in the pouring rain i watch hope come over me

La inmortalidad, no se va escapando como agua. No importa cuantas veces te digan, nunca te sientes morir poco a poco. Es entonces cuando creces, ¿no es cierto? Cuando de golpe aprendes lo que es el mundo. Te lo enseñan como la fotografía de un colgado, como escuchar que alguien que quisiste murió, como ver el cuerpo inerte. Así conoces empiricamente el temor a no poder hacerte un lugar, un constante temor a no llenar las expectativas, ya sean las tuyas o ya sean las de otros. Es el miedo de morir. Es el miedo de no ser lo que siempre quisiste o crees querer.

here we are now, going to the east side i pick up my friends and we start to ride ride all night , we ride all day some may come and some may stay

No es tonto preguntarse, ¿qué importa el miedo? ¿o es tonto no preguntárselo? ¿son necesarias las respuestas?

Cambian las perspectivas y los métodos para regresar a la inmortalidad. Unos se hacen los jóvenes de hoy: buscando una fiesta en cualquier lugar, apreciando el dulce elixir que les hace olvidar, pegando sus labios con cualquiera que les haga sentir el alma revolverse en su interior, bailando la música que les promete vibrar. Otros se hacen los artistas de mañana: contemplan la naturaleza en una obsesión romántica, escriben la crudeza de la realidad, deforman la materia con sus impresiones de como debe ser, crean la música que debería llenar el aire silencioso. Unos cuantos más se vuelven los viejos de ayer… y ellos, ellos saben ya que nadie escapa. No necesitan más.

Benditos los viejos que quieren a los niños que no mueren.

here we are in the pouring home i watch the light man fall the comb i watch a light move across the screen i watch the light come over me

El egoísmo nos empuja a todos, en algún momento, a convertirnos en filósofos. Nos volvemos sabios que enseñan a los demás, otorgando respuestas hipotéticas a las preguntas que nos hacemos todos los días. Por medio de palabras y conceptos, adornamos la realidad que nos hizo crecer de golpe y le damos una abstracción de belleza. Una morfina dulce, o delicioso vodka. Los cigarrillos se consumen y repetimos las palabras, se vuelven vacías. Y nos alegramos, al vernos decadentes. Hemos escapado a la vida, efectivamente, no viviéndola. En esa deliciosa amargura nos hemos de consumir y esperemos nos purifique como el fuego de Heráclito, en las llamas del infierno.

here we are now going to the west side weapons in hand as we go for a ride some may come and some may stay watching out for a sunny day where there’s

love and darkness and my sidearm hey, elan

O bien… olvidaremos la inmortalidad y mortalidad de la gente. Nos convertiremos en verdugos, en aplastadores. Envidiaremos a la gente que le tiene respeto al tiempo, o bien lo haremos por simple necesidad. Alzaremos un arma porque necesitamos tanto. O tal vez porque no lo necesitamos y nos gusta ser acreedores de ese poder. Nos haremos los maestros, que le enseñen a aquel niño de golpe lo que es la verdadera vida. La adrenalina nos inundará y sonreíremos, con las encías sangrantes. Embriagados de vida robada, de locura perpetua.

here we are now going to the north side i look at my friends as they start to ride ride at night we ride all day looking out for a sunny day

Hay muchos caminos, muchas opciones. Todo depende de que queremos hacer, cuando hemos perdido la inmortalidad. También depende el que nos enseñaron a hacer, y el que nos dijeron que hicieramos. Pero después de todo, importará más el que queremos… tal vez el mejor regalo que se nos ha dado es el libre albedrío. Siempre podemos elegir, aún cuando las circunstancias sean difíciles. Podemos empujar a que las cosas se hagan, ya sea para poder comprarnos un chocolate o un buen libro, o para ver el circo que siempre quisimos ver y sentirnos otra vez niños. Tal vez las empujemos para ser magnates millonarios, o el cura de una iglesia.

Podemos ser… todo. Y que importan las circunstancias, mientras todavía quede vida en nuestros huesos, mientras todavía pase el tiempo y nos crezcan las arrugas. Son los impulsos de vida o de muerte. Tú eliges, siempre. Y si no eres tú eligiendo, ¿entonces qué importa tú vida o tú muerte? ¿De qué habrán servido, si nunca viviste o moriste? ¿Si nunca quisiste… algo?

here we are now going to the south side i pick up my friends and we hope we won’t die ride at night , ride through heaven and hell come back and feel so well .

Lo único que sé… es que bueno era despertar en Navidad y esperar los regalos.

Es bueno recordar cuando se era inmortal.

¡Me acordé de ti!

Licha:

Te escribo esa carta, usando ese nombre, porque me imaginé que en tu cielo personal volverías a ser la niña de pueblo, sin hijos de los cuales preocuparse. A menudo recuerdo cuando hablabas de la resurrección: “Humano ya no, es una carga tremenda ser humano. Prefiero ser un perro o un gato, hasta un árbol. Un árbol de mi pueblo, junto a la tumba de mi papá”. Eso decías, algún día buscaré la tumba de tu papá y el primer árbol que me llame, serás tú.

Toda mención esotérica o espiritual que tú decías, de niño la absorbí como verdad y sabiduría, aunque probablemente para ti era mera superstición. Me he vuelto un hombre que consideran “científico”, “racional” y “prudente”. Me sonrío cuando me miran raro cuando son tus enseñanzas las que hablan… me has convertido en un pequeño hombrecito curioso. Ojalá me mires desde el cielo y te rías cuando yo me río. Al fin y al cabo, te me has adelantado y tienes en tus manos la verdad más poderosa: ¿Qué hay después?

Releí mi diario y con sorpresa me re-descubrí a unos días antes de tu muerte y me reconocí a unos días después. Lo que es mejor, me descubrí sonriendo. Claro, también tenía ganas de llorar… pero me ganó la sonrisa. He madurado tu fantasma, lo logré mi querida abuela Licha. Ahora solo me queda uno más por resolver.

Me sentí con la necesidad de hablar contigo anoche y lo hice, sé que lo hice. Sé que me escuchaste y ahora que estoy escribiendo, te siento conmigo. Es como el corazón cuando es acariciado desde mero adentro, como si tu mano estuviera en mi hombro (nunca tuve tu mano en mi hombro, pero si me acuerdo de los besos que me dabas en la cabeza cuando escribía y me decías: Mi niñote). Te he resuelto, mi querida Licha y ahora se que es llevarte conmigo.

Y la razón por la que quiero llevarte conmigo, es porque voy a hacer un viaje. Tu y yo, juntos. Algo de lo que nunca te platiqué fue de las mujeres en mi vida, y la verdad, no consideraba a ninguna digna de presentártela. ¡Te me fuiste antes, tramposa!

Ya te imagino, riéndote como niña y escarbando la tierra, para encontrar caracoles. A la vista de tu madre y de tu padre. En el cielo, esas cosas se merecen.

Te platicaba de lo que escribía, te platicaba de mis amigos… siempre me preguntabas de aquel que no se me hacía tan importante, de Mena: “¿Todavía me sigue pensando que le eché el mal de ojo?” y te morías de la risa. Me acuerdo de Irwin: “Es un hombre muy tranquilo, encuentra un lugar para sentarse y para ocuparse… se siente en su casa cuando llega, me cayó bien”. ¿Y te acuerdas de Mauricio?, cuándo te dije que manejaba muy bien y muy tranquilo… y sabías que no era cierto, siempre me preguntabas que como estaba.

Platicábamos del mercado, de la familia, de mi escuela, de tus dibujos y de las cosas que escribías. Te la pasabas diciéndome que eras una burra, porque nunca aprendiste a escribir como la gente de-cen-te. Sólo quiero decirte, que ojalá la gente aprendiera a escribir como tú, a dibujar como tú, a vivir como tú.

Quiero presentarte a esta mujer maravillosa, cuándo vayamos de viaje este viernes. Vente conmigo, aunque sea un momentito. Te agradará, será la primera mujer que te presente, mi querida Licha. Perdóname por no platicarte antes, tú sabes… solo son puras quejas y contigo, ya no quiero quejarme. Te mereces descansar.

Ya tus hijos te dimos mucha lata en vida.

Te presentaré a alguien en este viaje… y te agradará, lo sé en el corazón. Y así me sonreirás allá arriba y sabrás con toda certeza, que tu séptimo hijo, se encuentra bien. Se encuentra MUY bien.

Ya no hay ningún crucero espacial que me quiera llevar a ti, en muchos años más. Pero en la noche, antes de dormir, seguiré platicándote… estate al pendiente mi querida Licha.

Te quiero, te mando un beso. Agustín.