Twitter: 2007-03-24

  • Platicando de Lila, y otras muchachitas de casting. #
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  • Ya sirve Twitter Tools, para jalar el post diario. Chidito. #
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  • Viendo Copying Beethoven. http://www.imdb.com/title/tt0424908/ #
  • El problema, es elegir un nombre… porque un nombre simplón, te define hasta el final como tal… #
  • Me largo a dormir. #
  • Recortando quicktimes de nenas lindas. Excepto ella… tiene un cuerpazo pero dientes chuecos. Sniff. #
  • mi mujer dice que quiere un vestido de bodas de 27,000 dólares. (insertar gesto pasional aquí) #
  • Usando mac. Aún no me acostumbro al manzanita c, n, v. Pero ya merito. #

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Arbol I.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 24 de 48


Día 70.

—Árbol Matías, Árbol Missandrosot, Árbol Lajnatreko, Árbol Torniran.

Escuché pacientemente al árbol decir sus nombres en mi habitación y lo observaba. Noté el efecto extraño en su corteza ahora que lo miraba con atención. Las marcas en la madera eran letras que constantemente fragmentaban sus líneas para juntarse de nuevo y formar nuevas letras. Incluso letras desconocidas para el hombre. Esas letras se movían y se arreglaban para formar palabras a las que el árbol les llama nombres.

La palabra “Matías” se repetía hasta veinticinco o treinta veces en tan sólo unos segundos. El Árbol estaba buscando todas las variantes posibles en ese nombre, así como seguía buscando en las letras existentes. Me dio lástima y comprendí porque pedía mi ayuda. No habría de encontrarlo jamás, no de esa forma. Las probabilidades de que lo formara eran casi nulas. El pequeño un porciento de un ciento que tenía que cargar en sus ramas.

—Árbol Tandraerin, Árbol Tsafialam, Árbol Tsolom, Árbol Tujaran.

Bebí más tequila, continué mirando y escuchando, después salí a la proa y el árbol me siguió despacio. El niño mago no estaba.

El árbol continuó diciendo palabras sin sentido alguno y descubrí el método. El Árbol formaba las palabras en su corteza y al encontrar una que pudiera sentir era indicada, la nombraba en voz alta. Lo primero que nos identifica es el nombre y cuando nos presentamos, cuando escribimos una carta, cuando sea… es el nombre el que proyectamos como identidad. La identidad es lo primero que nos pertenece, es lo único que tenemos. Así entendí, que el Árbol no tenía nada y para tenerlo todo (al menos, todo lo que necesitaba), debía desesperadamente buscar su nombre.

—Árbol Miat, Árbol Godeleth, Árbol Thundras, Árbol Zeuzt.

¿Has notado la facilidad, querido Diario, con qué nos inventamos nombres y nos los adueñamos? ¿Has notado, también, qué al inventar ese nombre, nos adjudicamos ciertas características? Si nos presentamos como Pepe, somos divertidos, familiares o hasta cierto punto, comunes. Si nos presentamos como el Mayor General Tercero Gunther Albatross, nota la fortaleza combinada con ridiculez.

¿Por qué, entonces, el Árbol no se inventa un nombre? Te lo dejo de tarea, la clave está en sus raíces. No puede inventar un nombre porque está maldito, desde que nació está maldito. Y andará caminando y con los cuervos picoteándole las ramas hasta encontrar el único y verdadero. Él no tiene libre albeldrío, se lo quitaron las circunstancias y la vida. Él no ha decidido rendirse, prefiere inventarse las palabras que le permiten las millones de combinaciones posibles.

Esas son, básicamente, las diferencias cósmicas entre él y yo.

—Árbol Herioth, Árbol Astaroth, Árbol Argoth, Árbol Argarath.

El árbol dudó con los últimos nombres.

—Has hablado en el lenguaje antiguo de los dioses —le dije.

—Cuando eran Lagrim y Hurton, es verdad. Los últimos dos, ¿lo notaste?

—Sí. Dime una cosa, ¿qué nombres te han afectado?

—Matías, Fest, Simón, Argoth, Argarath, Daniel, Job, Bohrs, Santiel, Bono, Ezequiel. Estoy cansado Simón, me has hecho notar que no importa. Que son tantos nombres los que me han afectado que no importa ya, que sucederá lo mismo. Caminaré y caminaré, seguiré caminando y luego andando y así corriendo. Jamás he de encontrarlo.

Le sonreí y bebí más de mi tequila.

—¿Cómo naciste?

—¿Perdón?

—El niño, el niño plantó la semilla, ¿no es cierto?

—Así es.

—¿Cómo se llama el niño?

—A él no le importa su nombre, puede inventarse cuántos quiera y le dará igual.

—Es cierto. Vamos, piensa. ¿Cómo naciste? ¿Por qué el niño plantó la semilla?

El árbol se quedó callado durante unos instantes y después recitó la historia tal como la sabía:

Es bien sabido, que el niño mago un día se encontraba muy triste después de una gran guerra que ocurrió entre hombres. Sin forma de poder escribir historias, entonces las hizo reales. Acudió a la magia y al polvo de arte para caminar en el mundo devastado y revivir el antiguo conocimiento del ser humano. O al menos, lo poco que sabía que era mucho.

Así fue cuando inventó mi semilla, un día que se sentía desanimado y me cuidó durante cuarenta días y cuarenta noches. Regándome con agua y abriendo las nubes para regalarme la luz del sol, donde fuese necesario. Crecí y florecí, el niño me abrazó y lloró, me dijo estas palabras: “Querido árbol, perdóname por hacerte ésto. Eres el opuesto a la celebración de la vida, porque ya no hay más vida en ésta tierra. Serás maldito y caminarás durante eternidades, buscando tu nombre y siendo picoteado por cuervos… los cuervos, los muertos. Tus recuerdos que no existen. Mi querido Árbol, ahora, escucha ésto… escucha el festín de muerte que existe alrededor, levanta tus raíces y camina como es mi mandato”.

Amen. Levanté mis raíces y andé. Como él dijo que debía ser.

El letrero de Libre se cayó al piso y se quebró. Esa frase me gustó en el viejo Jaramillo cuando la escribí, aquí sucedió algo similar.

—¿Te sabías tu historia antes, árbol?

—Si, pero nunca la había contado a nadie.

—Hiciste mal, con lo que me acabas de decir, justo creaste tu pasado. ¡Dime, dime el nombre que te nace ahora!

El árbol abrió como centella sus ojos y empezó a recitar con asombrosa rapidez todas las letras que aparecían en su corteza. Se escuchó con claridad que resaltó con claridad—:Árbol Tsef.

Árbol Tsef.

Las ramas crecieron en el árbol, presentando diversos frutos de colores, olores y sabores. El árbol reverdeció rápidamente, al toque de agua nueva que era en sí, su pasado. Se escucharon gritos tremendos de dolor por la rápidez en los cambios físicos.

—No está completo tu nombre, no todavía —me atreví a decirle, el árbol jadeaba y respiraba muy lentamente por el dolor—. Y yo, no sé. No sabría decir cómo conseguir el resto.

El árbol se quedó en silencio y miró el mar sucio y las nubes grises perderse en el horizonte. Miró hacia arriba sonriendo, su pequeño pedazo de cielo que era azul y le presentaba el cuarto de rostro de un sol hermoso.

—¿Hacia dónde vamos, Simón?

Le di una palmada, decidí no responderle. Me metí a mi habitación y me terminé otra botella de tequila. Estaba cansado y quería dormir.

28 días / 28 noches.

Diario de Simón Dor. Día 68.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 22 de 48


Querido Diario:

El Cuarto de Trofeos se ha hecho más siniestro. Con los ojos del súcubo Galloria flotando en el formol y la piel del súcubo Mama Esirasaft colgando de un perchero. La cabeza del rottweiler Mindar sigue sonriendo, jadea lentamente y me mira con ojos grandes. Le sonrío de vuelta y él crece más su sonrisa… eso me hace preguntarme, ¿por qué no mejor le llamo Bob? Suena más tierno que Mindar y al menos, me daría menos miedo cuando le mire.

El esqueleto estático de metal, con los pulmones de plomo flotando dentro del tórax, parece una armadura medieval protegiendo las llaves del cuarto de Beatriz. Me he decidido a mover las llaves un poco más cerca de la entrada para no hacer el recorrido entero del museo de excentricidades que he estado construyendo. También he puesto la pistola de McGonnagal junto con las llaves. No sé si Mindar/Bob pueda enloquecer tarde o temprano y quiera atacarme.

El libro de Mama Esirasaft puede corromperse en el polvo.

He sorprendido a Yasmín gritarle al niño mago y viceversa para comunicarse. No sé porque no apelan al sentido común… al menos entiendo que la vieja no quiera pararse de su asiento, pero el niño tiene mucha energía para caminar hasta la popa. ¿Por qué no lo hace? Así no estaría soportando los gritos que se avientan el uno al otro como pedradas.

La Tía Yemita:¡A qué no puedes escribir una historia de cuándo le robé el alma a un hombre llamado Gerardo Quesada! ¡Le he dicho que podría ser inmortal siempre y cuando existiera un retrato suyo!
Niño mago:¡Pero si la he escrito abuelita Yasmín! ¡Y también escribí la historia de dos hombres, Dumas y Domingo, que eran tan amigos que se confundieron de tal forma que no sabían cuál había cometido el primer asesinato y cuál era el inocente!
Árbol de los mil nombres: Matías, Saítam, Síatma, Tsaíma

Esto se ha convertido en un circo. El único que parece comprenderme es el delfín, que recibe mi mirada con una sonrisa constante y navega luchando contra el mar contaminado para mantener el paso de mi barco. El árbol sigue vigilante de mis pasos y entre-abre sus labios para decirme algo… se contiene y después vuelve a la ley del hielo. Yo le sonrío y le saludo con mi gorra. No seré yo el que dé el primer paso.

He pensado en la teoría del omniverso que ha propuesto Fest en el monolito. Él habla de escribir todas las historias del mundo, lo cual no me parece mal. Aunque ha olvidado algo terriblemente importante, si llegara a encontrar el punto donde se conjuntan todas las historias del mundo, podría también modificarlas. No sería el Dios de un sólo universo, sino el de todos los universos.

Claro, él es joven. No ha contemplado la posibilidad de convertirse en Dios, solo un mero espectador. Un escriba que dependió de la inspiración divina.

¿Y saben dónde se encuentra eso que está buscando? ¿No lo adivinas, mi querido Diario? Yo tengo una vaga idea. En el Cuarto de los Espejos. Pero no tengo la llave y francamente no me gustan los espejos, así que me ahorraré la molestia de convertirme en Dios yo también. Es más, seré feliz si el cuarto de los espejos desaparece así como vino.

Treinta días con sus treinta noches.


He ido al cuarto de trofeos y he tomado las llaves del Cuarto de Máquinas cuando dormía. Y también dormido, caminé por el pasillo de los cuartos y estuve frente a la puerta, queriendo acomodar la llave con la torpeza del sonámbulo. Fue cuando sentí una mano áspera en mi hombro que me despertó y abrí los ojos como lunas. Estaba a punto de desperdiciar una llave.

¿Simón, dónde estás simón? —pude escuchar repetidamente, tan rápido como los latidos de mi corazón. Quería entrar, deseaba entrar, pero la mano áspera en mi hombro me detenía fuertemente. No voltée, me quede varado frente a la puerta, asombrado de la fuerte tentación que representaba mirarla de nuevo, abrazarla, quererla y sentirla. Mirarle los ojos, mirarle el cuerpo, olerla hasta embriagarme y después llorar su maldita imagen fantasmal. Llorar que no existiese y no pudiera abrazarme.

—No es hora todavía —dijo el dueño de lo que creía era una mano, de reojo pude mirar una manzana roja que colgaba de una rama seca— Simón, dime, ¿por qué Matías?

—Jaramillo —respondí—, la anciana ciega. ¿No recuerdas nada de eso?

—No.

—Antes me llamaba Matías. Sólo que lo había olvidado.

—¿Entonces tu nombre guarda relación con el mío? Te he salvado de la tentación, ahora tú sálvame del nombre falso que no me puedo quitar de la mente.

Sonreí.

—¿Estamos jugando a los favores?

El árbol me contestó con una voz áspera y sucia—: No, te estoy salvando de tí mismo. Como tú lo hubieras hecho por mí.

Me quedé pensando y voltée para encarar al árbol de los mil nombres. Le debía la verdad.

—Matías era un escritor, que creyó que podría escribir las historias del mundo y asombrar a todos con ellas. Así como Fest. ¿A Fest lo recuerdas?

—Vagamente.

—Curioso que el nombre de Fest no haya tenido ningún efecto sobre tí.

El árbol respiró lentamente. Sus labios presentaron una tristeza, como en una caricatura.

—Es el nombre que me ha marchitado y también, es el nombre más falso de todos.

Me reí.

—¿Y Simón? ¿Simón Dor? —le pregunté.

—Es el nombre más real. El nombre que más me confunde.

—Sigue jugando con los dados, árbol. No puedo ayudarte porque no me sé tu nombre.

—¿Me puedes ayudar?

Me reí de nuevo, el árbol no pareció apreciar mi gesto. Lo confundió con sarcasmo en vez de ironía. Nos miramos largamente y él comprendió.

—Gracias —dijo el árbol de los mil nombres y se fue.

Si, treinta días, con sus treinta noches.

Diario de Simón Dor. Día 59.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 10 de 48


Querido Diario:

El Árbol de los Mil Nombres y el Niño Mago mirán el horizonte con tristeza.

Del Árbol lo entiendo, puesto que él nunca ha sabido su verdadero nombre. Una vez escuché que decían de él que era una persona muy alegre con los demás, pero por dentro muy triste. Por dentro se está muriendo de tristeza, eso dicen… yo no lo sé. La verdad estoy muy ocupado otorgando tristeza como para sentirla.

El niño mago, sin embargo, no debería ser así. Sentado en las ramas de aquel árbol, casi inmóvil y con inocencia haciendo dibujos de crayolas en el aire. Con la lentitud y paciencia que se notan en el aura de sabiduría que se carga… es un niño al que le han robado la inocencia y desesperadamente intenta recuperársela.

Debo recordarles, que probablemente soy yo el que los ha inventado para acompañarme en ésta soledad que significa mi viaje y no se apegan a los recuerdos reales. Si, esa puede ser la razón…

De noche ahora me recargo en la base del árbol que se ha plantado en la proa de mi barco y así como ellos han decidido ignorarme, les ignoro y también veo el horizonte, allá a lo lejos. Con un cigarrillo sin filtro en mis labios y la botella de tequila descansando en mi regazo (A veces, hasta consumo Coca Cola).

En una trinidad, nos acompañamos los tres y nos complementamos de una manera increíble. Es casi como correcto estar juntos, aunque ellos me ignoren y yo a ellos… así hemos de pasar, tal vez, una eternidad en mi barco.

Una eternidad de treintaiseis días con sus treintaiseis noches.

Me habia olvidado de ti.

Hace mucho que no hablaba contigo, Árbol de los Mil Nombres. Ahora cuando camino me confunden contigo, me dicen Árbol y dudan de tu existencia o desconocen completamente de ésta. ¿Todavía sigues caminando tus mil caminos? ¿Son mil nombres los que formarán el tuyo, único y verdadero? Ya no sé, como te digo, hace tiempo que ni platicamos.

¿Sigues arrastrando tus pesadas raíces? ¿Sigues meneando las ramas para auyentar a los cuervos? Esa ave tan lista que sabe como perseguir siempre y para siempre a su presa. Que se ingenia mil métodos para alcanzarlos con sus zarpas. A veces yo también traigo a mis cuervos, que bueno, entre los tuyos y los míos son uno sólo.

¿Sigues conociendo gente en tu camino para después olvidarla? ¿Todavía prometes alcanzar a alguien en tu Crucero Espacial? A mi todavía me pasa lo primero y por aras del destino, me sucede menos lo segundo. Probablemente tengo la mente muy ocupada, no lo sé ya. Hay días en los que si, hago mi religiosa oración para decirle que cada paso que camino me lleva más cerca y me olvido de lo que hay a mi alrededor. Más automático cada vez, cuando sé que es automático prefiero no hacerlo y me digo a mi mismo: “Hazlo cuando lo sientas”, tal como tú lo harías.

El viento se está moviendo y hace un ruido suave con tus ramas, cuando camino en soledad acompañado y el viento estremece a tus hermanos árboles y tiran sus hojas a mi alrededor, me acuerdo de tú y yo. Me acuerdo las interminables noches en las que solíamos platicar Árbol de los Mil Nombres. El sonido de las ramas cuando el viento brama es inconfundible, es la canción nostálgica de la que vivimos y nos alimentamos.

Yo ya dejé de ser Árbol, dejé de ser tu semilla, dejé de aspirar a ser tú. El eterno caminante buscando los motivos y las respuestas. “Seguir caminando”, solía decir, así como tú me habías enseñado. Pero de todo este monólogo que me estás escuchando decir… he caído en cuenta, ¿No será que ya soy tú?

Llaves

Una vez lo discutí con mi tío Daniel. Para algunas personas, el número de llaves en su llavero, es un símbolo de poder o control. Puede sonar ridículo, pero esto me lleva a recordar a un profesor de Física que tenía en el Centro Universitario México. Jorge Hoyo, solía tener llaveros y llaveros colgados en los jeans, no exagero al decir que por lo menos tenía 50 llaves y ¿qué hacía con tantas? No lo sé, nunca me animé a preguntarle.

Cuando caminaba hoy, estaba haciendo sonar mis llaves y me sonreí, ya son como diez llaves o quince. Tal vez la persona que las tenga se sienta como San Pedro, con las llaves para abrir el cielo. Te vuelves una persona de la que las demás dependen, porque tú tienes las llaves para ciertos lugares. Son como las relaciones con la gente influyente, que ellos tienen llaves para abrirte las puertas a una mejor calidad de vida, a cierto costo.

Lo bueno es que una llave te cuesta diez pesos (1 dolar) con el cerrajero y lo otro, bien puede que pierdas las influencias con San Pedro.

Ahora que mencioné lo del CUM (Centro Universitario México), me acordé de la Bitácora del 106. Tal vez empiece a registrar la bitácora aquí, porque ya no regresaré a Tripod en mucho tiempo.

¿Por qué me dicen Árbol? En quinto de prepa, solía vestir mi chamarra verde, traía el cabello largo y rizado, algo de barba. Mi abuela solía poner una manzana en mi mochila antes de salir y una vez, un viernes, llegué a juntar las manzanas de la semana.

Empecé a regalarlas y una voz, la de Alfonso Pano, dijo: “Pareces un árbol manzanero”. Desde ahí… se me quedó el árbol, y me agrada, a excepción de cuando alguien dice: “Voy a mi-ar bolito”.

Hace 4 años, sucedió algo así.


Viernes 9:40 - 9:55 PM.
Escenario: El JimboFest.

El Árbol llega, y le asaltan con 10 varos, que dizque pal reven, encuentra al Capi.
Árbol: “Vamos por chupe Capi”
Capi: “Nel Árbol, exámen del TEC mañana, si quieres ve tú”
10 minutos después…
Árbol: “Ya pinche Capi, vamos por Chupe.”
Capi: “Sale Árbol”
Árbol y Capi van a la barra donde unas viejas pedas gritan: “¡Argentina!”. Yo pido un tequila y el Capi pide una Coca.
Árbol: “Ya pinche Capi, ya entrale”
Capi: “Nel, neto, mi exámen del Tec”
Llegan Tambor, Que-K, Mago, Fonts, Bonilla, Holguin, Fleko, Merino, Pano y Pad. Preparan el buen chupe (la coca y el appleton, entre el Vodka y un tequila, puta…), mientras los detienen en la entrada por no llevar feria. Un servidor atentamente les presta $10.00

Árbol: “Platicame del Infierno Fonts, ahorita que si lo visualizo.”
Y Fonts me empezó a guíar en el camino a la oscuridad (Memorias de Infernalia), cuando Mago me salva y llega a hacer un brindis.
En eso, una zorra bailaba mientras Mora y sus espermatozoides furiosos tocaban, como la señorita bailaba sola y nos daba la espalda, un servidor hizo el favor de bailarle rítmicamente por atrás.
Bonilla: “¿Qué pedo con la zorra esa?”
Merino: “¿Qué el Fonts qué?”
Fonts: “¿Queeeeeeeeeeeeé?”
Árbol: “Nel, esperense, una estilo Baca (Larga y Asquerosa): ¿Qué Vignau se masturba y regocija sobre la tumba de quieeeeeén?”
Fonts: “Esa estuvo asquerosa”
Merino: “Jajajajaja, los huesos de Campos.”

Baca llega.
Larry llega.
Bonilla: “Qué mal pedo, el Sapo no viene.”, Y así… Bolonio y sus Rascaescrotos abandonan el canto por la peda de hoy.
Fleko se larga por que se siente mal, Bonilla y Fonts lo van a dejar. Al regresar: “¿No saben donde podemos estacionarnos?”
Fonts: “Deja me bajo a wuacarear que ya me maree”
Baca ya muy pedo, por que ya es mi brother.

Filas de Conga/Mambo (Whatever)

Larry: “Haganme casita”, (Fonts, Bonilla y un servidor le hicimos el favor de baño público)

Árbol: “¿Y tú exámen del TEC pinche Capi?”
Capi: “Huevos, Pinche Árbol”, (El wey ya se estaba poniendo jarra)

Empiezan a bailar Table: Tambo, Mago, Baca, Pano (¡Juan Pano II! ¡Te quiere todo el mundo!) y los recibíamos un chingo de weyes cuando se aventaban.
Al Árbol y a otros les preguntan derivadas para medir su grado de embriaguez.

Según esto ya estaba bien pedo por que cuando lograba levantarme decía: “El Árbol sigue vivo”, y abrazaba a alguién.
Pano: “No me abraces Árbol”.

Merino: “Tengo exámen del TEC mañana y ya se me subió el tequila.”
Bonilla: “Jajajajaja, yo ni he leído la guía”.

Fonts: “El Camino del Hombre en la vida es ser féliz. Si este es féliz en lo que hace, entonces este cumple su camino”. (Aristóteles, creo que así va la cita.)
Árbol: “Gracias Fonts, le das una razón a mi desmadre”

Diario de Simón Dor. Día 49.

Este post es parte de una serie, llamada “El diario de Simón Dor”. Anotación 42 de 47


Querido diario:

Tengo una preocupación bastante válida. La gente que me lee por este medio electrónico cree que no existo y que soy un alter-ego de mi estimado amigo, el Arbol Tsef o bien dícese, Agustín Fest, o bien dícese, Carlos Bohrs, o bien dícese, Boris Santiel. Yo recuerdo bien que el primer día de este diario, escribí y cito lo siguiente:

He tenido días difíciles, ¿quién no los tiene? Mi amigo debe estar loco por haber accedido a publicar esto.

De hecho, está loco… ¿censurará estas palabras? no lo se, ¿y si piensa la gente que soy un alter-ego de él? no lo se tampoco. No me importa, ya que ustedes me leen, pero yo jamás sabré de ustedes. Sabrán tal vez de mi amigo, que decidió publicar esto en algún acceso de compasión y/o amabilidad por mi persona, al cual deben referirse en caso de que tengan un comentario que hacer. A mi, su inseguro servidor, me vale un pimiento. (Casi puedo escuchar a la primera mojigata decir, “¡Ohh! ¡dijo pimiento! ¡le valgo un pimiento!” y así será la primera molestia ocasionada a mi buen colega, que decidió escribir estas palabras en su moderno website).

Y aún así, después de tan avasalladora introducción, tienen la injusticia de confundirme con él. Es imposible decir que me vale un pimiento (de hecho la palabra correcta es pito, me vale un pito, pero mi amigo que es un mojigato como las mojigatas, me comentó que debería cambiar la palabra y yo le dije está bien, adelante, nada más publicalo. Nunca debí acceder a esa no-libertad literaria, porque ahora se toma toda clase de libertades con mi nombre. ¡Cómo si fuera un personaje inventado! Eso, mis amores, no debe ser posible)

¡No señor!, tal vez debería registrar mi nombre como lo ha hecho German Dehesa, de esa forma, la próxima vez que me confundan con él señor Fest, les mandaré un abogado vestido de gris y fumando un puro.

Odio los abogados. Mejor debería visitar a Fest y tener una charla con él. Una larga plática donde expongamos nuestros argumentos y bebamos tequila para relajar la lengua.

Y ya que lo tenga tranquilito, sacaré la daga y entonces daremos sangre a los cuervos del Aqueronte.

Nada más, no le digan a nadie. Éste será un secreto entre ustedes y yo.