Los niños muertos que gritan: “Papá”.

Qué título tan tétrico para un post, pero yo no tengo la culpa. El día empezó raro. Desde la tos de perro muerto que me traigo hasta la breve discusión con un interés amoroso del pasado. Llegué temprano. Curiosamente, estoy leyendo los libros de Harry Potter. Llevo la mitad del primero en una noche. Mi hermano se reía de mi insistencia en conseguirlos en inglés británico. —Más párrafos. No quiero que Hagrid hable como sureño de Wisconsin —le inventé. Los juegos de palabras se aprecian mejor, si es que existen tales. Buscándolo en torrents, encontré a un tipo que decía que se había tomado la molestia de editarlos y mejorarlos, arguyendo que su edición era la mejor. Mientras le leía la descripción de como esta persona había editado los libros, a mi hermano, él se carcajeaba. Nos carcajeábamos. Entonces hice lo prohibido, entré a IRC después de años de no tocarlo, busqué en undernet, y bajé lo que tenía que bajar. El primer libro —el único que había leído—, me sigue gustando. Como el niño sufre desde el principio y lo tratan como una especie de cenicienta. Lo empujan a los límites. Cuando lo leí la primera vez, pensaba—. ¿Por qué lo tratan tan mal? —y me sentía identificado con él. Me dolía.

Estoy atento un poco más a los misterios, a los cabos que dejan sueltos y las pistas. Eso es trabajo de un buen escritor de libros tan aventureros como este: Dejar abiertas las puertas para la extensión de la historia, pero de una manera muy sutil. Sutileza y elegancia. Llegué a la oficina, con el sombrero parlanchín en la cabeza, y una niña corría de un lado a otro gritando papá, papá, dónde estas papá. Pensé que era un fantasma, pensé que con mi dolor de garganta, si me asomaba, podría robarle la suya. El día empezó raro. Lo dicho.

Cuando el procedimiento usual se hace en domingo.

No he tenido tiempo para escribir. El proyecto para dulce me tiene un poco agotado y amarrado. El martes y miércoles, abrí el casting. Vinieron 100 niños en total. El jueves vinieron unos quince más. El mismo jueves, en la noche, presenté una selección de este casting al señor director, a productores, y al asistente de dirección. Elegí treinta niños y treinta niñas, los mejores, para presentárselos. La selección, al menos el preliminar, gustó lo suficiente para que el director escogiera quince y quince. Aunque desde ese momento, me había dicho que estaba un poco inseguro con las niñas. Me dio la lista de esos treinta niños para que les llamáramos el viernes e hiciéramos un callback. En ese momento, aparte de las quince niñas, le llamé a cinco más para que estuvieran presentes.

El presupuesto para el comercial son seis mil quinientos pesos. Algo muy decente para dulces. El problema, en esta ocasión, es que la gran mayoría de los mejores niños, ya tienen un comercial de esos en sus espaldas. Es decir, es competencia. A no ser que el contrato marque como competencia: “chicles” (leve rango), en vez de “dulces y golosinas” (asumecha rango), estamos en problemas. Mientras presentaba el casting, y escuchaba al director diciéndome que las niñas no eran suficientes, me daba cuenta poco a poco que tendríamos problemas: Las cincuenta niñas que se habían presentado, eran las únicas niñas libres de toda culpa y lo mejor que obtendríamos. También pensaba, qué era irónico que no tuviera problema con ninguno de los chamacos y que las niñas fueran el problema esta ocasión. Por lo general, las chavitas son más despiertas, más prendidas, y por alguna naturaleza incomprensible para mí, mejores actrices que un niño.

Al dejar la junta, iba sonriendo medio irónico porque antes de llegar, estaba más bien pensando que niños podrían funcionar, en vez de las niñas. Cuando me dijeron que las necesitábamos, me bloqueé durante unos segundos, estaba incrédulo. Honéstamente pensaba que con el casting de niñas lo lográbamos. Hablé con Jorge, le platiqué de la selección para el callback: quince niños y quince niñas. Regresé a la oficina un poco resignado, porque el día anterior había armado un DVD y no había dormido nada (Más de 30 horas sin dormir). Sin embargo, alguna parte de mi cerebrito pensó que el problema sería interesante y que estaba dispuesto a conocer su última resolución. Hacía mucho que no me fletaba un proyecto. Siempre tuve recuerdos de mi trabajo, recluído en la sala de edición y se me ocurrió que la dinámica sería muy interesante en esta ocasión.

Llegando a la oficina, nos repartimos los teléfonos para hacer las llamadas para el callback, mientras armaba una re-edición del mismo DVD. Supuestamente los 30 confirmaron su presencia. Habría problemas, pensé, por la cantidad de madres y de niños en la sala de espera. Junto a eso, otro de los proyectos estaba en último día y el último día, como en todo, es cuando la mayor cantidad de gente suele presentarse. Junto a ello, busqué un par de niñas más, nada importante, alrededor de cinco, para que se presentaran también. Continuaba ciclado, enfocado, a los niños y confiaba en que las niñas presentarían lo mejor de sí, teniendo al director y asistente de dirección en el foro. “Eso se resolverá”, pensé.

Cuan equivocado estaba.

El viernes, el día del callback, preparé mi cámara y el tripié, apagué el celular, estuve al pendiente del foro, avisé para que pusieran snacks y otras cositas. Hablé con la productora ejecutiva, para pedirle que el señor director fuera puntual para que las madres no se inquietaran. Afortunadamente, los niños pasarían en parejas y harían la actuación juntos, eso nos ahorraría tiempo. Anduve caminando de un lado a otro, ayudando a editar proyectos, pensando en todo lo que necesitaría y lo que haría falta. Estaba dividido en dos, me gustaba el callback y sabía que sería suficiente en la teoría, y pensaba en lo que pasaría si no lo era. Después de todo, quince y quince, que gustaban por look. Quince y quince, para escoger a uno solo. En la teoría, esos quince se reducen a diez, para la primera junta. En la segunda sólo son cinco. Así pasa en la práctica, con los proyectos livianos.

Sabía que me habían dado este proyecto por dos razones: porque hablo inglés y podía comunicarme perféctamente con el canadiense y porque habíamos trabajado alguna vez con él, esa vez no le gustaba nada y tuvimos muchos problemas. Jorge confía en mi neurosis, demasiado diría yo.

Empezó el callback. El asistente de dirección, el director y yo, nos encerramos en el foro. Hablamos algunos preliminares. Pasé a la primera parejita y estuvo bien. El niño le había gustado bastante y la chamaca, una niña hermosa, confiaba en que haría lo suyo. En lo que el asistente y el director afinaban los detalles de la acción, lo que deseaban recalcar y lo que debía verse a cámara, tardamos 44 minutos. Los conté. Sin embargo, era una buena parejita. Después de que supimos lo que necesitábamos, nos tardábamos menos en las parejas. Sin embargo, tuvimos un problema, uno bastante grueso.

Las madres suelen mentir en las edades de sus niños. Cuando abres un casting de siete a diez años, las madres suelen llevar a sus niños de cinco. Mienten en la edad. Algunos niños, por como hablan, se comportan y entienden indicaciones, dan la impresión de tener la edad que mienten. Sin embargo, ya cuando los ves, actuando junto a otros niños, y siguiendo indicaciones un poco más complejas, te das cuenta de su edad verdadera. Niños muy pequeños, se presentaron al callback. Al menos cuatro niñas menores de edad. Eso nos sacó un poco de onda, porque era demasiado obvio, y aunque había hecho mi mejor esfuerzo por eliminar a los niños pequeños en la primera selección, se me escaparon algunos, algunos que gustaron y se presentaron.

Después de tres horas y media, casi a las nueve de la noche, salimos del foro. El director conmigo, le habían gustado tres niños y ninguna niña.

Platicamos con Jorge la situación, le recalqué al asistente de dirección lo difícil que iba a ser esto. Después de todo, era viernes a las diez de la noche, los niños son muy difíciles de convencer para que vengan a un casting los sábados. Por sus padres, los días de descanso, que salen de fin de semana a otra parte, etcétera. Moví unas cuantas piedras, con ayuda de otros directores de casting (Johnny y Juan Carlos), entre varios (incluído Jorge) hablamos por teléfono a más niños para que se presentaran este sábado y que nos fuera bien. Conseguimos muy buenas opciones, unos 24 (13 niños y 11 niñas), un poco más grandes… entre los 9 y 11 años. Crucé los dedos y cuando terminó el mini casting, dirigido más a lo que buscaba el director, transformé los archivos y se los envié. Estaba seguro que me eligirían unas cinco de esas niñas. La comunicación fue eterna, a cuenta gotas cada media hora, porque no sabían ingresar al FTP, o porque no tenían internet, o porque estaban en junta con la vestuarista. Por fín, casi a las nueve de la noche de ese sábado, me dieron una lista de gente que había gustado y una anotación: No hay niñas.

De alguna manera, se me rompió el corazón, asentí lentamente y me senté en alguna parte, a las 10 y media de la noche. Hora muy mala para buscar nuevas opciones, hablarles por teléfono y sobre todo, asegurarme que no tuvieran competencia. El domingo podía citarlos, pero si es difícil un sábado, imagínense un domingo. Además, me soltaron la noticia de que las juntas serían el lunes y el martes. Recorrí mentalmente a las niñas que conocía. Todas ya se habían presentado. Sabía que estaba saturado con el proyecto. Después de algunas llamadas a Jorge y al asistente de dirección, recalcándole que esta vez nos caería la de Murphy, me fui a mi casa y pensé solamente que necesitaba dormir.

El domingo me levanté tempranísimo, y cerré los ojos de nuevo. Dormí un poco más. Me fuí a un Starbuck’s, me compré un café, mi tío Daniel me dio un aventón a la oficina, prendí las máquinas y me dediqué a mirar fotos. Estaba paseando. Este domingo, a pesar de ser trabajo, sería un paseo en mi vida. Hice llamadas, no respondían el teléfono, tenían miedo por la competencia o simplemente no querían hacerlo. Hablé con el asistente a las dos de la tarde y le comuniqué la situación. Sabíamos que esto iba a pasar, miraba los árboles, escuchaba el viento, unas hormigas empezaban su rebelión en un pedacito de tierra. El asistente me prometió que hablaría con los productores ejecutivos para comunicarles la situación y ver qué pasaba. Subí a la sala de edición y separé en un archivo a las niñas que presentamos en el casting, para llevarlas bajo la manga el día de la junta. Vinieron dos niñas, una que es mi campeona, la que yo he visualizado todo este tiempo para el comercial, y otra despistada que accedió a venir al casting.

Mañana será un día divertido. Lo sé.

La crueldad infantil.

Ayer me dieron un proyecto para mí solito, lo cual me saca de onda porque hace tiempo que no lo hago. Eso de tomar cámara, presentar juntas, buscar más gente, tomar notas… simplemente me pone neurótico, y llego a sentirme ineficaz y estúpido. Me molesta sentirme ineficaz y estúpido. Sé que no lo soy, sé que puedo, sin embargo… entre la interacción social y el mínimo cuidado a los detalles, presionan la comodidad de mi forma de ser. Además, tendré que hablar en inglés con el director (un canadiense), para vender al talento que sirve y no defender al que no. So do you understand me bato?, I want to sell you the casting.

Estoy inseguro con las actuaciones, porque una de ellas no lleva reacciones e involucra simplemente caminar de un lado a otro. Los niños (un rayo divino, por haberme reído del casting de medicina supongo)… tienen que comerse su dulcito mientras caminan en línea recta y admiran, sin reaccionar exageradamente, el paisaje. O sea, le estas pidiendo a un pinche mocoso que no mueva la jeta y que admire el paisaje. Releí, una, dos, hasta tres veces el e-mail del canadiense, dónde recalcaba la importancia de que los niños tuvieran en sus capacidades importantes: caminar y comer al mismo tiempo.

Mientras hacía el casting ayer, a los querubines, y les explicaba que no reaccionaran a la cámara y sólo caminaran de un lado a otro, sentimientos encontrados me crujieron el corazón y la confianza. He vuelto a leer el e-mail dónde pide el director que coman y caminen al mismo tiempo. Mientras tanto, el editor me pidió que hablara con Jorge y le preguntara qué onda con la actuación, mientras sugería que podía pedirles que, efectivamente, hicieran caritas de sorpresa y felicidad. Si mal no recuerdo, antes de dejar la chamba, habíamos trabajado con el canadiense y en uno de los castings, al verlo, se había puesto neurótico esquizoide porque había actuaciones exageradas. Chill ese… the kiddies are solamente doing caritas for you, y’know?

Sin embargo, esta la cosa de que mi producto, los niños tan hermosos con alma, son una especie de robotitos en el casting. Voy a vender perritos japoneses con baterías recargables de litio. Voy a vender productos sin alma.

Me siento ineficaz y estúpido, por cositas como esa. Porque así lo pidió el canadiense, pero seguramente, un second, o el second del second, o el vigilante de la productora, van a descubrir un hilo negro, van a mirar el casting en una junta y pensarán lo mismo que yo. —No mames güey, tan siquiera los hubieras puesto de cabeza —Voltearé para mirarles feo, les sonreiré amablemente y murmuraré entre dientes—. Lo sé, pendejo. Gracias.

Otro punto aparte es la agencia de publicidad: Piden que los contratos estén firmados por ambos padres. Si estan divorciados, piden copia del acta de divorcio y que ambos estén presentes en la filmación. Si es viudo, piden copia del acta de defunción. Entre un sinfín de cositas… Lo hacen para protegerse… demasiado, creo. Nomás espero que no se pongan muy difíciles.

Aunque este pequeño casting tiene sus recompensas. Me encontré con una niña que no le gustaba el dulce en cuestión pero hizo todo el casting sin problemas (aunque no puedo presentarla, simplemente para no arriesgarme a que vomite el producto enfrente del cliente). Me sorprendí de la cantidad de niños que lo tienen como su dulce preferido. Un chamaco abusado me robó uno extra para comérselo saliendo. Cuando tenía que abrirles el producto, me tenía que chupar los dedos por su consistencia y acabé con una dósis exagerada de azúcar en el cuerpo. Lo mejor del día, es que la última chavita, quien llegó tarde al casting pero que dejé pasar (aunque no debí, de verdad)… me regaló una hojita dónde había rayado un sol, unas nubecitas, y de colores la frase: “Hola, ¿cómo estás?”.

Medio mal chamaquita, pensé, más vale que le haya entendido bien al vato ese loco de Toronto o de verdad, seré oficialmente ineficaz y estúpido… por mis propios méritos.