El niño de Fafjel - Eclipse

Este post es parte de una serie, llamada “Entropía”. Anotación 6 de 5


Las máquinas oscuras quedaron atrás. Olvidó el orden y el caos, pensó que las máquinas sencillamente eran. Así como era él, nada más él sin ninguna distinción, caminando en un mundo distinto al que se le había prometido. El árbol le había dicho que así llegaría a Fafjel y Fafjel no era nada. Mundo destruido, mundo caído, mundo en el que se dedicaba a caminar y ahí, rumiaba los recuerdos con la paciencia de la vaca y los pasos de un lemming directo a la muerte.

No existía el tiempo. El cielo no lo permitía, en su color gris oscuro. El niño de los pies descalzos se detuvo a mirar el cielo, en un impulso tal vez ridículo. El viento movía su cabellera larga y se sonrió, tal vez podría también fragmentarse como aquella mariposa. Sería lo piadoso en su caso. La Piedad de Dios.

No sucedió así. Alzado en el cielo, existía una silueta de fuego cubierta por una luna negra. El eclipse. ¿Cuánto llevaba en el cielo? No lo sabía, los cabellos de fuego de la luna parecían eternos. El aura roja, naranja y amarilla, continuamente dando vueltas en círculos. Como el cabello de él que revoloteaba en el viento.

El círculo del eterno retorno.

Suspiró y bajó su vista, su imaginación se tornó en dragones. Un dragón verde y tramposo, muy listo y enigmático. Con cierta bondad escondida, ya que adoraba a los niños. Un viejo amigo de aquel mago. Debía ser un dragón gigantesco, de escamas verdes majestuosas y alas tan grandes como él, hasta dos veces más. Le gustaría ser su amigo, pensó el niño y le olvidó. Paso tras paso, como huellas en arena sin textura.

En Fafjel, un dragón verde llamado Gafrit alzó el vuelo y persiguió una vaca. Expulsó de su garganta una bola de fuego que la quemó viva y con gran rapidez, voló hacia ella y la deboró de un solo bocado. Le gustaba la carne frita. Después regresó a su cueva y se recostó encima de su tesoro de oro, suspiro y cerró los ojos. Debía dormitar unos minutos más.

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El niño de Fafjel - Máquinas oscuras

Este post es parte de una serie, llamada “Entropía”. Anotación 10 de 5


En el mundo gris, la mariposa ya había desaparecido y el niño la perdió como fragmentos de hojas secas en el viento ruín. Sus ojos miel entonaron el reflejo de la dispersión… no había forma de recuperar el cuadro completo, the big picture, una fotografía destruida por una lluvia, en un barco antiguo viajando durante cuarenta días y cuarenta noches.

Un pie tras otro, el niño vestido en harapos, delgado y con ojeras. ¿Sus manos, por qué parecía que hacían una estela en el aire cada vez que la movía? ¿Por qué se sentía tan sólido el piso, si él apenas flotaba para seguir avanzando? ¿Era cierta la gravedad, era cierto lo que decían los biólogos de como se sostenían las mariposas en el aire?

La ciencia.

En el campo abierto, los ojos del niño pudieron grandes ver estructuras de metal movidas por una fuerza desconocida (No supo si aparecieron de repente, o fue porque él estaba ocupado mirando su reflejo a través de sus ojos). Science, kiddo. Hechas de acero y pintadas de negro por los antiguos, seguían aún moviéndose y hacían un ruido rítmico que imitaba cuando el corazón se sale de la garganta y regresa rápidamente a su sitio, en un espacio lento… lento…

Se acercó y miró grandes taladros industriales hacer agujeros aleatorios en los espacios de tierra, observó gruas soltando vigas encima de otras vigas, brazos cibernéticos que soldaban grandes parches de acero, sobre la base de las estructuras. El niño observó que dentro de ese caos industrial, había un orden universal. O eso quiso creer, ya tan acostumbrado a medir el caos y el orden de las cosas.

Seguían siendo la invención humana, hubo una mente que creó a las máquinas a su imagen y semejanza, de manera rudimentaria. Y se hizo la luz…. ¿Entonces, Dios había creado al hombre como el hombre había creado a las máquinas? ¿Éramos, nosotros, los hombres imperfectos, las máquinas rudimentarias de Dios? El niño observó a las máquinas, haciendo cosas sin ningún propósito ya que no tenían quien les controlara, quien les ordenara.

Maldito libre albedrío.

Maldito el hombre.

Maldito él.

Y quedaba un espacio para los sueños, dentro de todas las maldiciones. En la imaginación, el niño pensó en aquel mundo de hadas con alas de mariposa y se le ocurrió, que podría haber un mago. Un mago viejo y sabiondo. Un mago divertido y excéntrico. Sart Drosmon. Se sonrió ante la fantasía inútil, la olvidó pronto y dejó a las máquinas, otro maldito presente que entregar, que olvidar, que enterrar.

Y alla en Fafjel, Sart Drosmon despertó un buen día. Descubrió la piedra filosofal e inventó la primera máquina que viajaba en el aire.

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El niño de Fafjel - Mariposas.

Este post es parte de una serie, llamada “Entropía”. Anotación 8 de 5


Los pies cansados y es el brillo de los ojos quien le jala. La boca seca y la lengua jadeando, los labios partidos y es la sed quien lo impulsa. El mundo gris, el mundo destruído, el árbol marchito y es una luz la que persigue. Siempre preguntándose ¿qué es real y qué es ficción? ¿quién estará ahí para tomar su mano, cuándo todo termine? La pregunta es idiota, se dice el pequeño, si nunca ha iniciado.

El árbol le dijo que estaría aquí. El árbol le mintió descaradamente.

Un mundo gris, hojas marchitas, arena sin textura. Los ojos muy abiertos y secos, con un pequeñito brillo que se va apagando… / se arrodilla / se va apagando… / las manos se hunden en la tierra / se va apagando… / el corazón se le sale de la boca… / se va apagando… / estoy cansado, descanza la cabeza y cierra los ojos / se apagó…

¿Y qué se apagaron las estrellas?
¿Cómo? ¡si hay millones en el cielo!
¿Tú cara caída y la tierra besas?
¡Jamás! ¡En el aire, no en el suelo!

Se apagó y se encendió en llamas. ¿Puede suceder al mismo tiempo? No lo sé, pregúntenle al niño del brillo en los ojos, de la sed interminable, perseguidor de luces. Se irguió con la inevitabilidad de la muerte y andó desafiando al mismo Lázaro. Un pie tras otro, había resuelto el primer acertijo… y el mundo seguía gris, la arena sin textura, la oscuridad envolvente llena de cuervos.

Fue cuando creyó ver una mano tomar la suya y al tratar de verla, observó dos mariposas blancas, amándose en círculos. El niño esbozó una pequeña sonrisa y se lamió los labios partidos, el mundo gris se extendió ante él cubriendo todo el horizonte, mar y cielo.

En Fafjel, nacieron las hadas con alas de mariposas.

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