El honesto

—¿Mi hijo es lindo?
—Está feo.
—Puta madre, ¿siempre tienes que ser tan honesto?
—…a… h…u…e…v…o…


—¿Crees qué me cure, realmente?
—¿Qué dijeron los médicos?
—Que me auguraban buenos meses de vida…
—Pues cuando pasen te mueres y ya, tienes cáncer… ¿en qué cabeza cabe?
—…
—Buenos meses, si. Sin terribles dolores o espasmos que te hagan doblarte en el asiento. Sin contar las veces que estés tociendo sangre frente a tus ojos. ¿Te imaginas? Debe ser horrible.
—…
—Además, tús organos quedarán inservibles. ¿Cómo se le ocurre a tu papá donarlos? ¿Qué no tiene corazón? Si tienes el cáncer en todo el cuerpo, no puedes donarlos para que otro se enferme de lo mismo que tú.
—(sniff, sniff)
—Anda pequeña, no llores. Soy tú amigo y creeme, que de mi nunca escucharás una mentira. ¿Acabas de cumplir 12, dices? ¡12 años félices y qué transcurrieron con salud!


—Eres un amargado.
—No, tan sólo soy honesto.
—¿De qué te sirve la honestidad? ¡Hay mentirillas blancas que podrían salvar una vida!
—¿Mentirillas blancas? ¿Cómo esa donde no le dices a tu mamá que eres homosexual? ¿Tú crees que le estás salvando así una vida? Anda, piénsalo bien. Más bien, la estás dejando vivir una continua mentira y cuando se entere, el golpe no será suave amigo mío. ¿Quieres saber otra cosa? Tú mentira. No puedes hablar libremente con tu madre, porque crees que escondiéndole algo tan básico y elemental como eso, haces bien. Mientes. ¿Desde hace cuándo tienes una plática tranquila con ella, sin estar fingiendo?
—Eres un amargado.
—No… bueno, si… tal vez un poquito. Pero muy honesto.


—Hoy mi horoscopo me dijo que me auguraba fortuna, mucha fortuna.
—¡Ay Memelas! Si nunca has tenido fortuna en tu vida, no la tendrás ahora.


—Me encontré una cartera con 600 pesos, ¿tú crees que deba regresarlos?
—¿Trae identificación?
—Si.
—¿La dirección de la persona, teléfonos?
—Si.
—Muy bien. Entonces vamos a regresarlos, nada como la honestidad.
—Muy bien.
—Pero… seamos honestos con nosotros. ¿Queremos regresarlos?
—Ejem… yo si, ¿y tú?
—Si, claro, yo también. Muy bien…
—Ummm…
—Fiu fiu fiu…
—Son 600 pesos…
—Si, 600 pesos…
—¿Quieres regresarlos?
—Claro, persona más honesta que yo, no existe.
—Bien…
—Bien…
—Antes de regresarlos, podemos ir por una cerveza.
—¿Traes dinero? Yo no tengo ni un quinto.
—Yo tampoco…
—Bien…
—Bien…
—Ay Miguelito, ¿por qué te haces pendejo? Si nunca quisiste regresarlos.
—¿Pus si verdad?, vamos a echarnos unas chelas.
—¿A tú cuenta?
—¡Pues claro! ¡Con estos 600 varos!
—Jaja, cabrón… si fuera yo, si los regresaría.
—Callate pinche amargado o no te invito.
—Lo que usted diga. La honestidad puede esperar… además, los borrachos y los niños, siempre dicen la verdad.


—Dime la verdad, ¿me quieres?
—Ni un poquito.
—La verdad…
—No, no te quiero y las cenas que tenemos, las hago porque quiero tener sexo contigo, es más, desde que te conozco te he dicho textualmente: “Solo quiero sexo”.
—Pero me debes tener un poquito de cariño…
—Nada. Bueno, le tengo cariño a tus pechos. Se duerme riquísimo ahí, nada más me recargo y puff… duermo como un bebé. ¿Han crecido ultimamente? Cómo que los veo más grandes.
—Entonces, creo que nuestra relación no tiene ningún futuro…
—A excepción que sea un futuro de cogidas… no, no lo tiene.
—Yo si te quería, ¿sabes?
—Lo sé nena, lo sé. ¿Cojemos para despedirnos?
—…
—…
—Bueno.


—¡Santa Claus ya viene este diciembre!
—Si, si viene este diciembre…
—… ¿Hoy no me vas a decir que son mis papás?
—… Jaimito, hay algo que tengo que decirte…
—¿Qué?
—Yo soy Santa Claus, yo entro en las noches a tu casa y así, vestido de Santa, le hago el amor a tu mamá cada 25 de diciembre. ¿Y usted creía que sólo iba por la leche y las galletitas? Además, que tiene unos senos a los que le tengo mucho cariño y en ellos siempre caigo dormido…
—…son maravillosos, ¿verdad?
—…¿¡!?


—¿Hay algo que quisiste ser en tú vida?
—Yo fui diferente a todos los niños.
—¿A qué te refieres?
—Nunca quise ser presidente. ¿A joder a todo un país por la lana? ¿Pá qué? Nunca quise ser astronauta. ¿Qué carajos tiene el espacio, qué es tan maravilloso que no tengamos aquí? Nunca quise ser doctor, porque no me gusta salvar vidas. Y nunca quise ser dentista, porque no me gustaría tener pacientes retorciéndose de dolor mientras me enseñan su espantosa higiene bucal. Pero hay algo que siempre quise ser…
—¿Qué?
—Siempre quise ser chofer de taxi.
—…que extraño eres…
—a huevo.

Dos maneras de matar

Este post es parte de una serie, llamada “Listas”. Anotación 15 de 14


Primera. Con suspenso.

  • Maneja tus nervios. La primera vez es difícil, después, incluso puede llegar a ser divertido.
  • Pon la rola que sale en la de Psycho, de Alfred Hitchcock.
  • Elige a tu objetivo.
  • Asegúrate de que lo quieres matar.
  • Acércate a él, con un cuchillo.
  • Si te mira, esconde el cuchillo rápidamente en la espalda y sonríele. En este paso, uno debe ser cuidadoso y no rebanarse la espina dorsal.
  • Distráelo.
  • Hazlo que ocupe su atención en otra cosa.
  • Acércate de nuevo, lentamente.
  • Alza el cuchillo.
  • Si tu víctima te descubre en ese instante, es inevitable.
  • Deja caer el cuchillo, descuartizalo, rebánalo, hazlo pedacitos. Furia ciega. Vista en rojo. La primera puñalada y las demás, hasta que te canses. Se pueden llegar a hacer hasta 100 puñaladas, dependiendo del grado de amor que le tengas al oficio.

Segunda. Sin romance.

  • Aviéntale una puta piedra en su jeta.

Dedicado a Axel Valdez, quien le gustó este pequeño texto.

Carlos Padilla (Escrito en el ‘99)

Era un niño llamado Carlos (Uno).

El Nacimiento del niño llamado Carlos Padilla.

—¿Es este el sujeto? —preguntó un ángel de diminuto tamaño.

—Este es el sujeto —contestó un demonio de diminuto tamaño.

Ambas figuras míticas se vieron la una a la otra con la responsabilidad del destino en su mirada, su diferencia ya estaba marcada como la luz y la oscuridad.

El niño recién nacido miraba a ambas figuras como discutían con curiosidad inevitable, balbuceaba despreocupado del destino que le aguardaba. A veces intentaba tomar a una de las figuras… pero su mano las traspasaba como el aire, el niño no se sentía confundido aún por estas pequeñeces, pero le desesperaba el no poder tomar a las figuras como lo hacía con lo demás a su alrededor.

—¿Por qué nos ha tocado hacer sufrir a este pequeño? —preguntó el ángel con compasión en su voz.

—¡Qué débil! ¡Es su destino, el es nuestro triunfo definitivo! Ja, lo verás Anyat…

—No Nikath, el niño será nuestro

El demonio Nikath emitió humaredas de azufre por sus narices y gruñó molesto. Caminó con sus patas de chivo hacia el ángel, sondeando el terreno que proporcionaban los pliegues de la manta del niño, frente a frente contra Anyat escupió hacia un lado y se esfumó.

—Perdóname… —el ángel voló con sus diminutas alas hacia la mejilla del niño y lo besó.

—Abwaaa Gagu, Gugaaa —respondió el niño. El ángel le sonrió a cambio y desapareció también.

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