El niño de cuatro años con el peinado de científico loco entró a su recámara y se recostó. No tardó ni dos segundos en darse cuenta que algo faltaba… su cobijita. Salió apresurado y empezó a buscar por todas partes, hasta que encontró que en la azotehuela, su abuela la tenía en sus manos y fue demasiado tarde… estaba cayendo a la lavadora.
El niño corrió como todo buen atleta corriendo los 100 metros y le gritó a su abuela: “¡Sálvala! ¡Sálvala! ¡Se va a ahogar!”, a la abuela le dio ternura ese gesto pero apartó al niño y le dijo: “Está bien mugrienta, ya la tenía que lavar. Ahorita que termine la sacamos”. Pero aquel niño no hizo caso y gritando: “¡Maldición, maldición!” (que era la única grosería sofisticada que se sabía y podía decir sin que lo regañaran), trató de subirse a la lavadora.
El niño, once años después, no recordaba lo que seguía de ese incidente y su abuela solo contaba lo anterior, como lo hacía justo en ese momento. Y su abuela se reía cada vez que contaba la anécdota y le acariciaba la mejilla. El niño se fue a dormir después y no tardó ni dos segundos en darse cuenta que algo faltaba, entonces salió de su cuarto, sintiéndose ya más hombre que niño y le preguntó a su abuela:
“¿Y mi cobijita?”. “Ya la tiré, ya nada más era un cuadrito de tela, parecía trapo”, dijo la abuela. El niño no supo que decir, tal vez un “Ok” y se fue a su cama, se recostó y pensó toda la noche que de adulto, una de sus excentricidades sería poner ese jirón de tela en un cuadrito de cristal para que el pudiera tenerlo toda la vida. Suspiró resignado y trató de quedarse dormido, antes de hacerlo… su abuela mientras pasaba por la puerta de su cuarto le escuchó decir: “Maldición”.
Y ella sonrió.






