Es decir, hizo como si llorara, porque, naturalmente, las brujas no pueden derramar verdaderas lágrimas. De todos modos, arrugó el rostro como un limón reseco, se secó los ojos con el pañuelito y gimió:
-¡Oh, muchachito, joven perverso y cruel! ¿Por qué tienes que enojarme siempre de esta manera? Ya sabes que soy muy temperamental.
Sarcasmo la contempló con gesto de fastidio.
-Penoso -se limitó a decir-, realmente penoso.
Michael Ende, “El ponche de los deseos”.
Después de varias deshoras y de un camino difícil, mañana es la junta final de mi proyecto. En el peor de los escenarios, después de las juntas pedirán que se haga casting sábado y domingo, para filmar lunes. Aún podría soportar que esto pasara. Lo tengo contemplado.
Hoy, amargado, pensé que los niños me empujaron nuevamente a mis límites. Como pasó en Duvalín. Aquel casting de Duvalín, mi primer proyectito donde trabajé yo solo, el director me dijo al final que el casting no le servía, no le gustaba, y que no lo aprobaba, aún cuando agencia y clientes estuvieran muy tranquilos con los niños. No pienses que hiciste un buen trabajo, me dijo el canadiense, porque no fue así.
En unas horas, prefiero no pensar lo que pasará. Sé que despertaré. O iré sin dormir, mientras organizo mi lista de teléfonos. Llevaré mis amuletos discretos de la buena suerte. Y luego recordaré, porque siempre pasa, mientras escucho los lineamientos de la junta, que ya nada es novedoso. Mi cuerpo tomará lugar. Levantará la mano, dirá su nombre y sonreirá cuando sea su turno. “Agustín Fest. Casting”. Abrirá una libreta, o su laptop, y anotará los nombres de todos los escuincles, hombres y monjas del mundo. En otra parte, su cabeza estará martillando la idea: “yaquepaseyaquepaseyaquepase”. En la vida, esa vida donde todos jugamos, y cuando somos brujas fingimos lágrimas, escucharé atentamente las órdenes de mi señor director, de mi señor agencia y mi señor cliente.
Agustín Fest, el otro, hará un buen trabajo. Siempre hace un buen trabajo. Quedar bien para no aburrirse, porque, ¿cuántos no estarán sentados mañana en esa mesa cuadrada y enorme, definitivamente aburridos de sus vidas? ¿Tan aburridos que reciclan ideas para vender un producto o enviar un mensaje? ¿Tan aburridos que miran los comerciales cuan cineastas postmodernistas, combinando narrativa-música-fotografía-luces-y-estilos para comunicar un mensaje? ¿Dos mensajes? ¿Un millón de mensajes? ¿Cuántos estarán conscientes que el cielo es azul en la misma tierra? ¿Que la tierra es tierra, dónde siempre haya tierra? ¿Que la contaminación y la sobrepoblación, nos guían al mismo destino funesto? ¿Y que todos los niños sonríen por las mismas cosas?
En la tarde del jueves, llegaron alrededor de cincuenta niños. Los primeros dos, no supe como soportarlos. No tuve la paciencia para explicarles la acción. Me quedaba callado momentos largos, pensando: “No, te, muestres, visiblemente, emputado, ni, desesperado. Eso es lo primero Agustín”. El niño, o me miraba con sus grandes ojos esperando mis palabras, o daba volteretas, visiblemente distraído y harto. Pensaba después: “No, desperdicies, el, tiempo. Saca provecho a cada uno de ellos. Si no lo haces ahora, yaquepaseyaquepaseyaquepase, si no lo haces ahora… no encontrarás lo que buscas. No harás un buen trabajo. Encarrerate. Toma aire paseyaque, y hazlo”. Para entender a los niños, me hice niño.
Sarcasmo, no entiende de niños, ni se comunica con ellos. Los niños, tampoco entienden las expresiones faciales de los adultos. El niño puede reconocer la tristeza de un padre (sus ojos caídos, su boca floja, sus ojeras) porque conoce o intuye el contexto. El niño, sin embargo, no reconoce los sentimientos de los adultos. No les importan. Un niño puede mostrarse visiblemente interesado en lo que cuentas, o puede ignorarte y dar volteretas cuando guardas silencio, porque no entiende, ni desea comprender, tus sentimientos. Es parte de la crueldad infantil. Para tratarlos, implica regresar a la infancia, una regresión mental de unos cuantos años, buscar un rasgo común con el que sea posible identificarte y explotarlo.
No lo habría hecho tan… tan… complejo, de no haber necesitado una gran actuación. ¿Por qué tomarse la molestia? Me preguntaba en varias ocasiones. Miraba al niño fijamente y el otro, Agustín Fest, pensaba en aquella playa donde iría a morirse ya cuando estuviera… extremadamente, sinceramente, y orgullosamente aburrido de vivir. Clasificaba a los niños conforme pasaban frente a la cámara, con dos sencillas palabras: “Lo sabe”, “Lo ignora”, “Lo intuye”, “Le teme”, “Le aterra”. Un proceso dual y simultáneo: “Debo identificarme con los niños y ¿con qué niño me identifico?”. Pensó en su niñez, cuando se desvelaba, y miraba programas de televisión porque no podía dormir. O escribía lentamente en la máquina de escribir.
Pensaba en los adultos, y en sus supuestas reacciones, cuando miraban un infomercial o algún programa de ciencia. “El adulto se sentirá culpable por no estar cuidando el planeta. Un planeta que me dejará a mí, niño. Al terminar, como el programa lo dijo, hará algo llamado consciencia y esa consciencia lo invitará a portarse mejor. Aunque sutilmente, se nota como el programa es un primer paso. Ver el programa es hacer consciencia. Ver el programa le hará sentirse mejor. Y olvidará, o juzgará innecesario, hacer algo después.”
Aquel niño aburrido, que buscaba su reflejo en otros niños, escribió lentamente en su máquina de escribir: “Somos unas brujas. Hacemos como que lloramos, para ver si así Sarcasmo nos hace caso”.
Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 58 de 59
¿Qué haces ahí sentada? Llevas largo rato en ese lugar, mientras los demás corren y expresan sus heridos sentimientos.
—Ha muerto el abuelo.
—Por fin esta descansando.
—¡Otro tequilita por ti, viejo!
Los miras correr de un lado a otro, y sigues en pijama. A veces se acercan a ti para tocarte el hombro, pero no te importa mucho, prefieres mirar como la muerte afecta a otros y contigo actúa por dentro. Un viaje interno que no tiene regreso. Aprecias, te maravillas, te asombras de todo lo que ha cambiado en unas cuantas horas. Tus piernas, tus nalgas, tu pecho, la respiración, el pilar de piedra que te has convertido empieza a resentirlo todo. Tu primo Juán sigue coqueteando con la prima segunda, Estela. El tío Raul sigue bebiendo tequila. Tus padres preguntan educados a los invitados como va todo. ¿Y tu esquina? Tu esquina oscura, un lugar seguro, donde puedes observarlos a todos y pensar en tus tristezas. No has derramado una sola gota por el viejo. ¿Esperas a que todos se vayan? No lo creo. Todavía no te la crees. Te enfurece, sin embargo, saber que no podrás invitarle otro helado en la plaza (burlando al médico y sus palabras diabéticas), tampoco podrás escucharle esas historias aburridas y repetitivas, y no te regalará otro sombrero pensando que pudiste ser macho. ¿En qué se irán ahora tus vacaciones, si no es discutir con el necio aquel? ¿En salir con el vecino, al que correteó con todo y escopeta, y le gritó cabalmente—. NUNCA VUELVAS?
—Ya se murió el viejito.
—Es que ya estaba malo.
—Estaba refuerte pa’ su edad. 85 apenas.
La caja que lo guarda esta sólo a unos pasos. Desde esas escaleras puedes verle un pedazo de nariz y te preguntas si será suya. Tú la recordabas distinta. No te has tomado ni un refresco, tus labios estan blancos, sientes que si saliera del feretro estallarías en carcajadas y lo ayudarías, divertidísima, a ahuyentar a toda esa bola de gorrones pegándoles de nalgadas con uno de sus sombreros. Pero tu sola no tienes el valor de hacerlo. Lo piensas mucho y no puedes. “De verdad estaba fuerte…”, se te ocurre pensar y te da coraje por estar de acuerdo con uno de los comentarios estúpidos y genéricos. El abuelo era como tu esquina, como el corazón que guarda con recelo todas tus tristezas que se unieron y se continúan acumulando desde hace unas horas. Ya no habrá quien esté molestando por las conchas en la mañana, ni por el chocolate de barra, ni por las cubitas de los fines de semana. Nadie insistirá que pongas a Lucho Gatica o Agustín Lara en el ipod, conectándolo al estéreo por las noches, cuando empezaba a caer el sol. Su guitarra se hará vieja, sino es que uno de esos buitres se aprovecha y se la lleva, argumentando que Enriquito va a tomar clases de música y hay que ahorrar, el abuelo era bien ahorrador, ¿qué no?
—Oiga doña Luz… ¿tendrá aún la guitarra del abuelo?
—¿Y su colección de discos?
—Así tendrá más espacio en la casa.
Ahhh, te muerdes el labio. Si ya piensan que estas loquita porque llevas horas observándolos. Ahhh, te aprietas las rodillas. Sin embargo no te atreves a saltar las escaleras y correrlos a todos. Tu madre te mira desde las preguntas y ella responde educadamente que primero los rosarios, y continuar rezando, en vez de darles lo que quieren. Por respeto a ti y por respeto a ellos, y respeto al muerto, y el respeto en general, sano respeto. Era la palabra preferida de tu abuelo y rezaba como Juárez—. Al derecho ajeno es la paz. Te caía gordo cuando le llorabas lo enojada que estabas por una u otra cosa, y él te soltaba uno de esos rezos, seguido de un montón de palabrotas que ya se sabía de memoria, a fuerza de repetición y años corridos. Mirabas. Gente vestida de negro y mejillas rojizas o anaranjadas. Imaginabas que eran los paraguas de los payasos góticos. Medio sonreíste. Medio te puso de buen humor. Otra mano te toca el hombro y ya estuvo bueno. La miras, es una mano vieja, morena y arrugada. La reconoces. Miras la nariz de tu abuelo que sigue asomándose por el feretro. No puede ser él. Te guardas la ilusión. Temes que si volteas a verlo desaparezca.
—Mija… ¿qué dices si corremos a todos estos hijos de la chingada?
Te pones las manitas en la cara y por fin las lloras, lloras todas tus tristezas, mientras sus manos espirituales te reconfortan.
Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post: Acerca de los FotoCuentos. Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
Al abrir los ojos, a las tres de la mañana, quien sabe donde, había una taza de café caliente frente a mi. Olía bien. La mesa era de madera, sin barnizar, seguramente comprada de segunda mano o cargada por su dueño en todas las mudanzas. Me recordó a la mesa grande de mi abuela. Aquella mesa que se llevó aún cuando la corrieron del departamento. Miré a mi derecha. La cocinita, tal vez algo más allá, un poco de imaginación y tenía una azotehuela. Miré a mi izquierda. Paredes color mostaza, fotografías en blanco y negro, borrosas, urbanas, comunes. Esas fotos que todos los aspirantes a fotógrafos sacan en sus primeras exposiciones, orgullosos e ingenuos, y esperan vender en precios muy humildes. El techo era blanco, sin albur. Las luces empolvadas. Una ventana detrás de mí. No había luces que me dijeran donde estaba, y las estrellas, bueno… Ciudad de México, smog, gracias. Llevaba la chamarra café y forrada, calientita. Recuerdo que había dormido sin playera antes de saber que la traía. Jeans. Ténis. ¿De verdad me atreví a salir tan noche? ¿De verdad no me ganó la hueva? Resoplé. El celular no se equivocaba: Las tres de la mañana.
Una de las cuatro sillas, cargaba orgullosamente en su respaldo la blusa y la falda de hacía unos días. Asentí lentamente. Revisé el celular de nuevo. Un mensaje en las notas: “Te hice café porque sabía que lo apreciarías con este frío. Por favor, habla con ella. Necesita consuelo”.
Habla… con ella. Me olí las manos. No… me ví las manos. Olían como aquella vez. Olían a una mujer de paredes de mostaza y fotografías en blanco y negro. Su sangre estaba entre mis dedos. “Necesita consuelo”. Alcé mi taza de café y me lo tomé lentamente. De verdad hacía frío. De verdad, consuelo… el camino del cempasúchil, guiarla al mundo de los muertos. Un hacha para partirla en cachitos. Seguro el hijo de puta la había matado y el consuelo, era dejarme el trabajo de esconder sus porquerías. Hijo de puta, pensaba, mordiéndome el labio, apretando los dientes, pero sin decir una sola palabra y tomándome el cafecito, creyéndome la gran señora de dignidad y decoro. Dejé que pasara el tiempo, a ver si me daba sueño otra vez. Mi celular no mentía: tres treinta y dos de la mañana. Mi taza de café a tres cuartos. Fue cuando escuché los sollozos y sentí un alivio superficial.
La pared mostaza se partía en un pasillo. Seguramente ahí estarían dos habitaciones y el baño. La cocina, en el pasillo a mi derecha. Practicaba mis dotes de arquitecto mental porque buscaba atrasar lo inevitable. Obvio. Estaba rico el café. Hijo de puta, seguro tiene una casita de café y así mantiene mis ingresos intactos. Me levanté de la mesa y caminé hacia los sollozos, el pasillo del general mostaza. Yey. Paso tras paso, aumentaba el volumen. Una habitación con la puerta entreabierta, un baño, y atrás una minicocina. Seguro no pagaba mucho de renta. Si pagaba más de tres mil pesos le estaban robando. Tenía la taza de café todavía en la mano. Olía rico, sabía rico, sabía metálico, sabía sangre, olía sexo, empujé la puerta.
Una mujer estaba sobre la cama, llorando… y riendo a la vez. Me confundió tanto, pero ya era tarde… cualquiera que fuera el lío, estaba con la mierda en el cuello, y bueno.
Este post es parte de una serie, llamada “Fotocuentos”. Anotación 57 de 59
Mira como las hojitas se resquebrajan entre tus dedos y las varas secas se rompen. Tus manos son tan pequeñas que aún no pueden guardar el polvo de los muertos. Se extienden tus dedos para tocar la tierra y siento un gozo discreto, una sonrisa pequeña, sabiendo que tus ansias de anclar raíces y procurar vida tal vez no son intencionales. El instinto primitivo que nos delata, como aquel cuervo que mató a sus hermanos porque deseaba vivir el último día de juerga. Los caracoles en el tallo de un girasol muerto, buscando en el pasado el sol que los benefactores jamás buscaron… sus corazas vacías hace tiempo ya. Eres una hermosa imagen.
También te marchitarás, ¿te imaginas bebito, que formarás parte de esa tierra y alimentarás a los gusanos? Así pasa, mira mis manos y entenderás que la piel también se seca. Mis manos son grandes, mis manos son el polvo de los muertos, los dedos son como palillos que hacen un gesto con la artritis para invitar a la muerte a que se acerque, y se acerque, paso a paso. Mis dedos son los del titiritero que jalan con su punta el hilo del tiempo. Soy mi propio muñeco que cambia con los años y expulsa el agua que le faltó a los caracoles, a los girasoles, a las hojas que arrastras con tus manos y el pecado de la casualidad.
Compartimos el mismo destino. Que se nos escape todo entre las manos y el aire. Nacemos con manos débiles sin poder sostenerlo todo. Morimos con nada en las manos. No debes temer. Si caminas como yo, si aprendes como yo, entenderás que es nuestro destino. El destino de todos nosotros. El temor no vale nada cuando te haces polvo y te confundes con la tierra.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
Si quieres leer los que llevo a la fecha, entra a la categoría de FotoCuento.
Más de una foto es bienvenida. Si ya mandaste una y quieres repetir, adelante. Si eres una nena y quieres enviar una fotografía de tus piernas, mucho mejor con la tierra.
Septiembre 26, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
El cuervo, en su soledad, olvidó los tres puntos y como quebrar las líneas. Cuando estaba con sus hermanos era más fácil. Entre todos observaban el mundo, se reían de él y procedían a mancharlo con sus alas, sus graznidos, sus ojos traviesos. ¿Pero por qué ya no tenía hermanos? —Oh —dijo en voz baja—, yo maté a los últimos. Les enterró en la misma cueva donde se escondían, y esperaban la muerte mientras recitaban poesía, bebían y fumaban. Jugaban antes de morir.
Ya habían pasado tres años, viviendo de su humor pestilente y algunas lágrimas de medio día. Se comió primero los gusanos que nacieron del cuerpo de sus hermanos y dependía de un pequeño manzano que sentía lástima por él y le ofrecía sus manzanas gustoso para que comiera. El cuervo estaba solo, aún cuando era el más joven parecía el más viejo. El cuervo no tenía con quien jugar. Se asomaba por la boca de la cueva, para que le golpeara un poco el sol y admiraba sus alaz de ceniza y polvo. Daba al manzano los buenos días por educación y luego se volvía a esconder. No quería nada que ver con el mundo.
El manzano le contaba a veces de sus hijos mientras él guardaba silencio. El cuervo tenía cinco hijos: el jabalí de fuego, el ruiseñor de agua, el delfín de la tierra, el árbol de aire y la madre vacía. Fenómenos monstruosos que hacían destrozos y que ya eran adorados por la humanidad como dioses. Tres años con el mismo problema, que simplemente crecía y adquiría fuerza con cada día. El problema ya había echado raíces y se había adueñado del mundo. El cuervo, cuando su consciencia estaba de rebelde, pensaba que el genocidio de sus hermanos había sido en vano e inmediatamente después se lamía las heridas, pensando que nunca tendría la fortaleza que tuvo aquella noche donde mató a los sobrevivientes. El cuervo, es y será, siempre su peor enemigo. Es esa consciencia la que los ha permitido vivir a lo largo de los años.
Otro día se asomó y miró, indiferente, como el jabalí de fuego quemó su manzano.
—Gracias —gritó el cuervo malhumorado mientras el jabalí de fuego corría hacia el horizonte—, gracias.
Escuchó al manzano gritarle: “Pensé que éramos amigos, ¡Haz algo!”, mientras se reflejaba su madera en llamas en los negros ojos del cuervo, de alas de ceniza y corazón muerto. El cuervo simplemente respondió: “Los cuervos sólo somos amigos de los cuervos” y se metió a su cueva. El manzano le dijo alguna vez que a sus hijos no les interesaba matarle ya porque era uno solo y sabían lo patético y destruído que estaba. Así que el cuervo, tres años después de sus ansias y su temor a la muerte, mejor decidió suicidarse. Como era poco práctico y sofisticado, lo que hizo fue romperse las alas y tirarse por la boca de la cueva, caer como unos tres metros al vacío y a ver que pasaba.
Después de golpear el piso y achatarse el pico, alzó la mirada y miró que aún estaba vivo. Le dolía todo, un ardor que estremecía cada una de sus extremidades, pero estaba vivo. El hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha puesta, estaba frente a él.
—Estoy vivo —dijo el cuervo, evidentemente frustrado.
—Sí, sí que lo estas —respondió el hombre de chamarra negra.
—Pero si me acabo de suicidar.
—Eso hiciste.
—Es aquí dónde se supone que tú me llevas a una vida mejor.
—Se supone.
—¿Y luego?
—Pues no quiero.
—Oh, muy bien. Gracias ¿eh? Muchas gracias.
El hombre de chamarra se encogió de hombros.
—La verdad no puedo llevarte porque gracias a tus hijos mal educados tengo mucho trabajo.
—Ah… Así que decidiste hacer enseñarme una lección. Ya veo.
—Eso, y qué la verdad la distancia de la que te tiraste no provoca la muerte.
El cuervo escupió sangre. Parecía que se había quebrado algo.
—¿De verdad?
—Sí, pero como quebraste tus alas, no creo que puedas intentarlo de nuevo.
—Puedes arreglarlas.
—Sí, pero no se me antoja.
El cuervo asintió indiferente, con su pico chato y sus alas quebradas. Después de un gran esfuerzo que el hombre de chamarra negro miró divertido, logró ponerse en pie. El hombre lo siguió con la cabeza, como el cuervo agarró camino y se fue a algún lugar, cuando el cuervo desapareció de su vista, tronó los dedos (siempre había querido tronarlos) e hizo lo mismo. El cuervo caminó un largo trecho, donde un par de niños traviesos le arrancaron las plumas de la cola y un perro intentó orinarle encima. Sin embargo, el sol de otoño y las hojas secas que se escapaban con los árboles, le hizo pensar que otros estarían teniendo un excelente día. Si caminaba lo suficiente, llegaría a una carretera donde un trailer podría atropellarle y entonces tendría un día tan hermoso como ellos.
Pero pasó algo. Lo que usualmente pasa con las caminatas.
Se puso a pensar.
Se le ocurrió la más loca de las teorías: Los cuervos nunca pensamos individualmente porque siempre estuvimos volando juntos, ¿será por eso que los hombres son tan promiscuos con la idea de la individualidad? ¿porque se dedican a caminar? Los cuervos nunca pensamos en banalidades, siempre estuvimos cerca de la banalidad, del aire y del cielo. Siempre estuvimos arriba de todos los demás. Pero la individualidad de los hombres, ¿es realmente individualidad? ¿Quiere decir, qué soy un hombre porque ya puedo caminar? ¿Querré comprarme ropa de marca y coches iguales a los otros para ser como los demás?
El cuervo no pensaba bien. Estaba caminando. Cuando se dio cuenta de eso, se detuvo y murmuró—. Gracias, gracias —la idea de suicidarse, con cada paso, le parecía aburrida. Debía hacer otra cosa. Al menos vengar a sus hermanos, matar a sus hijos y procrear otra vez. Seguro que con eso, no vendría la muerte a mofarse otra vez de él y se lo llevaría a un lugar mejor. Algo que no había olvidado el cuervo, después de todo, es que las cosas se hacían siempre para su beneficio personal, incluso salvar al mundo. Sólo que había un pequeño problemita: No había más cuervas para procrear agusto.
—Es hora de tener una audiencia —dijo el cuervo convencido—. Es hora de hablar con Dios. Gracias, ¿eh? Sí, muchas gracias. Lo que me faltaba.
Septiembre 12, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos…
los 21 restantes,
alzaron la mirada,
leyeron el título,
y pensaron:
“Cortázar”.
Los cuervos…
bueno, el uno,
de los veintiuno,
dijeron—. Nos quiere
quemar otra vez.
Guardaron silencios.
Esperaron a su hijo,
un jabalí de fuego.
Y no pasó nada.
Suspiraron de alivio,
sacaron las cartas,
y jugaron póker,
como quien no morirá
el día de mañana.
Los cuervos…
bueno, otro dellos,
dijo—. Cortázar es
un maestro. ¿Leyeron
autopista al sur?
—Espera, espera
—interrumpió el más joven—.
Estamos muriendo.
Necesitamos salvarnos.
No es hora de pensar en Cortázar.
Los cuervos…
bueno, los veinte
más viejos, se rieron.
—Somos cuervos.
Si morimos no importa.
Estaremos con mamá
en el cielo.
Cinco dellos prendieron un cigarrillo.
—Somos cuervos.
Si morimos, no importa.
Habremos reído, fumado,
leído como idiotas,
como hedonistas salvajes,
habremos quemado
cada una de nuestras plumas
antes de extinguirnos
por completo.
Moriremos en vano.
Moriremos felices.
Moriremos y ya.
Porque así es la muerte
jovencito,
cuando te lleva, te lleva
y quienes te reemplazan,
son tus hijos.
Los cinco monstruos
que ahora destruyen el mundo,
se convertirán en cuervos
como nosotros.
Padre e hijos,
reflejo y contrarreflejos.
Los cuervos…
bueno, uno dellos,
aquel de voz más bonita,
afinaron la voz y cantaron—:
Los demonios aún atormentan,
y los cielos todavía truenan,
pero estaré ahí, velándote,
dormir y despertar, besándote.
—Mamá nos canta desde el cielo.
Es hora de morir chavalín,
no te sientas triste.
En el cielo hay un payaso
que nos hará reír.
Se llama Dios.
—Rieron, rieron, rieron los cuervos.
—No pediremos a Dios, ni al cordero,
ni al hombre que escribe, ni al hijo,
ni al señor de los muertos,
el perdón de todos nuestros pecados.
Los cuervos…
bueno, el más joven dellos,
se volvieron locos de desesperación.
—¡No quiero morir! ¡No quiero morir!
—¡Es inevitable!
¡Siéntate y juega con nosotros!
¡Siéntate y fuma con nosotros!
¡Lee poesía de verdad con nosotros!
¡Eventualmente llegarán…
nos desharán por completo!
¡No seas estúpido, quédate con nosotros!
Los cuervos cantaron—:
Cierra tus ojitos, dulce amor,
con mi canción olvidaré tu dolor,
las penas que te acosan
y los fantasmas que se asoman.
Los cuervos…
bueno, solamente los viejos,
reanudaron su juego.
El cuervo más joven les miraba,
receloso, angustiado, ansioso.
Presa de tantos demonios,
encarcelado en sus ganas
de vivir
hizo lo que no hicieron otros.
Furioso, iracundo, los atacó
con su pico.
Les arrancó los ojos,
les penetró el pecho,
les quebró el cuello,
y ellos no opusieron resistencia.
Después de matar a uno,
otro gritaba—. ¡Ahora yo! ¡ahora yo!
—¡Se quema Alexandría!
—¡Se quema Roma!
—¡Se quema Uz!
—¡Se quema, me quema, nos quema!
Riendo y fumando murieron
los veinte cuervos.
El cuervo,
despertó de su
impulso de sangre.
Miró a sus hermanos.
Sabía, en su ego,
que había hecho
lo correcto.
¿Por qué, entonces,
lloraba como un becerro?
Agosto 31, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos…
se rieron de Satanás,
y lo miraron subirse
a su Cadillac rojo.
Iba al norte.
Esas carcajadas
quebraron la noche
y enojaron
a sus hijos.
Los cuervos
recibieron
la visita
del ruiseñor de agua.
Les llovió toda la noche,
el agua les tapó la
garganta.
El granizó les arrancó el pico
y deshizo todas sus plumas.
Murieron cientos
de cuervos.
Los cuervos
restantes,
buscaron toallas
y bajo árboles
se resguardercieron.
En el bosque,
esperaba el jabalí
del fuego prometéico.
Resopló bolas de fuego.
Algún cuervo chistocito…
dijo—. Huele a pollito.
Más tarde fue incinerado,
hecho polvo
por una línea de fuego.
Murieron cientos
de cuervos.
Los cuervos
que aún vivían
exclamaron—. ¡Cerdo ardido!
¡Cerdo ardido!
—volaron, volaron lejos.
Miraban al piso
que se resquebrajaba
y agujeros negros se abrían.
Algunos cuervos,
por el vértigo
y porque jamás habían visto
un negro tan puro,
se tiraron. Cayeron en picada.
Cientos de ellos.
Un delfín hacía ruidos
guturales con la garganta
y se asomaba para sonreírles,
sonreírles y golpear con su cola
piedras para golpearles.
Murieron miles de cuervos.
Los cuervos
creían haber escapado,
cuando los tornados
les amarraron las alas
y trozaron sus cuellos.
La silueta de un árbol
se dibujó en las nubes.
Un árbol furioso y triste.
Robusto y forrado.
No podían hablar los cuervos,
no podían respirar,
no podían funcionar sus
pulmones.
Murieron cientos de miles de cuervos.
Los cuervos
se escondieron en una cueva.
Incómoda, húmeda, apestosa.
Pero después del genocidio
era como su paraíso.
Sintieron
calorcito en el corazón.
Caricias en el pecho.
Durmieron.
La madre vacía,
la última hija,
atravesó sus pechos
con la mano desnuda.
Arrancó sus corazones,
sus órganos vitales,
y se los comió.
Arrancó sus plumas
y sus picos,
y sus patitas,
y sus chistes.
Murieron millones de cuervos.
Los cuervos…
que despertaron vivos,
recibieron el sol
inusualmente alegres.
Buscaron vino,
carnes frías,
quesos,
e hicieron una fiesta.
Sólo 21 cuervos sobrevivieron.
—¿Se acuerdan de la cara
de Satanás cuando cantamos
la canción de Baal?
—Rieron mucho.
Luego quedaron en silencio.
—Estamos en problemas.
—Algo se nos ocurrirá.
—Vamos a beber un poco más.
Otro silencio.
—Extraño a mamá.
Un lugar común y ya explotado, sería escribir: “Ojalá la vida fuera como Word, dónde abro un nuevo documento y todo esta en blanco. Y no importa si ya está escrito, solamente Control N y ya estoy en limpio, como una hoja en blanco insisto”. Pienso que es mejor cargar con el pasado, los errores, los aciertos, la redención de los pecados se encuentra en el presente. Ojalá que pudiera empezar de cero es cometer otro error: la inacción, que se extiende tanto como el presente y sigue contaminando el futuro. Lo que es de verdad hermoso, es no tener la certeza de lo que sucederá mañana. Aún siendo asfixiados por la rutina, el mismo trabajo, la misma vida, los mismos gestos y las mismas caras… accidentes pasan, accidentes que modifican nuestro entorno y pueden cambiar nuestra vida de manera drástica.
Si no gusta, pues ni modo pichulita… pero ahí ta, pasó algo y cambió tu vida. ¿No es reconfortante?
Hoy me tocó tomarle video a unos niños para un comercial de banco. Me quejaba con la señora de Fest por teléfono, arguyendo que los niños eran estúpidos o que habían respirado mucho plomo el día de hoy. Ella contra-replicó (tómala con la construcción) que los niños no eran los estúpidos, sino que yo no me sabía explicar. Como aquella vez que estaba lloviendo y quería subir la maleta de su hermana en la cajuela, ya que la íbamos a dejar a la terminal. Ábreme la cajuela amor, con mi chalequito y mis brazos empapados. Ella simplemente se dirigió a su puerta, paraguas en mano y me contra-replicó, porque a ella le encanta contra-replicarme, “¿Para qué la metes a la cajuela?” … asentí lentamente, abrí la puerta de atrás, dejé la maleta de la cuñada junto a la cuñada y respondí suavemente: “Tienes razón, perdóname y soy un estúpido”. Tal vez no estaba de humor para aguantar chamacos. Los primeros diez, repetí la acción dos o tres veces. A los demás les tuve menos paciencia.
Mi nula paciencia y la brillantez que requería que una niña esperara a que su perro orinara en la acción. Ambos factores dificultaron el casting. Mañana buscaré una nueva forma de explicar la acción, aprovechando que hoy vinieron pocos niños y no daban el tipo.
En la tarde, casi a las seis, entró una viejita. También hice casting de esas edades. Me cuesta trabajo separarlas de mi abuela. Sé que no son la misma persona, pero el interactuar con un viejo me provoca recuerdos. De haber tenido otros tres abuelos, tal vez los vería diferentes. Una señora en particular, la cual se miraba bastante cansada. Cinco años atrás no se miraba así. Podía escuchar como le costaba trabajo respirar y tuve miedo que muriera en el foro. Mientras le preguntaba su nombre y los datos, pensaba en el número de viejos que sabía, habían muerto a mitad de un casting: cero. Ella iba a ser la primera. Se iba a morir durante el casting. ¿Hola tú nombre? Sí, mi nombre es… al suelo, a la mitad del video, me llevo la mano a la boca, “ahh… mierda…” susurraría, qué recepción hable a una ambulancia, qué alguien me ayude a contener a los chismosos, que otro más se haga cargo compermisito que me voy a al sillón. Me angustiaba de pensarlo. La señora sonreía bastante, pero estaba cansada…
Como los árboles en Otoño, pensé, necesitaba descansar.
Se acabaron los cigarrillos. Esta página ya la llené demasiado. Todavía queda trabajo por terminar. El trabajo fortalece el espíritu. Desvela. Resta vida. ¿Pero qué vida hay sin trabajo? ¿La contemplación? ¿La muerte? ¿Simplemente mirar el monitor? ¿Qué sería de nosotros, si no tuviéramos algo qué hacer…?
Agosto 23, 2007 — Los cuervos. Escrito por Agustin Fest.
Los cuervos,
se ríen.
Los cuervos,
conocieron al
primero de sus
hijos.
Un ruiseñor que
jugaba con el
agua
como si fuera
dios.
Cuando el
ruiseñor
cantaba,
no paraba de llover.
…de suicidio, la señora se ve más débil. Triste. Recuerdo cuando la miraba antes, una mujer robusta y enérgica, como una mujer vikinga. Luego su hija se tiró de la ventana y dejé de verla mucho tiempo. Una vez me la encontré, ya con el cabello corto, cuando solía traerlo largo, y descuidándose las canas. Igual de grande, pero se movía despacito. Me parecía que le pedía algún titiritero jalaba sus hilos simplemente para no quedarse quieta. Me gustaba mucho su hija, antes de que intentara suicidarse. Me parecía una de las morenas más bonitas que había visto. La hija regresó, en muletas, también con el cabello corto. Su hermana y dos amigas revoloteaban alrededor de ella como urracas para hacerle reír. Quien sabe a cuantos habrá espantado. Al menos a mí, me espantó el deseo. Es uno de los pocos recuerdos ajenos a mí, que me causa tanta impresión. Me mudé después a Palenque, y pasé un buen tiempo sin ver de nuevo a la señora vikinga. Ahora que he regresado a la Unidad, todavía la veo, parece moverse un poco más rápido, pero sigue con las canas y los ojos apagados. Así descubrí que un suicidio no sólo mata a una persona.
Cansado de la falsedad, salió un día y mató a un hombre. Quería verlo muerto. Recordó, entonces, cómo pensaba en la muerte más a menudo cuando era joven, específicamente el asesinato. Ríos de sangre corrían por la ventana, después de haber estrellado su cara y que los vidrios se enterraran en la yugular. Cuanta violencia, pensó después, un poco aturdido. Puede ser la cantidad de hormonas las que provocan el pensamiento asesino todo el tiempo, y entonces, chiquillo como fue, escribió poemas consagrados a la muerte, del asesinato, la desolación, la incomprensión. Cosas que se olvidan en la adultez y el movimiento social, la educación, y la moral ayudan a olvidar. —Nunca confesé que me habría gustado verte morir —le dijo al cuerpo, a la cabeza bañada en sangre—. No sabía, que se sentiría tan bien.
Las hojas se mueven y la brisa hace lo suyo, hablando de ritmos y espacios. Ayer, antes de dormir, platicamos un rato mi hermano y yo. —El día que tembló en Colima —dijo—, no había pájaros y los árboles no se movían. —¿De verdad? —pregunté incrédulo. —Sí, dejaron de moverse… se sentían extraño.
Me fascinó la interpretación de los fenómenos naturales un tanto ingenua, y luego me pregunté si no habría por ahí algún papel científico que explicara que los árboles dejan de moverse con el viento, cuando un temblor esta a punto de atacar. Lo de los pájaros puedo entenderlo. He visto Discovery Channel y he leído National Geographic, Muy Interesante y el Reader’s Digest.
El árbol postrado frente a la ventana de la oficina, donde paso la mayor parte del tiempo, esta moviéndose mucho el día de hoy. El choque de las hojas contra hojas, hace un sonido agradable. Mi hermano estaría contento y tranquilo de escucharlo.
Comí con Doña Mary, intercambiamos unas palabras muy breves, hasta sentí que me estaba dando a entender que le agrado. Igual y es alucinación mía. Ahora repite mi nombre cada que puede, porque alguna vez fui a comer con ella (cuando dejé Casting) y se le había olvidado. No quiere repetir la falta. Es lindo que las personas tengan esos detalles, aún cuando seas cliente y servicio. Es agradable que te llamen por tu nombre.
El árbol todavía musicaliza la escena, parece que se divierte el día de hoy, sus hojas bailan alegremente a pesar de las ambulancias que han pasado hoy por su calle. Me siento un poco enfermo, no sé por qué. Tal vez he fumado demasiado el día de hoy, la costumbre del café y la coquita por trabajar aquí, la inactividad, la espera por el material y luego el tedio de cortarlo, transformarlo. Largas esperas. Me pregunto como el árbol no se desespera y respondo que es por su baile ocasional con el viento.
Mi hija adoptiva me platica, mientras tanto, que se ha puesto una rutina de ejercicio. Le gustaría bajar las caderas. Personalmente me gusta que sean anchas, fuertes, apretables. Soy muy consciente de mi gén de supervivencia y fertilidad, yo creo. Por eso no ando detrás de todas las modelos que vienen a la oficina (supongo), porque sus caderas nomás no… y tienen bonitas piernas, tienen culos paraditos, pero les falta… “el agarre”, ¿saben? Porque cuando uno esta en medio de la acción, es menester buscar dónde agarrarse para el impuje, el momento, el impulso.
El árbol cuando baila, por ejemplo, se sostiene de su tronco y permite que las ondas de movimiento se extiendan a sus ramas, sus hojas, y deja ir sus semillas, para que busquen un pedazo de tierra. Similar a la eyaculación, porque sólo unas cuantas encontrarán un pedazo dónde sembrarse, mientras que las otras serán comidas por el concreto y las llantas de los coches que les aplastarán inmisericordes.
Es una muerte hermosa y valiente, dejarse ir por el viento, cuando tu padre o tu madre, te han expulsado de su cuerpo mientras bailaban. Ya esta grande el chiquillo, debe aprender a planear en el viento, debe crecer y hacerse grande como nosotros. Una explosión rítmica y natural que nos divide. Los vivos somos lo mismo, y tenemos en común lo más importante: vivir y morir.
El arte malo es más trágicamente hermoso que el buen arte porque documenta el fracaso humano. Tristan Rêveur..
Al regresar a este trabajo, aún cuando tengo menos responsabilidades, me recordó partes fundamentales de mi persona. Desde el ambiente multicultural (con su variedad de acentos y educación) y las experiencias de épocas varias, hasta pedacitos de como me comporto cuando se trata de responsabilidades y mis sueños aspiracionales (un poco distintos al que se esperaría de un mundo publicitario, pero sueños al fin y al cabo).
Cualquier trabajo, para hacerte feliz, debe ofrecer estos sueños. Desde un burdo “quiero dinero para…” o “me gustaría trabajar para estos proyectos y ganar un poco más”, hasta los grandes como “quisiera hacer casting para películas extranjeras” o “desearía abrir mi propia castinera”. No en balde, la pobre muchacha a la cual reemplacé, sin experiencia alguna en computadoras o habilidades secretariales, se vio totalmente perdida cuando un hombre que había trabajado para varios programas de TV Azteca se paró frente a ella y preguntó por el foro para entrar al casting. Un sueño con patas. No pudo conservar la compostura y paró el flujo del trabajo simplemente para tomarse una fotografía con él (hermosos los celulares). Más tarde (mucho más tarde), se acercó a la directora de casting para pedirle su número de celular porque deseaba invitarle a cenar. Obviamente no se lo dieron y la corrieron muchos kilómetros a lo lejos.
Mis aspiraciones son sencillas, tan sólo quiero un poco dinero para el casorio. Eso y otro trabajo que tengo por ahí (la entrada fuerte), ayudarán a un buen inicio, o al menos, para una excelente luna de miel. Recuerdo aquellas noches de desvelo, mientras cortaba material y guardaba otro tanto, mientras armaba las ediciones y arreglaba sus computadoras, y otro par de cosas más… con un poco de nostalgia, me recuerda como hace cinco años era más ambicioso, más creativo, más extraño y algunos dirían que más pedante. A veces lo añoro, pero con eso basta.
Si me preguntaran cuales son mis sueños, los de verdad, diría que es una casita en alguna playa (no importa si es una choza o un cuadrito hecho con ladrillos), una mesita plegable y disfrutar un sano retiro, con la buena mujer a un lado, solecito y arena.
Me interesó en algún momento ser un escritor de mainstream o incluso, de alguna elite cultural (si eso existe), tal vez todavía persiste en alguna parte de mi espíritu… pero si eso no me llevara a morir tranquilamente en la playa, puedo abandonarlo y seguir escribiendo en un cuadernito. Tampoco me ha interesado trabajar en el cine o en el modelaje (adelgazar y cuidar la dieta, exige demasiado para un muchachito que un rato se murió de hambre) y las nalgas de una vieja son algo que se pudre, como toda la carne, como mi propia carne. Tantas mujeres he visto pasar en estos pasillos en todos sus niveles. Mujercitas de 10 que de un día a otro tienen 15. Mujercitas de 28 que aparentaban 33 y a sus 33 intentan desesperadamente aparentar 28. Los hombres me parecen más patéticos todavía. En días de lluvia, este es un mundo muy triste, como el mundo que se aprecia cuando viajas junto a otro en un camión o en el metro, porque ves las edades, ves los sueños esfumarse de los ojos de un minuto a otro.
La vida inmediata puede dar giros inesperados (me largué a otro país, conseguí un trabajo que nada tiene que ver con mis estudios, nunca esperé pertenecer a una institución de caridad), en todos los lugares, en todos los tiempos, del mundo… sin embargo, el fin es invariablemente el mismo. Si algo quisiera elegir para mí, dentro de toda la vida que aún me guarda y me espera, es dónde voy a morir. Si acabo en un departamento húmedo, lleno de periódicos, mirando nostálgicamente por la ventana concreto trás concreto, deseando haber estado en esa playa, le pediré a quien me acompañe en mis últimos momentos que me cuente de esa playa que tanto escribí, que haga el ruido de las gaviotas y de las olas, que me platique de cuantos metros cuadradas es mi casita, y el color de mi sillita plegable. No hay nada que pueda vencer la imaginación del hombre cansado y fracasado.
Si todo saliera muy mal, si esos giros inesperados concluyeran en mi soledad, tendría una revista de viajes a un lado y esperaría tranquilo, sentado frente a la mesa y con un cigarrillo consumido en la boca, el momento de abrir sus páginas y largarme de una vez.
Este es uno de los fotocuentos que escribo en Árbol de los Mil Nombres. Si quieres enviar una foto, antes lee: Acerca de los FotoCuentos.
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Soñé que iba a morir. De hecho, fue emocionante, porque soñé que moriría matándolo en retribución, una especie de accidente durante una pelea que se cobraría con nuestras vidas. Él, era un hombre canoso, robusto, con voz grave y malo, muy malo (Uhhh, meyo). Soñaba que arruinaba la vida de mis amigos, los desaparecía o los asesinaba. En el sueño estaba consciente de ese futuro a través de sueños o premoniciones, como el tipo de los 12 monos, o de La Jetée… pero al contrario de ellos, estaba ansioso por enfrentarlo. Siempre estoy ansioso por el futuro. Si algún espíritu travieso se presentara y me contara el porvenir, manejaría a hacia allá a toda velocidad para estrellarme y morir, renacer, todas esas pavadas. Cada etapa es una muerte chiquita y una resurrección.
Acompañaba a alguien en un viaje, a alguien que podía ser yo y no lo era. Diría que era un primo, o un alma gemela. Estábamos juntos en una camioneta, con amigos comunes y viajábamos por toda la República para buscar a sus hermanos. El malo viajaba con nosotros, pero no se había declarado como tal… estaba fingiendo. Yo sabía quien era él por mis sueños, pero no lo comentaba porque pensaba que los otros no me creerían. Movía las piernas ansioso, quería que me dieran el volante… sí, ya quería estrellarme, quería morir junto a él. Llegamos a una estación de trenes rápidos y me sorprendí, porque una parte de mi consciente estaba segura que eso no existía. Trenes rápidos que conectaban a toda la República. Monterrey y Guadalajara, por ejemplo.
Llegamos a un lugar que parecía un hospicio, mi primo sacó una fotografía y empezó a preguntar por su hermano. Mis amigos se dispersaron. El malo se disculpó, se subió a su camioneta y habló de invitarnos a comer. Persistía en fingir… pero tenía la impresión de que conocíamos nuestro destino. Tuve una revelación, el malo era yo… o una especie de doble, sólo personas así de íntimas podían conocer su destino común y aceptarlo. Él se retiraba para empezar una cadena de eventos cuya finalidad sería nuestra muerte. La persona en que podía convertirme si continuábamos con esto. Cuando terminaron mis pensamientos, tan mamucos, descubrí que no era un hospicio, sino una casa de casting. Los niños se habían disfrazado de pordioseros para un comercial. Entre los niños se encontraba el hermano de mi primo. Sabía que después de encontrarlo a él, tendríamos que buscar a sus hermanas… al menos él, porque mi viaje era otro. Por fin, el futuro en un declive, sin frenos, exáctamente a dónde siempre quise ir.
Desperté, pero no quería hacerlo. Los sueños de muerte no se abandonan tan fácil.
Septiembre 2, 2004 — Inexistente. Escrito por Agustin Fest.
Hoy no hay nada que escribir.
Ayer no hubo nada que escribir.
Desde la muerte de Cristina, se me rompió el deseo de escribir algo… un blog, específicamente. También dejé de leerlos a todos. No tengo ganas de platicar con nadie en el MSN. Y no tengo ganas de conocer a nadie, ni escucharlos hablar en la escuela. Tampoco, tengo muchas ganas de escuchar confesiones de gente ya conocida o desconocida. Estoy en un ensimismamiento, un poco egoísta, muy bien disfrazado de “buen humor” y “todo está bien”.
La plática con la hija de Cristina fue un martirio: aquí sentadote, aguantándome las ganas de chillar y escribiendo a Romina que todo estaba bien, que trabajaríamos en lo que su madre hubiera querido, que seguiríamos manteniendo Rascacielos y buscaríamos la manera de que se continuara actualizando. Me dediqué a hablar con mucha gente y a avisar a otros tantos: Cristina tuvo muchos amigos aquí.
Ya hablé con el dueño de Palabras Malditas para organizarle un pequeño homenaje a Cristina… me zambulliré en Rascacielos y en su blog, para rescatar algunos textos de ella.
Los del blog, lamentablemente son muy pocos…
Hablé con Alex, otro amigo en común, para buscarle un espacio en la red… no queremos que Rascacielos siga en geocities. Queremos que los trabajos de Cristina tengan su propia esquina en la red. Y estoy buscando/pensando en alguna herramienta (PHP Nuke o tal vez, el famoso Mambo) para facilitarle a Romina la publicación en línea. No quiero que sea Movable Type, ya que este es algo complicado (además, que Rascacielos no tiene el formato blog y adaptarlo a eso… no lo sé) y lo que busco es algo sencillo, para que Romina no se agobie y el trabajo de mantener un sitio tan rico, sea algo sencillo.
Romina tiene muchas ganas de continuar lo que su mamá empezó, eso es más que suficiente y me repito, que lo menos que puedo hacer. Y ya me voy, que tengo que trabajar… ir a comer, la escuela… y he descubierto, que si tengo algo que contar el día de hoy: me puse los boxers al revés y traigo una playera que dice USA con todo y bandera… a ver que me dice el alma grillera de la UNAM el día de hoy.
Diciembre 18, 2003 — Y Cecilia. Escrito por Agustin Fest.
Ayer, hace seis años, recibí una llamada telefónica que decidiría la persona en la que me he convertido el día de hoy.
Ayer, hace seis años, le rompieron el corazón a un niño y no fue su culpa. No fue la culpa de nadie. No había a quien culpar.
Así que decidió culparse así mismo, decidió cargar con ello durante seis años.
No olvido la fecha, la traigo conmigo. Ayer se me heló la sangre cuando llenaba una poliza de garantía y anoté el número. Curiosamente, estaba llenando la poliza de garantía de un teléfono.
a luz anna andreani ruiz… quien le gustó este pequeño texto.
Erase una vez que se era, allá en el jardín donde vive el Árbol del Bien y el Mal, un oso de felpa escuchaba a la Niña de Todas las Preguntas hablar con el Señor de Todas las Respuestas. No comprendía nada y se desesperaba, tan sólo miraba los signos de interrogación volar de la boca de aquella que todo pregunta y el que todo lo responde, negaba respuestas con el humo de su cigarrillo y pensaba continuamente tres puntos. El oso pensaba que él no tenía ganas de responder y muy probablemente, tenía razón.
Después apareció un cuervo, quien graznó infinito y en el cielo, se vieron las estrellas como se ven en Marte.
El oso se sentó y trató de mirar las estrellas, pero era imposible hacerlo, porque el infinito seguía graznando, los tres puntos seguían humeando y las interrogaciones ocupaban todo el sonido. El oso tiró sus manos en sus rodillas, negó tristemente y suspiró, ¿qué podía hacer para mirar las estrellas?
—Tan sólo soy un oso de felpa —dijo casi en silencio, como un susurro.
Hay susurros más fuertes que un grito de muerte.
Sus palabras, con todas las letras implicadas, volaron e hicieron un espacio entre el sonido de las interrogaciones (La niña preguntona se calló la boca), se apagó el cigarrillo del silencio eterno (El señor sabiondo no pudo pensar más) y el infinito calló el pequeño graznido (el cuervo echó a volar, a la oscuridad inmensa).
Y el cielo después brilló intensamente, solamente para aquel oso de felpa.
Diciembre 1, 2003 — Cuenta-Cuentos. Escrito por Agustin Fest.
La Muerte, el dios-Hombre supo que no fue el primero cuando lo miró. Ahí estaba él, hundido en la oscuridad, un viejo de toga blanca con un libro en el regazo y una pluma celestial, escribiendo todo lo que sucedía. Y parecía que cada vez que hacía algo, podía escuchar las letras escritas en el libro dictando lo hecho. Fue cuando a la Muerte, el dios-Hombre, le asaltó una duda existencial de esas que no tiene muy a menudo: ¿Hacía las cosas y el libro las portaba? ¿O se escribía en el libro y entonces lo hacía?
Todas las respuestas, entonces, penetraron su cuerpo y su mente. Ahora recordaba quien era, quien fue y quien sería. Aceptó gustoso el destino y asintió, hacia el primer Cuenta-Cuentos. Hacía mil vidas había dejado la rebeldía de lado, hacía mil vidas que descubrió de la mala manera que era un títere de otro, hacía mil vidas se había resignado. Él tenía todas las respuestas y era simplificada en una sola: No puedo hacer más, porque ya está escrito.
La vieja ciega no descubrió al Cuenta-Cuentos, para ella estaba prohibido. Para la vieja ciega La Muerte seguía siendo el primero, el único e indiscutible señor de todo. La Muerte le observó y recordó todo el pasado de la vieja y qué hacía ahí. Sin embargo, no podía decirle nada y no debía darle las respuestas que ella tanto esperaba. Mil vidas que ha repetido para cuidarle y protegerle, para enseñarle el camino. Y no podía salvarla. Era ella la esperanza de todo humano y de él en sí. Porque era la anciana ciega la única loca y estúpida, la única con la fuerza suficiente, para desafiar lo que ya estaba escrito. En ella depositaba sus esperanzas.
Y lamentablemente, para hacerlo así, no debía darle ninguna respuesta para tranquilizar su alma.
Jamás.
Los dioses observaban desde Jenué al dios-Hombre alzar sus brazos y con sus puños tomar la oscuridad y la luz. La vieja ciega lo aprobó silenciosamente. Fue en una esfera de eter, magia y la realidad de las letras, que la Tierra fue creada. Fue así, con el soplo divinal del dios-Hombre, que creó los otros mundos cuales fueron esparcidos por todo el universo como burbujas de jabón. Explotaron uno tras otro y El Señor de Todas las Respuestas, ordenó a cada cuervo a observar cada mundo.
Sus cuervos, sus ojos.
Con los dedos moviéndose como un músico, decidió por lo que ya estaba escrito, a cuales debía darles vida y cuales no. Finos hilos de gravedad atravesaron el universo (y así, con los vestigios de los hilos, fueron creadas las estrellas) y a la Muerte a cada uno le dio un nombre, una vida y un propósito.
—Creado está el Universo, mi venerable señor —dijo la ciega, quien prendió un nuevo cigarrillo y sonrió dulcemente.
Sonaba como un eco insoportable, el Hombre que Escribe, hundido en la oscuridad y escribiendo en el libro. Mil vidas de soportarlo y aún no se acostumbraba, se dijo La Muerte. Miró a la ciega y le abrazó, en ella depositaba todas sus esperanzas.
—Es hora de crear al primer hombre y a la primera mujer.
—Todavía no, Yasmín.
—Siempre respondes eso —dijo Yasmín asombrada— En este exacto momento, en todas las vidas excepto la uno. Siempre me dices que no… y puedo adivinar lo que dirás después.
—Primero hay que divertirnos —dijo el dios-Hombre y Yasmín sonrió confundida.
—A estas alturas, siempre sabes mi nombre. ¿Por qué?
—No lo sé… los recuerdos vienen poco a poco.
Yasmín suspiró. La misma mentira de mil vidas. Bajaron juntos a la Tierra. Se quedaron en silencio durante siglos y miraron a los dinosaurios, enseñar al mundo el don de la supervivencia.
Heber Dor.
Décimo Segundo del Cuenta Cuentos de los Muertos.
Ernesto Rodriguez, cargando a su hija de dos años, decidió hacer su hogar en las afueras de la ciudad de Jaramillo. Encontraron una casa abandonada en Puerto Octay, de tres habitaciones en total y hecha de madera. A Ernesto le agradaba que tuviera vista al mar, a su esposa le hubiera encantado.
Recordó el consejo de aquella anciana que le dio la bienvenida: “Luche mucho y no se rinda”. Eso pensaba hacer, se lo debía a su hija y a su difunta esposa.
En su maleta, llevaba unos pantalones de lana y una camisa. Había vendido sus trajes cuando no pudo conseguir trabajo en la capital. Lo demás, era la ropita de su niña (Isabel), la cual estaba dormida en sus brazos. Costaba mucho trabajo cuidar a una niña y eso le hacía recordar cuanto extrañaba a su esposa.
Sentó suavemente a la niña, quien protestó un poco porque estaba dormida. Dejó unas cobijas en una esquina de la pequeña casa de madera y las preparó para improvisar una cama. Cuando le vio forma, regresó por su hija y la acostó. La niña sonrió en sueños y rápidamente se adueñó de la cama.
Agradeció al dueño anterior de la casa, que al menos tuviera una silla y una mesa. Revisó otras dos puertas, una era un baño con una modesta tina y la otra era un armario. Vació el contenido de su maleta (un biberón, pañales de tela, jabón y la poca ropa de repuesto de él y de Isabel) y después la dejó en el armario.
Sería difícil. Pero ya cualquier lugar era bueno. No se imaginaba que Jaramillo fuera diferente a los otros lugares donde había luchado para conseguir trabajo como profesor. El problema siempre había sido Isabel, no había con quien dejarla y lo que otro hombre hubiera hecho en su lugar, hubiera sido conseguir una mujer que le ayudara con ella. Ernesto no se sentía listo para otra mujer. No quería a otra mujer.
Se sentó en la silla de madera y miró a su niña dormida. La lucha valía la pena. Recargó su rostro en sus manos y apretó sus ojos. Si, luchar por ella valía la pena.
Noviembre 12, 2003 — Y Cecilia. Escrito por Agustin Fest.
Se acercan las fechas y he pensado como lidiar con ellas en esta ocasión. Miro ventanas, miro lunas, camino solo. Aún cuando hay gente a mi alrededor, me gusta mi soledad. Me gusta que me dejen tranquilo. Si, ¿cómo lidiaré con las fechas este año? ¿necesito recordar, acaso?
Ayer entre bromas, me puse a pensar que debiera hacer como los románticos ingleses (Wordsworth). Sencillamente recordar cuando era inmortal. Y es probablemente lo que haga este año, cuando recuerde a mi muerto. Creo que esta ocasión podré superarlo del todo.
Esta vez tengo fé.
Una amiga me preguntó como estaba, porque sabía que por estas fechas pensaba mucho en Cecilia. Y debo ser honesto. No he pensado mucho en ella. ¿Es hora de mi redención, Asterión? No la he olvidado, porque la traigo conmigo, pero tampoco me estoy muriendo por ella.
Si, tengo fé, creo que lo he superado. Estoy en paz. Puedo notarlo, inclusive, en la transformación de mis personajes… en Simón y Yasmín, lados opuestos de una moneda.
Inclusive la Muerte es más agradable.
Recientemente me puse a pensar en El Viaje de Simón Dor, revisé la despedida de Simón con Beatriz y me di cuenta, que la despedida no es la adecuada. Pero eso es lo que hubiera hecho él, siendo una persona real ante situaciones extraordinarias así hubiera respondido. ¿Qué me está tratando de decir la ficción?
Que las ficciones no resuelven realidades, tal vez.
Y en la realidad no hay fantasma que te oiga.
Un consuelo, es todo.
Puede haber universos paralelos… pero no, no en esta ocasión.
Estoy contento del universo que estoy viviendo, no necesito escribir otros más donde ella siga con vida.
Este diciembre, los dos descansaremos el uno del otro.
No habrá hojas marchitas este invierno.
No habrá 17, no habrá 21. Solo quedará un condicionamiento… pero no profundizaré más allá.
El 11 de diciembre dejaré de fumar, ya no me quiero matar a mi mismo. Aunque la adicción al cigarrillo sea más potente. Me digo todos los días: ya no más porque queremos morir Garrity, ¿por qué si no? ¿por qué… si no?
Ya no me pondré a discutir con Dios-Cosmos. Haré como Él ha hecho en un principio… toleraré su existencia y quien sabe, hasta podría llegar a apreciarla.
Quemaré los cuadernos pendientes. Esta vez será con Fuego de Heráclito, no de Dante.
Me aseguraré de estar consciente que puedo vivir. No estoy destinado a la muerte. Me lo diré todos los días hasta que mi terca cabezota lo comprenda.
Después… si queda algún vestigio, haré lo único que puedo hacer para curarme… escribiré cuentos, escribiré novelas y sabe… hasta puede que escriba poesía. Aunque nadie lea jamás, quedarán como un secreto entre aquel hombre que fuí y el hombre que existe hoy.
Puede ser, ya veremos que sucede cuando diciembre me alcance. Esta vez no tengo miedo.
Noviembre 9, 2003 — Cuenta-Cuentos. Escrito por Agustin Fest.
Caminó, con los pies arrastrándose y el sol pegándole en la frente. Se quitó la camisa por el sudor y se la amarró en la cintura. Su piel estaba bronceada, igual que la de su padre. También era delgado y de músculos fuertes. Había trabajado cargando cajas y el esfuerzo se vio recompensado en un cuerpo estético, agradable. Heber no era feo, tenía facciones finas y un rostro ligeramente redondo, espalda ancha y piernas fuertes, quienes podían todavía con los pantalones de lana que estaban pegados contra su piel por un sudor frío.
Llevaba el diario, apenas sosteníendolo con la punta de los dedos. Decidió ponérselo en la cabeza, para hacer una débil sombra que apenas refrescaba. Podía sentir el calor del asfalto, atravesándole la suela de los zapatos. Y aún así, caminaba. Esperaba que de un momento a otro, apareciera un coche que lo llevara a cualquier parte. Extrañó, con una sonrisa sarcástica, a Jaramillo. Deseaba regresar ahí.
No había ningún señalamiento, ningún poste. Nada que le dijera donde caminar. Y en el transcurso de los minutos, de las horas, de los días… el sol seguía arriba. Era como si un cruel dios hubiera dejado el escenario así, para castigarle. ¿Habría redención?, se preguntó Heber e inmediatamente después vino otra pregunta: ¿Por qué estaba siendo castigado?
Por su padre. Por ser el hijo de Dor. No había otra respuesta y en un espasmo de sinceridad se dijo que no la quería. Había prometido buscar una cura para la enfermedad, pero ya no quería compartirla. Quería regresarle a su padre todo el sufrimiento. Todos los jadeos por el calor y toda la pesadez de su cuerpo, que parecía verse atraído por su propia sombra. Tan fácil sería dejarse tirar y descansar.
Y morir…
y que el sol consumiera toda la humedad de su cuerpo…
y desaparecer, solo desaparecer…
Por los siglos de los siglos, amén.
En los lados de los asfaltos, había árboles muertos y secos, varios ya se habían convertido en arena. Tal vez eso sucedió en una batalla, hacía mucho tiempo. ¿Qué tipo de pelea, habría sucedido en una carretera que no lleva a ningún lugar? Anotó en su mente aquella pregunta, habría de algún día responderla. ¿Contra qué pelean los árboles? ¿Contra qué luchó aquel pequeño arbolito en su carrito? Se puso a filosofar al respecto, le ayudaba a distraerse del calor y a olvidar que estaba poniendo un pie después del otro. Los árboles seguramente pelean contra la muerte, por eso crecen hacia el cielo. Por eso duermen mucho en invierno y se desvisten, dejan que el clima les azote para obtener fortaleza.
Sucedió algo extraño, algo que no había visto antes. Había una bifurcación en el camino y también había un letrero. Se acercó a él y leyó.
El Circo de las Vidas Pasadas.
El Sembradío de Almas.
Miró hacia el camino que llevaba el Circo y, muy a lo lejos, se levantaba una gran carpa a lo lejos. El viento le respondió a Heber, llevándole la música y el olor de los animales. Sus pies le llevaron hacia allá, respondiendo a una necesidad infantil. Descubriría después el sembradío… el circo le ofrecía más curiosidad que debía ser satisfecha. Y le ayudaría a pensar menos. Se palpó las bolsas del pantalón, no tenía dinero para pagar una entrada. Sin embargo, tan sólo de ver la carpa multicolor, le daban ganas de intentarlo. Sonrió suavemente, como un hombre que acepta el destino.
Han sucedido muchas cosas este año, muchas cosas que yo no esperaba. Muchas cosas que destruyeron mi proyecto de muerte. Porque estaba seguro que estaba caminando para allá, al fin y al cabo.
Es por ello que aprendí a tomarme las cosas tan a la ligera, porque aprendí de la mala manera que en cualquier momento podía morirme. Y de igual manera, en cualquier momento pueden morirse las personas que están a mi alrededor.
Decidí darle la bienvenida a eso. Y así, ello se convirtió en mi única verdad irresoluta: Muerte, muerte, muerte.
Mañana o pasado. Tú o quien quieres. Da igual.
Creí que estaba disfrutando, de esa manera, lo que sucedía a mi alrededor. Que así podría descubrir, sin restricciones, todo aquello que me propusiera y así decir que he vivido. Empecé a jugar y gané. Que bien me mentía. Soy el que mejor se miente así mismo. Y lo peor de todo es que lo sabía, lo tenía a conciencia y me reía de ello. Una sonrisa torcida y ¡salud! ¡Disfrútemos esta copa!
En mi proyecto de muerte, formé distintos futuros.
Muerte joven.
Una muerte sencilla que me diera la capacidad de dar una última sonrisa y decir: “Ja… ya estuvo, finalmente ya estuvo…”. Una muerte egoísta en una playa, bebiendo una última cerveza y una mujer de anteojos oscuros mirando al mar. Todavía no entiendo porque esa concepción tan romántica. ¿Un morbo, por saber quién me extrañaría? ¿Un final justo para una lucha encarnecida contra eso que llamamos vida y de la cuál todos nos quejamos? ¿O simplemente, porque creí que tuve una vida desgraciada y esta era finalmente la recompensa? No lo sé, quien me conozca tomará la respuesta que más le agrade. Quien no me conozca y escuche de mi, también se atreverá a decir algo o tal vez se quede callado en una señal de aceptación o rechazo silencioso. Es cierto eso de que la vida es un martirio, creo en ello fervientemente. Lo acepté y todavía me quejo, porque me siento ser humano.
Si, de vez en cuando me quejo. Últimamente más. Ya no sé si son las fechas o el egocentrismo o el grito de doscientas veintiun fragmentaciones que me empujan a hacerlo. Antes no me quejaba tanto, como había dicho, daba la bienvenida a todo aquello que me impulsara a una muerte de carne o espíritu. A suaves dósis, para disfrutarlo todo con los ojos abiertos. ¿Si no, de qué vale? ¿No es mejor tambalearse en el camino oscuro? ¡Claro que si! ¡Si lo vas a hacer, hazlo bien! Como he dicho, acepté totalmente lo que viniera y lo hice con una sonrisa, aún habiendo una debil queja, lo hice sonriendo porque era justo y necesario. Porque así, después de todo, me sentía vivo y enfrentaba al tiempo y a la muerte.
Porque así me sentiría preparado, el día que nos vieramos a los ojos, para hacerle un millar de preguntas que han asaltado en mi mente desde que nos conocimos.
O una Muerte Vieja.
Las ventajas de morir viejo es que habría más preguntas o tal vez, obviar las necesidades de estas. Para mi era agradable pensar en la muerte vieja, de vez en cuando, porque querría decir que habría prolongado la lucha durante más tiempo. No ganado, porque es imposible, pero al menos sí… el suficiente tiempo para haber descubierto las respuestas por mi mismo.
Sin embargo, habrá sido lo mismo.
Me habría rascado las bolas mientras apenas sostenía un trabajo. Un viejo solitario, que fuma demasiado y se emborracha de vez en cuando, aceptando por fin la responsabilidad de matarse un poco más rápido cada día. Una casa, llena de libros tirados por todas partes. Una o dos amantes, si bien me fuera, quienes por compasión a mi piel arrugada y mi barba mal afeitada, decidieran darme un poco de amor. Aspirando, todos los días, a ser un escritor. Caminando de trabajo en trabajo mediocre y aún así, borracho en una cantina, promulgaría con voz estentórea toda mi lucha. Digno de patetismo, digno de soledad y digno de caminar bajo la sombra oscura, todos los días.
Simón, me hubiera encantado.
Esos dos futuros, básicamente, con distintas ramificaciones que llevan a lo mismo. El auto-engaño. El esperar a que fuera suficiente y decir: “Bue, ¿ya estuvo? ¿No necesitas más, querida vida? Okas dokas, ¡Vámonos! Me voy a chupar unas chelas con la muerte, ahí nos vemos al rato”.
Si. Un miedo a vivir, viviendo. Valga la redundancia. Se necesita mucha práctica. Dejar que todo suceda alrededor y no mirar, ni sentir. Solo dar una probadita y sonreír. Una probadita dulzona y amarga de todo. Pichicatearle al sentimiento.
¿Es posible? Debe serlo. De no ser así, no comprendo cómo he llegado hasta aquí.
Pero se ha roto mi proyecto de Muerte.
Y ahora tengo tanta Vida en las manos, que temo que se me escape. Tengo tanta Vida en las manos, que ya no se siente tan bonito quejarse. ¿Por qué? ¿Si antes era tan fácil quejarse y sonreír después de ello? ¿Por qué era tan fácil, pichicatear a la Vida y ahora que la tengo, poseer un real miedo de perderla?
Ahora no me gusta quejarme. He perdido una armadura que me hacía luchar facilmente.
Me doy cuenta que he perdido la indiferencia que tanto me gustaba.
Y no conozco ninguna otra arma, más que tener paciencia…
¿Recuerdas cómo era despertar y salir de tu habitación para mirar los regalos que te trajo Santa Claus? Se trataba de abrir los ojos y sentir que el frío te calaba los huesos, pero aún así, había un calor recorriéndote el cuerpo. Había ganas de despertar. La realidad se iba formando lentamente, sentías tus manos, los dedos de tus pies, mirabas los muebles a tu alrededor y se hacía una conciencia en ti que te decía: “Estoy vivo”.
Y sonríes.
Sonríes porque recordabas que estabas vivo y era intenso el frío, y era intenso el calor interno. Es cierto… es cierto… fuiste inmortal. En aquel entonces la Muerte nunca había pasado por tu mente. Se trataba de saltar, correr, jugar y gritar. De menear los trastos de metal uno contra otro y abrir la boca tan grande como Mafalda y denunciar a los cuatro vientos la vida que corría como hormiguitas por tu cuerpo.
Hoy me desperté así.
Cuando creces te dicen que la vida es una lucha. Que es importante aferrarte a la noción de que estás vivo, porque en cualquier momento, cualquiera puede aplastarte. Cuando creces, te enseñan la soberbia, la envidia, la lujuria, el dinero. Cuando creces, aprendes que pronto tú tendrás un hogar, una carrera. Cuando creces, te muestran que debes vivir para darte un lugar entre tanta gente.
see myself in the pouring home
see the light come over now
see myself in the pouring rain
i watch hope come over me
La inmortalidad, no se va escapando como agua. No importa cuantas veces te digan, nunca te sientes morir poco a poco. Es entonces cuando creces, ¿no es cierto? Cuando de golpe aprendes lo que es el mundo. Te lo enseñan como la fotografía de un colgado, como escuchar que alguien que quisiste murió, como ver el cuerpo inerte. Así conoces empiricamente el temor a no poder hacerte un lugar, un constante temor a no llenar las expectativas, ya sean las tuyas o ya sean las de otros. Es el miedo de morir. Es el miedo de no ser lo que siempre quisiste o crees querer.
here we are now, going to the east side
i pick up my friends and we start to ride
ride all night , we ride all day
some may come and some may stay
No es tonto preguntarse, ¿qué importa el miedo? ¿o es tonto no preguntárselo? ¿son necesarias las respuestas?
Cambian las perspectivas y los métodos para regresar a la inmortalidad. Unos se hacen los jóvenes de hoy: buscando una fiesta en cualquier lugar, apreciando el dulce elixir que les hace olvidar, pegando sus labios con cualquiera que les haga sentir el alma revolverse en su interior, bailando la música que les promete vibrar. Otros se hacen los artistas de mañana: contemplan la naturaleza en una obsesión romántica, escriben la crudeza de la realidad, deforman la materia con sus impresiones de como debe ser, crean la música que debería llenar el aire silencioso. Unos cuantos más se vuelven los viejos de ayer… y ellos, ellos saben ya que nadie escapa. No necesitan más.
Benditos los viejos que quieren a los niños que no mueren.
here we are in the pouring home
i watch the light man fall the comb
i watch a light move across the screen
i watch the light come over me
El egoísmo nos empuja a todos, en algún momento, a convertirnos en filósofos. Nos volvemos sabios que enseñan a los demás, otorgando respuestas hipotéticas a las preguntas que nos hacemos todos los días. Por medio de palabras y conceptos, adornamos la realidad que nos hizo crecer de golpe y le damos una abstracción de belleza. Una morfina dulce, o delicioso vodka. Los cigarrillos se consumen y repetimos las palabras, se vuelven vacías. Y nos alegramos, al vernos decadentes. Hemos escapado a la vida, efectivamente, no viviéndola. En esa deliciosa amargura nos hemos de consumir y esperemos nos purifique como el fuego de Heráclito, en las llamas del infierno.
here we are now going to the west side
weapons in hand as we go for a ride
some may come and some may stay
watching out for a sunny day where there’s
love and darkness and my sidearmhey, elan
O bien… olvidaremos la inmortalidad y mortalidad de la gente. Nos convertiremos en verdugos, en aplastadores. Envidiaremos a la gente que le tiene respeto al tiempo, o bien lo haremos por simple necesidad. Alzaremos un arma porque necesitamos tanto. O tal vez porque no lo necesitamos y nos gusta ser acreedores de ese pode