En la noche número veinticuatro, Simón Dor durmió profundamente con la esperanza de despertar en el infierno. No fue necesario que despertara porque el infierno le llamó a él en sueños. Era cálido y rojo, con casas de todos los tamaños y todos los materiales, hechas para los que visitaban (y que pronto vivirían en él). Casas para todos los pecados y sus variaciones existentes. Simón Dor caminó en el infierno de manera familiar y rápida, le conocía como la palma de su mano. Sus ojos abiertos y ansiosos, el cigarrillo quemándose más rápido por el calor que emanaba. Las calles fueron recorridas sin lujo de observación y si le preguntaran a Simón, no podría describir las esculturas vivas, ni los demonios de sombras, ni las almas perdonadas para hacer pecar a más almas. A Simón no le importaba eso.
Zalic Luia I y del juego del Infierno.
Julio 8, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Diario de Simón Dor. Día 54.
Junio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Querido diario:
Ya agarré la costumbre de llamarte “Querido diario”, aunque en días anteriores no lo hacía. Ya era hora, ¿no lo crees? Tal vez debiera darte a ti también un nombre. Si he osado llamar al mar con el nombre de Yunén y al barco Mojalnir, tal vez tú debieras llamarte: Apocalipsis.
Nah, demasiado malo.
Malísimo.
¿Cómo se me pudo ocurrir llamarte así?
No suena bien cuando dices: “querido apocalipsis”, aunque hay un contraste maravilloso, ¿no lo crees? ¡Oh! ¡Ya lo tengo! ¡Haz de llamarte Ragnarok!
Empezaremos de nuevo.
Querido Ragnarok:
Hoy tuve mi primera confrontación con un barco pirata mientras se daba una tempestad. Un hombre contra treinta aguerridos marineros, con dientes amarillos y pañoletas cubriéndoles el cabello graso. Fue terrible y si fuera buen narrador tal vez te platicaría como hice para vencer.
Ragnarok suena peor que Apocalipsis.
Mucho peor. Peor que los treinta piratas que abordaron éste barco el día de hoy.
Peor que las manchas de sus dientes y su aliento draconiano.
Olvidémoslo… empecemos de nuevo.
Querido Diario:
Con D mayúscula para que se sepa, que ese es su nombre único y verdadero. Hoy me atacaron treinta piratas en éste furioso mar Yunén y maté a todos y a cada uno de ellos. Si fuera narrador, describiría con precisa exáctitud como fue el que gané esta dura batalla, pero no podría mentirte. La verdad es que yo no gané la batalla.
Fue la cabeza del perro del vecino, al cual, cariñosamente, he de llamar Mindar. Ésta salió como un demonio recién nacido de las profundidades de mi barco para acudir a mi auxilio y sus dientes poderosos quebraron los huesos y comieron las carnes de todos los marineros que amenazaban mi empresa.
Bueno, de todos, excepto uno.
—Mi nombre es McGonnagal —dijo el pirata y me entregó una pistola—. Haz de necesitarla cuando el momento sea justo.
Después de ello, el pirata saltó solo al mar y se hundió en sus profundidad oscura.
Mindar regresó a su agujero en mi barco. Y la tempestad seguía azotando los mares. No se preocupen, yo también me pregunto como las lluvias todavía no han destrozado a mi querido Mojalnir.
Debe ser que yo he inventado la tempestad y probablemente, también inventé a los piratas. Yunén es mi prisión inventada y he de navegar aquí, hasta que mi invento se termine.
¿Y cuándo terminará?
Cuándo decida dejar el mito para hacerme Real. Es por eso que debo aceptar que es mi hora, la hora de viajar en el pasillo de la muerte y hacer las preguntas que he querido desde hace tanto tiempo.
Buenas noches, Diario.
Diario de Simón Dor. Día 53.
Junio 10, 2003 — El Viaje de Simón Dor, Un tal Simon Dor, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Querido diario:
Hoy hubo una tempestad que azotó al barco y en general, al mar negro en dónde estoy navegando y su foto se mojó porque no tuve el aprecio de guardarla a tiempo. Fue repentino, es difícil decir cuando va a llover cuando se anda en un mar donde todas las nubes son grises.
Debería darle un nombre a este mar inmenso. ¿Recuerdan como Bastián le da un nombre a la selva nocturna, Perelin? ¿También cómo le da un nombre a aquel desierto multicolor, Goab?, a la espada la nombró Sikanda, pero el nombre más importante… a la Emperatriz Infantil le da el nombre de “Hija de la Luna”. Si, si fuera Bastián y ésta fuera mi Historia Interminable, entonces a éste mar le llamaría Yunén.
¡Qué este mar sea llamado Yunén! el mar de Yunén, el mar oscuro de mis sueños, el mar oscuro que probablemente sea el último viaje de este viejo decrépito al que todos llaman Señor Dor.
Simón, para mis amigos.
Se ha mojado, en ésta tempestad, la foto de mi amor simbólico al que he apodado Beatriz todo éste tiempo… pero alguna vez, alguna vez tendré que contarles la historia completa. Confórmense con que ella se llamaba Beatriz y ha muerto, y que yo me llamó Simón y me estoy muriendo.
Y éste, mis amigos, no será mi último viaje. Me niego… no estoy navegando para morir. Todavía no… o tal vez sí, ¿cómo saberlo? ¿hasta dónde llegará éste modesto y humilde barquito, con todas mis provisiones? Tal vez llegue a una isla desértica o a una isla, como aquella mala película, dónde al final se descubre que hay dinosaurios. Una película clase B con efectos clase A.
¿Quieren saber más de aquella foto desgastada y derruida? ¿De aquella mujer de rostro blanco y ojos oscuros como el infinito? ¿Quieren saber más del lazo rojo y la cola de caballo que cae como cascadas de cocoa? No voy a decírselos, que mis recuerdos lo digan… ya que estos me persiguen como un fantasma ahora, se han vuelto un contexto que deben conocer, si quieren conocer a Simón.
El señor Dor, para mis conocidos.
La conocí cuando era niño y como niño, era un idiota para hablarle y quererla y amarla y sentirla. Tan sólo era, siguiéndola como una sombra, intrigada por el porte de mujer en tan sólo una niña. Estaba tan envuelto por ella, por el brillo que se perdía al final del túnel de su iris, que tuve que conocerla.
“Cecilia”, era su nombre. Pero Beatriz, para ustedes, amigos o conocidos. No necesitan saber más… no necesito saber más. Los recuerdos irán surgiendo uno tras otro, durante estos treintainueve días con sus treintainueve noches. Ni a mi se me permite el acceso libre a los recuerdos, soy viejo… mis doscientos veintiún años lo confirman.
Y la única foto que me ha quedado de ella, se ha disuelto en esta tempestad. Afortunadamente, tengo tan grabado su recuerdo y su fantasma se ha escondido como un polizón en éste barco. Es un fantasma que todavía no estoy dispuesto a despedir…
¡El barco se llamará Mojalnir! ¡Mi barco es Mojalnir, adentrándose a este hermoso mar oscuro de Yunén, dónde no se qué me espera y hasta dónde he de llegar!
Si sea este mi último viaje, que lo decidan los dioses.






